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Salud mental

«Beat My Post-Traumatic Stress»: parte de guardia de un cuerpo en la pista

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Portada de «Beat My Post-Traumatic Stress», canción de Mike Sain't Louis

00:47. Calle de la Montera, Madrid. Cola de veinte personas delante de una puerta negra con un cartel de neón que parpadea. Un cuerpo espera con las manos en los bolsillos de la cazadora. Lleva diez minutos comprobando que tiene el móvil, las llaves y el DNI. Los ha tocado once veces.

Nadie de la cola lo sabe, pero ese cuerpo recuerda cosas que su dueño preferiría olvidar.

«Beat My Post-Traumatic Stress» habla de ese cuerpo. Su texto lo presenta en una frase que el planeta considera de las más exactas de todo el segundo disco: «es una canción sobre sobrevivir a lo que el cuerpo aún recuerda».

Esta crónica no va a explicar qué es el estrés postraumático. Para eso el diario ya tiene una nota de servicio, el estrés postraumático explicado, con su lenguaje claro y sus teléfonos de ayuda. Lo que va a hacer es otra cosa, más del estilo de la casa: levantar acta de una noche. Seguir a un cuerpo con memoria desde la cola de la discoteca hasta la salida, hora a hora, como quien escribe el parte de guardia de un hospital.

El cuerpo de esta crónica es inventado. La canción no.

00:52. La puerta

El portero es un armario de dos metros con un pinganillo en la oreja. Mira el DNI, mira la cara, vuelve a mirar el DNI. Son tres segundos. Para casi todo el mundo, tres segundos de nada.

Para un cuerpo que recuerda, tres segundos de alguien grande mirándote fijamente son una eternidad. El pulso sube sin pedir permiso. Las manos se enfrían. Hay una parte del cerebro, la más antigua, la que heredamos de los que huían de los leones, que no distingue entre un portero de discoteca y una amenaza. Solo ve a alguien grande delante. Y tira de la alarma.

El texto de la canción describe ese terreno con una enumeración corta: «Sobre caminar entre el miedo, la ansiedad y el silencio». Caminar entre. No caminar por encima, no dejarlos atrás. Entre. Como quien cruza un pasillo estrecho con cosas a los dos lados que no puede apartar.

El portero devuelve el DNI y dice «pasa». El cuerpo pasa. Primera prueba superada. Nadie le ha dado una medalla.

00:58. El ropero

En el ropero hay una chica con el pelo rosa que mastica chicle y da tickets numerados. El cuerpo duda si dejar la cazadora. Dejarla significa quedarse sin bolsillos donde meter las manos. Sin bolsillos donde tocar las llaves cada cinco minutos. Sin la armadura de cuero sintético comprada en el Primark de Gran Vía.

La deja. Le dan el número 147.

El planeta se ríe aquí de sí mismo, porque conoce perfectamente esa negociación con un abrigo. Ha pasado noches enteras en discotecas de Chueca sudando con una chaqueta puesta porque quitársela era quedarse demasiado expuesto. Hay quien lo llama timidez. Hay quien lo llama tener frío. A veces es otra cosa, que todavía no tiene nombre en la cabeza de quien lo siente.

Ticket 147 en el bolsillo del vaquero. Lo tocará muchas veces esta noche.

01:10. La barra

Una copa. Un gin-tonic con demasiado hielo, en vaso de plástico, a once euros. El camarero tiene un bigote de los setenta y una camiseta de tirantes que deja ver un tatuaje de una golondrina.

Fotogramas del videoclip oficial de «Beat My Post-Traumatic Stress», de Mike Sain't Louis

El cuerpo se apoya en la barra, de espaldas a la pared. Es un truco viejo. Desde ahí se ve la puerta, se ve la pista, se ve el pasillo que va a los baños. No hay nada detrás. Nadie puede aparecer por sorpresa.

Quien no ha vivido con un cuerpo que recuerda no entiende la obsesión por las paredes. Por los asientos del fondo en el autobús. Por la mesa de la esquina en el bar. Por la cama pegada a la pared en vez de en el centro de la habitación. Son pequeñas fortificaciones que se construyen sin pensarlo, como los castillos de arena que hacen los niños en la orilla para que no llegue el agua.

La música todavía suena bajita. Es la hora en que el pinchadiscos calienta.

01:20. Dos verbos en una palabra

Mientras el cuerpo espera en la barra a que el pinchadiscos suba el volumen, el planeta aprovecha para mirar el título con lupa. Porque tiene trampa, y la trampa está en la primera palabra.

«Beat», en inglés, es dos cosas a la vez. Es el ritmo, el golpe de la percusión, el pum pum pum de la pista que hace vibrar los vasos. Y es también vencer, ganar, derrotar a alguien. «Beat my post-traumatic stress» se puede leer como «ponle ritmo a mi estrés postraumático» y como «vence a mi estrés postraumático». Las dos lecturas son correctas. Las dos están en la canción.

Es un juego de palabras de los que le gustan a este planeta, que lleva años mezclando el inglés de discoteca con el castellano de barrio. Pero aquí el juego tiene una consecuencia seria. Dice que la forma de vencer es el ritmo. Que no se gana con los puños, ni con el silencio, ni con fuerza de voluntad. Se gana con un compás de cuatro por cuatro.

En castellano no hay una palabra que haga las dos cosas. Habría que inventarla. Algo así como «ritmotar». El planeta lo propone para la próxima edición del diccionario de la RAE, con poca esperanza.

01:34. El primer bajo

Y entonces entra el bajo.

El bajo de una discoteca no se oye. Se siente. Entra por las plantas de los pies, sube por las piernas, se queda en el pecho. Hace vibrar el hielo del gin-tonic. Hace vibrar las costillas.

Para un cuerpo que recuerda, eso puede ser un problema. Un golpe en el pecho es un golpe en el pecho, venga de donde venga. Hay cuerpos que, ante un ruido fuerte, se encogen. Que dan un respingo cuando cierran una puerta de un portazo. Que se quedan helados cuando alguien grita en la calle, aunque el grito sea de alegría porque ha marcado el Atleti.

Pero el texto de la canción propone algo que va justo en la dirección contraria. Le da la vuelta al golpe. Y lo hace con una frase que el planeta se tatuaría en el antebrazo: «Cada sintetizador lleva una cicatriz, cada golpe de percusión es un latido que pensé que había perdido.»

Un latido perdido. El golpe en el pecho deja de ser una amenaza y se convierte en un corazón prestado. Como si el bajo de la discoteca latiera por quien había dejado de sentir el suyo.

Es una idea de una ternura enorme. Y es, al mismo tiempo, una idea muy de pista de baile: que la música haga lo que el cuerpo no puede hacer solo.

01:50. El estroboscopio

Ahora llega la parte difícil. El pinchadiscos enciende el estroboscopio. Flash, flash, flash. La pista se convierte en una película a cámara lenta en la que todo el mundo parece un fotograma suelto.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «es una canción sobre sobrevivir a lo que el cuerpo aún recuerda» de «Beat My Post-Traumatic Stress»

Hay cuerpos para los que esa luz es una fiesta. Hay otros para los que es un ataque. La sensación de no ver bien, de perder el control de lo que pasa alrededor, de que alguien pueda acercarse entre un fogonazo y otro sin que te des cuenta. El corazón vuelve a subir. Las manos buscan el ticket 147 en el bolsillo.

El cuerpo se queda en la barra. Mira. Respira. Cuenta hasta cuatro al inspirar y hasta seis al soltar el aire, como le enseñaron en algún vídeo de YouTube a las tres de la mañana de una noche mala.

No pasa nada. El estroboscopio se apaga. La pista vuelve a tener colores.

El planeta no va a hacer como si eso fuera una victoria épica. No lo es. Es una noche normal, con una pequeña tormenta dentro que nadie más ha visto. Pero la canción está escrita precisamente para esas tormentas que nadie ve.

02:15. La pista

El cuerpo deja el vaso de plástico en la barra y baja a la pista.

No baila bien. Nadie baila bien a las dos y cuarto de la mañana. Mueve los hombros, mueve un poco las caderas, cierra los ojos. A su lado, un grupo de chicos con camisetas de tirantes de colores hace una coreografía de TikTok que se han aprendido de memoria. Delante, una drag con peluca platino y tacones de quince centímetros baila como si estuviera sola en el salón de su casa.

Y aquí llega la frase del texto que sostiene toda la canción. El planeta la cita en inglés, tal como aparece en la versión inglesa del texto, porque ahí suena como un grito de pista: «Sometimes healing doesn’t whisper, it dances.»

A veces, la recuperación no susurra. Baila.

Es una idea que contradice casi todo lo que se dice sobre el trauma. Que hay que estar en calma. Que hay que bajar las pulsaciones. Que hay que buscar el silencio, la meditación, la vela aromática de Zara Home. Todo eso está bien y funciona para mucha gente. Pero la canción propone otra vía, la del cuerpo que, en lugar de quedarse quieto para que se le pase, se mueve para recuperarse a sí mismo.

02:40. El que se acerca

Un chico se acerca a bailar. Sonríe. Tiene los ojos vidriosos de la segunda copa y una camisa abierta hasta el tercer botón. Se pone delante, muy cerca.

El cuerpo se tensa. Una mano en el bolsillo. Ticket 147.

Es el momento en que la noche puede torcerse. El momento en que la cercanía de un desconocido, por amable que sea, puede despertar lo que el cuerpo recuerda. Hay quien, en ese momento, se va al baño, se encierra en un cubículo y se queda diez minutos mirando la puerta. Hay quien se va directamente a casa. Hay quien se queda y aguanta. Las tres opciones son válidas. Ninguna es un fracaso.

Esta noche, el cuerpo de esta crónica da un paso atrás. Solo uno. Lo justo para tener aire. El chico lo entiende, sonríe otra vez y sigue bailando a una distancia razonable. No pasa nada más.

El planeta lo apunta en el parte con letras grandes, porque hay gestos pequeños que merecen mayúsculas: un paso atrás no es una huida. Es un límite.

03:05. El baño

El baño de una discoteca a las tres de la mañana es un ecosistema propio. Hay una cola de gente que se mira en el espejo y se retoca. Hay alguien llorando en un cubículo, porque siempre hay alguien llorando en un cubículo. Hay una chica que le presta a otra un pintalabios. Hay un chico que habla por teléfono con su madre para decirle que está bien.

Collage con un detalle de la carátula de «Beat My Post-Traumatic Stress» y las carátulas de «La Música Me Está Salvando», «Otro Bombardeo», «Ruido en Mi Mente»

El cuerpo se lava la cara con agua fría. Se mira en el espejo. Tiene las pupilas un poco dilatadas por la oscuridad y la camiseta húmeda de sudor. Parece cansado. Parece vivo.

Hay una línea del texto de la canción que el planeta guarda para este momento, porque es la de alguien que se mira al espejo después de haber pasado una mala racha: «Esta es mi historia convertida en música».

Mi historia. La canción no dice cuál es, y esta crónica no se la va a inventar. No hace falta. Quien tiene un cuerpo que recuerda sabe que su historia también está ahí, en algún sitio de su pecho, esperando a que alguien le ponga un ritmo.

03:30. La canción que te salva

En algún momento de toda noche de discoteca suena la canción. La que te sabes de memoria. La que te hace levantar los brazos sin pensarlo. La que convierte a doscientos desconocidos sudorosos en una sola criatura que grita el estribillo.

El catálogo del planeta tiene una canción entera dedicada a eso, y se llama «La Música Me Está Salvando». Es prima hermana de esta. Si «Beat My Post-Traumatic Stress» es el cuerpo que baila con sus cicatrices, «La Música Me Está Salvando» es el letrista que lo reconoce en voz alta, sin vergüenza, con un «¡Patán!» de por medio para que nadie se ponga demasiado serio.

El planeta tiene más parientes en esta familia. Está «Otro Bombardeo», que describe los días en los que no se puede parar de llorar con imágenes de sirenas y refugios. Está «Ruido en Mi Mente», que ya desde el título describe la cabeza que no se calla. Y está «El Abismo en Mi Cabeza», que también avisa en el título de adónde se asoma. Juntas forman algo así como la planta de salud mental del planeta, con sus habitaciones y sus luces de neón.

«Beat My Post-Traumatic Stress» es la habitación de la pista. La que tiene la bola de espejos.

03:50. Agua

El cuerpo vuelve a la barra. Esta vez no pide gin-tonic. Pide agua. El camarero del bigote le pone un vaso de plástico lleno hasta arriba, sin hielo, y no le cobra. Hay camareros así, que saben leer a la gente a las cuatro de la mañana mejor que cualquier psicólogo.

El agua es la parte menos épica de una noche de discoteca y la más importante. Nadie hace canciones sobre el vaso de agua. Nadie sube a Instagram una foto del vaso de agua. Y sin embargo es lo que permite seguir bailando una hora más sin acabar en el suelo.

El planeta piensa que la recuperación de un cuerpo que recuerda se parece mucho a ese vaso de agua. No es el estribillo que se grita con los brazos en alto. Es lo pequeño, lo que nadie ve. Dormir siete horas. Comer algo caliente. Contestar al mensaje de una amiga. Pedir cita en el centro de salud. Ir a terapia aunque el autobús tarde cuarenta minutos. Salir una noche y volver a casa entero.

El texto de la canción habla de cicatrices y de latidos, que son palabras grandes. Pero entre esas palabras grandes caben muchos vasos de agua. El cuerpo se bebe el suyo de un trago y vuelve a la pista.

04:10. El cansancio

A las cuatro y diez de la mañana, el cuerpo está agotado. Le duelen los pies. Tiene la garganta seca. Lleva dos horas bailando y no se ha dado cuenta.

Ficha de la canción «Beat My Post-Traumatic Stress» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Ese «no se ha dado cuenta» es lo importante. Durante dos horas, el cuerpo que recuerda ha estado ocupado en otra cosa. No ha tocado el ticket 147. No ha buscado la pared. No ha contado las salidas. Ha estado en la pista, con los ojos cerrados la mitad del tiempo, moviendo los hombros como un pato mareado.

El planeta no va a decir que eso es una curación. Sería mentira, y además sería el tipo de frase de taza de desayuno que este diario tiene prohibida. Lo que sí va a decir es que dos horas sin vigilar son dos horas de descanso. Y que para quien vive en guardia permanente, dos horas de descanso valen más que una noche entera de sueño.

04:45. La salida

Ropero. Ticket 147. La chica del pelo rosa le devuelve la cazadora y le dice «buenas noches, guapo» sin levantar la vista del móvil.

El cuerpo sale a la calle. Hace frío. La calle de la Montera huele a churros de la churrería de la esquina y a cerveza derramada. Hay un grupo de chicas sentadas en un portal comiéndose un kebab. Hay un taxi con la luz verde esperando en la esquina de Gran Vía.

El texto de la canción termina con tres palabras que el planeta pondría en la puerta de cualquier discoteca, en neón rosa, para que se leyeran al salir: «mi manera de decir: sigo aquí.»

Sigo aquí. No dice «estoy curado», ni «lo he superado», ni «soy más fuerte que nunca». Dice algo mucho más modesto y mucho más verdadero. Sigo aquí. Después de todo. A las cinco menos cuarto de la mañana, con los pies doloridos y la cazadora puesta, en la calle de la Montera.

Sobre quién escribe y quién pone el sonido

Un apunte de oficio, como siempre. El texto de «Beat My Post-Traumatic Stress» es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y lo ha escrito sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Él no pone la voz. Pone la historia y la decisión de convertirla en ritmo.

Hay una coherencia curiosa en eso. Una canción que habla de un cuerpo que no siempre responde, que a veces se queda bloqueado, que necesita un latido prestado, se ha hecho con un instrumento que también presta lo que falta. El texto dice que cada sintetizador lleva una cicatriz. En este caso, la cicatriz la pone la letra. El sintetizador la hace sonar.

La ficha completa del proyecto está en la sala de prensa.

Dónde suena

La ficha del single en gayfolkplanet.com la coloca en «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía. Tiene su videoclip oficial y se puede escuchar en Spotify. El texto completo, en inglés y en castellano, está en la sección de letras del planeta.

Y un último apunte, este sin ninguna ironía. Si estás pasando por un mal momento, no tienes que atravesarlo en soledad. En España, el 024 es la línea gratuita de atención a la conducta suicida, a cualquier hora. En caso de emergencia, el 112. Bailar ayuda. Pedir ayuda también.

05:20. El portal

El taxi deja al cuerpo en su portal. Sube las escaleras. Abre la puerta con las llaves que ha tocado tantas veces esta noche. Se quita las zapatillas en la entrada.

Se tumba en la cama, pegada a la pared, como siempre. Pero antes de dormirse, con los ojos ya cerrados, se da cuenta de que todavía nota el bajo en el pecho. Ese latido prestado que le ha acompañado desde la una y media.

Lo deja sonar un rato más.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Beat My Post-Traumatic Stress»?

Según su propio texto, es una canción «sobre sobrevivir a lo que el cuerpo aún recuerda»: caminar entre el miedo, la ansiedad y el silencio y convertir todo eso en ritmo.

¿Por qué una canción de baile para hablar de trauma?

El texto de la canción propone que la recuperación no siempre es silenciosa: también puede bailarse. Cada sintetizador «lleva una cicatriz» y cada golpe de percusión es «un latido».

¿En qué disco está?

La ficha del single en gayfolkplanet.com la sitúa en «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, con fecha de 20 de junio de 2026.

¿Quién la ha escrito?

El texto es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrito sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Dónde pedir ayuda si lo estoy pasando mal?

En España, el 024 es la línea gratuita de atención a la conducta suicida, disponible a cualquier hora. En caso de emergencia, el 112.

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