Cultura LGTBI
Acta de fundación: el planeta Gayfolk nace al final de «Buscando el polvo perfecto»
Por Mike Sain't Louis ·

«Descubierto un nuevo planeta llamado GayFolk.»
Estas cinco palabras dan nombre a un disco de noventa pistas, a una trilogía entera, a una web, a una estética y a un universo con su propia mitología. Y no aparecen en la primera canción del álbum ni en la última. Aparecen al final de la décima, después de varios minutos de insultos de aplicación de ligue, cuando ya nadie las espera. Como cuando en una película de ciencia ficción el título aparece en pantalla a los veinte minutos, justo después de que el protagonista se haya caído por un agujero.
El agujero, aquí, se llama Grindr. Y la canción que lo cuenta es «Buscando el polvo perfecto».
Esta crónica la lee como un acta de fundación. Toda nación tiene una. Unas empiezan con una guerra, otras con un barco que llega a una costa. El Planeta Gayfolk empieza con un señor harto de que le bloqueen.
Antecedentes: la Tierra
Toda acta de fundación empieza explicando de dónde se viene y por qué se huye. Aquí la Tierra es una pantalla de móvil con cuadraditos de fotos de torsos, y su idioma oficial es el que habla el personaje de las primeras estrofas:
«Eres gordo, eres calvo, / No eres lo que estoy buscando, / Si no contesto y te bloqueo, / Es porque eres muy feo.»
Cualquier marica con datos móviles reconoce esta voz. La ha leído en perfiles con frases tipo «sin plumas», «no gordos», «discreción», «solo masc». La ha sufrido en silencio o la ha practicado a escondidas, que de todo hay en la viña del Señor. La letra le da micrófono al villano y lo deja hablar hasta que se retrata solo, como ya contó el diario en su nota sobre el villano de la aplicación. No vamos a repetir aquí el retrato: está hecho, y bien hecho.
Lo que esta crónica quiere es leer esas estrofas como lo que son para la historia del planeta: el motivo de la emigración. Nadie se va de su país porque esté bien. Se va porque en su país le dicen gordo, calvo, viejo, poco dotado, afeminado y desgastado, todo en la misma tarde.
Censo de la población expulsada
Hagamos el censo. Si sumamos todas las categorías que el villano bloquea a lo largo de la canción, sale una lista que es casi una demografía completa:
Los gordos. Los calvos. Los feos. Los viejos. Los poco dotados. Los desgastados. Los que tienen pluma. Los afeminados. Los abuelos. Los no marcados.
Es decir: casi todo el mundo. Si pones en una plaza a todos los hombres gais de un país y sacas a los que encajan en alguna de esas categorías, te quedan tres chavales de gimnasio en una esquina mirándose el móvil. Y probablemente uno de ellos ya tenga entradas.
La letra no hace esta cuenta, pero la deja hecha. Lo que describe la canción no es un rechazo individual: es una expulsión masiva. Y esa masa de expulsados es exactamente la población que va a fundar el planeta. Gayfolk no es un club exclusivo. Es el lugar al que se va la mayoría cuando una minoría de abdominales se queda con la aplicación.
El dios de la aplicación
Hay un verso que el villano repite como un mantra y que merece su propia nota a pie: «Yo soy dios y tú estás desgastado».

Dios. Ni siquiera «estoy bueno» o «soy guapo». Dios. Con esa megalomanía de perfil con foto de espejo de gimnasio en la que no se le ve la cara. El chiste está en la desproporción: un señor con el móvil en el váter de su casa, con la luz del baño amarillenta, convencido de que es una divinidad del Olimpo.
Y el castigo que reparte también es divino, pero de andar por casa. A los que no le gustan los manda a hacer deporte, «¡Romeo!», o a llorar al cirujano. Los dioses de la mitología te convertían en piedra o en laurel. El dios de Grindr te recomienda un entrenador personal y una clínica de estética en Turquía.
Por cierto, el planeta tiene su propia relación con los dioses griegos, y la web le dedica una página a la mitología del universo. El dios de esta canción no está en ese panteón. Está en el panteón de los bloqueados, que es otro.
A todas horas
El estribillo cambia de voz. Ya no habla el villano: habla la aplicación misma, o quien la padece. «Grindeeer / Buscando el polvo perfecto, / Grinder, Grinder, / Buscando a un novio discreto». Y después, dos exclamaciones que son de las mejores del disco: «¡A todas horas!», «¡Hoy lloras!».
A todas horas. Esa es la condena de la aplicación: que nunca cierra. No tiene horario de comercio, no tiene domingos ni festivos. Puedes abrirla en la cola del Mercadona, en el descanso del curro, en el entierro de tu tía. Siempre hay alguien conectado a doscientos metros, y siempre hay alguien que no te contesta.
Y «hoy lloras», con esa rima tan de patio de colegio, es el reverso del polvo perfecto. Se busca el polvo perfecto y se encuentra el llanto. Así de simple, así de exacto. La letra alarga la vocal al final, «¡Hoy lloooooraaaaas!», como quien se burla y se compadece al mismo tiempo. Es la burla del que ya ha llorado lo mismo y sabe que tú también vas a pasar por ahí.
Fijaos también en lo del novio discreto. El polvo perfecto y el novio discreto, en la misma estrofa. Las dos cosas que se buscan en la aplicación y que, según la canción, se buscan a la vez: sexo sin complicaciones y amor sin que nadie se entere. Es la contradicción de toda una generación metida en dos versos.
Testimonio de Toledo
Y entonces, a mitad de canción, aparece un testigo. La letra cambia de registro, abandona el estribillo y se pone a contar una historia con nombre de ciudad:
«Un buen follamigo que tuve en Toledo hasta que me fui de allí / Me dijo sincero: te daré un consejo que yo aprendí aquí»
Este es el momento más novelístico de la canción. De repente hay un pasado, una ciudad, una despedida. El narrador vivió en Toledo, tuvo allí un follamigo, se fue. Y antes de irse, el follamigo le dio un consejo. La letra no cuenta más. No sabemos su nombre, ni cuánto duró aquello, ni por qué se fue de Toledo. No hace falta y no se inventa.
Lo que sí sabemos es el consejo. Y el consejo es de esos que se dan con cariño y caen como una losa: si buscas casarte, esta no es la aplicación; y si no te cuidas, tendrás que bajar el listón. No hay más solución.
Hay que reconocerle al follamigo de Toledo una cosa: es sincero. La letra lo dice, «me dijo sincero». No es el villano de las primeras estrofas. Es un hombre que ha aprendido cómo funciona el mercado y te lo explica sin anestesia, como el tío que en la boda te dice que tu carrera no tiene salidas. No es malo. Es realista. Y su realismo es deprimente.
La respuesta del fundador
El narrador contesta, y su respuesta es la frase fundacional del planeta aunque todavía no lo sepa: «Yo le dije que eso me parecía deprimente».

Deprimente. No «injusto», no «cruel», no «homófobo». Deprimente. Es la palabra de quien se ha asomado a un paisaje y le han entrado ganas de irse a otro. Y el follamigo insiste, con la tranquilidad de quien ya se ha rendido: «No lo digo yo, es evidente». Ya no se lleva ir de inocente. A la aplicación siempre se viene llorado. Date vida y no te quedes parado.
Y remata con la frase que el planeta ha convertido en una de sus citas de cabecera: «Que si no te diviertes ya estás sentenciado... ¡pringado!».
Pringado. Con exclamación. Es el látigo de la casa, ese insulto corto que cierra una estrofa larga como un portazo. Lo dice el follamigo, o lo repite el narrador imitándole, que la letra lo deja en el aire. Da igual: la palabra queda ahí, como una sentencia firmada. En la Tierra de las aplicaciones, el que no se divierte a toda costa es un pringado. Y el que se divierte a toda costa, según hemos visto en el estribillo, acaba llorando. No hay salida buena.
Esta es la situación de partida. Un sitio donde pierdes hagas lo que hagas. Hace falta otro sitio.
El listón
Volvamos un momento al consejo de Toledo, porque tiene una palabra que da para mucho: el listón. «Si no te cuidas tendrás que bajar el listón.»
El listón es una imagen de salto de altura. Una barra horizontal que hay que superar. En el mercado de la aplicación, el listón es lo que pides a los demás, y el consejo es de una lógica de supermercado aplastante: si tu producto no está en buen estado, rebaja tus exigencias. Si no vas al gimnasio, no aspires al del gimnasio. Si te salen canas, confórmate con quien tenga más canas que tú. Como en las ofertas de última hora, cuando el yogur está a punto de caducar y le ponen la pegatina amarilla.
Lo deprimente no es el consejo en sí. Es la idea de que el amor funciona como una balanza de frutería. Que cada cuerpo tiene un precio por kilo y que lo sensato es ir a buscar a tu misma sección.
El planeta contesta a eso no subiendo ni bajando el listón, sino quitándolo. En Gayfolk no hay barra que saltar. Las personas no son simples objetos, dice la estrofa final, y los objetos son precisamente lo que tiene listón, precio y etiqueta. Fuera etiquetas, fuera listón. Si alguien quiere saltar, que salte a la piscina, que para eso el planeta tiene un verano largo y ninguna prisa por volver a la Tierra.
Romeo y el cirujano
Dos detalles más de las estrofas del villano, porque tienen nombre propio y el planeta adora los nombres propios. El primero es Romeo. «Ponte a hacer deporte, ¡Romeo!» El villano llama Romeo al de pluma. Es un insulto con fondo de teatro clásico: el gran enamorado de la literatura convertido en un pringado al que mandan al gimnasio. Shakespeare en un perfil de Grindr. Es tan absurdo que solo puede ser verdad.
El segundo es el cirujano. «Vete a llorar al cirujano, yo creo.» Ese «yo creo» final es oro puro. El villano no solo te manda a operarte: lo hace con una muletilla de tertuliano, como si te estuviera dando un consejo meditado. Yo creo, ¿eh?, que tú lo que necesitas es un retoque. Es la condescendencia de quien se ha hecho las cejas en una clínica de la calle Princesa y ahora se cree con autoridad para recetar.
Con Romeo y el cirujano, la letra completa el retrato del villano sin decir nunca que es un villano. Basta con dejarle hablar. Cuanto más habla, más pequeño se hace.
Artículo primero
Y aquí llega el acta. Después de los insultos, del estribillo, del testimonio de Toledo y de la sentencia de pringado, la canción cambia de tono como quien cambia de canal. Aparece un anuncio, una noticia, un titular de telediario del espacio:

«Descubierto un nuevo planeta llamado GayFolk / No hay grinder ni aplicaciones, tampoco hay complejos»
Si el planeta tuviera Constitución, este sería el artículo primero. No hay aplicaciones. No hay complejos. Y los siguientes vienen detrás, en la misma estrofa: no hay de qué preocuparse a los que van de discretos, y las personas allí no son simples objetos.
Merece la pena leer el último con calma. «Las personas allí no son simples objetos.» Es la única línea de la canción que no tiene ni un gramo de chiste. Toda la letra es burla, pluma, insulto creativo y exclamación. Y de repente, al final, una frase limpia y seca que podría estar escrita en una pared. Ese giro brusco, del chiste a la verdad, es la firma del catálogo. Aquí ocurre en la última estrofa y funda un mundo.
Y fijaos en el detalle de los discretos. El planeta no los expulsa. Al contrario: allí no tienen de qué preocuparse. Es decir, no hace falta ser discreto porque no hay nadie que vaya a juzgarte. El armario no se prohíbe, se vuelve innecesario. Esa es una manera muy elegante de imaginar la libertad: no como una obligación de salir, sino como la desaparición del motivo para esconderse.
Se acabaron las preocupaciones
La última línea de la canción es casi una canción de cuna: «No hay grinder ni aplicaciones, / Se acabaron las preocupaciones».
Rima fácil. Aplicaciones, preocupaciones. Es la rima que haría un niño. Y precisamente por eso funciona: el planeta se describe con la sencillez de un dibujo infantil. Un lugar sin pantallas, sin bloqueos, sin dioses de gimnasio. Un lugar donde se acaban las preocupaciones como se acaban los deberes en verano.
Quien conozca la trilogía sabe que esto es solo el primer contacto. Después vendrá el segundo disco, el del deseo de viaje, y el tercero, el de la liberación, tal como explica la página de la trilogía GAYFOLK. Aquí todavía no se ha llegado a ninguna parte. Solo se ha avistado el planeta. Como Colón viendo una línea de costa desde la cubierta, con la diferencia de que aquí no se va a conquistar a nadie, sino a dejar de ser conquistado por una aplicación.
El mapa del disco
Que esta canción ocupe la pista 10 del primer álbum tiene su lógica. Las nueve anteriores han ido preparando el terreno. La 1 es «La primera drag». La 4 es «La despedida», donde se dice adiós al planeta Tierra con Camela en el coche camino de una base aeroespacial, cosa que se puede leer en su letra completa. La 9 es «Nunca más nos volveremos a ver». Hay despedidas por todas partes. El disco se va yendo.
Y en la 10, por fin, aparece el nombre del destino. Como si el álbum entero fuera un autobús de línea en el que, después de mucho adiós, alguien mira por la ventanilla y dice: ahí está.
La página del álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», lo describe como el punto de partida del universo, el primer contacto con su paisaje, sus personajes y su vocabulario. Esta canción aporta las tres cosas. El paisaje: un sitio sin pantallas. Los personajes: el villano, el follamigo de Toledo y el narrador harto. Y el vocabulario: pringado, dios, desgastado, discreto.
Por qué un planeta y no un barrio
Una pregunta razonable: si el problema es una aplicación, ¿por qué hace falta un planeta entero? ¿No bastaría con borrarla del móvil?

La canción contesta sin decirlo. Porque la aplicación no es el problema. Es el síntoma. El villano que bloquea por gordo o por pluma no lo inventó Grindr: estaba antes en el vestuario del instituto, en la discoteca de pueblo, en la cena familiar. La aplicación solo lo puso en una pantalla y le dio un botón. Borrarla no borra al villano.
Por eso hace falta irse más lejos. No a otro barrio, que también tendrá su Grindr; no a otra ciudad, que también tendrá su follamigo realista. A otro planeta. Uno donde las reglas sean otras desde el principio. Es una exageración, claro. Como todo en este catálogo. Y como todo en este catálogo, la exageración es la forma más exacta de decir lo que se siente: que en la Tierra no cabes.
La página de Madrid del planeta habla de la comunidad queer que sostiene la escena cuando la industria mira a otro lado. El planeta Gayfolk es esa comunidad elevada a astronomía. Un lugar que alguien se inventó porque el de verdad le quedaba pequeño.
Una nota sobre el humor
Sería fácil leer esta canción como un panfleto contra las aplicaciones. No lo es, o no solo. Es, sobre todo, una comedia. El villano es ridículo, el estribillo es pegadizo hasta la vergüenza, la rima de «Romeo» con «bloqueo» es de verbena. La canción se ríe de todos, y se ríe primero del narrador, que al fin y al cabo también estaba en la aplicación buscando el polvo perfecto como todo el mundo.
Eso es importante. El fundador del planeta no es un santo que mira desde fuera. Es uno más de los que lloraban a todas horas. Lo que le distingue no es la pureza, es el hartazgo. Y el hartazgo, en este catálogo, siempre acaba en canción.
La página de camp español de la web habla de convertir lo demasiado en herramienta política. Aquí lo demasiado es la crueldad de una aplicación, puesta en boca de un villano tan exagerado que da risa. La risa es el primer paso para dejar de tomárselo en serio. El segundo es irse.
Ficha técnica del acta
Para que conste en acta, como en las de verdad. La canción es la pista 10 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primera parte de la trilogía. Figura en el listado general de la web como la pista 241 de 273. La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como el proyecto declara abiertamente. Los datos citables, con discos, fechas y contacto, están en el centro de prensa de la web.
Se escucha en Spotify, se descarga gratis desde su ficha y tiene videoclip propio.
Disposición final
Toda acta de fundación termina con una disposición final. La de este planeta podría ser la última línea de la canción: se acabaron las preocupaciones. Pero esta crónica prefiere otra, más pequeña, que está escondida en mitad de la letra y que resume por qué hubo que inventar un mundo entero.
Me parecía deprimente.
Así empiezan los planetas. Con alguien que mira lo que hay y dice que no, que así no. Y en lugar de bajar el listón, como le aconsejaron en Toledo, se pone a dibujar uno nuevo.
Preguntas frecuentes
¿Por qué se dice que el planeta nace en esta canción?
Porque su última estrofa dice literalmente «Descubierto un nuevo planeta llamado GayFolk», que es el título del primer álbum de la trilogía. Es la descripción de un lugar donde «no hay grinder ni aplicaciones».
¿Quién habla en las primeras estrofas?
Un personaje: el usuario de aplicación que bloquea a todo el mundo por gordo, calvo, viejo o con pluma, y que se describe a sí mismo con un «yo soy dios». El diario lo llamó «el villano de la aplicación».
¿Qué es lo del follamigo de Toledo?
Un fragmento narrativo de la letra: «Un buen follamigo que tuve en Toledo hasta que me fui de allí» le da al narrador un consejo sobre la aplicación que a él le parece deprimente.
¿En qué disco está?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primera parte de la trilogía GAYFOLK, como pista 10 de 90.