Cultura pop
«Camela»: casete de gasolinera, abrigo de plumas y cero vergüenza
Por Mike Sain't Louis ·

Un descapotable rosa antiguo, parado en mitad del desierto. Un abrigo de plumas rosa chicle. Plumas volando como confeti y un atardecer dorado al fondo.
Así describe Mike Sain't Louis la portada de «Camela» en su blog, y añade un detalle que vale el disco entero: «La mano levantada al cielo parece saludar a alguien en la cuneta».
En la cuneta. No en un escenario ni en una alfombra roja. En la cuneta, que es donde la tecno-rumba vendió sus primeros casetes.
Casetes en la gasolinera
Hay que empezar por ahí, porque sin gasolinera no hay Camela. Según la entrada de Camela en Wikipedia, el grupo grabó en 1992 una maqueta de ocho cortes, «Junto a mí», que les costó 200.000 pesetas. Con ayuda de familia y amigos sacaron una segunda, «Me gustan tus ojos», que funcionó igual o mejor sin salir del circuito de gasolineras, mercadillos y bares de la zona.
Gasolineras y mercadillos. Ese era el canal de distribución. Nada de radiofórmula ni de tiendas de discos con dependiente que te mira por encima de las gafas. Ibas a echar gasoil a la salida de Madrid, y al lado del ambientador de pino había un casete con dos caras sonrientes.
Luego llegó una pequeña discográfica independiente, Producciones AR, que les ofreció contrato y publicó en 1994 su primer álbum, «Lágrimas de amor», en CD y casete. El resto es historia de España contada desde el asiento trasero.
El planeta tiene debilidad por esa historia, y se entiende. Hacerlo todo con lo que hay, distribuirlo como se puede, que te miren raro y seguir. Si sustituyes gasolinera por Spotify y casete por descarga gratuita, la trayectoria suena familiar.
San Cristóbal de los Ángeles
Camela es de Madrid. Conviene recordarlo, porque el acento aflamencado despista y hay quien lo sitúa mucho más al sur. Dioni, Ángeles y, hasta febrero de 2013, el teclista Miguel Ángel Cabrera son del barrio de San Cristóbal de los Ángeles, en Villaverde.
La entrada de San Cristóbal (Madrid) lo describe con una precisión casi topográfica: un barrio en el extremo sur del distrito, históricamente aislado, un rectángulo cerrado por el ferrocarril al norte y al este y por la antigua carretera de Andalucía al oeste. A unos diez kilómetros de la Puerta del Sol.
Diez kilómetros. En Madrid eso es otra galaxia. Es el sur, el de las vías del tren y la A-4, el que en las revistas de tendencias no sale nunca. Y de ahí salió el segundo grupo español que más ha vendido en las últimas tres décadas.
Para un letrista madrileño que ha construido un planeta entero con lo que la capital desprecia, Camela no es una curiosidad de verbena. Es un vecino ilustre. Cuando la página de Madrid en el planeta habla de una ciudad donde conviven «la copla de la abuela y el synth del vecino», el synth del vecino bien podría ser el de Miguel Ángel en San Cristóbal.
Ventas de carretera
Ahora la parte incómoda. La tecno-rumba no tuvo buena prensa. La propia entrada de tecno-rumba lo resume sin rodeos: el género fue muy criticado, asociado a producciones de bajo presupuesto y «ventas de carretera».
Ventas de carretera. Dicho con el mismo tono con el que se dice «música de chonis» o «eso lo escucha mi tía». Como si vender en una gasolinera fuera un delito estético.
Mike lo escribe así en su blog: la tecno-rumba ha sido durante años «blanco de burlas de quienes se creen más finos». Y remata: para él siempre ha sido «una música profundamente popular, en el mejor sentido de la palabra».
Los que se creen más finos. Esa gente existe, la conoces. Es la que en la boda dice que no se sabe ninguna canción de Camela y a la tercera ya está dándolo todo con la corbata en la frente. El blog de Mike lo cuenta mejor: cuando suena Camela en una fiesta, «todo el mundo se sabe la letra, incluso quien juraba no haberla escuchado nunca».
Esa hipocresía es puro camp. Lo que se desprecia en público y se adora en privado. Lo que da vergüenza confesar y hace llorar en el coche. Susan Sontag tendría material para una nota más.
Antes de Camela, Remedios
La tecno-rumba no salió de la nada. La misma entrada de Wikipedia señala que en 1983 Remedios Amaya ya reivindicó ese tipo de mezcla con «¿Quién maneja mi barca?» en Eurovisión, y que después Azúcar Moreno, con Raúl Orellana, grabaron temas en esa línea como «Bandido», otra canción de Eurovisión.

Eurovisión, cómo no. El planeta y Eurovisión son primos hermanos.
Y una aclaración de terminología que tiene su gracia: según esa entrada, tecno-rumba es «un concepto mediático». Es decir, un nombre que pusieron los periodistas a una cosa que el público ya estaba comprando en las gasolineras. Primero el pueblo baila, luego la prensa bautiza. Como casi siempre.
Cuatro millones y un disco de diamante
Las cifras de Camela son de las que callan bocas. «Sueños inalcanzables», de 1995, se mantuvo más de cincuenta semanas en las listas de ventas. «Corazón indomable», de 1997, llegó al número uno de la lista AFYVE durante varias semanas. Y en 2001, «Amor.com» vendió 400.000 ejemplares, que sumados a los más de cuatro millones que ya llevaban les valieron el disco de diamante.
Disco de diamante. Para el grupo de las ventas de carretera.
Entre medias hay dos movimientos que dicen mucho del público que tenían. En 1996, tras una gira y sin repertorio nuevo a tiempo, volvieron a grabar los temas de sus primeras maquetas en «Sus 12 primeras canciones». Es decir, el público quería las canciones de la gasolinera, y las quería bien grabadas. Y en 1998 llegó «Camela Dance», con versiones de sus éxitos para la pista. La rumba de casete, remezclada para la discoteca. El camino natural de cualquier cosa que acaba en el planeta Gayfolk.
Y hay un dato que, leído desde el planeta, da para una sonrisa larga: Camela es el segundo grupo español con más ventas de las últimas tres décadas, justo por detrás de La Oreja de Van Gogh.
Ya no nos gusta la Oreja de Van Gogh
Ahí está el chiste. En el catálogo de Mike hay una canción titulada «Ya no nos gusta la Oreja de Van Gogh». El texto que la presenta empieza con una confesión: «Yo crecí con Amaia Montero». Y luego aclara el tiro: «Nos gustan ellas, Amaia y Leire, pero no el envoltorio domesticado en el que la industria convirtió a una banda que un día fue pura emoción».
O sea, el podio de ventas de la música española, leído desde el planeta Gayfolk, queda así. En el primer puesto, una banda a la que se le dedica una canción de reproche con cariño. En el segundo, un grupo de Villaverde al que se le dedica un homenaje sin una gota de reproche.
La una, domesticada por la industria. La otra, nacida fuera de ella. Ya se ve de qué lado de la cuneta se pone el abrigo de plumas.
Fangoria en el Calderón
Un apunte que a cualquier habitante del planeta le alegra la tarde. La entrada de Camela cuenta que en 2009, en uno de los conciertos de la gira «Dioni, Ángeles y Miguel», el grupo actuó por primera vez en el teatro Calderón de Madrid, y que invitó a artistas como Los Chichos, Estopa, Valderrama y Fangoria, entre otros.

Fangoria. Alaska y Nacho Canut en el mismo escenario que la tecno-rumba de San Cristóbal.
Ese cruce lo dice todo sobre la relación entre lo queer y lo popular en España. La movida y el sur de Madrid, la ceja pintada y la rumba de casete, compartiendo teatro. Lo que la crítica separaba, la fiesta lo juntaba. Y en 2006, otro dato de la misma entrada, El Fary participó en «Mi viaje», su última colaboración un año antes de morir. El Fary y Fangoria pasando por la misma casa. Eso es un país.
Lo que dice el texto, y lo que no
Hay que ser honesto con una cosa. La canción «Camela» no tiene, a día de hoy, letra publicada en verso. La página de letra recoge el texto con el que Mike la presenta, cinco líneas cortas que funcionan como declaración de intenciones.
La primera es rotunda: «Camela forma parte de nuestra historia». La segunda hace inventario: «De los viajes, los veranos, los amores imposibles y los amores que sí».
Los amores que sí. Qué final de frase más bonito. Después de tanto amor imposible, que es la gasolina de cualquier canción de Camela, el texto reserva un hueco a los que salieron bien. No todo es «Lágrimas de amor». También hay quien se casó y sigue.
Luego viene la frase que define el tono: «No es nostalgia: es memoria viva, es alegría compartida». Y el cierre: «Porque cuando suena Camela… todo vuelve a brillar».
Brillar. No llorar, no recordar. Brillar, que es verbo de bola de espejos. La firma del texto lleva justo eso, un emoji de bola de discoteca.
Camela, cuando casi me caso
Si quieres oír a Mike escribiendo sobre Camela en verso, la canción a la que hay que ir es otra: «La despedida», del mismo segundo disco. Allí el nombre del grupo abre casi cada línea, como quien pasa las páginas de un álbum de fotos. La letra completa está publicada y es un inventario de vida.
Algunas entradas de ese inventario: «CAMELA CUANDO ME DI EL PRIMER BESO». «CAMELA CUANDO CASI ME CASO». «CAMELA ESA VEZ QUE IBA PUESTO». «CAMELA CUANDO HE SIDO PERVERSO».
Esa vez que iba puesto. Sin explicación, sin pedir perdón. Entre el primer beso y la boda que no fue, una noche de las que no se cuentan en la comida de Navidad.
Y las mejores, las domésticas: «CAMELA CUANDO ME ECHABAS LA LACA». Y más adelante, el verso más largo y más tierno de toda la letra: «CAMELA CUANDO TE ACERCABAS A MERCADONA A / COMPRARME LA LACA DE L'ORÉAL PORQUE SABÍAS QUE SI NO, / EL PELO TODA LA NOCHE NO ME IBA A AGUANTAR».
Mercadona y L'Oréal en la misma frase. Un novio que se acerca al súper a por laca porque sabe que la cresta no aguanta. Si eso no es amor, que venga alguien y lo explique mejor.
Chueca, con miedo
Y entonces, en mitad de la fiesta, la letra de «La despedida» suelta esto: «CAMELA, LA PRIMERA VEZ QUE FUI YO SOLO CON MIEDO A / CHUECA PENSANDO QUE ME IBAN A PEGAR».
No hace falta añadir mucho. Ir solo a Chueca por primera vez pensando que te van a pegar. Con Camela en los auriculares, o en la cabeza, para darse valor.
Ese es el giro seco de la canción, y también el motivo de fondo de que el planeta trate a Camela con tanto respeto. La música que se despreciaba era la música que acompañaba a los que tenían miedo. El casete de gasolinera era el walkman del chaval que cogía el metro hasta Chueca temblando.
El diario del planeta repasó esta letra en su análisis de «La despedida», y allí se cuenta cómo esa línea, en mitad de una canción alegre, recuerda lo que suponía dar ese paso. Aquí basta con leerla otra vez, despacio.
Pelahustán, 335 habitantes
Hay otro verso de «La despedida» que merece mapa: «CAMELA EN UN VIAJE A PELAHUSTÁN».

Pelahustán existe. Según su entrada en Wikipedia, es un municipio de la provincia de Toledo con 335 habitantes según el INE de 2025, y su nombre parece venir de los telares y la venta de lino que tuvo el pueblo en el pasado.
Trescientos treinta y cinco habitantes. En una canción que termina con una nave espacial. El planeta va de Pelahustán al espacio sin escalas, y lo hace con Camela sonando en el coche. Es exactamente lo que Mike escribe en el texto de «Camela»: un sonido que sigue presente «en cada coche, en cada pueblo, en cada corazón». Ahí sí, el texto suelta una enumeración de manual, y se le perdona, porque está hablando de Camela y a Camela no se le piden cuentas.
El cohete color chicle
El final de «La despedida» convierte el homenaje en ciencia ficción camp. «CAMELA Y UN COHETE ROSA EN ESTE VIAJE SIDERAL», dice la letra, y en la segunda vuelta lo mejora: «CAMELA Y UN COHETE COLOR CHICLE EN ESTE VIAJE SIDERAL». Y luego: «CAMELA EN LA NAVE ROSA QUE SE ALEJA DE LA TIERRA PARA / NO VOLVER JAMÁS».
Color chicle. El mismo rosa chicle del abrigo de plumas de la portada de «Camela». Las dos canciones comparten paleta.
Y el planeta al que va esa nave, según la letra, es un sitio «SIN DISCUSIONES, NI DECEPCIONES», donde «NO HAY DESIGUALDAD». Para llegar a un sitio así hay que salir de la Tierra. Pero el equipaje es de aquí: un casete de Camela y un bote de laca.
La pista 82
En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, «Camela» es la pista 82 de 86. El tramo final del disco es un pequeño cancionero popular pasado por neón. En la 80 está «La Tarara», la canción de corro de toda la vida. En la 81, «Whisper Fade». En la 82, Camela. En la 83, «No me despiertes al niño». Y en la 85, la canción que da título al disco.
La Tarara y Camela casi juntas. Lo que se coreaba en el patio del colegio y lo que sonaba en el coche del padre, a dos pistas de distancia. Dos formas de memoria popular que la cultura oficial suele dejar fuera de las listas de lo serio. El disco las mete en el tramo final, justo antes de despegar hacia el título. Como quien sube a la nave con lo imprescindible. Después de Camela todavía quedan «Elon Musk ha anunciado», en la 84, y «Gatekeeping», que cierra en la 86. Del casete de gasolinera al multimillonario de los cohetes y de ahí al portero de discoteca que decide quién entra. El tramo final del disco viaja más rápido que la nave rosa.
En la transmisión de videoclips del planeta, el de «Camela» dura 3:22 y es el 108 de 276, entre el de «No me despiertes al niño» y el de «Whisper Fade». Según mikesaintlouis.com se publicó el 7 de septiembre de 2025, a la vuelta del verano. Justo cuando las verbenas cierran y las canciones de Camela vuelven del pueblo a la ciudad metidas en la maleta.
Sauna y fauna
«La despedida» tiene también su tramo de verbena sin censura, y es donde la rima se pone traviesa: «CAMELA, LA PRIMERA VEZ QUE HICIMOS UN TRÍO EN LA SAUNA / CAMELA, DE CAMINO A LA PLAYA CON TODA LA FAUNA».

Sauna y fauna. Una rima que no saldría en ningún disco de Camela, y que sin embargo suena exactamente a Camela: rima fácil, verso largo, pecado contado con naturalidad de sobremesa. Lo que el grupo de San Cristóbal hacía con el desamor, el planeta lo hace con las noches de su protagonista, y con el mismo descaro.
«Toda la fauna» es, además, una expresión de Madrid de las buenas. La fauna es la pandilla, los amigos de los amigos, la tropa que se sube al coche con la nevera portátil. Nadie dice «mis amistades». Se dice la fauna.
Y entre tanto recuerdo de fiesta, uno de lo más casero: «CAMELA CUANDO ADOPTAMOS A KAS». La letra no explica quién o qué es Kas, y aquí no se va a inventar. Lo que importa es que está en la misma lista que el primer beso y el trío. Para quien escribe, adoptar a Kas es un hito del mismo tamaño.
Todo en mayúsculas
Un detalle tipográfico que no es menor: la letra publicada de «La despedida» está escrita entera en mayúsculas. De arriba abajo. Como un rótulo de carretera, como un cartel de verbena pegado en la farola del pueblo.
Escribir en mayúsculas, en internet, es gritar. Y la letra grita a Camela como se grita una canción con las ventanillas bajadas, sin modular, con la garganta abierta. No es una letra para leer en voz baja. Es una letra para la autovía.
Al final, eso sí, la canción baja el volumen sin bajar las mayúsculas. «HACÍA TIEMPO QUE NO NOS MIRÁBAMOS ASÍ, Y ESO NO ES / CASUALIDAD». La frase se repite con dos variaciones, las bromas y la cara iluminada, y después se queda sola: «ESO NO ES CASUALIDAD». Mayúsculas para susurrar. Solo el planeta.
De trío a dúo
La historia de Camela tiene su propio capítulo de despedida. Según la misma entrada de Wikipedia, el 23 de febrero de 2013 Miguel Ángel Cabrera dejó el grupo por desacuerdos con sus compañeros y para emprender otros proyectos. Desde entonces, Camela es un dúo, y en junio de 2014 publicó su decimoquinto álbum, «Más de lo que piensas», ya con Warner Music Spain.
Más de lo que piensas. El título parece escrito para contestar a los que se creían más finos. Veintidós años después de la primera maqueta, el grupo de las gasolineras sigue publicando discos con multinacional. Las ventas de carretera llegaron más lejos que muchos con autopista.
Para los primos del asiento trasero
Mike cierra la entrada de su blog con una dedicatoria que se puede leer en voz alta en cualquier boda: «Se la dedico a quienes compraban casetes en las gasolineras, a los primos con los que compartías asiento trasero y a cualquiera que se haya emocionado con una canción que le daba vergüenza confesar que le gustaba».
Una canción que te daba vergüenza confesar que te gustaba. Esa frase es el núcleo del asunto. Para mucha gente del planeta, la vergüenza musical vino antes que la otra, y fue un entrenamiento. Primero aprendes a decir en voz alta que te gusta Camela. Luego, otras cosas.
Escúchala en Spotify o descárgala gratis, sin registro, desde la ficha del single. Y si después te apetece el lado más kitsch del asunto, la página sobre lo camp en el planeta explica por qué aquí se toma en serio lo que otros miran de reojo.
Súbele el volumen. Baja la ventanilla. Si alguien en la cuneta te saluda con la mano, devuélvele el saludo: puede que lleve un abrigo de plumas rosa chicle.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Camela» de Mike Sain't Louis?
Es un homenaje al grupo de tecno-rumba. En el texto que la presenta, Mike escribe que Camela forma parte «de los viajes, los veranos, los amores imposibles y los amores que sí», y que la canción no es nostalgia: «es memoria viva».
¿En qué disco está?
Es la pista 82 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, entre «Whisper Fade» y «No me despiertes al niño».
¿Qué otra canción del planeta habla de Camela?
«La despedida», cuya letra repite el nombre del grupo como banda sonora de una vida entera, desde el primer beso hasta un cohete rosa que se aleja de la Tierra.
¿Quién hace la música y las voces?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se producen con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno, algo que el proyecto explica en su press kit.