Cultura queer
De Ganímedes a Antínoo: amores entre hombres y entre mujeres en Grecia y Roma, y el Zeus del algoritmo
Por Mike Sain't Louis ·

En el planeta hay un estribillo que grita un nombre de dios con mayúsculas. En «Me mola Zeus», del tercer álbum de la trilogía, el narrador está atrapado en el móvil por culpa de un chico que no para de aparecerle en la pantalla:
me estás jodiendo el algoritmo.
Ese Zeus no vive en el Olimpo. Se llama Zeus Vargas, es un personaje inventado, tiene cara de no haber dormido, lleva los cascos rotos y hace cafés aguados que resultan ser la mejor cita de la semana. El diario ya contó ese deseo con wifi y algoritmo. Pero el nombre no es inocente. Llamarse Zeus es cargar con el apellido del dios más mujeriego, y también más hombreriego, de la Antigüedad. Y esa es la puerta que vamos a abrir aquí: la de los amores entre personas del mismo sexo en la Grecia y la Roma clásicas, contados con datos, con matices y con una advertencia que no conviene olvidar.
Una advertencia antes de entrar al templo
Antes de empezar, una aclaración importante. Cuando hablamos de amores entre hombres o entre mujeres en la Antigüedad, no estamos hablando de gais, lesbianas o bisexuales en el sentido actual. Esas categorías no existían. Los griegos y los romanos no clasificaban a las personas por el sexo de quien deseaban, sino por otras cosas: el papel que se tenía en la relación, la edad, la condición de libre o esclavo, el estatus social.
Y hay una parte de esa historia que no se puede contar con una sonrisa. Muchas relaciones entre hombres en la Grecia clásica seguían el modelo de la pederastia, una relación entre un hombre adulto y un adolescente, con una jerarquía de edad y de poder que hoy consideramos inaceptable. En Roma, la moral dominante toleraba que un ciudadano libre tuviera relaciones con esclavos o con hombres de condición inferior, pero castigaba socialmente que adoptara un papel considerado pasivo. Idealizar todo eso como una especie de paraíso queer sería un error.
Dicho esto, la Antigüedad también dejó relatos de amor entre iguales, poemas de deseo entre mujeres, parejas de guerreros y duelos que todavía conmueven. Esos relatos fueron durante siglos censurados, traducidos a medias o explicados como simple amistad. Recuperarlos con honestidad forma parte de la memoria queer. El planeta, que tiene su propia mitología, se siente en casa en esa tradición de dioses que bajan a la tierra a enamorarse.
Zeus y Ganímedes: un águila sobre Troya
El mito más famoso es el de Ganímedes. Según la tradición griega, era un joven príncipe troyano de una belleza extraordinaria. Zeus, el rey de los dioses, se enamoró de él y, en muchas versiones, se transformó en águila para raptarlo y llevarlo al Olimpo. Allí Ganímedes se convirtió en el copero de los dioses, el encargado de servir el néctar en los banquetes, y recibió la inmortalidad.
La historia se contó y se pintó durante siglos. Aparece en vasijas griegas, en esculturas romanas, en los cuadros del Renacimiento y del Barroco. Los romanos latinizaron su nombre como Catamitus, de donde procede un término que en inglés se usó durante mucho tiempo para referirse, con desprecio, al joven amante de un hombre mayor. Y el diario del planeta ya recordó, en su nota breve sobre los dioses, que Zeus tuvo amores con mujeres y con hombres.
Hay un detalle astronómico que encanta a un universo llamado Planeta Gayfolk. Cuando Galileo Galilei observó en 1610 las cuatro grandes lunas de Júpiter, que es el nombre romano de Zeus, esas lunas acabaron recibiendo los nombres de amores del dios: Ío, Europa, Calisto y Ganímedes. Ganímedes es la mayor luna de todo el sistema solar, más grande incluso que el planeta Mercurio. Es decir: el amante masculino de Zeus orbita, para siempre, alrededor de su planeta.
Aquiles y Patroclo: lo que Homero no dijo
La «Ilíada» de Homero cuenta la guerra de Troya y, en el centro de esa guerra, la amistad entre Aquiles, el mayor guerrero de los aqueos, y Patroclo, su compañero inseparable. Cuando Patroclo muere a manos de Héctor, Aquiles enloquece de dolor. Se cubre de ceniza, se niega a comer, llora durante noches enteras junto al cadáver y vuelve a la batalla solo para vengarlo.

Homero no dice en ningún momento que fueran amantes. Pero tampoco hacía falta, según muchos lectores griegos posteriores. El dramaturgo Esquilo, en una tragedia perdida titulada «Los mirmidones», los presentó claramente como pareja. Y en el «Banquete» de Platón, los personajes discuten con toda naturalidad cuál de los dos era el amante mayor y cuál el amado, lo que demuestra que en la Atenas del siglo IV antes de nuestra era esa lectura estaba muy extendida.
Siglos después, la escritora estadounidense Madeline Miller convirtió esa historia en una novela, «La canción de Aquiles», publicada en 2011, que ganó el premio Orange en 2012 y se hizo enormemente popular entre lectores jóvenes. Para toda una generación, Aquiles y Patroclo dejaron de ser «buenos amigos» y pasaron a ser lo que muchos sospechaban desde hacía milenios.
Safo de Lesbos: la palabra que nació en una isla
Si hay una figura imprescindible en esta historia, es Safo. Vivió en la isla de Lesbos, en el mar Egeo, hacia finales del siglo VII y principios del VI antes de nuestra era. Escribía poemas líricos, pensados para acompañarse con la lira, y muchos de ellos hablan del deseo y del amor hacia otras mujeres.
De su obra, que en la Antigüedad llenaba varios libros, nos ha llegado muy poco: un poema completo, la «Oda a Afrodita», en el que la poeta pide a la diosa que la ayude a conquistar a una mujer que la rechaza, y numerosos fragmentos, algunos recuperados de papiros encontrados en Egipto. Uno de los más célebres describe los síntomas físicos de ver a la persona amada hablando con otro: la lengua que se quiebra, un fuego sutil bajo la piel, los oídos que zumban, el sudor, el temblor. Es, todavía hoy, una de las descripciones más precisas de los celos y el deseo que se han escrito.
La fama de Safo fue tan grande que su isla y su nombre acabaron dando palabras a nuestro idioma. De Lesbos viene «lesbiana». De Safo viene «sáfica». Pocas personas en la historia pueden presumir de algo así: haber escrito sobre el amor entre mujeres con tanta intensidad que dos palabras para nombrarlo llevan su huella dos mil seiscientos años después.
El Banquete y la media naranja
Una de las ideas más extendidas sobre el amor romántico, la de la media naranja, tiene un origen inesperado. Aparece en el «Banquete» de Platón, un diálogo en el que varios personajes, reunidos en una cena, pronuncian discursos sobre Eros, el amor.
Uno de ellos, el comediógrafo Aristófanes, cuenta un mito delirante. Al principio, dice, los seres humanos eran dobles: tenían cuatro brazos, cuatro piernas y dos caras, y rodaban como bolas. Había tres tipos: los formados por dos hombres, los formados por dos mujeres y los formados por un hombre y una mujer. Como eran muy poderosos y desafiaron a los dioses, Zeus los partió por la mitad. Desde entonces, cada mitad busca desesperadamente a la otra.
Lo interesante es que, en el mito de Aristófanes, las tres combinaciones son igual de naturales. Quienes procedían de un ser formado por dos hombres buscan a otro hombre; quienes procedían de dos mujeres, a otra mujer. La media naranja, en su versión original, era perfectamente queer. Y otra vez aparece Zeus, ahora con unas tijeras metafóricas, como responsable de que todos andemos buscando a alguien por el mundo. Quizá, en el fondo, también por el algoritmo.
Harmodio y Aristogitón: la pareja que se hizo estatua
En la Atenas clásica había una pareja que se veneraba como símbolo de la libertad política. Harmodio y Aristogitón, amantes según las fuentes antiguas, asesinaron en el año 514 antes de nuestra era a Hiparco, hermano del tirano Hipias. Ambos murieron como consecuencia del atentado.

Años después, cuando la tiranía cayó y nació la democracia, los atenienses los convirtieron en héroes. Les levantaron estatuas en el ágora, se les dedicaron canciones de banquete y sus descendientes recibieron privilegios. Que la pareja fundacional de la democracia ateniense fueran dos amantes masculinos es uno de esos datos que los manuales escolares solían pasar por alto.
El Batallón Sagrado de Tebas
Más famosa todavía es la historia del Batallón Sagrado de Tebas. Según cuenta Plutarco en su vida de Pelópidas, era una unidad de élite formada por ciento cincuenta parejas de amantes, trescientos hombres en total, organizada hacia el año 378 antes de nuestra era. La idea detrás era sencilla y brutal: nadie lucha con más valor que quien tiene a su amado al lado, y nadie huye cuando sabe que su pareja lo está mirando.
El batallón fue clave en varias victorias de Tebas, incluida la célebre batalla de Leuctra, en el 371 a. C., contra Esparta. Pero en el 338 a. C., en la batalla de Queronea, se enfrentó al ejército de Filipo II de Macedonia y de su hijo, el joven Alejandro. Los trescientos lucharon hasta el final. Plutarco cuenta que Filipo, al ver los cuerpos de las parejas caídas juntas, lloró y maldijo a quien sospechara que aquellos hombres habían hecho algo vergonzoso.
En el lugar de la batalla se levantó un gran león de piedra que todavía puede verse hoy, restaurado, cerca de Queronea. Y en el siglo XIX, las excavaciones en la zona sacaron a la luz centenares de esqueletos enterrados en filas, que muchos historiadores relacionan con el batallón.
Adriano y Antínoo: un dios nacido del duelo
Pasemos a Roma. El emperador Adriano, que gobernó entre el 117 y el 138 de nuestra era y procedía de una familia de Itálica, en la Bética, mantuvo una relación con un joven griego de Bitinia llamado Antínoo. Lo llevaba consigo en sus viajes por el imperio. En el año 130, mientras la comitiva imperial recorría Egipto, Antínoo murió ahogado en el Nilo en circunstancias que nunca se aclararon del todo.
La reacción de Adriano no tiene precedentes. Fundó una ciudad en el lugar de la muerte, Antinoópolis. Ordenó que Antínoo fuera venerado como un dios, y su culto se extendió por buena parte del Mediterráneo oriental. Se esculpieron cientos de estatuas con su rostro, de una belleza serena e idealizada, que hoy pueblan los museos de medio mundo. Algunos astrónomos de la época llegaron a identificar una estrella nueva con el alma del joven.
Es difícil encontrar en toda la Antigüedad un duelo amoroso tan monumental. Un emperador que, incapaz de aceptar la pérdida, convierte a su amado en dios y en ciudad. El planeta, que ha hecho tantas canciones sobre despedidas, entiende bien esa necesidad de dar forma al dolor, aunque sea con mármol en lugar de con estribillos.
Ovidio y las metamorfosis del deseo
El poeta romano Ovidio recogió en sus «Metamorfosis», escritas a principios de nuestra era, decenas de mitos de transformaciones. Varios de ellos son, leídos hoy, historias de deseo y de identidad fuera de la norma.

Está Jacinto, el joven amado por Apolo, que muere golpeado por un disco durante un juego. El dios, desesperado, hace brotar de su sangre la flor que lleva su nombre. Está Hermafrodito, hijo de Hermes y Afrodita, cuyo cuerpo se funde con el de la ninfa Salmacis en un solo ser que reúne los dos sexos. Y está Ifis, una muchacha criada como chico para salvarle la vida, que se enamora de otra muchacha, Iante, y a la que la diosa Isis transforma en hombre la víspera de la boda.
Estas historias se leyeron durante siglos con incomodidad. Hoy, muchas personas trans, intersexuales y queer las releen como precedentes remotos de experiencias propias. Ovidio no tenía nuestras palabras, pero contaba cuerpos que cambian y deseos que no caben en una sola forma.
Lo que se tapó: traducciones, pronombres y vitrinas cerradas
Si hoy conocemos estas historias es, en parte, a pesar de quienes las transmitieron. Durante siglos, traductores, editores y profesores hicieron un trabajo minucioso de ocultación. Los poemas de amor entre hombres se traducían cambiando el género del amado. Los pasajes más explícitos se dejaban en latín o en griego, sin traducir, para que solo los especialistas pudieran leerlos. Las vasijas con escenas eróticas se guardaban en salas reservadas a las que solo accedían algunos estudiosos con permiso especial.
El caso más conocido no es antiguo, pero ilustra bien el método. Cuando en 1623 un sobrino nieto de Miguel Ángel publicó los poemas de su tío abuelo, cambió los pronombres de varios sonetos dedicados a Tommaso dei Cavalieri para que pareciera que iban dirigidos a una mujer. Hicieron falta más de dos siglos para que una edición fiel devolviera a los versos su destinatario real.
Con los clásicos pasó algo parecido. Ganímedes se explicó como una alegoría del alma que sube a Dios. Aquiles y Patroclo pasaron a ser camaradas de armas. Safo fue presentada en algunas épocas como una maestra respetable de muchachas, casi una directora de internado, para alejar cualquier sospecha. Y los objetos incómodos esperaron décadas en almacenes.
Un ejemplo de esa espera es la llamada Copa Warren, una copa romana de plata decorada con escenas de amor entre hombres. Durante buena parte del siglo XX ningún gran museo se atrevió a comprarla por miedo al escándalo. En 1999, el Museo Británico la adquirió y hoy se expone a la vista de cualquier visitante. Es un pequeño símbolo de cómo ha cambiado la mirada: lo que antes se escondía, ahora se explica.
Del mármol al neón: lo clásico en el planeta
El arte clásico ha sido durante siglos uno de los pocos lugares donde el cuerpo masculino desnudo podía mirarse sin escándalo. Los artistas del Renacimiento, empezando por Miguel Ángel, se apoyaron en esa tradición para representar un deseo que no podían nombrar. El planeta dedica una canción a esa herencia, «La de la Capilla Sixtina», y el diario la leyó como la historia de una séptima vida.
Y hay otra canción del planeta que entra en un templo del arte con alas de mariposa: «Louvre», cuyo texto de presentación habla de «reescribir los lugares donde nunca fuimos invitados». El diario lo resumió como bailar donde no nos invitaron. En las salas de antigüedades de los grandes museos hay estatuas de Antínoo, vasijas con escenas de Ganímedes y bustos de Safo. Pasear entre ellas sabiendo lo que significan es otra forma de bailar en el templo.
La portada de este artículo juega con esa idea. El fotograma del videoclip de «Me mola Zeus» muestra a un hombre tatuado, sin camiseta, posando ante un fondo de neón rosa como si fuera una estatua contemporánea. Es un Apolo de discoteca, un kurós con tinta en la piel. Lo clásico, en el planeta, siempre acaba bajo luces de colores.
El Zeus de hoy vive en el móvil
Volvamos a la canción. Zeus Vargas no es un dios, pero se comporta como tal: aparece cuando quiere, se hace el frío, desaparece, vuelve, y tiene al narrador sin comer durante tres días mirando sus vídeos. Es un Olimpo digital, con su propio rayo, que es la notificación. El estribillo lo resume con una mezcla de desesperación y gozo:

¡ME MOLA! ZEUS VARGAS ME MOLA
Hay algo profundamente clásico en esa obsesión. Safo describía cómo el cuerpo se deshace al ver a la persona amada. Aristófanes hablaba de mitades que se buscan sin descanso. Adriano no supo vivir sin Antínoo. El narrador de la canción, dos mil años después, está igual de perdido, solo que con el wifi encendido. Uno de los versos lo dice con todas las letras:
esto es deseo con wifi y sin piedad
La diferencia es que hoy ese deseo puede decirse en un estribillo pop, con mayúsculas y sin miedo. Durante siglos, la historia de Ganímedes se explicó como una alegoría del alma que sube al cielo, la de Aquiles y Patroclo como una amistad viril y los poemas de Safo se corrigieron cambiando pronombres. Escribir hoy «me mola Zeus» sin dar explicaciones es, aunque no lo pretenda, una forma de recuperar lo que se tapó.
Cinco lecturas para seguir tirando del hilo
Para quien quiera profundizar, unas cuantas puertas de entrada.
La «Ilíada», en cualquiera de sus buenas traducciones al castellano, para leer con ojos propios el duelo de Aquiles por Patroclo.
Los poemas y fragmentos de Safo, que existen en varias ediciones bilingües y que se leen en una tarde, aunque se tarde años en olvidarlos.
El «Banquete» de Platón, breve, divertido y mucho más moderno de lo que parece, con el discurso de Aristófanes como plato fuerte.
Las «Memorias de Adriano», de Marguerite Yourcenar, publicadas en 1951, una novela en la que el emperador recuerda su vida y su amor por Antínoo.
Y «La canción de Aquiles», de Madeline Miller, para quien prefiera entrar en la mitología por la puerta de la novela romántica.
Lo que la Antigüedad nos deja
La Antigüedad no fue un paraíso queer. Fue un mundo con esclavitud, con jerarquías brutales, con mujeres sin derechos y con prácticas que hoy rechazamos. Pero fue también un mundo donde el amor entre personas del mismo sexo se pintó, se esculpió, se escribió y se recordó, a veces con admiración y a veces con burla, pero sin el silencio absoluto que llegaría después.
Recordarlo sirve para algo muy concreto: desmontar la idea de que el deseo entre hombres o entre mujeres es una moda reciente o una rareza. Ha estado siempre ahí, en los mitos fundacionales de la cultura occidental, en sus poemas más bellos, en sus batallas más famosas y en sus estatuas más admiradas.
El planeta tiene su propio Olimpo de canciones, con dioses de barrio, ninfas de discoteca y héroes que se rompen de amor. Algunas, como «Soy marica sideral», miran directamente a las estrellas. Otras, como «Me mola Zeus», bajan al dios a la pantalla de un móvil. Todas, de algún modo, forman parte de esa larga historia en la que el deseo encuentra la manera de decirse. El diario reflexionó sobre esa diferencia entre lanzar canciones y construir una mitología, y este artículo es, en parte, un capítulo más de esa construcción.
«Me mola Zeus» está disponible en Spotify. Los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y las fechas de la trilogía están en la página de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Quién era Ganímedes?
En la mitología griega, un joven príncipe troyano de gran belleza al que Zeus, transformado en águila según muchas versiones, llevó al Olimpo para que fuera el copero de los dioses. Su nombre lo lleva hoy la mayor luna de Júpiter, descubierta por Galileo en 1610.
¿De dónde viene la palabra lesbiana?
De la isla griega de Lesbos, donde vivió la poeta Safo hacia los siglos VII y VI antes de nuestra era. Sus poemas de amor dirigidos a mujeres hicieron que su isla y su nombre, de donde sale también sáfica, acabaran designando el amor entre mujeres.
¿Qué fue el Batallón Sagrado de Tebas?
Una unidad de élite del ejército de Tebas formada, según Plutarco, por ciento cincuenta parejas de amantes. Fue decisiva en varias batallas del siglo IV antes de nuestra era y fue aniquilada en Queronea en el 338 a. C. por el ejército de Filipo II de Macedonia.
¿Eran iguales esas relaciones a la homosexualidad actual?
No. En Grecia y Roma no existían las categorías modernas de orientación sexual, y muchas relaciones entre hombres seguían jerarquías de edad y de estatus que hoy no aceptaríamos. Conviene leerlas con interés histórico, sin idealizarlas.
¿Quién es el Zeus de «Me mola Zeus»?
Un personaje inventado, Zeus Vargas, el chico que aparece en el algoritmo del narrador y lo vuelve loco. La canción es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical, y pertenece a «El día de la liberación».