Planeta Gayfolk

Salud mental

Depresión a los 41: «El abismo en mi cabeza» y el laberinto al que una canción le dibujó puertas

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Portada de «El Abismo en Mi Cabeza», canción de Mike Sain't Louis

De noche, el planeta tiene un barrio que no sale en los mapas turísticos. No hay neones ni chiringuitos ni drag queens bajando de una nave con abanico. Hay un pasillo. Luego otro. Luego una esquina que se parece demasiado a la primera. Quien vive allí sabe que el pasillo no termina, y lo sabe con el cuerpo antes que con la cabeza: las piernas pesan como si alguien les hubiera cosido arena en el dobladillo.

Ese barrio tiene nombre de canción. Se llama «El abismo en mi cabeza», y es una de las letras más desnudas que Mike Sain't Louis ha puesto en circulación. Está en «El día de la liberación», el disco que cierra la trilogía, rodeada de temas que bailan, que insultan con gracia a exnovios y que convierten Benidorm en un decorado de ciencia ficción. Esta no baila. Esta se queda quieta, con la luz apagada, y describe lo que hay.

A los 41 años, a Mike le pusieron nombre a lo que pesaba. El nombre venía en plural, como una lista de la compra que nadie quiere hacer: una depresión mayor de grado grave, ansiedad, un estrés postraumático, miedo social diagnosticado como fobia y un patrón de evitación que los manuales clasifican como trastorno de la personalidad. Lo ha contado él, sin rodeos y por decisión propia, para que su música sirva de algo más que de banda sonora. Esta crónica habla de uno de esos nombres, la depresión, y de cómo una letra le ayudó a sacar fuera algo que llevaba demasiado tiempo dentro.

Un hueco no se puede describir, un laberinto sí

La depresión, contada desde dentro, tiene un problema de forma. No es un objeto. No tiene esquinas. Es más bien una ausencia que ocupa sitio, como el hueco que deja un mueble cuando lo sacas de casa y descubres que la pared de detrás tiene otro color. Cuesta explicarla porque las palabras de siempre se quedan cortas: «estoy triste» suena a tarde de domingo, y aquello no se parece a una tarde de domingo. Se parece a vivir dentro de un domingo que no acaba.

Lo primero que hace la canción es darle forma a ese hueco. Le pone paredes. Lo convierte en un sitio:

El abismo en mi cabeza Se ríe de mi torpeza Es un laberinto sin puertas Donde el sol nunca se acuerda

Parece poca cosa y es muchísimo. Un abismo sin más es caída libre, no hay dónde agarrarse. Un laberinto, en cambio, tiene pasillos, giros, muros que se pueden tocar. Es angustioso, claro, pero es un lugar. Y un lugar se puede dibujar en un papel, se puede recorrer con el dedo, cabe en una servilleta para enseñárselo a alguien: mira, aquí es donde me pierdo.

En el manifiesto del planeta, en la sección de proceso, hay una frase que explica por qué Mike escribe como escribe: componer como forma de pensar, ordenar recuerdos, elaborar pérdidas. Esta letra es eso en estado puro. No hay chiste, no hay personaje inventado al que lanzar dardos. Hay alguien ordenando el caos en cuatro versos que riman, porque la rima también es una forma de poner orden. «Cabeza» con «torpeza». «Puertas» con «se acuerda». Hasta lo que duele queda colocado.

El abismo que se ríe

Hay un detalle del estribillo que merece una parada larga. El abismo no está callado. Se ríe. Y se ríe precisamente de la torpeza de quien lo habita.

Fotogramas del videoclip oficial de «El abismo en mi cabeza», de Mike Sain't Louis

Cualquiera que haya atravesado una depresión reconoce a ese inquilino. Es la parte de la cabeza que lleva la cuenta de cada error, que recuerda el comentario torpe de hace diez años con más nitidez que el desayuno de hoy, que convierte una tarea pequeña (contestar un mensaje, ducharse, bajar la basura) en una prueba de que no sirves. Mike lo ha escrito como un abismo con sentido del humor, un humor de los malos, el de quien se burla desde arriba.

Ponerle risa al abismo es una jugada fina. Cuando el enemigo interior tiene cara, gestos y hasta una carcajada reconocible, deja de ser «yo» y pasa a ser «eso». Es un movimiento pequeño de distancia, apenas un paso atrás, pero desde ese paso atrás se puede mirar. Mientras la burla suena como pensamiento propio, uno se la cree. En cuanto suena como alguien que se ríe en un pasillo, uno empieza a sospechar de ella.

Los psicólogos tienen nombres técnicos para ese gesto de separar el pensamiento de quien lo piensa. Aquí no hace falta usarlos. Basta con la imagen: un laberinto con eco, y en el eco, una risa que no es tuya aunque lleve tu acento.

Los días como espejos viejos

En la segunda estrofa aparece la imagen más precisa de toda la canción:

Los días se rompen como viejos espejos

Un espejo viejo no se rompe limpio. Se raja en trozos irregulares, cada uno devolviendo un pedazo de cara con un ángulo distinto. Así se viven las semanas en lo más hondo de una depresión: no como una línea, sino como fragmentos sueltos que no terminan de encajar. El lunes y el jueves se confunden. Una tarde entera desaparece y no queda nada de ella. Otra, en cambio, se vuelve eterna.

Y hay otra lectura, más amarga. Un espejo roto es también una forma de mirarse. Durante mucho tiempo, alguien que arrastra acoso en la infancia y relaciones que lo vaciaron aprende a verse a trozos, siempre con alguna parte que falla. Mike sufrió acoso escolar de niño, abusos sexuales, más de una vez, cuando era niño y, desde que se enamoró por primera vez a los 22, dos relaciones fallidas con personas que, con el tiempo, entendió que eran narcisistas. No hace falta añadir detalles a esa lista; la lista ya pesa. Lo que sí se entiende es por qué los espejos de esta letra están rotos desde hace tanto.

Escribir esa línea no repara el espejo. Pero lo nombra. Y nombrarlo cambia la relación con los cristales: ya no son el reflejo verdadero, son un espejo viejo, roto, que se puede tirar algún día.

Ponerle nombre a los 41

Hay quien piensa que un diagnóstico es una etiqueta que encierra. Para mucha gente funciona al revés: es una llave. Mike recibió el suyo a los 41 años, después de décadas cargando cosas sin saber cómo se llamaban. En mikesaintlouis.com lo ha contado en primera persona.

Un nombre no quita peso, pero lo vuelve compartible. Antes, aquello era una niebla personal, un defecto de fábrica, una forma de ser rara que había que esconder. Después, resulta que tiene descripción, que le pasa a muchísima gente, que hay profesionales que saben tratarlo. El laberinto sigue ahí, pero ya no estás solo dentro: hay planos, hay gente que lo ha recorrido antes, hay alguien al otro lado de la pared que sabe dónde están las salidas.

En la canción, el laberinto no tiene puertas. Esa es su verdad del momento, la verdad de la noche en que se escribe. La depresión jura siempre que no hay salida, y lo jura con una seguridad que asusta. Por eso conviene leer el estribillo como lo que es: el parte de alguien atrapado, no un mapa definitivo. Los mapas definitivos los dibuja el tiempo, la ayuda y la terapia. La letra solo deja constancia de cómo se veía desde dentro.

La noche que grita un nombre

La canción empieza de noche, con una imagen que cualquiera con insomnio reconoce: la noche que vuelve a gritar tu nombre, un insulto sordo que nadie responde. Es un comienzo de película de terror, y no es casualidad. Mike usa el terror a menudo como metáfora: ataúdes de neón, casas con fantasmas, mansiones con mil cadáveres. Aquí el monstruo no tiene máscara. Es la propia noche.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Los días se rompen como viejos espejos» de «El abismo en mi cabeza»

Ese «insulto sordo» enlaza con algo que el planeta repite en muchas letras: hay heridas que nadie más oye. Un niño acosado aprende pronto que los insultos siguen sonando cuando los que insultaban ya se han ido a casa. Siguen en la almohada. Siguen en la ducha. Con los años se vuelven tan familiares que parecen propios. La depresión adulta, muchas veces, es ese coro antiguo que nunca se fue del todo.

Escribirlo de noche, para escucharlo de noche, tiene una lógica casi práctica. A las tres de la madrugada, cuando la cabeza arranca con su repertorio, tener una canción que describa exactamente eso es tener compañía. No resuelve nada, pero cambia el tono: ya no es «me pasa a mí, solo a mí», es «esto tiene letra, alguien lo puso en palabras, existe fuera de mí».

El sol que se olvida

«Donde el sol nunca se acuerda.» De todas las formas de describir la falta de luz, Mike eligió la más humana: el olvido. El sol no está apagado ni bloqueado ni roto. Simplemente no se acuerda de pasar por allí.

Es una imagen preciosa y cruel a la vez. Preciosa porque convierte al sol en alguien con memoria, alguien que podría acordarse. Cruel porque deja claro que el olvido no depende de quien vive en la sombra: no hay nada que hacer para que el sol vuelva, salvo esperar a que se acuerde.

En el planeta Gayfolk el sol es casi un personaje. Hay canciones de playa, de puesta de sol en Benidorm, de verano eterno en Canarias. El mismo autor que escribe atardeceres rosas con olor a crema solar escribe también este rincón sin sol. Luz y sombra conviven, y quizá la clave esté ahí: la luz de las otras canciones no anula esta sombra, y esta sombra tampoco borra la luz de las otras. Conviven en el mismo catálogo como conviven en la misma persona.

Por qué ayuda escribir lo que uno siente

Mike no ha dicho que escribir le curase. Ha dicho otra cosa, más modesta y más útil: que la música le está salvando, y que una buena psicóloga le está ayudando a salir adelante. Esa frase tiene hasta su propia canción, «La música me está salvando», y explica bastante bien cómo funcionan juntas las dos cosas.

La terapia ofrece un sitio seguro y alguien que sabe. Las canciones ofrecen otra cosa: un recipiente. Lo que estaba disperso por dentro (miedo, cansancio, rabia, vergüenza) se mete en un molde con métrica, con estribillo, con principio y final. Y el molde se puede sacar de la cabeza, ponerle música, escucharlo desde fuera como si lo hubiera escrito otro.

Ese «desde fuera» es la clave. Mientras el dolor está dentro, uno es el dolor. Cuando está en una canción, uno puede mirarla, corregirle una rima, cambiarle un verso, decidir que el puente va antes del último estribillo. Pequeñas decisiones de oficio que, sin que nadie lo note, devuelven algo que la depresión quita: la sensación de poder decidir algo, aunque sea el orden de unas palabras.

En el diario del planeta ya se ha escrito sobre la música como herramienta terapéutica en general. Aquí el caso es concreto: una noche, un pasillo, un estribillo de cuatro versos. Nada heroico. Un hombre de cuarenta y tantos ordenando su laberinto con rimas en -eza y en -erta.

Lo que la canción no dice

Hay que ser cuidadosos con lo que esta letra cuenta y con lo que no. No narra un episodio concreto. No da fechas ni nombres. No explica qué pasó antes ni qué pasó después. Es una fotografía del interior, tomada en un momento determinado, y como toda fotografía, deja fuera más de lo que enseña.

Collage con un detalle de la carátula de «El abismo en mi cabeza» y las carátulas de «La música me está salvando», «Zee-Zee»

Tampoco es una canción de rendición. Describe el peso, el ahogo, la falta de mapa; describe que no se sabe soltar lo que pesa. Pero la propia existencia de la canción contradice un poco su desesperanza: alguien que creía no tener salida se sentó, buscó rimas, terminó la letra, la convirtió en música y la publicó. Eso es moverse. Lento, sí. Pero moverse.

Leerla así no es endulzarla. Es leer el conjunto. El catálogo de Mike tiene cientos de canciones, y muchas de las más luminosas llegaron después de las más oscuras. El laberinto quedó dibujado en una canción, y el que lo dibujó siguió escribiendo.

Un planeta con barrios oscuros

Planeta Gayfolk se presenta en su mitología como un lugar, no como un adjetivo: una geografía imaginaria con clima propio, donde cada título es una puerta. Esa idea encaja muy bien con esta canción. Si cada título es una puerta, este título abre la del sótano.

Todo planeta inventado tiene que tener sótanos para ser creíble. Un universo donde todo fuera purpurina y orgullo en carretera sería un anuncio, no un mundo. Lo que hace habitable al planeta es precisamente que tiene barrios donde no apetece entrar, y que su autor no los esconde. Los señala, les pone nombre y los deja abiertos para que quien necesite reconocerse en ellos lo haga.

Hay oyentes que llegan al planeta por los temas más gamberros, por el camp, por el humor sin filtro. Y algunos, un día, abren esta puerta y encuentran exactamente lo que estaban sintiendo. Esa es una de las funciones más serias del catálogo: que alguien, en su propio laberinto, oiga describir el suyo y piense «entonces esto tiene forma, entonces le pasa a más gente».

Cuando la tristeza no es tristeza

La depresión mayor no es estar triste mucho tiempo. Es, entre otras cosas, perder la capacidad de disfrutar de lo que antes gustaba, dormir demasiado o muy poco, sentir un cansancio que no se va con descanso, culparse por todo, notar que pensar cuesta. Cuando esos síntomas duran semanas y ocupan casi todo el día, toca consultar. Para quien prefiera la explicación sin metáforas, existe un texto didáctico sobre la depresión más allá de la tristeza.

La canción no es un manual, pero acierta en varios síntomas con una precisión que solo da la experiencia: la torpeza, el peso que no se suelta, los días rotos, la noche que grita. Y acierta, sobre todo, en lo más difícil de explicar a quien no lo ha vivido: que desde dentro parece que no hay puertas.

Por eso es tan importante dejarlo escrito con todas las letras: la sensación de que no hay salida es un síntoma, no una información fiable. Las puertas existen aunque no se vean. Hay que buscarlas con ayuda.

Las personas LGTBI y el peso añadido

Las personas LGTBI sufren depresión y ansiedad con más frecuencia que la media, y no porque haya nada en su orientación que lo cause. La causa está fuera: el acoso en el colegio, el rechazo familiar, el armario, la vigilancia constante de cómo se habla, cómo se camina, cómo se mira. Ese estrés acumulado tiene nombre en los estudios, estrés de minoría, y otra entrada del planeta, dedicada a la salud mental LGTBI, lo explica con calma.

En el caso de Mike, la lista de lo vivido encaja con ese patrón: acoso en la infancia, abusos repetidos, relaciones que lo vaciaron. No es una tragedia excepcional, por desgracia. Es una biografía reconocible para muchísima gente del colectivo. Lo excepcional es decidir contarlo, convertirlo en canciones y ponerle a cada herida un título que funcione como señal para otros.

Planeta Gayfolk nació con mucho humor marica, mucha copla reciclada, mucha venganza cómica contra exnovios. Debajo de todo eso hay una corriente más honda, y esta canción la deja a la vista. El humor y el abismo vienen del mismo sitio. Uno sirve para sobrevivir al otro.

Pedir ayuda es buscar puertas

Si la letra describe un pasillo sin puertas, pedir ayuda es la forma más eficaz de encontrar alguna. No hace falta tener las palabras exactas. Se puede ir al médico de cabecera y decir lo que se pueda: «llevo semanas sin poder con nada», «no disfruto de nada», «me cuesta levantarme». Con eso basta para empezar.

Ficha de la canción «El abismo en mi cabeza» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

En el diario ya se ha insistido en que pedir ayuda no es fracasar. Mike lo hizo, encontró una buena profesional y ha querido darle las gracias en público sin decir su nombre. Esa gratitud forma parte de este texto también: las canciones pusieron las palabras, pero quien ayudó a ordenar el laberinto fue alguien con formación para hacerlo.

Si te reconoces en esta canción:

  • Habla con alguien de confianza, aunque sea con una frase corta.
  • Pide cita en tu centro de salud y cuenta cómo te sientes, sin minimizarlo.
  • Si notas que tu vida está en peligro, marca el 024: gratis, sin dar tu nombre si no quieres, a cualquier hora. Para una urgencia inmediata, el 112.
  • Otra línea de escucha con años de experiencia: 717 003 717 (Teléfono de la Esperanza).
  • Si eres menor de edad o te preocupa un menor, la Fundación ANAR está en el 900 20 20 10.
  • Si vives fuera de España, en findahelpline.com puedes encontrar la línea gratuita de tu país.

Escuchar la canción con otros oídos

Una forma de acercarse a esta canción es escucharla dos veces. La primera, como quien escucha un parte meteorológico de su propia cabeza: reconociendo el clima, sin juzgarlo. La segunda, pensando en quien la escribió, que estaba dentro de ese clima y aun así consiguió ponerlo en verso, darle música y lanzarlo al mundo.

En esa segunda escucha cambia algo. El abismo sigue riéndose, el sol sigue sin acordarse, las paredes siguen susurrando. Pero ahora se oye también a alguien que observa todo eso con suficiente distancia como para describirlo. Ese observador es la parte de la persona que no se ha perdido del todo. Es pequeña al principio, casi invisible. Con ayuda, crece.

La pista está en Spotify para esa doble escucha.

Lo que queda dibujado

Hay canciones que se escriben para bailar, otras para vengarse con gracia, otras para reírse de uno mismo antes de que lo hagan los demás. Esta se escribió para dejar constancia. Un laberinto, una risa en el eco, unos espejos viejos, un sol olvidadizo. Cuatro imágenes y un estribillo que se repite como se repiten los pasillos.

Mike recibió a los 41 un nombre para lo que pesaba. Antes o después de ese nombre, eso solo lo sabe él, escribió esta letra. Lo que sí está claro es lo que hace ahora: está ahí, publicada, al alcance de cualquiera que esta noche camine por su propio pasillo sin encontrar la esquina buena.

Quizá esa sea la puerta que el laberinto no tenía. No una salida mágica, sino una rendija: saber que otro estuvo dentro, que lo describió con exactitud y que siguió escribiendo después. A veces, para empezar a buscar la salida, basta con oír que la salida existe.

Ficha

Canción incluida en «El día de la liberación», que cierra la trilogía GAYFOLK. Mike Sain't Louis, madrileño, escribe sus letras, compone y produce; es letrista, compositor y productor musical, y la música e interpretación vocal de sus canciones están hechas con IA. Los datos personales de este texto (los diagnósticos a los 41, el acoso y los abusos en la infancia, las dos relaciones fallidas y la ayuda de una psicóloga) los ha compartido Mike públicamente y por decisión propia. Lo que aquí se cuenta acompaña, pero no reemplaza a un profesional sanitario. Datos oficiales del proyecto: prensa.

Preguntas frecuentes

¿Qué diagnóstico recibió Mike Sain't Louis a los 41 años?

Lo ha explicado él: con 41 años recibió varios diagnósticos a la vez, entre ellos una depresión mayor grave, además de ansiedad, estrés postraumático, fobia social y evitación. Una buena psicóloga le está ayudando a salir adelante.

¿De qué trata «El abismo en mi cabeza»?

Forma parte del último disco de la trilogía, «El día de la liberación». Describe la depresión como un abismo que se ríe, un laberinto sin puertas donde el sol no se acuerda de entrar. Letra de Mike, letrista, compositor y productor musical; música e interpretación vocal hechas con IA.

¿Escribir canciones sustituye a la terapia?

No. Escribir puede ayudar a sacar fuera lo que pesa y a ponerle palabras, pero no reemplaza la atención de un profesional. En el caso de Mike, las canciones y la terapia van juntas.

¿Dónde pedir ayuda si me siento como describe la canción?

En el médico de familia, que puede derivar a salud mental. Si hay riesgo para tu vida, llama al 024 (gratuito, 24 horas) o al 112. Otra opción de escucha: 717 003 717. Fuera de España, findahelpline.com muestra la línea de tu país.

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