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«Doña Rogelia», plano a plano: la máscara de neón, el álbum de Mari Carmen y el coordinador de mercadillo

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Fotograma del videoclip de «Doña Rogelia»: una figura con capucha y máscara rosa de anciana, iluminada con luz de neón magenta y azul

El videoclip de «Doña Rogelia» dura tres minutos y tres segundos y tiene dos caras que se van turnando como en un número de variedades. En una sale una figura con capucha que lleva puesta una máscara rosa de anciana, bañada en luz de discoteca. En la otra sale un álbum de imágenes de Mari Carmen con su muñeca, una detrás de otra, como si alguien pasara las páginas de una carpeta guardada en un cajón. Entre las dos cuentan la canción mejor de lo que la cuento yo con palabras, así que esta vez no voy a hacer un resumen de la letra. Voy a entrar en el clip plano a plano y a poner cada imagen al lado del verso que suena mientras tanto.

Ya hay en el diario una nota sobre el arte que tarda pero llega, que es la idea de fondo de la canción. Aquí el protagonista es lo que se ve. Si queréis seguirlo con el vídeo abierto, está en la página del videoclip de la web y en YouTube, donde se publicó el 20 de mayo de 2025.

El cartel de arranque: un nombre en neón y una pareja que se mira

El primer plano ya es un cartel de feria. A la izquierda está la muñeca, Doña Rogelia, con su pañuelo negro, el flequillo rubio asomando y esos ojos redondos que parecen dos botones cosidos. A la derecha, de espaldas a la cámara y de perfil, una mujer de pelo castaño y rizado la mira. Están cara a cara, a la distancia de una conversación. Encima, en letra de neón rosa, mi nombre. Abajo, enorme y en rojo, la palabra «DOÑA», y debajo, en amarillo y en letra cursiva, «Rogelia».

Me gusta que el vídeo empiece así porque es exactamente lo que hace la letra en su primera frase. «Esta es la historia de cómo una vez» es la fórmula de los cuentos, la de las abuelas y la de los presentadores de programa de tarde. El cartel también es una fórmula: nombre del artista, nombre de la atracción, y dos personajes enfrentados que todavía no han dicho nada. La pareja del cartel es la de toda la vida, la que una generación entera vio en la tele: la mujer y su muñeca, la que pregunta y la que contesta con descaro.

Hay otro detalle que no se ve a la primera. La muñeca ocupa la mitad del encuadre y la mujer la otra mitad, pero la que está de frente es la muñeca. La persona de carne y hueso aparece de espaldas. Es una pista de lo que va a pasar en todo el clip: aquí la protagonista es la anciana de trapo.

«Gracias por hacernos reír»

Seis segundos después llega el plano que convierte el vídeo en otra cosa. Una mujer rubia, sonriente, sentada al aire libre, con un pueblo de casas blancas colgado de una ladera al fondo. En brazos tiene a Doña Rogelia, que lleva unas medias de rayas de colores, verdes, rojas y moradas, como de payaso de circo. Arriba, en letra rosa de neón, pone «Mari Carmen». En el centro, en letra blanca, una frase: «Gracias por hacernos reír».

Ese cartel cambia el tono de todo lo que viene después. La canción le pasa factura a un farsante, con insultos de mercadillo y un final de los que hacen girar la cabeza en el autobús. Pero el vídeo se presenta antes como un homenaje. Primero se da las gracias y luego se repartirán los golpes. A mí me parece la forma más honrada de usar a un personaje que no es mío: decir de dónde viene y a quién se lo debemos.

Aquí va el único párrafo de contexto que necesita este clip. Doña Rogelia es la anciana de trapo con la que Mari Carmen, ventrílocua, hizo reír durante décadas en la televisión española, en el número que se conocía como Mari Carmen y sus muñecos. Era una abuela deslenguada, de pañuelo negro y vestido de lunares, que soltaba sin filtro lo que nadie se atrevía a decir. En el Planeta Gayfolk ya habíamos hablado de ella cuando repasamos la tele española como mitología. Para el planeta no hay cultura de segunda: la muñeca de los sábados por la tarde merece el mismo respeto que cualquier diosa griega.

La figura de la capucha bajo la luz de neón

A los quince segundos aparece el otro personaje del vídeo, el que más me interesa. Es una figura con una sudadera oscura y la capucha puesta, iluminada con un neón magenta por un lado y azul eléctrico por el otro. Lo que debería ser su cara es una máscara rosa: nariz larga, mejillas abultadas, un bigote fino y negro dibujado encima de una sonrisa abierta que enseña los dientes. La luz la vuelve casi fosforito. Es un plano cerrado, muy cerca, que se repite tres veces seguidas con pequeños cambios de encuadre, como si la cámara no se atreviera a alejarse.

Fotogramas del videoclip oficial de «Doña Rogelia», de Mike Sain't Louis

La máscara se parece a Doña Rogelia pero no es Doña Rogelia. Le falta el pañuelo, le sobra el bigote, y la sonrisa es de otro tipo: no tiene la picardía de la anciana, tiene algo de anuncio. Es una cara copiada con prisas. Y en ese momento suena la parte de la letra que habla de alguien a quien el arte dejó pequeño:

te hizo insignificante, y bastante poco importante.

Yo leo la figura de la capucha como el retrato del farsante. No sale con su cara porque en la canción no la tiene: es un personaje inventado, una suma de gestos. Lo único que tiene es una cara prestada, y encima mal copiada. Es la versión en imagen de los porcentajes que vendrán en la segunda estrofa, esa cuenta de lo auténtico y lo falso que parece sacada de la etiqueta de una camisa.

A los veintisiete segundos el fondo cambia. Ya no es la oscuridad con neones, sino un fondo de colores líquidos, rosa, azul celeste, naranja y fucsia, que parece pintura derramada o la pantalla de un salvapantallas antiguo. La figura sigue ahí, con la capucha negra, pero ahora la máscara es otra: más pálida, con la nariz más afilada y la boca caída hacia abajo, como de tristeza fingida. Ha pasado de la sonrisa de anuncio a la cara de pena. Es el mismo personaje cambiando de expresión según le convenga.

El primer cuento: el arte y el karma

Mientras se alternan la figura y las primeras fotos del álbum, suena la primera estrofa, que es la más tranquila de la canción. Va contada como un cuento infantil y se repite a sí misma, con una variación. La segunda vez, el arte ya no viene solo: llega emparejado con el karma, los dos con fama de impuntuales, y los dos, dice la letra, infalibles contra los embaucadores.

Esta estrofa me sigue gustando mucho porque no promete venganza. Promete tiempo. El arte y el karma comparten verso porque comparten paciencia: ninguno de los dos llega cuando tú quieres, pero los dos acaban llegando. En el planeta hay una canción entera dedicada a esa segunda idea, «Karma», y «Doña Rogelia» le hace un guiño desde el principio. Lo que cambia aquí es la herramienta. La justicia no la trae ningún juez ni ningún universo, la trae una canción. El farsante se queda pequeño porque alguien lo ha puesto en una letra y lo ha subido a un escenario.

La palabra que cierra la estrofa, «embaucadores», es antigua y teatral. No es un insulto de patio de colegio, es una palabra de sainete, de comedia de enredo, de las que se usaban en las funciones de los pueblos para señalar al charlatán que vende crecepelo. Y casa con el vídeo: la figura de la capucha tiene algo de charlatán de feria, con su máscara y su sonrisa demasiado ancha.

El álbum de Mari Carmen, foto a foto

A partir del segundo treinta y tres el vídeo empieza a pasar páginas. Son imágenes de Mari Carmen con Doña Rogelia en momentos y épocas distintos, y van cambiando cada pocos segundos. Las repaso en orden porque cada una tiene su escenografía.

En la primera, la mujer aparece con el pelo castaño, sonriendo de oreja a oreja, con la muñeca pegada a la mejilla, delante de un fondo con una celosía y una ventana. En la siguiente, a los treinta y seis segundos, es más joven, lleva una blusa roja con un estampado oscuro y Doña Rogelia asoma a su lado, con el pañuelo negro y los ojos saltones.

A los cuarenta y dos segundos el decorado es una pared blanca llena de fotos pegadas, como un tablón de corcho de camerino o la puerta de una nevera con imanes. Ella lleva una chaqueta fucsia y una camisa morada, y la muñeca está en sus brazos con la boca abierta. Esa pared de fotos es mi plano favorito del álbum, porque es un álbum dentro del álbum: alguien que lleva toda la vida coleccionando caras.

Luego salimos a la calle. A los sesenta y tres segundos las dos están apoyadas en el tronco retorcido de un olivo, con un seto verde detrás y la luz blanca del sol. La muñeca tiene la cabeza ladeada, casi coqueta. Seis segundos más tarde, Doña Rogelia aparece sola, de perfil, contra un fondo blanco liso, con el flequillo rubio, la nariz naranja y un brazo extendido. En otro plano parecido, a los nueve segundos del clip, la muñeca señala con el dedo índice hacia un lado, al lado de un globo blanco. Es el gesto de quien acusa en un juicio de pueblo: ese, ese de ahí.

Diez por ciento verdadero: la segunda estrofa

El dedo que señala vuelve a mi cabeza cada vez que llega la segunda estrofa, que es un pregón. Es la parte en la que la canción deja el cuento y se pone a presentar al personaje como en una feria, con una lista de atributos que suben de tono:

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Liante, farsante, comercial de saldo, diez por ciento verdadero,» de «Doña Rogelia»

Liante, farsante, comercial de saldo, diez por ciento verdadero, noventa por ciento falso, diez por ciento original y noventa por ciento falsificación, sección de taras procedente de una devolución.

Me río cada vez que la oigo porque está escrita con el lenguaje de las etiquetas de los grandes almacenes. «Comercial de saldo», «sección de taras», «procedente de una devolución». Son las palabras de los carteles que cuelgan encima de los cestos de rebajas, las de la ropa que alguien compró, no le sirvió y volvió a la tienda con un defecto. Los porcentajes son los de la composición de una prenda: algodón, poliéster, elastano. Aquí la composición es moral. Un diez por ciento de verdad y el resto, relleno.

Y luego viene el título de honor, dicho con la entonación de quien presenta a la estrella de la noche:

Con ustedes, de mercadillo, el coordinador.

Esa pausa entre «Con ustedes» y el resto es puro espectáculo. Es el «señoras y señores» de los presentadores de sala de fiestas, el redoble de tambor antes de que se abra el telón. Y lo que aparece detrás del telón es un coordinador de mercadillo. No de un festival, ni de una empresa, ni de una gira: de un mercadillo. El cargo existe para quitarse importancia a sí mismo.

El coordinador, un personaje que vuelve

El coordinador de mercadillo no vive solo en esta canción. Es uno de los personajes que más se repiten en el Planeta Gayfolk, un villano de saga con varias apariciones. En «Asqueroso coordinador» recibe un retrato completo, con su propio título y su propia rabia, y en el diario ya contamos cómo esa canción mezcla despecho, camp y resurrección. En «Carta de recomendación» aparece en forma de advertencia, con una carta que avisa a los demás de con quién se van a encontrar.

En «Doña Rogelia» el coordinador sale en su versión más breve. No hay biografía, no hay escenas de pareja, no hay detalles. Hay una presentación de feria y un remate. Es el cameo del villano en una película coral, el momento en que asoma la cabeza, recibe su ración de abucheos y desaparece. Por eso el vídeo no necesita enseñarle la cara. Le basta con la capucha y una máscara barata.

Todos los nombres y cargos de mis letras son personajes. El coordinador de mercadillo es uno de ellos: una figura hecha de frases, de reproches y de carteles de rebajas, que el planeta ha ido construyendo canción a canción.

Los trajes y la ropa

En la tercera parte del clip, el álbum sigue pasando hojas. A los setenta y ocho segundos, Mari Carmen aparece con un vestido negro de tirantes y el pelo cardado, en un estudio gris, junto a la muñeca. A los ochenta y cuatro, delante de un fondo verde de fotógrafo antiguo, lleva los labios muy rojos y un vestido rojo, y Doña Rogelia la mira de lado. A los ochenta y siete hay una imagen de revista: ella con un vestido naranja palabra de honor, una pulsera plateada y la mano levantada en un gesto de diva, y la muñeca levantando también la mano, imitándola.

Es imposible no fijarse en el vestuario. En casi todas las imágenes del álbum la ropa es protagonista: la chaqueta fucsia, la blusa roja, el vestido negro, el naranja, el morado. Y justo por esa zona del vídeo suena el verso que habla de ropa:

A ver qué haces ahora que no me puedes robar los trajes ni la ropa.

Este verso es el único momento de la canción en el que se cuela algo concreto, una acusación con objeto. No explica más. No dice qué trajes ni cuándo ni dónde. Se intuye un armario ajeno al que el farsante tenía acceso y al que ya no lo tiene. El vídeo responde a su manera: mientras se habla de trajes robados, la pantalla se llena de vestidos que tienen dueña y que nadie le va a quitar. El vestuario de una artista es parte de su número. Robar la ropa de un artista es robarle un trozo del escenario.

Más bacterias que Doña Rogelia

Y llegamos al final, que es por lo que la canción se llama como se llama. Después del pregón, la letra se dispara:

Collage con un detalle de la carátula de «Doña Rogelia» y las carátulas de «Asqueroso coordinador», «Carta de recomendación», «Karma»

Primero suelta el exabrupto más gordo de toda la canción, una invitación sexual dicha a gritos y con signos de exclamación, de las que hacen girar la cabeza en el autobús. Y en el mismo aliento se arrepiente, pero no por educación:

¿Pero qué estoy diciendo? Ni de coña, esa boca tiene que tener más bacterias que Doña Rogelia.

Es un chiste construido en tres tiempos, como los buenos números de cabaret. Primero el exabrupto, el insulto de toda la vida que se suelta cuando ya no queda paciencia. Luego la marcha atrás, que parece que va a ser una disculpa. Y al final el golpe: la marcha atrás no es por pudor, es por asco. La boca del farsante está tan sucia que ni para eso sirve. Y la medida de esa suciedad es una anciana de trapo con pañuelo negro.

El vídeo acompaña esa parte con los planos más cercanos de la muñeca. A los cuarenta y ocho segundos y a los cincuenta y uno, Doña Rogelia aparece en primer plano absoluto, sobre un fondo azul grisáceo: dos ojos blancos enormes con las pupilas negras, la nariz larga y rosada, y la boca abierta con un par de dientes sueltos. Es una boca de dibujo animado, la boca de una abuela que ha visto de todo. Y el chiste funciona porque todos sabemos que es una muñeca: una boca de trapo, que no ha probado bocado en su vida, sale ganando en la comparación.

En mi catálogo el humor bruto siempre tiene un truco de ese tipo. Se dice la barbaridad, pero el remate desactiva la barbaridad con una imagen absurda. Aquí la imagen es una muñeca de la tele. Nadie sale herido salvo el personaje inventado, que queda retratado como alguien con peor higiene que un juguete.

La segunda vuelta de la capucha

A los ciento ocho segundos vuelve la figura de la capucha bajo el neón. Es el mismo encuadre que al principio, la sonrisa de bigote fino iluminada en magenta y azul. Después, a los ciento diecisiete, vuelve el fondo de colores líquidos con la máscara triste. El vídeo hace lo mismo que la letra, que también se repite: «Esta es la historia de cómo una vez» suena dos veces, y el farsante sale dos veces con sus dos caras, la sonriente y la llorosa. Quien vive de la apariencia solo tiene dos registros, el encanto y la pena, y los alterna según le convenga.

Me interesa mucho que la máscara no se caiga nunca. En muchos vídeos de este tipo habría un final en el que se arranca la careta y aparece la cara de verdad. Aquí no. La figura no se desenmascara porque no hay nada debajo que enseñar. Lo que el vídeo dice es que el farsante es la máscara. De lo poco que tiene de auténtico, según el pregón, a lo mejor solo es suya la capucha.

El último tramo del álbum: plumas, butacas y una mesa con rosas

Después de la segunda vuelta del neón, el álbum se pone más festivo. A los ciento veintiséis segundos, Mari Carmen, ya con el pelo blanco y voluminoso, se asoma junto a Doña Rogelia por encima de una verja de hierro sobre un muro de piedra. A los ciento veintinueve están las dos en un salón con paredes amarillas, un espejo de marco dorado y una figura de porcelana al lado. La muñeca lleva otra vez las medias de rayas de colores.

A los ciento cuarenta y uno aparece la familia completa. Mari Carmen con un vestido de brillos entre azul y violeta, en el centro, y a su alrededor más muñecos: un peluche de pelo rubio y cara de león con chaqueta azul, un pato blanco de pico amarillo con pajarita y la propia Doña Rogelia. Es la foto de grupo del número, la que cerraría cualquier gala. A los ciento cuarenta y siete, ella está sentada en un patio de butacas de terciopelo rojo, con el pato blanco en brazos y la mano abierta, como si contara una anécdota a alguien de la fila de atrás.

A los ciento sesenta y dos, otra foto de grupo, esta vez con un fondo verde oscuro y Mari Carmen levantando la mano para saludar. Y a los ciento sesenta y ocho llega el plano más tranquilo del vídeo: una mesa redonda con mantel claro y un centro de rosas rojas, una terraza con barandilla de hierro y, al fondo, las casas blancas del mismo pueblo del cartel del principio. La mujer está sentada, con el teléfono en la oreja y una sonrisa de quien escucha algo gracioso. El pato blanco asoma detrás del ramo.

El vídeo se cierra con dos imágenes en las que ella vuelve a aparecer con el vestido negro y la muñeca, sobre un fondo gris de estudio, riéndose a carcajadas. Los últimos fotogramas son una risa. Es una forma muy bonita de terminar una canción que va de un farsante: el último plano no es para él. Es para quien de verdad hizo reír a la gente.

Dos maneras de llevar una cara que no es tuya

Si pongo los dos hilos del vídeo uno al lado del otro, salen dos maneras de llevar una cara que no es tuya. Una es la de la ventrílocua: alguien que presta su talento a una muñeca, le da carácter, la hace hablar, y luego se aparta para que el público se ría con ella. Mari Carmen nunca escondió que la muñeca era una muñeca. Todo el mundo sabía que detrás estaba ella, y el mérito era precisamente ese, que la anciana pareciera tener vida propia mientras la artista sonreía al lado.

Ficha de la canción «Doña Rogelia» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La otra es la del farsante de la capucha. Se pone una cara copiada, se esconde detrás y no le da vida a nada. No hace reír, no crea un personaje, no sale nunca de su escondite. Usa la máscara para tapar lo que no tiene. La canción entera es la diferencia entre esas dos maneras. Por un lado, el arte que presta su gracia a un personaje de trapo y hace reír durante décadas. Por otro, la imitación barata que pretende pasar por original.

Por eso creo que el vídeo funciona mejor como homenaje que como burla. La burla está en la letra, y es fuerte. Pero las imágenes ponen a la artista de verdad en el centro, y al farsante lo dejan en una esquina oscura con una luz de discoteca.

«Doña Rogelia» en el Planeta Gayfolk

La canción forma parte del disco del deseo de viajar a Gayfolk, donde el planeta se llena de personajes de la cultura popular española que el mundo serio miró por encima del hombro. Ahí conviven las folclóricas, las estrellas de los realities, las presentadoras y los muñecos de la tele. La canción tiene una prima cercana en «Yo apoyo públicamente a Ylenia Padilla», que también saca de la televisión a una figura muy juzgada y la sube a un altar pop.

Lo que une a todas esas canciones es una mirada que en el planeta llamamos camp. Tomarse en serio lo que otros consideran de segunda, exagerar lo que ya era exagerado y encontrar en una anciana de trapo un símbolo más afilado que muchas estatuas. El camp de «Doña Rogelia» está en la mezcla: un pregón de rebajas, un insulto de bar, una comparación con una muñeca y un vídeo que, en medio de todo eso, da las gracias.

En la web, la canción tiene el número 122 de la lista de 273 y está entre «Feel That High» y «Escupiré sobre tu tumba». Está en Spotify y en el resto de plataformas, y su ficha de la web permite bajarla sin pagar nada.

Lo que me llevo del clip

Cuando escribí la letra, la imagen que tenía en la cabeza era un escenario de feria: alguien presenta a un personaje, el público se ríe y el personaje se va abucheado. El vídeo añade lo que la letra no podía decir con palabras. Pone frente a frente la cara copiada y la cara que se ganó el cariño de la gente, y deja que el público decida a cuál aplaudir.

Si alguna vez os encontráis con un coordinador de mercadillo, uno de esos personajes que viven de copiar, presumir y quedarse con lo ajeno, la canción tiene una receta sencilla. No hace falta gritar, ni perseguirle, ni explicar nada. Basta con seguir haciendo lo vuestro. El arte tarda, como el karma, pero llega. Y cuando llega, a quien se recuerda es a la que hacía reír, no al de la máscara.

Para la prensa y para quien quiera escribir sobre el planeta, el material está en la sala de prensa. Y si os apetece seguir con el vídeo, volved al principio y fijaos en las medias de rayas de la muñeca: salen en varias fotos del álbum y son lo más alegre de todo el clip.

Preguntas frecuentes

¿Qué se ve en el videoclip de «Doña Rogelia»?

Dos tipos de imagen que se van turnando. Por un lado, una figura con capucha oscura y una máscara rosa de anciana, iluminada con neón magenta y azul o delante de un fondo de colores líquidos. Por otro, un álbum de imágenes de Mari Carmen con su muñeca Doña Rogelia en distintas épocas, con un cartel al principio que dice «Gracias por hacernos reír».

¿Quién es el coordinador de mercadillo de la canción?

Es un personaje de la letra, presentado como en una feria: liante, farsante, comercial de saldo, diez por ciento verdadero y noventa por ciento falso. El mismo personaje aparece en otras canciones del Planeta Gayfolk, como «Asqueroso coordinador» y «Carta de recomendación».

¿Por qué la canción se llama «Doña Rogelia»?

Porque el último verso remata la pelea con una comparación: la boca del farsante tendría más bacterias que Doña Rogelia, la anciana de trapo de Mari Carmen. El título guarda para el final el golpe de humor y el clip lo convierte en un homenaje a la muñeca y a su ventrílocua.

¿En qué disco está «Doña Rogelia» y dónde se puede escuchar?

Forma parte del disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk». El videoclip oficial se estrenó en YouTube el 20 de mayo de 2025 y la canción está en Spotify y en las demás plataformas, además de en su página de la web.

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