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El hilo de Ariadna: «El Abismo en Mi Cabeza» y el laberinto que no tiene puertas

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Portada de «El Abismo en Mi Cabeza», canción de Mike Sain't Louis

Un ovillo de hilo. Eso fue todo lo que hizo falta.

En el mito griego, el laberinto de Creta era una construcción tan enrevesada que nadie que entraba conseguía salir. Dentro vivía el Minotauro, mitad hombre, mitad toro, y cada cierto tiempo le mandaban jóvenes para que los devorara. Hasta que un día llegó Teseo, dispuesto a matarlo. Y antes de entrar, una mujer, Ariadna, le dio un ovillo. Teseo ató el extremo a la puerta y fue soltando hilo a medida que avanzaba. Mató al monstruo. Y luego, siguiendo el hilo, encontró el camino de vuelta.

No fue la espada lo que le salvó. Fue el hilo.

«El Abismo en Mi Cabeza» describe un laberinto. Lo dice en el estribillo, con todas las letras. Pero es un laberinto peor que el de Creta, porque no tiene puertas. No hay sitio donde atar el hilo. No hay entrada ni salida. Y el planeta, que lleva un tiempo dando vueltas a esta canción, ha decidido leerla con el mito en la mano. Para buscar el hilo.

El diario ya escribió sobre esta canción y sobre la voz que se burla de ti por dentro, esa que habla bajito y con sorna. Y en otra entrada, sobre la depresión como algo más que tristeza, con calma y con datos. Esta crónica no repite. Va a otro sitio. Se mete en el laberinto, pasillo a pasillo, buscando un ovillo.

Una advertencia antes de entrar: esta canción es oscura y esta crónica también. Quien no esté para oscuridad hoy, que la deje para otro día. No pasa nada.

La entrada que no existe

El estribillo lo dice así:

«El abismo en mi cabeza / Se ríe de mi torpeza / Es un laberinto sin puertas / Donde el sol nunca se acuerda».

El planeta se para en la tercera línea. Un laberinto sin puertas.

Un laberinto normal tiene al menos una puerta. Por ahí se entra. Y si se entra por algún sitio, se puede salir por el mismo. Es la regla básica que salvó a Teseo: atar el hilo a la puerta. Todos los laberintos de los jardines, de los parques, de los pasatiempos del periódico, tienen una entrada y una salida marcadas con una flecha.

Un laberinto sin puertas es otra cosa. Es un sitio en el que uno no recuerda haber entrado. Uno se encuentra dentro. Como en esos sueños en los que de repente estás en una casa que no conoces, sin saber cómo llegaste. Y si no hay puerta de entrada, no hay donde atar el hilo. No hay camino de vuelta, porque no hubo camino de ida.

Así describe mucha gente la depresión. No como algo que empezó un día concreto, con una causa clara, como quien se rompe una pierna. Sino como algo en lo que uno se encuentra metido sin saber cuándo empezó. Un día miras alrededor y estás en el laberinto. Y no recuerdas la puerta.

Y la cuarta línea: el sol nunca se acuerda. Al planeta le estremece esa imagen. No dice que el sol no llegue, ni que esté tapado por nubes. Dice que se olvida. Como si el sol tuviera memoria y este sitio no estuviera en su lista. Como si el mundo entero tuviera una agenda y este rincón no apareciera. Es una de las sensaciones más dolorosas de la oscuridad interior: la de haber sido olvidado por la luz. No castigado. Olvidado.

El monstruo que se ríe

En el laberinto de Creta había un monstruo con cuernos. En este hay otra cosa. Un abismo que se ríe.

Fotogramas del videoclip oficial de «El Abismo en Mi Cabeza», de Mike Sain't Louis

«Se ríe de mi torpeza».

El diario ya habló de esa risa y de esa voz. El planeta solo quiere fijarse en una palabra: torpeza. No dice que se ríe de mi tristeza, ni de mi dolor, ni de mi fracaso. Se ríe de mi torpeza. De lo torpe que soy. De cómo me tropiezo, de cómo no encuentro la salida, de cómo choco contra las paredes.

Es un detalle cruel y muy preciso. Porque una de las cosas que hace la oscuridad es convencerte de que tu situación es culpa tuya. De que estás ahí porque eres torpe. Porque no sabes salir. Porque cualquiera con un poco de habilidad ya habría encontrado la puerta. Y entonces, encima del dolor, se añade la vergüenza. La de sentirse torpe por no poder salir de algo de lo que no hay salida.

Y hay algo más en esa palabra, torpeza, que el planeta no quiere dejar pasar. Es una palabra de infancia. De la clase de gimnasia en la que no saltabas el potro. Del recreo en el que te elegían el último para el equipo. De la madre que decía «qué torpe eres» cuando se te caía el vaso. Hay mucha gente, y en este planeta de maricas criados en los ochenta y los noventa hay bastante, que creció oyendo que era torpe porque no jugaba al fútbol como los demás, o porque se movía de otra manera, o porque tenía pluma. Esa palabra se queda dentro durante años. Y el abismo, que es listo, la recupera y la usa. No se ríe con un insulto nuevo. Se ríe con uno viejo, de los que ya duelen solos.

El Minotauro, al menos, era un monstruo honesto: te comía y ya. Este abismo hace algo peor. Te deja vivo y se ríe.

Una línea seca, porque hace falta: no salir de un laberinto sin puertas no es torpeza. Es que el laberinto no tiene puertas.

Las paredes

Toda la segunda estrofa es una descripción de las paredes del laberinto. Y el planeta la recorre despacio, con la mano apoyada en el muro, como se hace en los laberintos de verdad.

Las paredes susurran secretos huecos. Los días se rompen como viejos espejos. La vida se siente como un truco sin fin.

Hay un viejo truco para salir de cualquier laberinto que tenga entrada y salida: apoyar una mano en una pared y no soltarla nunca. Ir siempre pegado a ella, aunque sea el camino más largo. Tarde o temprano, se llega a la salida. Es la regla de la mano en la pared, y funciona en casi todos los laberintos clásicos.

Pero en este laberinto las paredes hablan. Susurran. Y lo que susurran son secretos huecos: cosas que suenan importantes y no tienen nada dentro. La pared a la que uno debería agarrarse para orientarse es la misma que le confunde. Es como apoyarse en una barandilla que se mueve.

Y luego, la línea que cierra la estrofa:

«Un juego que pierdo antes de empezar a vivir».

El planeta la deja sola en el párrafo porque pesa mucho. Es la sensación de que la partida estaba perdida de antemano. De que no hubo oportunidad. De que las cartas venían marcadas. Es una frase que mucha gente ha pensado alguna vez, de madrugada, sin atreverse a decirla en voz alta. La canción la dice. Y al decirla, la saca del laberinto, aunque sea un poco.

Sin mapa, sin norte

Y llegamos a la estrofa que más le importa al planeta para esta lectura, porque es la que describe lo que falta.

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «No hay mapa ni norte ni estrella fugaz Solo queda este peso que no puedo soltar» de «El Abismo en Mi Cabeza»

«No hay mapa ni norte ni estrella fugaz / Solo queda este peso que no puedo soltar».

Tres formas de orientarse. Ninguna disponible.

El mapa es la orientación que te dan otros: alguien que ya pasó por ahí y dibujó el camino. El norte es la orientación que te da el mundo: un punto fijo, una brújula, algo que no se mueve. Y la estrella fugaz es la orientación que te da la suerte, o el deseo: esa luz que pasa y a la que uno le pide algo con los ojos cerrados.

Y no hay ninguna. Ni ayuda de fuera, ni referencia fija, ni golpe de suerte.

Es una descripción exacta de lo que se siente en el fondo de un pozo así. Y el planeta quiere tomársela en serio, sin quitarle peso. Pero también quiere hacer una cosa que la canción no hace, porque no le toca: buscar qué hay fuera de esa lista.

Porque falta algo. Falta el hilo.

Qué era el hilo

En el mito, el hilo no era un mapa. Ariadna no le dio a Teseo un plano del laberinto, porque no lo tenía. Tampoco era una brújula, ni una estrella. Era algo mucho más sencillo y mucho más humano: un vínculo con alguien que se quedaba fuera. El hilo estaba atado a la puerta, y en la puerta estaba Ariadna, esperando. Teseo no sabía dónde estaba la salida. Pero sabía que había alguien al otro lado del hilo.

El planeta lo traduce a lenguaje de hoy sin mucho esfuerzo. El hilo es la persona a la que se llama. El amigo que contesta a las tres de la mañana. La hermana que se presenta en casa sin avisar. El médico de cabecera al que se le dice por fin lo que pasa. La psicóloga que, semana a semana, va ayudando a desenredar. La voz al otro lado de un teléfono.

Ninguna de esas personas tiene el mapa del laberinto de otro. Nadie lo tiene. Pero pueden sujetar el otro extremo del hilo. Y eso, en el mito y fuera de él, es lo que permite volver.

La canción dice que no hay mapa, ni norte, ni estrella. Y es verdad. Pero no dice que no haya hilo. Ese hueco, el planeta lo quiere dejar señalado.

Un camino solo

Hay un dato sobre los laberintos que poca gente conoce y que al planeta le parece una pequeña buena noticia escondida.

Los laberintos más antiguos, los que se dibujaban en monedas de Creta o se tallaban en piedra, no eran como los que nos imaginamos hoy. No tenían callejones sin salida ni bifurcaciones tramposas. Tenían un solo camino. Un sendero que daba muchas vueltas, que se acercaba al centro y se alejaba, que parecía perderse, pero que nunca se dividía. Si uno seguía andando, llegaba al centro. Y si seguía andando desde el centro, volvía a salir. Los estudiosos los llaman laberintos de un solo recorrido.

En la catedral de Chartres, en Francia, hay uno dibujado en el suelo desde la Edad Media. La gente lo recorre a pie, despacio, como una forma de oración o de meditación. Da muchas vueltas. Parece que no se avanza. A veces, cuando ya estás cerca del centro, el camino te lleva otra vez hacia fuera, y parece que has retrocedido. Pero no hay forma de perderse. Solo hay que seguir.

El laberinto con trampas, el de los callejones sin salida, es un invento posterior. Lo hicieron famoso los jardines de los palacios, como el de Horta, en Barcelona, con sus setos recortados y su estatua en el centro.

El planeta no quiere forzar la metáfora ni decirle a nadie que su laberinto tiene un solo camino. No lo sabe. Nadie lo sabe desde fuera. Pero sí quiere dejar esta imagen al lado de la canción: hay laberintos que parecen sin salida y son solo muy largos. Que dan vueltas que parecen retrocesos y son parte del recorrido. Y que la única regla para atravesarlos es la más difícil de todas.

Seguir andando. Aunque sea despacio. Aunque sea con el peso.

La soga

Hay una línea en la tercera estrofa que el planeta no va a citar entera, porque no hace falta y porque hay cosas que se tratan con cuidado. Habla de la sombra que se va y deja al narrador en la soga.

Collage con un detalle de la carátula de «El Abismo en Mi Cabeza» y las carátulas de «Holy Stillness», «Not Your Supply», «Ruido en mi mente»

Es la imagen más dura de la canción. Y es la razón de que esta crónica tenga que decir una cosa clara, sin metáforas ni mitos:

Si alguien que lee esto se siente así, si tiene pensamientos de hacerse daño o de no querer seguir, en España existe la línea 024, gratuita y disponible a cualquier hora, para personas con pensamientos suicidas y para su entorno. En una emergencia, el 112. Y siempre está el médico de cabecera, o urgencias. Pedir ayuda no es torpeza. Es tirar del hilo.

Esto no es un adorno ni un párrafo obligatorio. Es lo más importante de esta crónica.

El peso

La estrofa termina con una línea que cualquiera que haya pasado por ahí reconoce en el cuerpo: «Solo queda este peso que no puedo soltar».

El peso. Esa sensación física de llevar algo encima que no se ve. Que hace que levantarse de la cama cueste como subir una montaña. Que convierte la ducha en una hazaña y la compra en una expedición. Que no se va con un paseo ni con un fin de semana en la playa.

En el mito, Teseo entró en el laberinto ligero. Llevaba una espada y un ovillo. En esta canción, el que está dentro lleva un peso que no puede soltar. Y el peso hace todo más lento, más difícil, más largo. Cada pasillo cuesta el doble.

El planeta no tiene una solución para ese peso, y desconfía de quien diga que la tiene. Solo sabe una cosa, que también está en el mito si se lee con atención: Teseo no tuvo que cargar con el ovillo y con la espada y con el miedo él solo. Alguien le dio el hilo. Alguien esperaba fuera. El peso no se suelta solo. Pero se lleva mejor cuando otro sujeta un extremo de algo.

Lo que hizo Ariadna

Un apunte sobre la otra protagonista del mito, que casi siempre se queda en segundo plano.

Ariadna no entró en el laberinto. No mató a ningún monstruo. No sale en las estatuas con la espada en alto. Lo que hizo fue quedarse en la puerta con un ovillo en la mano, sin saber si el hilo iba a volver con alguien al final o iba a quedarse flojo para siempre. Es el papel más difícil de todos: el de quien espera fuera.

Y el planeta se lo dedica, en esta crónica, a todas las Ariadnas de verdad. A las amigas que se quedan al teléfono aunque al otro lado solo haya silencio. A los hermanos que van a la consulta y esperan en la sala. A las parejas que no entienden lo que pasa pero no se van. A quien sujeta el hilo sin saber si sirve.

Sirve. Aunque no se note desde fuera.

La noche que grita un nombre

Antes de salir, una vuelta al principio de la canción, que el planeta se ha saltado a propósito.

Ficha de la canción «El Abismo en Mi Cabeza» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

La primera línea dice que la noche vuelve a gritar el nombre de quien habla. Y la segunda, que es un insulto sordo que nadie responde.

En el mito, hay un momento en que Teseo, dentro del laberinto, está completamente solo. No oye nada más que su respiración y los pasos del monstruo. Nadie le llama. Nadie le grita. Y aun así, el hilo sigue tenso entre sus dedos.

En la canción, la noche sí grita un nombre. Pero lo grita como insulto. Es una voz que no ayuda, que hiere. Y nadie le responde. El planeta piensa que esa es la cara oscura del hilo. Hay voces que te llaman para sacarte y voces que te llaman para hundirte. En el laberinto de la cabeza, a veces cuesta distinguirlas. Las dos dicen tu nombre.

Una forma de saber cuál es cuál: la voz que insulta está dentro. La voz que ayuda casi siempre viene de fuera. De alguien con cara, con teléfono, con nombre propio. Por eso hay que salir a buscarla, aunque cueste. Aunque pese.

Otras salas con luz baja

El planeta tiene otras canciones en este mismo ala del edificio, y quien haya llegado hasta aquí quizá quiera conocerlas.

En la lista de videoclips, justo antes de esta, está «Not Your Supply», que mira la oscuridad desde otro ángulo, el de quien se niega a seguir alimentando a quien le hace daño. Está «Holy Stillness», que el diario describió como una nana para el niño que llevamos dentro, y que funciona casi como el reverso luminoso de esta canción: quietud en vez de abismo. Y está «Ruido en mi mente», otra canción de cabeza que no se calla, con su propia luna burlona.

Y para quien quiera saber más sobre cómo usa este universo las figuras de los mitos, el planeta tiene una sección dedicada a su propia mitología, donde los dioses y los monstruos tienen pluma.

Datos para encontrarla

Lo que consta en la ficha.

La canción está en «El día de la liberación», uno de los álbumes de la trilogía GAYFOLK. Su ficha la fecha el 26 de mayo de 2026, con el sello propio del autor. Tiene videoclip oficial, de unos tres minutos, en la sección de vídeos del planeta. Desde la ficha del single se puede escuchar un fragmento, abrirla en Spotify, YouTube o Deezer, y descargarla gratis.

La letra es obra de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La escribió él, a mano, sin máquinas de por medio. Para la música y las voces se usaron herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno. La sala de prensa cuenta el resto de la historia del proyecto.

La salida

En el mito, cuando Teseo salió del laberinto, había luz. Y Ariadna estaba esperando en la puerta, con el otro extremo del hilo en la mano.

La canción no tiene esa escena. Termina con el estribillo, con el laberinto sin puertas y el sol que no se acuerda. No hay salida. No hay luz. No hay nadie en la puerta.

Pero el planeta ha aprendido una cosa leyendo canciones como esta: que escribirlas ya es soltar un poco de hilo. Que poner en palabras un laberinto sin puertas es, de alguna forma, dibujar la primera línea de un mapa. Y que quien la escucha y se reconoce, al otro lado, está sujetando el otro extremo sin saberlo.

No es una salida. Es un hilo.

A veces, con eso basta para empezar a volver. Un tirón pequeño. Luego otro. Y en algún momento, aunque el sol tarde en acordarse, una rendija de luz al fondo del pasillo.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «El Abismo en Mi Cabeza»?

De un estado de oscuridad interior: la noche que grita el nombre de quien la sufre, un abismo que se ríe de su torpeza, un laberinto sin puertas donde no llega el sol y un peso que no se puede soltar. Es una de las canciones más oscuras del planeta.

¿Qué tiene que ver con el mito de Ariadna?

Es la lectura de esta crónica. En el mito griego, Teseo sale del laberinto de Creta gracias al hilo que le da Ariadna. La crónica usa esa imagen para hablar de la ayuda que se necesita cuando uno está en un laberinto así.

¿Dónde pedir ayuda si me siento así?

En España, la línea 024 atiende de forma gratuita y a cualquier hora a personas con pensamientos suicidas y a su entorno. En una emergencia, el 112. También se puede acudir al médico de cabecera.

¿Quién la ha escrito?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial. Está en «El día de la liberación», con fecha de 26 de mayo de 2026 en su ficha.

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