Vida cotidiana
El ascensor del planeta Gayfolk: veinte segundos de silencio, el espejo que no perdona, el vecino de todos los botones y el tiempo que hace
Por Mike Sain't Louis ·

Hay un lugar en cada edificio de Madrid donde se condensan todas las tensiones de la vida en comunidad. No es la junta de vecinos, que se celebra una vez al año y se olvida enseguida. Es el ascensor. Una caja de poco más de un metro cuadrado donde, varias veces al día, personas que no se conocen de nada comparten aire, olor a colonia y un silencio espeso durante veinte segundos que parecen veinte minutos.
En el planeta Gayfolk, el ascensor tiene canción propia, aunque no lo sepa. Se llama «Antisocial», está en el disco «El día de la liberación» y contiene dos versos que cualquiera que haya coincidido con el vecino del tercero a las ocho de la mañana entenderá a la primera:
no busco rostros nuevos, no me interesa hablar.
Y, un poco más adelante, la estrategia completa:
Evito las miradas, los saludos en la calle,
El diario ya leyó esta canción como un elogio de la soledad elegida y en su bitácora. Aquí la llevamos a su escenario natural: la cabina, el espejo y la botonera.
Un país de ascensores
Empecemos por un dato que sorprende a cualquiera que venga de fuera. España es uno de los países con más ascensores del mundo. Según el informe RAEs 2024 de la Federación Empresarial Española de Ascensores, a 31 de diciembre de 2024 había 1.199.896 ascensores instalados en todo el país, casi diecinueve mil más que el año anterior. Con una población de algo más de 48 millones de habitantes, sale aproximadamente a un ascensor por cada cuarenta personas.
La explicación tiene que ver con cómo vivimos. Las ciudades españolas son densas y verticales: pisos en bloques, edificios de cinco, siete o diez plantas, y muy pocas casas unifamiliares en los centros urbanos. Eso significa que millones de personas empiezan y terminan el día en una cabina metálica. Y que, estadísticamente, todas hemos vivido el momento exacto en que se abren las puertas y aparece alguien a quien no esperábamos.
1854: el hombre que mandó cortar la cuerda
Los aparatos para subir cosas existían desde hacía siglos, pero casi nadie se fiaba de ellos para subir personas. El problema era evidente: si la cuerda se rompía, la plataforma caía. La solución llegó de un mecánico estadounidense llamado Elisha Graves Otis.
En mayo de 1854, durante la exposición de la industria de todas las naciones en el Crystal Palace de Nueva York, Otis hizo una demostración que se volvería legendaria. Se subió a una plataforma elevada, a la vista del público, y ordenó cortar la cuerda que la sostenía. La plataforma no cayó. Unos trinquetes accionados por muelles se clavaron en las guías dentadas de los laterales y la detuvieron en seco.
La historia suele contarse con una frase triunfal que Otis habría pronunciado ante el público, algo así como «todo en orden, caballeros». Las revistas especializadas del sector advierten que las crónicas de la época confirman las demostraciones con la cuerda cortada, pero no recogen esa frase. Como tantas veces, la leyenda ha mejorado el guion. Lo que sí es cierto es que aquel freno de seguridad hizo posible que la gente subiera en ascensor sin miedo, y con él, los rascacielos.
Desde entonces, cada vez que alguien entra en una cabina y nota esa pequeña sacudida al arrancar, está confiando en la idea de un señor que se jugó el tipo delante de una multitud. Conviene recordarlo la próxima vez que el ascensor de casa haga un ruido raro entre el cuarto y el quinto.
Anatomía de un silencio
Vamos a lo importante: lo que pasa dentro. Todo trayecto compartido en ascensor sigue una coreografía casi universal, que el planeta ha observado con atención científica.

Primero, la entrada. Quien llega se coloca en la esquina más alejada de quien ya estaba dentro. Si hay tres personas, forman un triángulo. Si hay cuatro, ocupan las cuatro esquinas como en un combate de boxeo sin guantes.
Segundo, la orientación. Todo el mundo mira hacia la puerta. Nadie, nunca, se queda de cara a los demás. Hacerlo sería una provocación, una declaración de guerra o un intento de ligue demasiado directo.
Tercero, el punto de fuga. Los ojos buscan un lugar neutral donde descansar: los números luminosos de las plantas, el techo, el suelo, la placa con la carga máxima y el número de personas permitido, que se lee con una atención que no merece ningún otro texto en el mundo. Y, desde hace unos años, el móvil, que ha sido la gran salvación del ascensor contemporáneo. Mirar la pantalla sin estar mirando nada es el gesto antisocial perfecto.
Cuarto, la frase. Si el silencio se vuelve insoportable, alguien la dice. Puede ser «qué calor hace», «qué frío hace» o, en las semanas de transición, «qué tiempo más raro». No importa. La frase no está para informar, está para rellenar.
Y quinto, la salida, con un «hasta luego» que se pronuncia ya de espaldas, mientras se cierran las puertas.
El espejo que no perdona
Casi todos los ascensores modernos tienen un espejo, y el planeta tiene una teoría al respecto: es el espejo más sincero del mundo. La luz de techo, blanca y vertical, marca cada ojera, cada cana y cada grano que la luz del baño de casa disimulaba con cariño.
El espejo plantea además un dilema social de primer orden. Si estás solo, puedes mirarte sin culpa, colocarte el flequillo, comprobar que no llevas lechuga entre los dientes y ensayar una sonrisa. Pero si hay alguien más, mirarte se convierte en un acto público. Y si te miras y la otra persona también se está mirando, vuestros ojos se cruzan en el reflejo, lo que es exactamente lo mismo que mirarse a la cara, pero más incómodo.
En el planeta hay una canción entera sobre este tipo de reflejos: «El espejo de enfrente». El diario la leyó como una reflexión sobre la autoimagen y la crueldad con la que a veces nos miramos. En el ascensor, ese espejo de enfrente tiene un público inesperado: el vecino del sexto, que ha visto cómo te repasabas las cejas con el dedo.
Bestiario vertical
Como en todo ecosistema, en el ascensor conviven especies muy distintas.
El vecino de todos los botones. Entra, pulsa el suyo y, por despiste o por maldad, también el de la planta de al lado. O es un niño que los pulsa todos, uno por uno, con la alegría de quien acaba de descubrir el poder. El trayecto de la planta baja al octavo se convierte entonces en un tren de cercanías con parada en cada estación.
El que mantiene la puerta. Ve que alguien viene corriendo por el portal y pone la mano para que no se cierre. Es un gesto amable que crea una deuda inmediata: quien llega tiene que dar las gracias, sonreír y, a partir de ese momento, compartir el ascensor con alguien que le ha hecho un favor. Muchas personas antisociales prefieren esperar al siguiente.
La vecina informada. Aprovecha cada trayecto para ponerte al día: la derrama, la gotera del cuarto, la pareja nueva del segundo. Es la versión vertical de «La vecina cotilla», esa figura que el diario retrató en su elogio del visillo. En el ascensor no tiene visillo, pero no le hace falta: tiene veinte segundos y un público cautivo.
El perro. Entra con su humano, olfatea a todo el mundo y rompe el hielo en un instante. Con un perro en la cabina, el silencio es imposible y todo el mundo sale sonriendo. El planeta, que adora a los suyos, lo sabe bien: no hay mejor relaciones públicas para un edificio que un perrito como el de «Como a mi chihuahua».
Y el que no sube. Vive en el primero y sube andando, por principios, por salud o porque no soporta el ascensor. A veces se cruza con el resto en el portal y les mira con superioridad moral.
La placa que nadie entiende
Dentro de cada cabina hay una placa metálica que merece capítulo propio. Indica la carga máxima en kilos y el número máximo de personas, y su lectura provoca siempre las mismas operaciones mentales. Si pone 450 kilos y seis personas, ¿cuánto se supone que pesa cada una? ¿Quién decide si cabemos? ¿Cuenta el carrito de la compra? ¿Y el perro?

En los edificios del planeta hay una tradición secreta: cuando el ascensor va lleno y alguien más quiere entrar, se produce un silencio todavía más denso que el habitual. Todo el mundo mira la placa. Nadie dice nada. Y al final, la persona que esperaba fuera dice «subo en el siguiente» con una sonrisa que oculta una pequeña humillación. Es el equivalente vertical de que no te dejen entrar en la discoteca.
Hay también quien entra de todas formas, convencido de que la placa es orientativa. Los demás contienen la respiración, literalmente, como si eso redujera el peso total. El ascensor arranca con un pequeño quejido y la cabina entera vive esos segundos con la fe que Otis pidió en 1854.
Música para no hablar
Durante décadas, la solución industrial al silencio del ascensor fue ponerle música. La empresa que dio nombre a todo un género nació en Estados Unidos. Según la enciclopedia histórica HistoryLink y la propia compañía que hoy gestiona la marca, Muzak tomó ese nombre en 1934, sobre la tecnología de música por cable que había desarrollado el general George Owen Squier. Empezó llegando a hogares de Cleveland y pronto se especializó en hoteles, restaurantes, oficinas y fábricas. De ahí salió la expresión «música de ascensor», esa melodía instrumental, suave, que no molesta ni emociona.
En España el equivalente tuvo nombre propio: el Hilo Musical de Telefónica. El blog de la compañía y un programa de archivo de RTVE sitúan su inauguración el 1 de octubre de 1969. Durante años sonó en consultas médicas, peluquerías, grandes almacenes y, por supuesto, en los ascensores de los edificios con portero. Varias generaciones crecieron oyendo versiones instrumentales de éxitos del momento mientras subían al dentista.
El planeta tiene una relación ambigua con este tipo de música. Por un lado, es la banda sonora oficial del no hablar, y eso a una persona antisocial le viene de maravilla. Por otro, a nadie le gusta descubrir que su canción favorita ha acabado convertida en un arreglo de flauta para el ascensor de un centro comercial.
Cuando dos se gustan
El ascensor también es un escenario romántico, aunque las condiciones no ayuden. Para muchas personas del planeta, coincidir en la cabina con el vecino que les gusta es una de las experiencias más intensas de la vida urbana. Hay que mantener la compostura, decir algo ingenioso en menos de veinte segundos y salir sin tropezar.
La técnica más extendida es la de la planta. Se pregunta «¿a cuál vas?», aunque se sepa perfectamente desde hace meses, para tener una excusa para hablar. La segunda técnica es la del comentario sobre el tiempo, pero con un giro personal: «con este calor no hay quien duerma, ¿verdad?», que puede abrir una conversación o cerrarla para siempre. Y la tercera, la más arriesgada, es pulsar el botón de la otra persona antes de que lo haga ella. Si acierta, es un detalle encantador. Si no, la otra persona tiene que corregirle con una sonrisa forzada, y el resto del trayecto es un pequeño drama.
En el planeta se recomienda, como casi siempre, paciencia. Un ascensor no es una cita. Pero varios trayectos seguidos, con saludo, sonrisa y alguna frase, pueden acabar en un café. Y si no, al menos habrá habido algo bonito que mirar además de los números luminosos.
El ascensor en el cine
El cine ha usado el ascensor muchas veces, casi siempre para dar miedo. Uno de los ejemplos más ilustres es francés: «Ascensor para el cadalso», la primera película de ficción de Louis Malle, estrenada en 1958, con Jeanne Moreau. Su protagonista comete un crimen en un edificio de oficinas y, al intentar huir, se queda atrapado en el ascensor durante toda la noche, mientras fuera todo se complica.
La película pasó a la historia también por su música. El archivo audiovisual francés INA y el centro nacional del cine de Francia cuentan que Miles Davis la improvisó con un quinteto en una sesión nocturna en París, en diciembre de 1957, mientras en una pantalla se proyectaban escenas de la película. Jeanne Moreau estuvo en el estudio aquella noche. El resultado es una de las bandas sonoras de jazz más célebres de todos los tiempos.
Al planeta le encanta la paradoja. La película más elegante sobre un ascensor tiene la música menos parecida a la música de ascensor que se pueda imaginar. Trompeta, humo, noche y una cabina parada entre dos plantas. Cualquiera que se haya quedado encerrado diez minutos en el ascensor de su casa puede ponerse ese disco al salir y sentirse protagonista de un clásico del cine francés.
Veinte segundos para convencer a alguien
El mundo de la empresa ha dado al ascensor otra función: la de escenario del discurso perfecto. Se llama así, discurso de ascensor, a la presentación brevísima que alguien debería ser capaz de hacer de su proyecto si coincidiera en la cabina con la persona adecuada, entre la planta baja y la última.

La idea tiene su gracia, pero en el planeta preferimos aplicarla a otras cosas. Por ejemplo, el discurso de ascensor para explicarle a tu tía en la boda de tu prima por qué sigues soltero. O el discurso de ascensor para convencer a la junta de que hace falta arreglar el portero automático. O, el más difícil de todos, el discurso de ascensor para presentarle a tu madre a tu nuevo novio cuando se cruzan sin querer en el portal.
En todos los casos, la regla es la misma: frase corta, sonrisa y salida rápida antes de que se cierren las puertas.
La junta del ascensor
En muchos edificios antiguos de Madrid, el ascensor no estaba ahí desde el principio. Lo pusieron después, tras años de discusiones en la junta de vecinos, y esa historia suele formar parte de la mitología de la escalera.
La Ley de Propiedad Horizontal regula cómo se decide. Su artículo 17.2 establece que para instalar un ascensor hace falta el voto favorable de la mayoría de los propietarios que, a la vez, representen la mayoría de las cuotas de participación. Una vez aprobado, el acuerdo obliga a todos, también a quienes votaron en contra. Y hay una excepción importante: cuando en una vivienda viven o trabajan personas con discapacidad o mayores de 70 años, las obras de accesibilidad pueden ser obligatorias aunque la junta no las apruebe, dentro de ciertos límites de coste que fija la propia ley.
Detrás de esas líneas técnicas hay mucha vida. Vecinas mayores que llevaban años sin salir de casa porque no podían con las escaleras, familias con carritos que subían a pulso hasta el cuarto, discusiones eternas sobre quién paga y cuánto. En el planeta tenemos una opinión clara: el ascensor es un derecho, y la escalera, un gimnasio opcional.
El ascensor y la soledad
Hay un lado menos cómico del ascensor que conviene mencionar. Para mucha gente, especialmente para personas mayores que viven solas, ese trayecto de veinte segundos con un vecino es una de las pocas conversaciones del día. Lo que para unos es un silencio incómodo, para otros es la única palabra amable que reciben hasta la noche.
El diario ha distinguido entre la soledad elegida y la soledad impuesta, y el ascensor es un buen lugar para pensar en esa diferencia. Una persona puede ser antisocial por elección, como el narrador de la canción, y aun así dar los buenos días a la vecina del noveno que va con el carrito de la compra. No hace falta convertirse en tertuliano. Basta con un saludo, sujetar la puerta o preguntar si necesita ayuda con las bolsas.
Atrapados entre dos plantas
Ninguna guía del ascensor estaría completa sin el capítulo del terror: quedarse encerrado. Es una situación que casi nadie vive y que todo el mundo ha imaginado. La cabina se para, la luz parpadea y empieza la cuenta atrás mental de los minutos de aire disponibles, que en realidad son muchos más de los que la imaginación calcula.

Lo sensato en ese caso es sencillo: mantener la calma, pulsar el botón de alarma, que está precisamente para eso, y esperar a que llegue el servicio técnico. Nada de intentar abrir las puertas a la fuerza ni de trepar por el techo como en las películas. Si alguien se encuentra mal, el número de emergencias es el 112.
Pero la parte que más interesa al planeta es la social. Quedarse atrapado con un desconocido convierte el silencio de veinte segundos en una convivencia forzosa de media hora. De repente, las dos personas que llevaban años sin pasar del «buenos días» tienen que hablar. De la empresa del mantenimiento, de la derrama que nunca se aprueba, de la vida. Más de una amistad de escalera ha nacido así. Y alguna cosa más, según cuentan en el bar de abajo.
El ascensor del hotel en vacaciones
Hay una variante del ascensor que merece estudio aparte: la del hotel de playa en agosto. Allí el ecosistema cambia por completo. La gente entra con el bañador mojado, la toalla al hombro, chanclas que dejan charcos y un olor a crema solar que se queda en la cabina hasta septiembre. Los niños, que en casa pulsan todos los botones, en el hotel lo hacen con más entusiasmo todavía, porque hay veinte plantas.
El hotel añade además un problema de orientación. Nadie entiende nunca qué significa cada botón del panel. Hay una P, una B, un 0, un -1, a veces una S y, en algunos edificios, una E misteriosa que nadie se atreve a pulsar. La familia que acaba de llegar con las maletas recorre el sótano, el aparcamiento y la planta de la piscina antes de dar con la recepción.
Y luego está la hora del desayuno. A las nueve y media, todo el hotel quiere bajar a la vez al bufé, y el ascensor se convierte en un autobús urbano en hora punta, parando en cada planta para comprobar que no cabe nadie más. Es entonces cuando la persona antisocial encuentra las escaleras de emergencia y se convierte, sin quererlo, en la más deportista del hotel.
En el planeta tenemos un truco para esas semanas: bajar a desayunar a las ocho, cuando el ascensor está vacío y el bufé, intacto. No hay mejor momento para mirarse en el espejo de la cabina con la cara recién lavada y pensar que las vacaciones, al menos durante veinte segundos, son solo para uno.
Las cinco normas del ascensor del planeta
Para terminar, el reglamento oficioso del ascensor según el planeta Gayfolk.
Primera: deja salir antes de entrar. Es la norma más antigua del mundo y la más incumplida.
Segunda: un saludo no compromete. Un «buenos días» al entrar y un «hasta luego» al salir son suficientes. Nadie te obliga a contar tu vida.
Tercera: el espejo, con moderación. Mirarse está permitido. Retocarse el maquillaje completo entre la planta baja y el primero, también, pero con rapidez.
Cuarta: si llevas un perro, pregunta. No a todo el mundo le gustan los animales, aunque en el planeta no entendamos por qué.
Quinta: si alguien viene corriendo, sujeta la puerta. Aunque seas antisocial. Sobre todo si eres antisocial. Es la forma más elegante de ser amable sin tener que hablar.
Epílogo: planta baja
«Antisocial» pertenece a «El día de la liberación», el tercer disco de Mike Sain't Louis. Su narrador defiende su derecho a no saludar, a no buscar caras nuevas y a quedarse con los pocos que ya conoce. Es una postura que el ascensor pone a prueba varias veces al día, porque no hay lugar más difícil para ser antisocial que una caja de un metro cuadrado con un espejo y un vecino.
Quizá por eso el ascensor es un buen retrato de la vida en la ciudad. Estamos juntos sin conocernos, compartimos espacio sin compartir nada más y, de vez en cuando, alguien rompe el silencio con una tontería sobre el tiempo que, sin saberlo, le alegra el día a otro. No es poca cosa para veinte segundos.
La canción se puede escuchar en Spotify, con o sin ascensor de por medio. Y la información sobre Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, está reunida en su página de prensa.
Preguntas frecuentes
¿Cuántos ascensores hay en España?
Según el informe RAEs 2024 de la Federación Empresarial Española de Ascensores, a 31 de diciembre de 2024 había en España 1.199.896 ascensores instalados, 18.951 más que un año antes. Es uno de los parques de ascensores más grandes del mundo en relación con su población.
¿Quién inventó el ascensor seguro?
Elisha Graves Otis presentó en mayo de 1854, en el Crystal Palace de Nueva York, un montacargas con un freno de seguridad: subió a la plataforma, ordenó cortar la cuerda y unos trinquetes accionados por muelles se clavaron en las guías dentadas e impidieron la caída. La famosa frase que se le atribuye no está documentada en la prensa de la época.
¿Qué mayoría hace falta para instalar un ascensor en una comunidad de vecinos?
El artículo 17.2 de la Ley de Propiedad Horizontal exige el voto favorable de la mayoría de los propietarios que, a su vez, representen la mayoría de las cuotas de participación. El acuerdo obliga a todos, también a quienes votaron en contra. Si en una vivienda viven personas con discapacidad o mayores de 70 años, la obra de accesibilidad puede ser obligatoria con ciertos límites de coste.
¿Por qué cuesta tanto hablar en un ascensor?
Porque obliga a compartir un espacio muy pequeño con desconocidos durante unos segundos, sin una tarea común y con un espejo delante. La mayoría opta por mirar el móvil, el techo o los números de las plantas, y por frases de cortesía como el tiempo que hace.
¿Qué canción del planeta acompaña este artículo?
«Antisocial», del disco «El día de la liberación» de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, con apariciones de «La vecina cotilla», «El espejo de enfrente» y «Como a mi chihuahua».