Cultura LGTBI
El folclore como archivo de deseos
Por Mike Sain't Louis ·

Los archivos no siempre son cajas con etiquetas. A veces un archivo es una canción que todo el mundo se sabe y que nadie lee del todo. El folclore español, y la copla en particular, ha funcionado durante décadas así: un lugar donde se guardaban, bien dobladas y a la vista de todos, cosas que no se podían decir en voz alta. Amores que no tocaban, deseos que no tenían permiso, vidas que se vivían a escondidas en la parte de atrás de la ciudad.
Este Diario ya ha hablado de la copla como diccionario del desamor y de las divas que enseñaron a sobrevivir. Hoy la pregunta es otra: ¿qué guarda el folclore que no aparece en la letra? ¿Y qué pasa cuando alguien, muchos años después, vuelve a abrir ese archivo con una sensibilidad abiertamente queer? Es lo que hace, a su manera, el universo de Mike Sain't Louis.
«Un archivo que se canta en voz alta»
La gracia del folclore es que pertenece a todos. Se canta en las bodas, en las verbenas, en la cocina de la abuela, en la radio de la furgoneta. Nadie le pide carné a una canción popular. Y precisamente por eso ha sido un buen escondite: lo que está en boca de todo el mundo no parece sospechoso.
La copla, el género que dominó la radio española durante buena parte del siglo XX, vivía de historias de pasión: amores imposibles, mujeres señaladas, hombres que se iban, celos, cuchillos, tabernas. Casi todas esas historias están contadas como amores entre un hombre y una mujer. Pero cuando se escuchan con atención, aparece otra cosa: una obsesión constante con el amor que no se puede vivir a la luz del día. Y esa obsesión no es casual.
«La mano que escribía»
Una parte enorme del repertorio clásico de la copla salió del trío formado por Antonio Quintero, Rafael de León y Manuel Quiroga. Rafael de León, poeta sevillano nacido en 1908 y cercano al ambiente de la Generación del 27, firmó letras que hoy son patrimonio sentimental de varias generaciones: «Ojos verdes», «Tatuaje», «La Zarzamora», «Pena, penita, pena» y muchas más.
De Rafael de León se ha escrito a menudo que era homosexual, en una época en la que eso no se podía decir. Hay que tener cuidado con leer una obra entera solo desde la biografía de su autor, pero cuesta no ver algo en la manera en que sus letras vuelven una y otra vez al amor clandestino, a la mujer que la sociedad aparta, a la persona que quiere sin permiso. Sus heroínas suelen estar fuera de la ley del decoro. Y quien escribía sabía muy bien lo que era vivir así.
«Apoyá en el quicio»
El ejemplo más citado es «Ojos verdes», estrenada en los años treinta y popularizada por Concha Piquer. En su letra original, la protagonista estaba «apoyá en el quicio de la mancebía», es decir, en la puerta de un burdel. Se cuenta que la censura franquista obligó después a cambiar ese verso por otro más decente. La canción siguió sonando, pero con la mancebía borrada.
Ese detalle resume bien la historia del folclore como archivo. El deseo estaba ahí, escrito. Alguien lo tachó. Y aun así la canción, con su melodía, su dramatismo y su protagonista al margen, siguió contando lo mismo a quien sabía escuchar.
«El que no pudo quedarse»
Si Rafael de León escribía desde la discreción, Miguel de Molina fue lo contrario: un artista de copla que no se escondía. Malagueño, nacido también en 1908, con un estilo escénico ambiguo y unas camisas de mangas enormes que hoy reconoceríamos como pura pluma, fue una estrella en los años treinta. Después de la guerra, en los años cuarenta, sufrió agresiones y persecución, y acabó exiliándose en Argentina, donde murió en 1993.
Su historia es la cara oscura del archivo. Mientras sus canciones seguían sonando en España, él no podía vivir en ella. La España de la posguerra aplaudía el folclore y castigaba a algunos de quienes lo hacían. Y no se trataba solo de una persona: la Ley de vagos y maleantes, reformada en 1954, y la Ley de peligrosidad y rehabilitación social de 1970 incluyeron explícitamente a los homosexuales entre las conductas perseguidas.
«Verde que te quiero verde»
Hay otro nombre que atraviesa este archivo: Federico García Lorca. Lorca recogió y armonizó canciones populares, trabajó con artistas del flamenco y escribió el «Romancero gitano», donde está aquel verso que todo el mundo recita aunque no sepa de dónde viene: «Verde que te quiero verde». El poeta, asesinado en 1936, es hoy uno de los grandes símbolos de la memoria LGTBI española.
Ese mismo verso aparece, tal cual, dentro de «Con el taconeo», una de las canciones de Mike Sain't Louis que más directamente miran al flamenco:
Verde que te quiero verde, verde viento, verdes ramas Los dos comparten secretos bajo la luna que no habla
La cita de Lorca no está ahí como adorno culto. Está seguida de dos personas que «comparten secretos bajo la luna que no habla». Es exactamente la lógica del archivo: un deseo que se vive de noche, con la luna como testigo que no va a contar nada. La canción no explica quiénes son esos dos. No hace falta.
En el vídeo corto pasan las portadas de «Con el taconeo», «Lola Flores» y «¿Me hago un folclórica engañada?». En la primera, Mike posa con chaquetilla rosa de volantes, pecho descubierto y tacones, delante de una guitarra española y un telón rojo. Es una imagen que coge todos los elementos del cartel flamenco clásico, el volante, la guitarra, el telón, y se los pone a un hombre con pluma. El archivo se abre y se enseña.
«Pena, penita, pena»
Otra forma de abrir el cajón es la cita musical. En «Mi pena», el estribillo repite una y otra vez una expresión que cualquier oyente español reconoce:
Me quema, pena, penita, pena
«Pena, penita, pena» es una de las coplas más famosas de Lola Flores, con letra del trío Quintero, León y Quiroga. Al repetirla, «Mi pena» no copia la canción, pero sí invoca todo lo que arrastra: el dolor teatral, el amor que quema, la mujer que lo canta con todo el cuerpo. Y lo pone en boca de un cantautor gay del siglo XXI, sin cambiarle el tono. La pena sigue siendo pena. Lo que cambia es quién tiene derecho a cantarla.
«Lola, temple de mujer»
Lola Flores es el otro gran pilar de este archivo, y ya tuvo su propio texto en el Diario, a propósito de su portada: Lola Flores: una espalda, un pendiente y una peseta. La canción que Mike le dedica es un homenaje casi de estampita, que encadena títulos de su repertorio como si fueran cuentas de un collar:
En la Zarzamora florece tu voz, duende y relámpago del corazón. "A tu vera", el aire quiso llorar,
La Zarzamora, «A tu vera», «Te lo juro yo»: la letra cita canciones que, de nuevo, pasan por la pluma de Rafael de León. Es como si el homenaje a la folclórica fuera también, sin decirlo, un homenaje al poeta que le escribía. Las divas de la copla han sido iconos gais durante generaciones. Parte de la explicación está en ese diálogo invisible entre la mujer que cantaba en el escenario y el hombre que escribía detrás.
«Folclórica engañada»
Y luego está el camp, que es otra manera de leer el archivo: no desde el respeto solemne, sino desde la risa. En «¿Me hago un folclórica engañada?», Mike convierte el arquetipo de la folclórica traicionada en una pregunta casi de sobremesa:
¿Me hago un folclórica engañada, apenada, humillada, Que sabe todo y a la vez no sabe nada?
La canción ya tuvo su lectura completa en este Diario, así que aquí basta con el gesto: tomar la figura de la mujer engañada, que tantas coplas han llorado, y ponérsela a un hombre gay que habla de su ex, un «niño» de cincuenta y pico, de depilaciones y de cruising. Es el mismo archivo de deseos, pero con la puerta abierta de par en par. Lo que la copla tenía que esconder en una mancebía, aquí se dice con nombre y con chiste. Para quien quiera seguir por esa línea, la sección de camp del planeta reúne más ejemplos de ese humor que nace del drama.
«Por qué volver al archivo»
Cabe preguntarse por qué un proyecto como GAYFOLK, que se imagina un planeta queer en el espacio, vuelve tanto a la copla, al flamenco y al folclore. La respuesta está en el propio nombre del proyecto: «folk» significa pueblo, y GAYFOLK es, entre otras cosas, la idea de un folclore propio. No un folclore que haya que esconder detrás de una canción de amor convencional, sino uno en el que el deseo entre hombres, la pluma y la familia elegida forman parte de la tradición desde el principio.
Volver al archivo tiene algo de reparación. Las personas LGTBI que crecieron en España con la copla de fondo aprendieron a querer esas canciones sabiendo, o intuyendo, que no hablaban del todo de ellas. Reescribirlas, citarlas, ponerles un hombre con volantes en la portada es una forma de decir: estas canciones también eran nuestras, y ahora se nota.
Y tiene algo de continuidad. El folclore nunca fue una pieza de museo. Siempre se ha reescrito, se ha mezclado, se ha adaptado al barrio y a la época. Que hoy se reescriba desde una sensibilidad queer, y con herramientas que en tiempos de Rafael de León no existían, es parte de esa misma vida.
«Cómo escucharlo»
Si alguien quiere hacer el recorrido completo, una buena manera es escuchar primero algunas coplas clásicas, «Ojos verdes», «Tatuaje» o «Pena, penita, pena», y después pasar a las canciones del planeta que dialogan con ellas: «Con el taconeo», «Lola Flores», «Mi pena» y «¿Me hago un folclórica engañada?». El contraste se oye enseguida: el mismo dramatismo, la misma luna, la misma pena, pero con los nombres y los cuerpos en su sitio.
Todas están en la página de singles, y las letras completas se pueden leer en el cancionero. Las letras las escribe Mike; la música y la interpretación vocal se hacen con IA.
«Lo que queda en el cajón»
El folclore sigue siendo un archivo abierto. Hay coplas que todavía no se han leído en clave queer, canciones de romería que esconden amores imposibles y estribillos que nadie ha mirado dos veces. La memoria LGTBI española no está solo en los documentos, en las leyes o en las fotos de las primeras manifestaciones. También está en esas canciones que se cantaban en voz alta mientras el deseo se quedaba callado.
Abrir ese cajón no es faltarle el respeto a la tradición. Es tomársela en serio. Y es, sobre todo, dejar que lo que estaba guardado salga a bailar.
Mike Sain't Louis cuenta en primera persona, en su blog, cómo escribe y por qué vuelve a ciertos temas; quien quiera seguir el hilo desde el lado del autor puede empezar en su blog.

