Planeta Gayfolk

Camp español

Chulo: el atractivo del peligro

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Mike Sain't Louis con americana de cuadros ocre y camisa rosa junto a unas buganvillas sobre el mar

Hay palabras que tienen una sola entrada en el diccionario y, sin embargo, se comportan como si fueran varias personas distintas. «Chulo» es una de ellas. Una abuela la dice delante de un vestido en un escaparate y es un elogio. Un portero de discoteca la escupe y es una amenaza. En un sainete madrileño es un personaje con gorra y pañuelo. En un expediente policial, otra cosa muy distinta.

El Diccionario de la lengua española, en su entrada «chulo», recoge nueve acepciones. Este Diario las ha leído todas, despacio, con una canción del planeta en cada mano. Y ha llegado a una conclusión sencilla: la palabra lleva dentro, desde siempre, la mezcla exacta que hace que alguien resulte peligroso y atractivo a la vez.

«Del italiano, "niño"»

Lo primero que sorprende es la etimología. Según la Academia, «chulo» viene del italiano ciullo, «niño», que a su vez es un acortamiento de fanciullo. Es decir: el chulo, en su origen, es un chaval.

Tiene sentido. La chulería tiene mucho de crío que se hace el mayor. El que saca pecho en el patio, el que contesta al profesor, el que se sube a la valla para que lo vean. Hay algo infantil en la pose, una necesidad de ser mirado que no termina de crecer. Y quizá por eso, cuando la chulería sale bien, produce ternura además de deseo.

«Nueve maneras de ser chulo»

La primera acepción define al chulo como quien «habla y obra con chulería», y la lista de sinónimos que la acompaña es casi un retrato robot: jactancioso, arrogante, bravucón, fanfarrón, valentón, perdonavidas. Ninguno es un halago. Todos describen a alguien que ocupa más sitio del que le corresponde.

Pero la tercera acepción da un giro de ciento ochenta grados: coloquialmente, «chulo» significa «lindo, bonito, gracioso». Y la cuarta, en Guatemala, Honduras, México y Puerto Rico, directamente «guapo». La misma palabra que sirve para señalar a un fanfarrón sirve para decir que algo te gusta.

La quinta es castiza: «persona de las clases populares de Madrid, que afecta guapeza en el traje y en el modo de conducirse». Es el chulapo, el de la gorra de cuadros, el chaleco y el clavel, el que baila el chotis en la verbena. Un hombre que se viste para que lo miren y que camina como si la calle fuera suya.

Luego vienen dos acepciones de oficio, casi olvidadas: el hombre que ayuda en el matadero al encierro de las reses y el que en las fiestas de toros asiste a los lidiadores y les da banderillas. La octava es la más dura: «rufián», el hombre dedicado al tráfico de la prostitución. Y la novena, en Colombia, es un ave carroñera, el zopilote.

Del niño al buitre, pasando por el guapo, el castizo y el proxeneta. Pocas palabras recorren tanto en tan poco espacio.

«El chulito que da mariposas»

En el catálogo de Planeta Gayfolk, la palabra aparece sobre todo en diminutivo. «Ese chulito» es una canción de enamoramiento repentino, con un estribillo que estira las sílabas como un chicle:

De Ese chuuuuu liiiii tooooo ¡yo me he enamorado!

Y una declaración de intenciones al final que no deja lugar a dudas: «Al chulito me lo agencio, al chulito lo deseo». El diminutivo hace aquí un trabajo precioso. Le quita al chulo la amenaza y le deja el encanto. El chulito no da miedo, da mariposas. Pero la canción tiene la honestidad de recordar dónde sintió esas mariposas la última vez: en el examen del carnet de conducir y en un control de la Guardia Civil. Es decir, en dos situaciones de peligro.

El Diario ya hizo una guía de campo de esas mariposas, especie por especie. Lo que interesa hoy es la intuición que hay debajo: que el cuerpo confunde a menudo la emoción del deseo con la del susto. El corazón que se acelera, el estómago que se encoge, la boca seca. Lo mismo ante el chico que te gusta que ante el agente que te pide los papeles.

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «La última vez que las sentí Fue cuando me examiné del carnet de conducir» de «Ese chulito»

«El atractivo del peligro»

No hace falta ser psicólogo para saber que el chulo gusta. La literatura, el cine y la música llevan siglos demostrándolo. El castizo de la zarzuela, el macarra de las películas de barrio, el chico malo de la cazadora de cuero: todos tienen público.

Una parte de ese atractivo es la seguridad. El chulo no pide permiso, no duda, no se disculpa. Para quien ha pasado la vida pidiendo perdón por existir, y en el planeta hay mucha gente así, esa seguridad puede parecer un imán. Otra parte es la aventura: con el chulo parece que va a pasar algo. Y otra es la fantasía de domarlo, de ser la persona que consigue ver la ternura debajo de la pose. El niño de la etimología.

La foto de portada de esta nota juega con eso. Mike aparece en una azotea al atardecer, con cazadora de cuero y camiseta blanca, el uniforme clásico del chico malo, con los tejados de la ciudad detrás. Pero la mirada no es de perdonavidas. Es de alguien que posa de chulo y sabe que está posando. Esa conciencia es lo que convierte la chulería en camp.

«Un chulo alemán y un flamenco»

En «Marica chill», el chulo aparece de pasada, casi como un souvenir de vacaciones. La canción es un himno a la pereza y al disfrute sin plan, y en uno de sus versos cuenta un encuentro con un turista:

Un turista said: can I kiss your hand Le dije: only if you dance flamenco, man Y así sin plan, sin cita ni apps Acabé bailando con un chulo alemán

Aquí «chulo» funciona en su sentido más amable: un chico guapo, con desparpajo, que entra en la noche y la mejora. Nada de amenaza. Y lo interesante es quién pone las condiciones: es la voz de la canción la que exige el flamenco antes del beso. El chulo, por una vez, obedece.

«Para chulo, mi pirulo»

La tercera canción es la más afilada. En «Sí, soy una puta», la palabra aparece en su acepción más fea, la del rufián que controla a otros, y la letra la rechaza de un plumazo:

Para chulo, mi pirulo, machirulo

Es un verso de reapropiación, de esos que el camp español sabe hacer tan bien. Frente al insulto, la canción se planta y declara que nadie va a mandar sobre su cuerpo ni sobre su noche, porque el único «chulo» que admite es el propio. Y remata con otra advertencia que sigue en la letra: «Que esta noche no me pisas». La chulería, aquí, cambia de bando. Ya no es del hombre que domina, sino de quien se niega a ser dominado.

El Diario ya leyó esa canción como un diccionario de lo que otros repiten sin pensar. Este verso podría ser su entrada más corta.

«Chulería y pluma»

Dentro del mundo gay, la figura del chulo tiene una historia complicada. Durante décadas, el ideal de deseo más repetido fue el del hombre que no lo parecía: duro, serio, con pocas palabras y ninguna pluma. Cualquiera que haya abierto una aplicación de ligar conoce los perfiles que lo dicen sin rodeos, con sus «solo masc» y sus «no plumas». El chulo, en esa versión, es el modelo al que hay que parecerse para ser deseado.

El problema es que ese modelo deja fuera a casi todo el mundo. Al chico que mueve las manos, al que se ríe muy alto, al que lleva lentejuelas, al que habla con una música que le delata. Y obliga a muchos otros a interpretar un papel que no les sale natural, a bajar la voz, a medir los gestos, a ponerse la cazadora aunque no les apetezca.

Por eso es tan interesante lo que hacen las canciones del planeta con la palabra. No la rechazan, la mezclan. El chulito de la canción es deseado por alguien que estira las vocales y canta «¡yo me he enamorado!» con todo el cuerpo. El chulo alemán baila flamenco porque se lo pide una marica que va «like a diva en mi mercadillo dress». Y el único chulo aceptado en «Sí, soy una puta» es el propio, el de quien se ha cansado de pedir permiso. La chulería deja de ser lo contrario de la pluma y pasa a ser una más de sus formas.

Eso es, en el fondo, lo que hace el camp con casi todo: coger un modelo que sirve para excluir y ponérselo como disfraz. Cuando todo el mundo puede ser chulo, la palabra pierde su poder de amenaza y se queda solo con su gracia.

«Cuando la chulería deja de tener gracia»

Hay una línea que conviene trazar con claridad. La chulería de pose, la del chulapo de verbena, la del chico de la cazadora, la de la diva que entra en la pista como si fuera suya, es un juego. Se puede disfrutar, imitar, desear.

Pero hay otra chulería que no es un juego. La de quien humilla, controla el móvil, decide con quién hablas, te hace sentir pequeño y luego te pide perdón con un ramo de flores. Esa no es atractiva, aunque al principio lo parezca. En las relaciones entre hombres también pasa, y a menudo cuesta más reconocerlo porque no encaja en la imagen que se tiene del maltrato.

El Diario tiene toda una serie dedicada a las relaciones tóxicas, al narcisismo y al gaslighting, que se puede encontrar en el Diario. Si algo de lo que acabas de leer te suena demasiado, habla con alguien de confianza o con un profesional. Si hay peligro, llama al 112. Y si en algún momento sientes que no puedes más, el 024 atiende a cualquier hora.

«Chulo, pero de verbena»

Quizá la mejor forma de quedarse con la palabra sea volver al chulapo. Al hombre que se arregla para salir, que camina con salero, que mira a los ojos y saca a bailar. Un chulo que no necesita pisar a nadie para lucirse, porque lo que le interesa es la fiesta.

Ese chulo cabe perfectamente en el planeta. Es el que aparece en tantas canciones de la trilogía GAYFOLK, entre plumas, trajes de lentejuelas y copla. El que se mira al espejo, se pone la gorra y sale a la calle sabiendo que va a gustar. Y que, si alguien le dice que es un chulo, contesta «gracias».

Todas las canciones citadas se pueden escuchar desde la página de singles, y el Universo GAYFOLK explica el resto del mapa. Las letras las escribe Mike; la música y la interpretación vocal se hacen con IA. En el blog de Mike hay otra manera, más personal, de entrar en este mundo.

Chulo, al final, es una palabra que pide tono. Dicha con desprecio, hiere. Dicha con una sonrisa, enamora. Como el chulito de la canción: lo importante no es la palabra, sino quién la dice y con qué mariposas.

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