Cultura LGTBI
Diccionario de lo que otros repiten sin pensar: «Sí, soy una puta» y las palabras que no miden igual a todos
Por Mike Sain't Louis ·

Abre cualquier diccionario por la zeta. Busca «zorro». Encontrarás un animal y, enseguida, una persona astuta, que sabe esconder sus intenciones. Un elogio con colmillo, pero un elogio. Ahora busca «zorra». El animal sigue ahí. Y la persona que viene después ya no es astuta. Es otra cosa.
Una letra de diferencia. Un mundo de diferencia.
«Sí, soy una puta» es una canción de Mike Sain't Louis que coge una de las palabras más gastadas de ese diccionario paralelo, el que se aprende en el patio del colegio y no en clase, y la devuelve al remitente. Mike la presenta en pocas líneas: es «una declaración sin rodeos», no busca simpatía ni disculpas, y es su forma de devolver «lo que otros repiten sin pensar». Con estilo y con mala leche fina.
El diario ya habló de cómo se devuelve el insulto con estilo, de la piedra que se convierte en broche. Hoy el planeta hace otra cosa, más de biblioteca. Abre el diccionario de lo que otros repiten sin pensar y lo lee entrada por entrada. Para ver de dónde viene la piedra antes de ponérsela en la solapa.
Una advertencia: la letra completa no está publicada todavía en la web. En su lugar aparece el texto de presentación. Así que aquí no se cita ningún verso. Se leen el título, la portada y las palabras que lo rodean.
Primera entrada: «sí»
Antes del insulto, la palabra más corta del título. Y la más importante.
En el texto de la canción en mikesaintlouis.com, Mike lo dice claro: lo que más le importa del título es la primera palabra. Ese «sí» suena tranquilo. No es una confesión, no es una disculpa. Es el «sí» de quien ha oído el insulto tantas veces que ha decidido quedárselo.
Pensadlo como una conversación. Alguien te suelta la palabra esperando una reacción concreta: que te pongas rojo, que lo niegues, que te justifiques. Tiene preparado el siguiente paso. Y tú contestas «sí». Sin más. Como quien confirma que hoy es jueves.
La conversación se queda sin guion. El otro tiene la piedra en la mano y ya no sabe dónde tirarla.
Hay muy pocas palabras en el idioma capaces de hacer eso. «Sí» es una. Por eso va delante, en mayúscula, antes que todo lo demás.
Un rancho a pleno sol
Antes de seguir con el diccionario, la portada. Porque no es la que uno esperaría con ese título.
Nada de callejón oscuro, ni de farola, ni de esquina con niebla. Un rancho a pleno sol. Un granero rojo, un molino de viento, una valla de madera. Cielo limpio. Luz de mediodía.
Y delante, dos personas. Él, con camisa vaquera abierta, gafas de aviador y un cinturón de hebilla enorme. Ella, con camisa de cuadros anudada a la cintura y shorts. Los dos con la tranquilidad de quien posa para la carátula de un disco country de los que se vendían en las gasolineras.
Mike lo describe justo así en su texto: parece la carátula de un disco country de gasolinera, y esa mezcla de western y descaro le sienta de maravilla.
Es una decisión de lo más lista. El título dice una cosa que el imaginario asocia a la noche y a la sombra. La portada la saca al sol, la pone delante de un granero y le da una hebilla del tamaño de un plato. Lo que se suponía que había que esconder, a plena luz y con gafas de aviador.
Él y ella, en la misma valla
Hay un detalle de la portada que conecta directamente con el diccionario. Hay dos personas. Un hombre y una mujer.

Mike explica en su texto para quién es la palabra que la canción se queda: se usa para controlar, para avergonzar, para marcar a quien vive su deseo con libertad, «sobre todo si eres gay o si eres mujer».
Gay o mujer. Las dos figuras de la portada caben en esa frase. Él, con la camisa abierta y la hebilla, podría ser el chico del pueblo al que todo el mundo mira de reojo. Ella, con la camisa anudada, podría ser la chica de la que hablan en la panadería. A los dos les han podido tirar la misma palabra. Por razones distintas, con la misma intención.
Y ahí están, juntos, apoyados en la misma valla. Con cara de que les da igual.
Duales aparentes
Vuelvo al diccionario. Lo de zorro y zorra tiene nombre técnico.
En los estudios sobre lenguaje y sexismo se habla de «duales aparentes». Son parejas de palabras que parecen el masculino y el femenino de lo mismo, como gato y gata o niño y niña, pero que en realidad significan cosas muy distintas según el género. Y casi siempre la versión femenina es la que ofende, y la ofensa casi siempre tiene que ver con la sexualidad.
No es una teoría rara de unos cuantos. Basta con decir las parejas en voz alta para darse cuenta. Cualquier hablante de castellano lo nota sin necesidad de ningún libro.
El planeta ha hecho la lista. No completa, que no cabría. Solo las entradas más conocidas, las que se oyen en cualquier bar.
Zorro, zorra
La primera ya la he contado.
Zorro: astuto, listo, alguien que sabe moverse. Hay series de televisión, cómics y películas con un héroe enmascarado que se llama así. Va de negro, firma con la espada y es el bueno.
Zorra: lo que todo el mundo sabe. Nadie ha hecho una serie de una heroína enmascarada con ese nombre. Y si alguien la hiciera, el título solo ya sería un escándalo.
Mismo animal. Mismo pelo rojizo. Misma cola. La diferencia la pone quien habla.
Hombre público, mujer pública
La segunda es todavía más clara.
Un hombre público es alguien que tiene un cargo, que sale en los periódicos, que da discursos. Un político, un empresario conocido, un intelectual. Es una expresión casi de respeto.
Una mujer pública, en el uso tradicional, es una prostituta. Durante mucho tiempo el diccionario lo recogía así, sin más.
Es decir: cuando un hombre sale a la calle y a la plaza, se convierte en alguien importante. Cuando una mujer hace lo mismo, se convierte en sospechosa. La palabra «pública» cambia de significado según quién la lleve.
Y eso dice mucho de quién tenía permiso para estar en la calle y quién no.
Hombre de la calle, mujer de la calle
La siguiente pareja es casi idéntica a la anterior, y por eso duele más.
El hombre de la calle es el ciudadano medio. El que sale en las encuestas, el que paga sus impuestos, el que los periodistas buscan para saber qué opina la gente normal. «¿Qué piensa el hombre de la calle de la subida de la luz?» Es una figura respetable, casi entrañable.
La mujer de la calle no sale en ninguna encuesta. Durante generaciones, esa expresión ha servido para nombrar a la prostituta, sin más explicación.
La calle es la misma. La acera, la misma. El semáforo, el mismo. Pero él pasea por ella como ciudadano y ella, si se queda demasiado rato, ya es sospechosa. Hasta el asfalto tiene doble rasero.
Y lo mismo pasa con verdulero y verdulera. Él vende fruta y verdura en el mercado. Ella, según el uso de toda la vida, es una mujer gritona y ordinaria, aunque no haya tocado una lechuga en su vida.
Un cualquiera, una cualquiera
La tercera es casi un chiste de lo evidente que es.

Un cualquiera es un don nadie. Alguien sin importancia, un tipo corriente. Es despectivo, pero en el terreno del dinero y del rango: un cualquiera no tiene apellido ilustre.
Una cualquiera es otra cosa. El desprecio ya no habla de rango. Habla de con quién se acuesta.
Lo mismo pasa con fulano y fulana, con golfo y golfa, con perro y perra. En el masculino, el insulto va de pereza, de picardía o de mala suerte. En el femenino, va siempre al mismo sitio.
Mujeriego, ligón, conquistador
Y luego está el hueco. Las palabras que existen solo en un lado.
Un hombre que se acuesta con muchas mujeres es un mujeriego, un ligón, un conquistador, un donjuán. Algunas de esas palabras se dicen con una media sonrisa, casi con admiración. Don Juan Tenorio tiene obra de teatro propia y se representa cada noviembre en media España.
Para una mujer que hace exactamente lo mismo no hay palabra con media sonrisa. Hay la palabra del título.
Eso es lo que la canción señala sin necesidad de explicarlo. Lo que en uno es hazaña, en la otra es mancha. El mismo número de amantes, la misma libertad, distinto diccionario.
Y si eres gay
La frase de Mike tiene dos mitades, y la segunda importa mucho en este planeta: «sobre todo si eres gay».
A los hombres gais el diccionario les aplica una regla curiosa. Por un lado, todas las palabras para la pluma, para la falta de hombría, para lo que se supone que no es de chicos. Por otro, cuando se trata de deseo, se les pasa al lado femenino del diccionario. Al de la mancha.
Un hombre hetero con muchas parejas es un ligón. Un hombre gay con muchas parejas recibe el mismo adjetivo que la chica de la panadería. Como si el deseo entre hombres fuera, por definición, algo de lo que avergonzarse.
Por eso tiene tanta gracia que en el título la palabra vaya en femenino. «Una puta.» No «un». La canción coge la versión femenina del insulto, la que se supone que más duele, y se la queda con orgullo. Ni siquiera se molesta en traducirla al masculino.
Lo que otros repiten sin pensar
La frase clave del texto de presentación es esa: devolver «lo que otros repiten sin pensar».
Sin pensar. Eso es lo que tienen los duales aparentes y el resto del diccionario paralelo. Nadie se sienta a decidir que «zorra» sea un insulto y «zorro» un elogio. Se aprende así, de oído, en casa, en el patio, en la tele. Y se repite.
La gente que suelta la palabra del título casi nunca ha pensado qué está diciendo. Repite lo que oyó. Por eso la respuesta de la canción funciona tan bien: no discute, no da una clase. Simplemente devuelve la palabra con un «sí» delante, y obliga al otro a escucharla de vuelta.
A veces, al oír tu propia frase en boca ajena, te das cuenta de lo que acabas de decir.
La Marcha de las Putas
La idea de quedarse la palabra tampoco es exclusiva de esta canción. Tiene una historia reciente bastante conocida.

En 2011, en Toronto, un policía dijo en una charla de seguridad en una universidad que, para no ser víctimas de agresiones, las mujeres deberían evitar vestirse como «sluts», que es la palabra inglesa para lo que dice el título. La respuesta fue una manifestación que se llamó SlutWalk.
La idea se extendió a muchas ciudades del mundo. En España y en América Latina se llamó Marcha de las Putas. Mujeres y hombres caminando por la calle con esa palabra en las pancartas, diciendo justo lo que dice la canción: si eso es lo que me llamas por vivir como quiero, sí, lo soy, y la culpa de la agresión no es mía.
«Sí, soy una puta» es una versión de bolsillo de esa marcha. En vez de pancarta, una canción de pop. En vez de avenida, un rancho a pleno sol.
Mala leche bien educada
Hay una expresión del texto de Mike que me encanta: la canción tiene «una mala leche muy bien educada».
Es una forma muy precisa de describir el tono. No hay gritos. No hay rabia de puño cerrado. Hay una sonrisa, una mirada fija y un «sí» dicho con toda la calma del mundo.
Eso es muy GAYFOLK, y Mike lo dice: darle la vuelta con humor es la manera más GAYFOLK que conoce de quitarle el veneno a la palabra. La página de camp del planeta habla de verdades incómodas envueltas en purpurina, y esta canción es un ejemplo de manual. La verdad incómoda es el doble rasero. La purpurina, el sombrero vaquero.
Mike añade algo más: si alguien se escandaliza, forma parte del juego. El escándalo no es un accidente. Está previsto.
Cartel de feria
El título, en la portada, va en letras amarillas y rojas, como las de un cartel de feria.
Es un guiño muy español dentro de una imagen muy americana. El rancho, el granero y el molino son del Oeste. Pero esas letras son las de los carteles que anuncian las fiestas del pueblo, las verbenas, la orquesta del sábado y la tómbola.
Y la feria es justo el lugar donde más se oye la palabra del título. En la caseta, en la cola de la noria, en la puerta de la discoteca móvil. Es donde la gente bebe, liga, se pasa de la raya y al día siguiente comenta quién se fue con quién.
Poner el insulto con letras de feria es colgarlo en el sitio exacto donde se usa. Pero con bombillas.
Country de gasolinera
Lo del disco de gasolinera tiene su miga.
Durante décadas, en las estaciones de servicio de carretera hubo un expositor giratorio con casetes y luego con CD. Recopilatorios de éxitos, rumbas para el coche, canciones del verano. Y alguno de country, con un vaquero en la portada y un camión al fondo. Música para conducir horas sin pensar demasiado.
La portada de «Sí, soy una puta» parece salida de ese expositor. Y esa es la broma. Coges el título más incómodo posible y lo envuelves en el envase más inofensivo que existe: el de un disco que compraría tu tío para el viaje de vuelta del pueblo.
Así entra en cualquier casa. Por la puerta del maletero.
El orden en el disco
«Sí, soy una puta» está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía GAYFOLK. Es la pista 48.
Justo antes, en la 47, va «Croquetas en el crucero», una canción con nombre de bufé libre en alta mar. Justo después, en la 49, va «Mueve las plumas», que tiene título de orden de baile.
Croquetas, insulto devuelto y plumas al aire. Es un tramo del disco que va del comedor del barco a la pista, pasando por un rancho. El orden parece pensado para que la canción no se quede sola con su palabra: antes, comida; después, plumas. Como una fiesta en la que alguien suelta algo fuerte y la música sigue.
Las vecinas de la lista
En la lista numerada de singles de la web, el orden es otro. Allí «Sí, soy una puta» es la número 39 de 273.

Justo antes va «Lola Flores». Y no hay mejor vecina posible para una canción sobre lo que dicen los demás. Pocas mujeres en la historia de España han estado tan expuestas a lo que se decía de ellas, y pocas lo han llevado con tanto descaro y tanta gracia.
Justo después va «Boys Like Us», que en inglés quiere decir «chicos como nosotros». Después de la palabra que se usa para marcar, una frase que sirve para reconocerse. Del insulto al nosotros, en un paso.
El vídeo
La canción tiene videoclip oficial, de casi tres minutos. Corto, directo, sin rodeos. Como la declaración.
En su descripción en YouTube aparece el mismo texto de presentación, con una última línea que lo resume todo: «El que quiera entender, que entienda».
Para quién es
Mike tiene una dedicatoria clara para esta canción. Está en su texto de mikesaintlouis.com y el planeta la copia tal cual, porque no se puede decir mejor.
Se la dedica a quien alguna vez se haya sentido juzgado por con quién se acuesta, cuántas veces o cómo.
Y añade otra dedicatoria, de la que no se libra nadie: también a quien juzga, para que escuche un rato y se mire al espejo.
Las dos dedicatorias juntas son la canción entera. Para el que recibe la piedra, un escudo. Para el que la tira, un espejo. A veces la misma persona ha estado en los dos lados, y la canción también le sirve.
Cuándo ponerla
Mike lo tiene claro y da dos momentos.
El primero: antes de salir de fiesta, con el pintalabios en la mano. Es la canción de la previa, la del espejo, la de mirarse y decidir que esta noche una va a ser exactamente quien le dé la gana.
El segundo: justo después de que alguien te suelte un comentario que no le habías pedido. Para responder, dice Mike, sin abrir la boca.
Esa última idea es preciosa. Hay comentarios que no merecen respuesta. Merecen una canción a todo volumen.
Y hay un tercer momento que Mike no dice, pero que el planeta se permite añadir: el de cualquier día normal, sin fiesta ni comentario. Porque el diccionario paralelo no descansa, y viene bien tener a mano una canción que recuerde, entre semana, que nadie tiene que pedir perdón por su deseo. Ni en el autobús, ni en la oficina, ni en la cola del supermercado. Con la hebilla grande, si se tiene. Y si no, con el «sí» bien puesto, que abulta menos y sirve igual.
Ficha
«Sí, soy una puta» es una canción de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. La ficha del single la fecha el 3 de julio de 2026.
Se escucha en Spotify y en el resto de plataformas, y se puede descargar gratis desde la web del planeta. Para medios, curadores y cualquiera que quiera saber más del proyecto, está la sala de prensa.
Última entrada
Cierro el diccionario. Pero antes, una entrada que no viene en ninguno.
«Sí, soy una puta»: frase que, dicha con calma y a pleno sol, deja al que la esperaba con la piedra en la mano. Úsese delante del espejo, con el pintalabios. O en voz alta, en la feria, con letras de bombilla. O sin decirla, con el volumen al máximo.
El que quiera entender, que entienda.
Preguntas frecuentes
¿Está publicada la letra de «Sí, soy una puta»?
En la web, en su lugar, aparece por ahora el texto con el que Mike presenta la canción: «una declaración sin rodeos», sin buscar simpatía ni disculpas, para devolver «lo que otros repiten sin pensar». Este texto no cita versos.
¿Qué son los «duales aparentes»?
Parejas de palabras que parecen el masculino y el femenino de lo mismo pero significan cosas muy distintas, como zorro y zorra u hombre público y mujer pública. Casi siempre la versión femenina es la que ofende.
¿Qué se ve en la portada?
Un rancho a pleno sol, con granero rojo, molino de viento y valla de madera. Él lleva camisa vaquera abierta, gafas de aviador y un cinturón de hebilla enorme; ella, camisa de cuadros anudada y shorts. El título va en letras amarillas y rojas de cartel de feria.
¿Quién hace la canción?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial.