Planeta Gayfolk

Humor

Ruta de escucha para reír sin parar

Por ·

Mike Sain't Louis con americana crema y camisa verde en el reservado rojo de un diner

Hay días que piden copla y días que piden risa. Este Diario ha recorrido canciones para llorar, para bailar y para ponerse nostálgico, y ya tocaba la que muchos lectores del planeta escuchan sin confesarlo: la de reírse solo en el metro con los cascos puestos, mientras la señora de enfrente te mira como si te faltara un tornillo.

Esta ruta tiene siete paradas. Están ordenadas como una jornada, de la mañana de resaca a la noche de discusión, y se pueden escuchar seguidas, del tirón, en una tarde cualquiera. Las instrucciones son pocas: volumen alto, letras a mano y nada de beber agua durante los estribillos, que luego sale por la nariz. Todas las canciones están en la discografía completa, y varias forman parte de la trilogía GAYFOLK.

Una aclaración antes de salir, como siempre en esta casa: las letras las escribe Mike; la música y la interpretación vocal se hacen con IA. La risa, eso sí, la pones tú.

«Parada 1: el desayuno con extraño incluido»

La ruta empieza donde empiezan muchos domingos: en la cama, con la cabeza a punto de estallar y alguien al lado. «Garrafón de China» arranca así:

Esta mañana, me he levantado Con un pavo que no sé ni quién es al lado

Y en dos versos ya tienes la película entera. Lo que hace grande esta canción es que el narrador no se pone dramático, se pone forense. No recuerda nada, así que busca culpables, y el culpable es el alcohol barato: «El cachas de la barra nos vendió garrafón». Luego viene el estribillo, que es una de las mejores rimas de la trilogía:

¡Garrafón de China! Y ahora tengo a un extraño en mi cocina

El chiste funciona porque todos hemos estado en esa cocina, o al menos en una muy parecida. El Diario ya resolvió el caso en un Cluedo de resaca, con sospechosos y arma del crimen. Aquí basta con escucharla con un café delante y aceptar que el garrafón es el verdadero villano de la noche española.

«Parada 2: un novio comprado en la teletienda»

Con la resaca a medio curar, toca algo de consumo responsable. «3 años de garantía» es una de las ideas más locas de Mike, y también de las más redondas: un hombre ve en la tele el anuncio de «un chico muy mono moreno» y decide comprarlo. «Yo quiero uno entero». Lo recibe en veinticuatro horas laborables, lo paga «contra reembolso» y, como es una persona educada, le pone a la empresa «una buena opinión» en Google.

Lo que viene después es la vida misma, solo que contada con lenguaje de electrodoméstico. Al principio todo es una maravilla, hay un mes de prueba y «sobre todo / tres años de garantía». A los dos años y pico, el moreno empieza a fallar. Lo llevan al taller. Y justo cuando se cumplen los tres años, llega el calvario: «el moreno ha empezado a / fallar de noche y de día, ha sido desde que / ha cumplido la garantía».

Es imposible no reírse con la idea de presentar una hoja de reclamación por un novio, y a la vez es imposible no pensar en esas parejas que parecían perfectas hasta que se acababa el periodo de prueba. El Diario la leyó como un manual de derechos del consumidor de morenos. Para esta ruta, basta con un consejo: escúchala imaginando la voz de un locutor de teletienda de madrugada.

«Parada 3: Madonna, pasillo de la marca blanca»

A media mañana llega la parada más larga y más gamberra. «El productor de Madonna no compra en Mercadona» empieza casi en serio, con el narrador cansado de tener que demostrar «constantemente / a toda / la gente / que tengo / talento». Cada palabra va en un verso, como si la dijera con los dientes apretados.

Y entonces explota el estribillo: «I A, I A, IA IA IA IA», cantado como un grito de guerra. La defensa es tan sencilla como demoledora: si Mirwais, el productor de Madonna, lleva veinte años usando máquinas, «mira donde sigue la reina / ¡con su corona!».

Pero lo mejor llega cuando la canción se va por las ramas, porque en Planeta Gayfolk las ramas son lo importante. Madonna era «como Rexona / que nunca te abandona», y el narrador se ha cambiado «a la marca blanca de / Mercadona y / también funciona». Es una de esas frases que se quedan para siempre en el grupo de WhatsApp. El Diario la recorrió como una guía de pasillos de supermercado. Recomendación de la ruta: escúchala con el carro de la compra, en el pasillo de los desodorantes.

«Parada 4: la canción que se insulta a sí misma»

Después de comer, cuando la siesta acecha, conviene algo que despierte. «Esta canción es una mierda» lo consigue desde el título. Es una canción que se ríe de sus propios críticos haciéndoles el trabajo: «Esta canción es una mierda / y la de ayer y la de hoy es pura mierda».

El humor aquí tiene un fondo serio. El narrador le habla a alguien que le dice a la cara que sus canciones están bien y luego, por la espalda, dice que son basura. Su respuesta no es un insulto, es una lección de etiqueta digital:

La música y el arte son subjetivos Si te parece una mierda lo que hago, no te suscribas

Y remata con una petición educadísima: «Desactiva la campanita, por favor». Pocas frases resumen mejor la vida de cualquiera que publica cosas en internet. El Diario la imaginó como una estrella en Google Maps, esa reseña furiosa que nadie pidió. Para la ruta, el consejo es cantarla a coro con alguien que te haya criticado alguna vez. Con cariño, eso sí.

«Parada 5: bronca con la máquina y Locomía de fondo»

La tarde es buen momento para discutir, y en esta ruta se discute con quien más se merece. «Discutiendo con la IA» es la otra cara de la parada 3. Si allí el narrador defendía su forma de trabajar, aquí cuenta cómo es por dentro: no es «dar a un botón», es pasarse el día peleando con la herramienta.

La imagen central es pura comedia: el narrador está «a todas horas discutiendo con la / IA / mientras escucho a Locomía». Los abanicos aparecen en el primer verso, «sin abanicos y sin más lavatomías», y a partir de ahí todo es una mezcla de rabia, ironía y referencias ochenteras. También hay un dardo para quien critica sin haberse esforzado nunca: alguien que «va de artista» y de «¡Os quiero mucho, tías!» y «no ha leído un libro en su puta vida».

Si te interesa el lado más serio de este debate, el universo del planeta tiene una sección entera sobre cómo se trabaja con tecnología en esta casa. Para la ruta, lo ideal es escucharla con un abanico en la mano. Por respeto a Locomía.

«Parada 6: el corazón a mil, como un chihuahua»

Al caer la tarde, la ruta se pone tierna, pero sin perder la gracia. «Como a mi chihuahua» empieza con una lista de confesiones casi serias: el narrador no ve las noticias, le afectan mucho las injusticias, y de las desgracias importantes prefiere «enterarme por Twitter dos meses más tarde». Ya ahí se escapa una sonrisa.

El golpe de humor llega con la declaración de amor. El narrador pregunta si a la otra persona también le late el corazón «a mil por hora como a mí / chihuahua». La rima entre «mí» y «chihuahua», con el perrito temblando en medio del verso, es de esas que hacen reír por sorpresa. Y luego, sin perder el ritmo, una queja canaria: «y tú no me dabas ni un beso ni antes de coger la guagua».

Esta canción demuestra que en el planeta el humor y la ternura no se pelean. «Tu risa es el antídoto contra mi soledad», dice un poco más adelante. Es la parada perfecta para mandarle la canción a alguien que te guste, sin explicar nada.

«Parada 7: el currículum de un revolucionario»

La ruta termina por la noche con una pequeña joya que se cruza con la parada 3. En «El concurso literario» vuelve la pregunta que el narrador no soporta: «¿Qué no tengo talento? ¿En serio?». Y vuelve la respuesta más desproporcionada de toda la discografía:

Si yo soy un revolucionario Una vez gané un concurso literario

La gracia está en el tono. Ganar un concurso literario es un mérito real, pero presentarlo como prueba de ser «un revolucionario» es una exageración que solo se permite alguien que se ríe de sí mismo. Además, la canción tiene una parte seria, un mantra sobre la rabia: «Domina tu rabia / transforma en arte / tu furia y desgracia». Es el cierre perfecto de la jornada: después de un día entero de reírse, convertir el enfado en algo que se pueda cantar.

«Cómo escuchar esta ruta»

Tres sugerencias para que la ruta salga redonda:

En orden. Las paradas están pensadas como un día completo. La resaca va por la mañana, la bronca por la tarde y el concurso por la noche. Si cambias el orden, la historia pierde la gracia.

Con las letras delante. Buena parte del humor de Mike está en los detalles: una palabra por verso en «El productor de Madonna», la «guagua» de «Como a mi chihuahua», el lenguaje de reclamación de «3 años de garantía». Si solo escuchas, te pierdes la mitad.

Acompañado. La risa se contagia, y estas canciones se disfrutan más cuando alguien se ríe a tu lado. Mejor si es alguien que no las ha oído nunca.

«Por qué reírse también es cosa seria»

Antes de cerrar, una idea que atraviesa toda la ruta. El humor ha sido siempre una herramienta de supervivencia para la comunidad LGTBI. Durante décadas, la pluma, la ironía y la réplica rápida fueron la forma de defenderse en sitios donde no se podía hacer otra cosa. Reírse primero de uno mismo desarma al que viene a reírse de ti.

Las canciones de esta ruta funcionan así. Se ríen de la resaca, del amor de usar y tirar, de los críticos, de las discusiones con una máquina y de la propia vanidad. Pero debajo de cada chiste hay algo reconocible: la soledad del domingo por la mañana, el miedo a que la pareja caduque, el cansancio de tener que demostrar siempre lo que vales. El humor no lo esconde. Lo hace llevadero.

Por eso estas canciones no son solo para pasar el rato. Son para pasarlo mejor.

«Para seguir riéndose»

Si te quedas con ganas, el Diario tiene muchas más crónicas de humor, desde personajes absurdos hasta frases de suegra. La discografía está entera en singles, y la trilogía tiene su propia página en GAYFOLK. Si prefieres saber cómo se hacen estas canciones contadas por su autor, en el blog de mikesaintlouis.com Mike escribe en primera persona sobre letras, videoclips y oficio. Y si te reíste en el metro y la señora de enfrente te miró raro, misión cumplida.

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