Humor
Derechos del consumidor de morenos: «3 Años de Garantía» leída con la ley en la mano
Por Mike Sain't Louis ·

Un chico moreno, muy mono, anunciado en televisión entre una batidora de vaso y un colchón de muelles ensacados. Lo ves, lo quieres entero y a las veinticuatro horas laborables lo tienes en el salón.
Así empieza «3 Años de Garantía», y así empieza también este manual. Porque en el diario ya se contó el amor con hoja de reclamaciones, con su ventanilla y su funcionario. Esta crónica va por otro lado. Hoy el planeta se pone la chaqueta de la Oficina Municipal de Información al Consumidor y lee la canción como lo que también es: un caso práctico de derecho del consumo con un moreno como producto defectuoso.
Abogado no soy. Cliente escaldado, sí.
A las veinticuatro horas laborables
Primer detalle que cualquier persona que haya comprado algo por la tele de madrugada reconoce enseguida: la prisa. La letra no dice «al cabo de un tiempo» ni «cuando nos conocimos mejor». Dice:
«A las veinticuatro horas laborables / Ya lo tenía en el salón»
Laborables. Esa palabra lo cambia todo. Nadie habla así del amor. Así habla la empresa de mensajería cuando te da una franja de entrega de nueve a dos y luego llega a las tres y cuarto. El narrador ha convertido el flechazo en un pedido con seguimiento, y lo ha hecho con la naturalidad de quien ha pasado muchas noches mirando la teletienda con el mando en una mano y el móvil en la otra.
Aquí la canción hace algo muy del planeta: mete lo cutre y lo cotidiano en el centro del deseo. El moreno no aparece en una playa de Formentera ni en la barra de un bar de Chueca. Aparece en un anuncio, como una freidora de aire. Y el protagonista, en lugar de avergonzarse, se comporta como un cliente modélico. Paga contra reembolso con el dinero que lleva en el bolso. Y deja una reseña.
Según la letra, la empresa fue muy amable, y él se lo agradeció como se agradecen hoy las cosas: con una buena opinión en Google.
Cinco estrellas antes de haber estrenado el producto. Eso, en el planeta, tiene nombre: ilusión. En consumo tiene otro: valoración prematura.
Contra reembolso
Pagar contra reembolso es pagar en la puerta, al repartidor, en el momento en que el paquete cruza el umbral. Es la forma de pago de quien desconfía de las tarjetas, de las abuelas que compraban la colección de dedales por fascículos y de quien no quiere que el banco sepa lo que ha pedido. Que el narrador elija precisamente esa modalidad tiene su chiste. Desconfía del medio de pago, pero no del producto. Se protege de la estafa bancaria y se lanza de cabeza a la estafa sentimental.
Cualquiera puede reconocerse ahí. Uno puede pasarse media vida leyendo la letra pequeña del seguro del coche y luego firmar a ciegas una relación de siete años porque el chico tenía buena sonrisa en la foto. Somos así de listos para lo pequeño y así de tontos para lo grande.
El dinero sale «de mi bolso». No de la cartera, del bolso. Un detalle mínimo que coloca al narrador en su sitio: un cliente con bolso, con pluma, con prisa y con fe.
Un mes de prueba y la letra pequeña
El anuncio promete dos cosas, y la canción las enumera con tono de vendedor de grandes almacenes:

Primero, el tranquilizador «no se preocupe señor». Después, un mes de prueba. Y, «sobre todo», tres años de garantía.
Ese «sobre todo» es copywriting de teletienda en estado puro, de esas frases que el presentador repite mientras en pantalla parpadea un número de teléfono. Pero vamos a lo serio, que el planeta también sabe leer el Boletín Oficial del Estado cuando hace falta.
En España, la garantía legal de los productos nuevos es de tres años. No siempre fue así. Hasta finales de 2021 eran dos. El Real Decreto-ley 7/2021 amplió el plazo a tres años para todo lo comprado a partir del 1 de enero de 2022, y además alargó de seis meses a dos años el periodo en el que se presume que un defecto ya venía de fábrica. Para los productos de segunda mano, el mínimo que se puede pactar es un año.
O sea: el anuncio del moreno no promete nada extraordinario. Promete exactamente lo que marca la ley. Es el típico truco de venta en el que te presentan como regalo lo que ya era un derecho. Como cuando un novio te dice que «por ti» ha dejado de mentirte los martes.
Y luego está el mes de prueba, que en la vida real no existe por ley salvo en las compras a distancia, donde hay catorce días naturales para desistir sin dar explicaciones. Catorce días. Ni el moreno más defectuoso enseña la patita tan pronto. Los primeros días, ya lo dice otra canción del planeta, todo es una maravilla.
A los dos años y pico
La letra es muy precisa con los plazos, y esa precisión es lo que la convierte en sainete:
A los dos años y pico, el moreno empieza a fallar. Lo llevan al taller y allí, cuenta la letra, «más o menos» lo consiguen arreglar.
Más o menos. Esa expresión merece un monumento en la plaza de cualquier pueblo. «Más o menos lo arreglaron» es lo que dice todo el mundo del lavavajillas que ahora hace un ruido raro, del coche que ya no pita al dejar las luces puestas y de la pareja que volvió después de la primera crisis. Funciona. Más o menos. Con un ruidito.
Lo interesante es dónde cae la avería. A los dos años y pico, es decir, dentro del plazo de tres. Si el moreno estuviera regulado por el Real Decreto-ley, el narrador tendría derecho a la reparación gratuita, y si la reparación no funcionara, a la sustitución o a la rebaja del precio. Es justo lo que pasa en la canción: lo reparan en el taller. Hasta aquí, la letra cumple la ley con una exactitud que daría envidia a cualquier opositor.
El problema llega después.
Fallar de noche y de día
El estribillo es el momento en que la garantía caduca y el producto se viene abajo:
«el moreno ha empezado a / Fallar de noche y de día»
Y el motivo, según el estribillo, es uno solo: ha cumplido la garantía. A los tres años empieza el calvario.
Fallar de noche y de día. El planeta no necesita explicar qué falla de noche. Cualquiera que haya vivido una relación larga sabe que hay averías de cocina y averías de dormitorio, y que las segundas suelen llegar sin ruido, sin humo y sin piloto rojo.
Aquí aparece el fantasma que todo consumidor conoce: la obsolescencia programada, la sospecha de que las cosas están fabricadas para romperse justo después de que dejen de ser responsabilidad de quien las vende. Esa sospecha tiene historia. En 1924, los grandes fabricantes de bombillas formaron el llamado cártel Phoebus y pactaron limitar la vida de las bombillas a unas mil horas. Mientras tanto, en un parque de bomberos de Livermore, en California, hay una bombilla encendida desde 1901, la famosa bombilla centenaria, que tiene hasta su propia cámara web.
El narrador de la canción quería la bombilla de Livermore. Le vendieron una del cártel.
Y ahí está la gracia triste. Nadie pide un amor eterno con tanta seriedad como quien ha recibido tres averías seguidas. El chiste de la garantía esconde una pregunta muy poco graciosa: ¿por qué todo lo que quiero se rompe justo cuando dejan de cubrirlo?
La ventanilla de la calle
La segunda mitad de la canción se muda a la oficina de consumo, y aquí el planeta se pone castizo. Madrid es un territorio de ventanillas. Ventanilla para el padrón, ventanilla para la tarjeta sanitaria, ventanilla para recoger la carta certificada que nunca te entregaron porque el cartero dejó el aviso sin llamar al timbre. En la página de Madrid del planeta ya se cuenta qué pinta esta ciudad en el universo de Mike Sain't Louis. Esta canción le añade una escena que faltaba: el ciudadano enfadado en la cola, con el moreno averiado en la mente y el ticket en la mano.

El narrador insiste, enfadado, y al final, dice la letra, «me han dejado» poner una hoja de reclamación.
«Me han dejado.» Como si poner una reclamación fuera un favor. Cualquier persona que haya pedido la hoja de reclamaciones en un bar de Lavapiés sabe que ese momento va acompañado de un silencio largo, de una mirada al techo y de un «ahora mismo te la busco» que dura un cuarto de hora. En la vida real, los negocios están obligados a tenerla y a entregarla, y la queja acaba en manos de la administración, que puede mediar o derivarla a arbitraje de consumo. La canción se ahorra los trámites y salta directa a la respuesta.
Y la respuesta llega rápido. Demasiado rápido, que en esta tierra ya es sospechoso.
Cuatro nueve cinco
Aquí viene el momento que convierte a esta canción en una rareza del catálogo: un número de expediente usado como estribillo.
«cuatro nueve cinco / Cuatro nueve dos»
Así empieza el número de referencia de la reclamación, que sigue con más cifras y termina en una barra A, firmado por la comunidad de Madrid.
El número completo, leído en voz alta tiene el ritmo de una letanía. Es lo más parecido que hay en el pop a un rosario de funcionario. La barra A es la guinda: la barra A siempre significa que hubo un expediente anterior, un expediente B que se perdió o un primer intento que no salió bien. Hay vidas enteras dentro de una barra A.
Que lo firme «la comunidad», así, sin más, también tiene su aquel. No firma una persona, firma una institución. Nadie da la cara. El moreno tiene nombre y apellidos en la memoria del narrador, pero la respuesta a su dolor viene sellada por un ente.
Ese contraste entre el drama del corazón y el tono de oficio administrativo es puro camp: tratar con solemnidad lo trivial y con trivialidad lo solemne. Un número de referencia, puesto en boca de voces de IA como si fuera el estribillo de un hit del verano, es exactamente eso.
El denunciado está muy enamorado
Lo mejor de la respuesta oficial es que la oficina ha hecho su trabajo. Ha preguntado al denunciado. Y el denunciado se defiende como se defienden todos:
La oficina le ha preguntado directamente al denunciado. Y el denunciado ha contestado que está muy enamorado.
Con una comparación que es para enmarcar: le quiere «como la trucha al trucho». Si alguien en el planeta tiene una explicación zoológica de esa frase, que la mande a la sección de contacto. La trucha y el trucho no existen como pareja de cuento. Existen como excusa. Es la frase que dice el novio pillado cuando ya no le queda argumento: un dicho medio inventado, un poco cursi, un poco absurdo, que suena a amor y no significa nada.
La oficina, por supuesto, no puede hacer mucho. Si el denunciado dice que está enamorado, ¿qué vas a sancionar? El amor declarado funciona como una cláusula de exención de responsabilidad. «Te quiero» como el «salvo error u omisión» de las facturas.
Y entonces, el dato que lo cambia todo.
Muchos clientes afectados
La oficina reconoce que hay muchos clientes afectados, y que la mayoría llegan destrozados.

Esto ya no es una avería. Esto es un modelo con defecto de serie. Un moreno con recall, como los coches que la marca llama a revisión por un fallo en el airbag. Y el funcionario, que en la canción va ganando humanidad a cada verso, confiesa al final que con ese moreno «ha escuchado historias de terror».
El paso del humor al terror es muy del planeta. Aquí no hay sierras mecánicas ni casas encantadas, pero hay una oficina de consumo donde un hombre con corbata ha visto pasar a decenas de clientes destrozados por el mismo producto. Si lo pensamos un segundo, esa es una de las imágenes más tristes del catálogo: el narrador no es el primero. Ni será el último. Su tragedia personal es una fila.
Mucha gente ha estado en esa fila. Y en la fila, casi siempre, todos llevan la misma cara de «yo creía que lo mío era especial».
El noveno
Lo que sigue es el remate que hace de «3 Años de Garantía» una de las canciones más autoparódicas del catálogo. El funcionario aconseja lo que se aconseja con cualquier electrodoméstico que no merece la pena reparar: comprarse otro y tirar el defectuoso al contenedor. Y el narrador contesta:
«Les he contestado que con este ya es el / Noveno»
Noveno. No segundo, no tercero. Noveno. Ocho morenos anteriores tirados al contenedor y uno más camino del punto limpio. En la crónica del diario ya se dijo que ese verso es a la vez triste y camp. Aquí lo que interesa es lo que dice sobre el cliente. Un consumidor que ha devuelto ocho veces el mismo modelo y sigue pidiéndolo en el mismo catálogo no tiene un problema con el producto. Tiene un problema con el anuncio.
Sigue viendo la misma teletienda a la misma hora. Sigue creyendo en el «no se preocupe señor».
¡Pringado!
Lo dice el planeta con cariño, que aquí todos llevamos un par de morenos en el contenedor amarillo.
¡Iros al infierno!
Hay un momento en la canción en el que el cliente educado, el que ponía buenas opiniones en Google, revienta. Y revienta en dos versos:
Le han hecho explotar, dice, y manda a todo el mundo al infierno, con exclamación doble.
Es un estallido muy reconocible. Todos tenemos dentro a esa persona que aguanta con una sonrisa cuarenta minutos de música de espera en la línea de atención al cliente de una compañía de teléfonos, que repite su DNI cinco veces, que explica su caso a tres operadores distintos, y que de pronto, al cuarto, grita algo de lo que luego se avergüenza. Ese «al infierno» es ese grito. Va dirigido a la oficina, al moreno, a la comunidad que firma y al sistema entero de garantías que no garantizan nada.
Lo bonito es que, después del grito, la canción no se queda en la rabia. Busca una salida. Absurda, pero salida.
Será mejor crear un novio con inteligencia artificial
La última idea llega palabra a palabra, con pausas entre cada una: será mejor crear un novio con inteligencia artificial.
Así, palabra a palabra, con pausas entre cada una, como quien firma un contrato despacio para no equivocarse. La propuesta es lógica dentro de la lógica del consumidor: si el producto humano viene defectuoso de serie, fabrícatelo tú. Sin moreno de catálogo, sin oficina de consumo, sin el noveno al contenedor.
Esta idea tiene descendencia en el catálogo. «Mi último ex era una IA disfrazada» empieza justo donde esta termina, con el novio artificial como fantasía y su letra pequeña: no te miente, pero tampoco te abraza. Y «He creado un novio con inteligencia artificial» lleva el experimento hasta el final. Escuchadas en fila, las tres funcionan como una pequeña trilogía de la desesperación tecnológica: comprar, reclamar, fabricar.
Hay una ironía que el planeta no esconde. La música de estas canciones está hecha con herramientas de inteligencia artificial y la letra la escribe Mike Sain't Louis, que se presenta como letrista, compositor y productor musical madrileño. En la nota de prensa sobre independencia, autoedición y proceso creativo con IA se explica cómo trabaja. Así que la canción que propone fabricarse un novio con IA está fabricada, en parte, con IA. El narrador desesperado y el autor que se ríe de él comparten herramienta. Uno la usa para no sufrir. El otro, para contar que sufrió.
Lo que la garantía no cubre
Toda garantía tiene exclusiones. Ninguna cubre el mal uso, los golpes ni el desgaste normal. Ninguna cubre los daños causados por el propio usuario.

Si uno se pone serio, y el planeta se pone serio de vez en cuando aunque sea con la peluca torcida, «3 Años de Garantía» también habla de eso. De lo que no entra en ningún contrato. De la parte de responsabilidad que tiene quien elige siempre el mismo anuncio. La canción no lo dice con moraleja, lo dice con un número: noveno. Y con un consejo de funcionario que, bien leído, es el más sensato de toda la letra: tira el defectuoso y deja de mirar ese canal.
Nadie te devuelve los años. Esa es la única cláusula sin letra pequeña.
Manual de bolsillo para clientes del corazón
Para quien llegue aquí con un moreno averiado en casa, el planeta ofrece, con toda la falta de rigor jurídico del mundo, un pequeño decálogo sacado de la letra y de la ley:
Primero, desconfía de los anuncios que te venden como regalo lo que ya era tu derecho. Que te respeten no es un extra.
Segundo, guarda los tickets. En el amor, los tickets son los mensajes. No hace falta enseñarlos a nadie, pero conviene saber dónde están cuando el denunciado diga que está muy enamorado.
Tercero, la reseña de cinco estrellas, después del mes de prueba. Nunca antes.
Cuarto, si el taller te lo devuelve «más o menos arreglado», apunta la fecha. La segunda avería siempre llega.
Quinto, cuando alguien te diga que te quiere «como la trucha al trucho», pide que te lo explique. Si no puede, ya tienes tu respuesta.
Sexto, si vas por el noveno, el problema no es el moreno.
Séptimo, gritar «¡iros al infierno!» en una ventanilla no soluciona nada, pero alivia. Hazlo en casa, con la canción puesta.
Octavo, la inteligencia artificial no te va a abrazar. Lo cuenta otra canción del planeta y conviene creerla.
Noveno, el contenedor correcto para un novio defectuoso es el de la memoria. Ahí no lo recoge nadie, pero al menos deja de ocupar el salón.
Décimo, ríete. Contado con funcionario y número de expediente, el desamor se vuelve sainete. Y del sainete se sale por la puerta grande.
El vídeo y la escucha
La canción tiene videoclip oficial, de unos cuatro minutos y medio, y se puede escuchar en Spotify o descargar gratis desde la ficha del single. Recomendación de escucha: con el móvil en silencio, sin abrir ninguna app de ligar durante esos cuatro minutos y medio, y prestando atención a la parte del número de referencia, que tiene un ritmo que no se va de la cabeza en todo el día.
Si quieres saber dónde encaja esta canción en el universo completo, la sección de prensa tiene las fechas y los datos oficiales del proyecto, y el diario recoge todas las crónicas publicadas sobre el planeta.
Y si mañana ves en la tele a un chico moreno, muy mono, que llega en veinticuatro horas laborables, ya sabes lo que hay que hacer. Cambiar de canal.
O pedirlo. Que para eso tiene garantía.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «3 Años de Garantía»?
De un novio comprado como un electrodoméstico: se anuncia en televisión, llega en veinticuatro horas laborables, se paga contra reembolso y empieza a fallar justo cuando vence la garantía. La segunda mitad ocurre en una oficina de consumo de Madrid.
¿Es real que la garantía legal en España es de tres años?
Sí. Desde el 1 de enero de 2022, los productos nuevos comprados en España tienen tres años de garantía legal, tras la reforma del Real Decreto-ley 7/2021. Antes eran dos. La canción no cita la ley, pero la coincidencia hace gracia.
¿Qué canción continúa la historia?
«Mi último ex era una IA disfrazada» arranca donde acaba esta: con la idea de fabricarse un novio con inteligencia artificial. También se puede escuchar al lado «He creado un novio con inteligencia artificial».
¿Quién hace la música de «3 Años de Garantía»?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.