Humor
El huevo nutricional y otros personajes absurdos
Por Mike Sain't Louis ·

En la feria hay una atracción que resume bastante bien el humor del planeta: los coches de choque. Nadie va a ningún sitio. Todo el mundo gira, frena, acelera y se estrella contra el de al lado con una sonrisa. Es absurdo, es ruidoso, y sin embargo cualquiera que haya subido sabe que ahí dentro pasa algo muy serio: te dan un golpe, te lo devuelves, y sales riéndote.
Así funcionan muchos de los personajes de las canciones de Mike Sain't Louis. No son personas exactamente. Son objetos, animales, alimentos o electrodomésticos que han ocupado el sitio de una persona. Un huevo con su tabla de nutrientes. Un novio que se convierte en cojín y luego en calcetín. Un ventilador que esparce lo que no debe. Un canario. Un muñeco con sombrero.
Esta nota no repasa canción por canción, porque varias de ellas ya tienen su propia pieza en el diario. Lo que interesa aquí es otra cosa: de dónde viene ese gusto por lo absurdo, por qué funciona tan bien en el universo GAYFOLK y qué tradición española hay detrás de un huevo que protagoniza una canción.
Primero, el huevo
Empecemos por el más famoso. «Esta es la composición nutricional de un huevo» tiene el título más didáctico de todo el catálogo. Suena a cartel de consulta de dietista, a página de libro de Ciencias Naturales. Y su portada lleva la contraria con todo descaro: un hombre con barba, serio, metido en un disfraz de gallina rosa y abrazado a una montaña de huevos del mismo color.
El diario ya leyó esa canción como un envase del súper, renglón a renglón y con el reglamento europeo de etiquetado en la mano. Aquí basta con quedarse con la idea central: el chiste está en tratar con solemnidad algo que no la necesita. Un huevo no merece un himno. Precisamente por eso el himno resulta tan gracioso.

Esa es la primera regla del humor absurdo, y no la inventó nadie del planeta. Viene de mucho antes.
Una tradición con casi un siglo
España tiene una de las tradiciones de humor absurdo más ricas de Europa, aunque a veces se nos olvide. Hay un hilo que va de principios del siglo XX hasta hoy y que explica muy bien por qué un huevo puede protagonizar una canción sin que nadie piense que es una tontería.
Ramón Gómez de la Serna inventó las greguerías, esas frases cortas que miran un objeto cotidiano como si fuera la primera vez. Metáfora más humor, decía él. Un objeto vulgar, visto de lado, se convierte en otra cosa. Esa forma de mirar está en el ADN del planeta: un cojín, un calcetín o un ventilador dejan de ser muebles para convertirse en retratos.
Miguel Mihura escribió «Tres sombreros de copa», una comedia en la que la lógica de la vida burguesa se rompe por todas partes y deja ver lo ridículo de las normas. Él y otros humoristas de su generación estuvieron detrás de La Codorniz, la revista que se presentaba como «la revista más audaz para el lector más inteligente» y que durante décadas convirtió lo disparatado en una forma de decir lo que no se podía decir de frente.
Miguel Gila levantaba el teléfono en el escenario y llamaba al enemigo para preguntarle si podían parar la guerra un rato. La guerra, que es lo más terrible del mundo, contada como una gestión telefónica. Ese contraste entre la tragedia y el tono doméstico es exactamente el mismo que usan muchas canciones de Mike Sain't Louis cuando hablan del daño.
Y luego vino la tele: los dúos cómicos, los personajes imposibles de las Nocheviejas, los monólogos que no iban a ningún sitio y por eso llegaban a todos. Generaciones enteras aprendimos a reírnos de lo que no tenía sentido. El planeta recoge esa herencia y la mete en canciones.
Segunda regla: convertir a una persona en un objeto
Hay un recurso que se repite mucho en el catálogo y que pertenece a esta misma familia: tratar a una persona como si fuera una cosa. No por desprecio, o no solo, sino porque a veces es la única forma de poner distancia.
El caso más claro es el del novio cojín. En «No quiero otro novio cojín» la pareja se describe como un mueble: algo blando, que está ahí, que sirve para apoyarse pero que no responde. El diario lo leyó, muy apropiadamente, como una ficha de catálogo de muebles. Y la historia tiene secuela: en «El calcetín», aquel novio ya no llega ni a cojín. «El que tuve quedó a la altura de un calcetín». Un calcetín, además, es lo que siempre se pierde en la lavadora. El otro se ha quedado en lo que sale del centrifugado.
¿Por qué funciona? Porque reducir a alguien a un objeto le quita poder. Un cojín no puede manipularte. Un calcetín no tiene la última palabra. Lo absurdo, aquí, es una forma de defensa.
Tercera regla: la metáfora que se toma al pie de la letra
El humor absurdo tiene otro truco muy viejo: coger una frase hecha y obedecerla literalmente. Todos hemos oído decir que alguien ha «esparcido mierda», que ha montado un lío que salpica a todos. El planeta coge la expresión y la convierte en electrodoméstico. «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda» es, literalmente, la historia de un aparato que no se puede apagar.
El título es largo, grosero y ridículo, y a la vez describe con precisión la sensación de vivir rodeado de rumores y mentiras que no puedes parar. El diario ya escribió su manual de instrucciones. Lo que vale la pena subrayar aquí es la técnica: es la misma que usaba Gila con el teléfono. Coges algo enorme y doloroso y lo metes en un objeto pequeño y doméstico. El dolor sigue ahí, pero de repente se puede mirar.
Cuarta regla: el animal que dice la verdad
Las fábulas llevan siglos usando animales para hablar de personas, de Esopo a Samaniego e Iriarte. El planeta también tiene su bestiario, y algunos de sus animales vienen directamente de las Islas Canarias.
«El canario que miente» juega con la doble lectura: canario de Canarias y canario pájaro. «El trozo de pan, el buena gente», dice la letra, y el diario dedicó a ese personaje un retrato robot que lo relacionaba con el pájaro de la mina. El absurdo aquí es suave: un pájaro con cara de buena persona que, cuando nadie mira, hace todo lo contrario de lo que canta.
Y luego está el chihuahua, que aparece en varias canciones pero brilla en «Como a mi chihuahua», donde el corazón late «a mil por hora como a mí, chihuahua». Un perro diminuto y nervioso convertido en unidad de medida del enamoramiento. Lo absurdo, aquí, es tierno.
Quinta regla: el muñeco
El último personaje de esta lista viene de los dibujos animados. En «El señor Garrison», el narrador teme acabar como el profesor de «South Park» y su marioneta: «Y al final voy a terminar casado ¡con un muñeco!». Kenny también aparece, el niño que muere en un montón de episodios y vuelve en el siguiente.
El diario ya contó esta canción en «Casado con un muñeco». Lo que interesa ahora es por qué la referencia funciona tan bien. Porque «South Park» es, a su manera, una heredera de la misma tradición: dibujos recortados, voces chillonas y temas gravísimos tratados con una frivolidad que obliga a mirarlos. Morir más veces que Kenny es una exageración. También es una forma bastante exacta de describir lo que se siente después de muchas decepciones seguidas.
Por qué el absurdo encaja con lo queer
Hay algo en el humor absurdo que conecta muy bien con la experiencia LGTBI, y no es casualidad que tanta gente del colectivo lo haya cultivado. Cuando el mundo te dice durante años que lo tuyo no tiene sentido, que tu forma de querer es ridícula o antinatural, el absurdo se convierte en una respuesta muy lógica. Si las normas son absurdas, se les contesta con algo más absurdo todavía.
Basta pensar en las primeras películas de Almodóvar, en plena Movida, como «Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón»: historias disparatadas, personajes imposibles, un humor que no pedía permiso y que, debajo del disparate, hablaba de libertad, de deseo y de cuerpos que no encajaban en el molde. El disparate, en manos queer, siempre ha sido una forma de decir «aquí estamos».
Esa es también la raíz del camp, que el planeta explora mucho: tomarse en serio lo frívolo y frívolamente lo serio. Un huevo con tabla nutricional es camp. Un novio convertido en cojín es camp. El universo GAYFOLK, que el planeta presenta en su página propia, vive en esa frontera.
Y hay otra razón, más íntima. Muchos de estos personajes absurdos aparecen en canciones que hablan de relaciones que hicieron daño. El humor no borra ese daño, pero le cambia el tamaño. Convierte al gigante en un electrodoméstico, al manipulador en un pájaro, al ex en un calcetín. Es una forma de seguir adelante sin dejar que el otro siga siendo enorme.
Si alguna de estas canciones te toca de cerca porque estás viviendo algo así, el humor está bien, pero no tiene por qué ser lo único. Hablar con alguien de confianza o con un profesional ayuda de verdad. Y si en algún momento lo ves todo negro, en España el 024 atiende gratis a cualquier hora; ante una emergencia, el 112.
Cómo se escribe un personaje absurdo
Mirando todos estos ejemplos juntos, se ve una pequeña receta que se repite. No es una fórmula escrita, pero sí un patrón:
- Un objeto cotidiano. Nada exótico: huevo, cojín, calcetín, ventilador. Cuanto más vulgar, mejor.
- Un tono que no le corresponde. Solemne, técnico, épico o burocrático. El huevo tiene tono de tabla nutricional; el ventilador, de manual de instrucciones.
- Una herida debajo. Casi siempre hay algo serio escondido: una ruptura, una mentira, una soledad.
- Un título largo. Muchos de estos temas tienen títulos que son frases completas, casi chistes en sí mismos.
Es la misma receta de Gómez de la Serna, de Mihura y de Gila, puesta al servicio de unas canciones en las que las letras las escribe Mike, y la música y la interpretación vocal se hacen con inteligencia artificial bajo su dirección. Una tradición de humor de hace casi un siglo, metida en el formato más nuevo que existe.
Para seguir el recorrido
El catálogo completo de canciones, con sus títulos imposibles, está en la página de singles. Si quieres entender el mapa del planeta, sus lugares y sus reglas, empieza por el universo. Y en el diario siguen apareciendo piezas sobre cada uno de estos personajes.
Si prefieres escuchar a Mike contándolo en primera persona, con sus propias reflexiones sobre la escritura, las relaciones y el oficio, su blog está en mikesaintlouis.com.
Y la próxima vez que subas a unos coches de choque, fíjate. Nadie va a ningún sitio, todo el mundo se golpea, y casi todos salen riéndose. Eso, también, es humor absurdo.

