Planeta Gayfolk

Cultura LGTBI

Referentes LGTBI que tuvimos que inventar

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Mike Sain't Louis con traje oscuro de tres piezas y cadena de reloj sentado sobre una maleta en el andén de una estación antigua

Hay una pregunta que se hace mucho a la gente LGTBI que creció antes de internet, o antes de que internet sirviera para algo: ¿quién era tu referente? Y la respuesta más honesta suele ser incómoda. No había. O había muy pocos, muy lejos, contados con chiste o con tragedia. Así que hicimos lo que hace cualquiera cuando le falta algo que necesita: nos lo inventamos.

Esta nota va de eso. De cómo varias generaciones de maricas, bolleras, trans y bisexuales se fabricaron modelos con lo que tenían a mano. Una mirada en una película, una cantante que lloraba como nadie, un poeta del que en el colegio no contaban la mitad. Y de cómo algunas canciones de Planeta Gayfolk, el universo de Mike Sain't Louis, recogen esa costumbre y la convierten en fiesta.

El silencio de los libros de texto

Empecemos por la escuela. Durante décadas, en España se estudió a Federico García Lorca sin decir que era homosexual. Se leía «Romancero gitano», se hablaba de su asesinato en 1936, se recitaban sus versos en los actos de fin de curso. Pero el dato que habría cambiado la vida de más de un chaval de catorce años sentado en la última fila no aparecía en ninguna página.

Lo mismo pasaba con Luis Cernuda, que en 1931 tituló un libro «Los placeres prohibidos», sin que en clase nadie preguntara cuáles eran. O con tantos otros nombres cuya vida se contaba con una elipsis, como si el amor que tuvieron fuera un detalle biográfico sin importancia.

Y ahí empieza la primera técnica de invención: leer entre líneas. El adolescente que sospechaba algo buscaba pistas en las biografías, en los poemas, en una dedicatoria rara. Se convertía en detective de su propia historia. Muchas veces acertaba. A veces no, y se adoptaba igualmente a alguien como referente sin pruebas, porque necesitaba que existiera.

La ley que convertía en peligro

Durante buena parte del siglo XX, en España, ser homosexual no solo era invisible: era perseguible. La Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social de 1970 incluía a los homosexuales entre los «peligrosos». En 1979 se eliminó de esa ley la referencia a los actos homosexuales, y la ley entera no se derogó hasta 1995.

Con ese marco, es fácil entender por qué los referentes públicos escaseaban. Quien tenía algo que perder no se lo jugaba. El cantante de copla Miguel de Molina, una de las figuras más brillantes de los años treinta y cuarenta, sufrió una paliza y acabó exiliado en Argentina. La historia de su vida se contó durante mucho tiempo a media voz.

Así que los referentes posibles eran, sobre todo, referentes en clave. Gente de la que se intuía, de la que se rumoreaba, de la que se hablaba con un guiño. Y la comunidad aprendió a leer guiños como quien lee un idioma.

Adoptar a la folclórica

La segunda técnica de invención fue la adopción. Si no había nadie como tú, adoptabas a alguien que te entendiera, aunque no fuera como tú.

Y ahí entran las folclóricas, las divas de la copla, las cantantes de voz desgarrada que sufrían por amor con un dramatismo que nadie más se permitía. Muchos chavales gays de pueblo encontraron en ellas un espejo. No porque fueran lesbianas o gays, sino porque cantaban un dolor que no se podía decir de otra forma: el amor prohibido, el amor que no conviene, el que se esconde. La copla está llena de amores clandestinos, y para quien vivía uno, esas letras eran casi un manual.

Planeta Gayfolk tiene canción para una de ellas. En «Lola Flores», Mike Sain't Louis le escribe un homenaje con todos los ingredientes del mito: Jerez, el duende, «A tu vera», el temple. Es una forma de reconocer una deuda que la cultura LGTBI española tiene con esas mujeres de bata de cola. Ellas no lo sabían, quizá, pero hicieron de madrinas para mucha gente.

Quedarse con un gesto

La tercera técnica es la más sutil: quedarse con un gesto. Un actor que miraba de una forma, un presentador que movía las manos como tú, una película que en una escena dejaba ver algo que no se nombraba.

Cuando no hay personajes completos, uno se construye referentes a trozos. Un gesto de aquí, una frase de allá, un plano de una película vista a escondidas en la tele de madrugada. Es una especie de collage. Y quien se ha criado así reconoce enseguida ese mecanismo cuando lo ve en otros: la capacidad de rescatar lo queer de cualquier sitio, incluso de donde nadie lo puso.

Esa costumbre está en la raíz del camp, esa sensibilidad que disfruta de lo exagerado, de lo artificial y de lo que otros consideran de mal gusto. El camp es, en parte, una técnica de supervivencia: si la cultura dominante no te da nada, aprendes a apropiarte de lo que te da y a leerlo a tu manera.

Cuando por fin aparecieron

A partir de la Transición, poco a poco, los referentes empezaron a aparecer con nombre propio. En 1977 se celebró en Barcelona la primera manifestación por la liberación homosexual en España. El artista Ocaña se paseaba por las Ramblas con mantón y abanico, y Ventura Pons lo filmó en «Ocaña, retrat intermitent» en 1978.

En los ochenta llegó la Movida, y con ella la libertad de decir ciertas cosas desde un escenario. Alaska y Dinarama cantaron «¿A quién le importa?» en 1986, y la canción se convirtió en himno. En 1987, Pedro Almodóvar estrenó «La ley del deseo». En 1988, Mecano publicó «Mujer contra mujer». Eran, por fin, referentes que no había que inventar del todo.

A finales de los noventa, la televisión también empezó a abrir alguna rendija. En las noches de «Crónicas Marcianas», Boris Izaguirre se subía a la mesa, hablaba de su vida con una naturalidad desconocida en la tele de entonces y hacía reír a media España con una pluma que no pedía permiso. Para muchos chavales que veían el programa a escondidas, con el volumen bajo para que no se enteraran en casa, aquello fue la primera vez que alguien como ellos salía en horario de máxima audiencia sin ser el chiste, sino quien lo contaba.

Y aun así, durante mucho tiempo, seguían siendo pocos y estaban lejos. Para un chaval de un pueblo, la Movida era algo que pasaba en Madrid, en la tele, en otro mundo. El referente existía, pero no estaba en tu calle.

El homenaje como forma de memoria

Lo interesante es que esa generación que tuvo que inventarse los referentes, ahora que existen, los celebra con una mezcla de cariño y de humor que solo entiende quien los echó de menos. Y eso es justo lo que hacen varias canciones de Planeta Gayfolk.

En «Almodóvar», el director manchego aparece como medida del drama. El estribillo dice que ni Almodóvar en sus mejores tiempos, y que el dolor de la ruptura es «más pesado que un Goya». Es una forma de convertir al referente en vara de medir: el desamor es tan exagerado que solo se puede comparar con una película suya.

En «Los Javis», el homenaje va por otro lado. La canción cuenta un encuentro imaginado con la pareja de directores en una noche de Madrid, en una rave y en una fiesta, con trajes brillantes y una invitación a una habitación de hotel que termina en plantón. Es una fantasía de fan, casi de adolescente, y precisamente por eso funciona como homenaje: así es como se admira a alguien que uno no tuvo de pequeño. Con la ilusión de un chaval que por fin tiene a quién mirar.

Y en «Ojalá hubiera tenido de suegra a Carmina Barrios», la invención de referentes se convierte directamente en ficción familiar. Ante una mala suegra real, el narrador se imagina otra: Carmina Barrios, la madre de Paco León, comiendo en el jardín con él y con su hijo, celebrando un aniversario. Es el sueño de tener una familia que te acepte, puesto en clave de humor.

Inventar familia

Esa última canción toca algo que va más allá de los referentes famosos. Mucha gente LGTBI no solo tuvo que inventarse modelos públicos, también tuvo que inventarse la familia. La familia elegida, esa red de amigos que sustituye o complementa a la de sangre cuando esta falla, es probablemente el referente más importante que la comunidad se ha fabricado.

Y ahí entran las madrinas del barrio, los amigos mayores que te explicaban cómo funcionaba el ambiente, las compañeras de piso que te acompañaban al médico. No salen en ningún libro de historia, pero son referentes tan reales como cualquier director de cine. El diario ha hablado de esas redes en otras notas, como la dedicada a ser LGTBI en un pueblo, donde el autobús de las siete era la única puerta de salida.

Lo que ha cambiado

Hoy, un adolescente LGTBI en España tiene referentes a un clic. Series, cantantes, influencers, políticos, deportistas. El matrimonio igualitario se aprobó en 2005, y desde entonces una generación entera ha crecido sabiendo que podía casarse con quien quisiera. Es un cambio enorme, y sería injusto no celebrarlo.

Pero también conviene no idealizarlo. Tener referentes en la pantalla no significa tenerlos en tu clase, en tu barrio o en tu casa. Sigue habiendo chavales que se sienten solos, que no se atreven a decirlo, que buscan pistas como las buscaban sus abuelos. Y para ellos, la técnica de inventarse referentes sigue siendo útil.

Si estás pasando por un momento difícil por quien eres o por cómo te tratan, no tienes que atravesarlo solo. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, gratuita y disponible a todas horas. Si hay una emergencia, llama al 112.

Un planeta para los que llegan

En cierto modo, todo Planeta Gayfolk es un referente inventado. Un lugar imaginario, con su mitología, sus personajes y su clima rosa, construido para que quien llegue encuentre a gente como él. Mike Sain't Louis, que vive en Madrid, escribe sus letras desde una experiencia gay concreta, y las llena de nombres propios de la cultura española: directores, folclóricas, presentadoras, personajes del corazón. La música y la interpretación vocal se hacen con inteligencia artificial, pero los homenajes son muy de carne y hueso.

Si quieres conocer al autor, la página sobre Mike Sain't Louis cuenta quién es. La relación del planeta con la ciudad en la que vive tiene su propia página, Madrid. Todas las canciones están en la página de singles, y el diario sigue recogiendo historias como esta. Y desde la otra orilla del mismo universo, en su web personal, Mike escribe en primera persona sobre su música y su trabajo: el blog de mikesaintlouis.com.

Los que vendrán

Hay una última cosa bonita en todo esto. Quienes tuvieron que inventarse referentes son, ahora, los referentes de otros. La gente que leía entre líneas a Lorca, que adoptaba a la folclórica, que se quedaba con un gesto de una película de madrugada, es hoy la que escribe canciones, hace películas, abre bares, monta asociaciones o simplemente vive su vida a la vista de sus vecinos.

Nadie le dio un modelo a esa generación. Así que se convirtió en uno. Y esa es, probablemente, la invención más importante de todas.

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