Cultura pop
Guía de pasillos: «El productor de Madonna no compra en Mercadona» recorrida con el carro
Por Mike Sain't Louis ·

Carro número cuarenta y tantos, la rueda delantera torcida, la moneda de un euro que nunca está cuando hace falta. Así se entra en esta canción. No por la alfombra roja, no por la puerta de artistas de un estadio: por las puertas automáticas de un supermercado valenciano que se abren solas y sin preguntar quién eres. «El productor de Madonna no compra en Mercadona» tiene el título más largo de la estantería y, sin embargo, se recorre como se recorre una lista de la compra: con prisa, con hambre y con alguna tentación que no estaba apuntada.
El planeta propone hoy una visita guiada. No a la letra entera, que eso ya está hecho y bien hecho en la nota sobre el orgullo de marca blanca, sino a los pasillos. Porque esta canción está ordenada como una tienda: en la entrada te piden el carnet, en droguería te venden un desodorante, en la frutería te esquiva una piña, y al final hay una caja con cola en la que todo el mundo acaba igual. Coge el carro. Vamos.
Entrada: el segurata de las palabras sueltas
Lo primero que hace la canción es frenarte en la puerta. Cada palabra en su línea, una detrás de otra, como si alguien estuviera revisando tu bolso objeto por objeto:
Tengo / Que / Demostrar / Constantemente / A / Toda / La / Gente / Que / Tengo / Talento
Hay que leerlo así, con las barras, para entender lo que pesa. Once palabras que en una frase normal se dirían de un tirón aquí se arrastran como un carro con la rueda mala. Es el ritmo del que entra en un sitio sabiendo que le van a mirar raro. El ritmo de la cola de la discoteca cuando el portero decide si tus zapatillas pasan o no pasan.
Y el planeta conoce bien ese portero. Tiene muchos nombres. Se llama comentarista de YouTube, se llama el amigo del amigo que «sabe de música», se llama tertuliano de sobremesa que nunca ha terminado una canción propia pero tiene opinión sobre todas las ajenas. Su pregunta es siempre la misma, con variaciones de tono: ¿y eso lo has hecho tú o lo ha hecho la máquina?
La respuesta de la canción no es un ensayo. Es una sílaba repetida hasta que parece una alarma:
I A. I A. IA IA IA IA.
Dos letras que en el mercado de la música de 2026 funcionan como la pegatina de «producto reacondicionado». Te la ponen en la frente y ya no hay manera de despegarla. La canción hace lo único sensato que se puede hacer con una etiqueta así: la convierte en estribillo, la repite hasta gastarla, se la lanza de vuelta al portero con un «¡Sí, que pasa!» de barra de bar.
Al planeta le gusta especialmente ese «que pasa» sin tilde de pregunta. No pregunta. Avisa.
Caja de la información: Mirwais con chaleco
Todo supermercado tiene un mostrador de atención al cliente, y esta canción también. Ahí, detrás del cristal, con el chaleco puesto, está Mirwais. La letra lo pone de testigo, como el empleado que te da la razón cuando reclamas:
Ya lo lleva usando Mirwais el Productor de / ¡Madonna! / Desde hace veinte años y mira donde sigue la reina / ¡con su corona!
Conviene presentar al señor del chaleco, porque no todo el mundo le pone cara. Mirwais Ahmadzaï es el productor francés que se metió en el estudio con Madonna para el disco «Music», el del vaquero con purpurina y el bajo que hace ventosa, y repitió en «American Life». Si alguna vez bailaste en una boda la voz de la reina troceada, filtrada y pasada por la batidora, ahí estaba él, con sus cables. El planeta no va a ponerse a discutir con la letra cuántos años exactos lleva cada máquina en cada estudio: la canción habla en el idioma de la barra, donde «veinte años» quiere decir «muchísimo, guapo, desde antes de que tú tuvieras Instagram».
Lo que importa es la lógica, que es de una sencillez que da envidia. Si a la reina del pop le han procesado la voz hasta dejarla de lata y sigue con la corona puesta, ¿por qué a un letrista de Madrid le van a quitar la suya por usar otra herramienta? La pregunta no necesita respuesta. Necesita que alguien la diga en voz alta, y la canción la dice con signos de exclamación a ambos lados, como hacen las señoras en la carnicería cuando les cuelan a alguien.
Aquí hay una cosa seria, y el planeta la deja dicha una sola vez para no ponerse pesado: la historia de la música pop es la historia de gente acusada de hacer trampa. El sintetizador era trampa. La caja de ritmos era trampa. El Auto-Tune era trampa. El sampler era robar. Cada generación ha tenido su escándalo tecnológico, y cada generación ha tenido después sus discos de culto hechos justo con esa trampa. Lo que no cambia nunca es quién escribe lo que se dice. En el caso de Mike Sain't Louis, eso está escrito en la nota de prensa sobre independencia y proceso creativo: la letra es suya, sin IA; la música y las voces salen de herramientas como Suno. Él es letrista, compositor y productor. La máquina pone el sonido. Lo que se queja en esta canción es una persona.
Pasillo de droguería: Rexona y la fidelidad
Ahora sí, empuja el carro. A la derecha, después de los suavizantes, la estantería de los desodorantes. Ahí está la imagen que hace de esta canción una cosa que solo podía salir de este planeta:

Madonna era como / Rexona / que nunca te abandona / pues mira bonito / me he cambiado / a la marca blanca de / Mercadona y / también funciona
Cualquiera que haya crecido viendo la tele en España tiene grabado el eslogan. Rexona no te abandona. Lo decían anuncios de gente sudando en un gimnasio, en un ascensor, en una primera cita. Era una promesa de fidelidad absoluta: tú puedes fallar, tu axila no.
La canción coge esa promesa y se la aplica a Madonna, que durante décadas ha sido para varias generaciones de maricas exactamente eso: la que no te abandona. La que estaba en la habitación cuando no había nadie más. La de los posters, la de los videoclips grabados en VHS, la de «Like a Prayer» puesta a escondidas. Si la lista de reinas del pop fuera una estantería, Madonna estaría a la altura de los ojos, que es donde se pone lo caro.
Y entonces llega el giro. «Pues mira bonito, me he cambiado.» Ese «mira bonito» es oro puro de Madrid: es lo que dice tu tía cuando le devuelves el táper sin lavar. No hay drama, no hay ruptura con violines. Hay un cambio de marca. Lo que antes era Rexona ahora es el desodorante de la marca blanca, el de la estantería de abajo, el que cuesta menos de la mitad. «Y también funciona.»
El planeta se ríe y luego deja de reírse. Porque esa línea dice algo que cuesta mucho decir después de una ruptura: lo que creías insustituible tiene recambio. No por desprecio a lo que fue. Por pura supervivencia de quien tiene que seguir oliendo bien mañana para ir a trabajar.
Sección de ofertas: el ex de las dos aficiones
¿Por qué Madonna cae de la estantería de los ojos a la de los pies? La canción lo cuenta sin rodeos. Hay un ex de por medio:
«Aunque ahora Madonna me ha empezado a caer fatal por culpa de mi ex y su golpe letal.» Y a continuación, la ficha del sujeto: a ese ex Madonna le encantaba, y junto a hacer cruising era lo que más le apasionaba.
Hay biografías de diez tomos que dicen menos de una persona que esas dos líneas. Dos aficiones. Una diva y un parque. El planeta no necesita saber más, ni lo va a inventar: con esto ya se sabe que el ex tenía la playlist de la reina en el móvil y la ubicación del pinar en favoritos. Se sabe también lo que hace una ruptura con los gustos compartidos. Los contamina.
Esta es una experiencia universal y poco contada. Una canción que te encantaba se queda pegada a una persona como el olor a tabaco a un abrigo. No es culpa de la canción. No es culpa de la diva. Pero cada vez que suena el sintetizador del principio aparece la cara del otro, y la reina del pop se convierte, sin haber hecho nada, en cómplice. Por eso la canción no ataca a Madonna: la jubila con cariño. Le da las gracias por los servicios prestados y se va a la estantería de abajo.
En la sección de ofertas del planeta hay más casos así. Uno de los más tiernos es «The Queen of Pop», que es el homenaje directo, sin ironía, a la misma señora. El planeta tiene las dos cosas y no ve contradicción: se puede escribir una carta de amor a Madonna y otra canción en la que te cambias de desodorante. Las dos son verdad. Una es de antes del ex y otra de después.
Mostrador de la panadería: el concurso literario
Hay una parte de esta canción que el planeta adora porque es la autoparodia en estado puro. Después de defenderse con Mirwais, el narrador saca su currículum. Y el currículum es este:

«¿Qué no tengo talento? ¿En serio? Si soy un revolucionario. Una vez gané un concurso literario.»
Lo bonito es la desproporción. Revolucionario. Concurso literario. Una vez. Es como presentarse a un casting de Broadway diciendo que en tercero de primaria te dieron un diploma por el mejor dibujo del Domund. La letra sabe perfectamente que es ridículo, y por eso lo repite: «Tal vez sea revolucionario. Gané aquél famoso concurso literario». Ese «aquél famoso» es la clave. Nadie sabe qué concurso fue. Nadie lo recuerda salvo el que lo ganó. Y aun así se dice con la barbilla alta, como quien enseña una medalla de chocolate.
Esto es Mike en su modo favorito. Antes de que el hater se ría de él, se ríe él. Le quita el chiste de la boca. Si tú venías a decirle que no tiene talento, él ya te ha ganado la carrera presumiendo de un trofeo que tú no puedes ni comprobar. Es la estrategia del que ha pasado demasiadas veces por el mostrador de la panadería y sabe que, si no pides con decisión, te dan la barra quemada.
El planeta tiene una teoría sobre esto, que no es teoría sino observación de barra: quien se ríe de sí mismo primero es quien más ha tenido que defenderse. La ironía es una armadura barata. Funciona. Como el desodorante de la estantería de abajo.
Pasillo de congelados: noventa y tres canciones
Ahora el carro entra en el pasillo frío, el de los congelados, donde hace falta ponerse la chaqueta. Aquí la canción se pone exagerada a propósito, que es lo suyo:
y tendré que esforzarme más / Tendré que superar con creces / Cualquier disco tradicional / Noventa y tres canciones en vez de trece
Y para rematar: con sus noventa y tres videoclips incluidos, si hace falta, «con tal de que no me den la lata».
El planeta se para delante de este número con el carro atravesado, porque no es una cifra cualquiera. Trece canciones es el disco de toda la vida, el de la cara A y la cara B, el que cabía en un CD con la carátula de cartón. Noventa y tres es otra cosa: es la cantidad que solo produce alguien que siente que, como nadie se cree que una sola canción sea suya, tiene que demostrarlo por acumulación. Si no me creéis con trece, os pongo noventa y tres. Si no me creéis con noventa y tres, os pongo un videoclip a cada una.
Lo divertido es que la exageración se ha quedado corta. La propia ficha del single en el planeta dice «Pista 270 de 273». La trilogía GAYFOLK, entre «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» y «El día de la liberación», ha acabado sumando casi tres veces esa cifra que en la letra sonaba a delirio. La realidad ha superado al chiste, como pasa a menudo en este planeta. Y los videoclips también existen, a montones, en la sección de vídeos.
Hay quien lee esa cantidad como prueba de que todo es automático. El planeta la lee al revés: es la prueba de que alguien tenía muchas cosas que decir y ninguna discográfica que le dijera que se callase. La cantidad no habla de la máquina. Habla del cajón lleno. Mike lo dejó escrito como regla de la casa: una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie. Y quien quiera conocer al que vació el cajón tiene su ficha completa en la sala de prensa.
Hace frío en este pasillo. Sigue empujando.
Frutería: la piña que no gusta
Y llegamos al momento que ha convertido esta canción en una estampa de costumbrismo marica, de las que podrían colgarse en el Museo del Prado al lado de los borrachos de Velázquez. Llegamos a la frutería:
Voy a acabar / como todos los demás / de siete a ocho / en mercadona
Y luego, la confesión: «Y eso que odio hacer la compra, y cuando voy al súper no soy persona. Encima no me gusta la piña, así que tendré que ir atento por si alguien me guiña.»
Para quien no estuviera en España aquel verano, o no tenga tías en grupos de WhatsApp: se hizo famosa la broma de que en Mercadona, de siete a ocho de la tarde, se ligaba. El código era poner una piña boca abajo en el carro. La piña invertida quería decir «estoy disponible», y si otra persona con otra piña invertida te chocaba el carro, ya teníais conversación. Los telediarios lo contaron, la gente lo probó entre risas, las redes se llenaron de vídeos de pasillos con piñas al revés. Fue uno de esos fenómenos que solo pueden pasar en un país donde el supermercado es plaza del pueblo.
La canción coge ese ritual heterosexual de sobremesa y le da la vuelta como a la piña. El narrador se resigna: va a acabar como todos, buscando pareja en el súper de siete a ocho. Pero tiene dos problemas. Odia hacer la compra. Y no le gusta la piña. O sea, que ni siquiera puede llevar el uniforme del ligue. Tendrá que ir atento, mirando a ver si alguien le guiña un ojo entre los calabacines.
Es una imagen tan pequeña y tan cutre que se vuelve enorme. Un hombre adulto, con un catálogo de cientos de canciones, defendiéndose de los que dicen que no tiene talento, y al final del día su gran aventura es empujar un carro sin piña a las siete y cuarto esperando un guiño. El planeta lo ve en plano general, con luz de fluorescente y el hilo musical de fondo. Es Almodóvar sin presupuesto. Es «La que se avecina» en el capítulo de la compra semanal.
Y debajo del chiste, la cosa limpia: después de una ruptura, la vida amorosa se reduce a eso. A ir a sitios normales esperando que pase algo. A estar atento. A no tener ni la fruta adecuada.
La cola: como todos los demás
Hay un verso en el que el planeta se queda más tiempo del que debería. «Voy a acabar como todos los demás.» Dicho por alguien que se acaba de proclamar revolucionario dos estrofas antes, es una rendición preciosa.

Toda la canción es una pelea por ser distinto. Distinto porque usa herramientas nuevas, distinto porque saca noventa y tres canciones, distinto porque presume de concursos. Y al final, en la cola de la caja, con la cinta transportadora y la señora de delante que paga en monedas, aprende lo que todos aprendemos tarde o temprano: que en la cola del súper no hay revolucionarios. Hay gente con hambre y prisa. Hay gente sola. Hay gente que no ha encontrado su piña.
El planeta no lo convierte en tragedia, porque la canción no lo hace. Lo dice con un estribillo de vocales estiradas, «Mercadonaaaaa, Mercadonaaaaa», que suena a himno de verbena, a coro de fiesta de pueblo. Lo dice bailando. Pero lo dice.
La frase final del estribillo, la que da título a la canción, es la que lo ordena todo: el productor de Madonna no compra en Mercadona. Hay dos mundos. En uno, Mirwais, la reina, la corona, los estudios de París y Los Ángeles. En el otro, el carro, la marca blanca, la piña, las siete de la tarde en un barrio de Madrid. El narrador ha usado el primer mundo para defenderse y ha acabado viviendo en el segundo. Y no pasa nada. Allí también funciona.
El ticket
Al salir, el planeta revisa el ticket, como hace todo el mundo en el aparcamiento, por si te han cobrado dos veces las bolsas.
Concepto: una queja contra quienes miden el talento por la herramienta. Importe: lo justo, con Mirwais como garantía. Concepto: una diva jubilada por culpa de un ex que solo tenía dos aficiones. Importe: un desodorante. Concepto: una exageración de noventa y tres canciones que la realidad acabó multiplicando. Importe: varios cientos de pistas en la discografía, todas con su letra escrita a mano. Concepto: una piña ausente. Importe: incalculable.
Hay muchas canciones del planeta que hablan de la inteligencia artificial y de sus enemigos. «Discutiendo con la IA» es la pelea cuerpo a cuerpo con la herramienta, con Locomía sonando de fondo. «El segundo exacto» es la respuesta al hater que dice que le das a un botón y ya está. «Gatekeeping» es la versión en inglés del portero de discoteca. Lo que tiene esta, y no tienen las otras, es el carro. Es la única que se defiende de la crítica cultural con un argumento de supermercado. Y en un país donde medio mundo ha tenido su primera conversación seria con un vecino en la cola de la caja, el argumento de supermercado es el más difícil de rebatir.
El planeta, que es un poco camp y bastante de barrio, guarda esta canción en la misma balda que su rincón camp: las cosas que parecen una tontería y son un manifiesto. Hay quien hace manifiestos con citas de filósofos. Aquí se hace con Rexona.
Una última vuelta por el aparcamiento
Antes de meter las bolsas en el maletero, una pregunta que la canción deja flotando, como el olor del pollo asado de la entrada: ¿qué es lo que de verdad no te abandona?
Rexona no. Madonna tampoco, según el ex. Los que te piden que demuestres tu talento, desde luego que no, porque nunca se dan por satisfechos. Lo que queda, cuando se apagan los fluorescentes y se cierra la persiana, son las canciones que uno ha escrito. Noventa y tres, o doscientas setenta y tres, o las que sean. Esas sí se quedan. Están ahí, en la discografía, con su número de pista, esperando a que alguien las ponga mientras hace la compra. Esta en concreto está en Spotify, entre el pan de molde y el papel de cocina de tu lista de reproducción.
Así que, si esta tarde vas al súper de siete a ocho, lleva los cascos. Pon esta. Y si alguien te guiña un ojo entre los calabacines, que sepas que en el planeta eso cuenta como final feliz. Con o sin piña.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «El productor de Madonna no compra en Mercadona»?
De tener que demostrar talento a todas horas por usar inteligencia artificial, de Mirwais, el productor de Madonna, puesto como ejemplo, y de un ex al que le encantaba Madonna. El estribillo cambia a la reina del pop por la marca blanca de Mercadona: «y también funciona».
¿Quién es Mirwais?
Mirwais Ahmadzaï es el productor francés que trabajó con Madonna en discos como «Music» y «American Life». La letra lo cita como prueba de que una reina puede seguir con su corona aunque en el estudio haya máquinas.
¿Qué significa lo de la piña y las siete?
La letra dice «de siete a ocho en mercadona» y «no me gusta la piña». Juega con la broma que se hizo famosa en España de ir a ligar a Mercadona a esa hora con una piña boca abajo en el carro.
¿Quién ha escrito la canción?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno.