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Cultura LGTBI

Todos los Santos en clave queer: memoria de los que faltan

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Mike Sain't Louis con camisa blanca remangada y chaleco negro sentado en el vestíbulo de un hotel con palmeras y vistas al mar

El 1 de noviembre, en cualquier pueblo de España, la carretera que va al cementerio tiene atasco. Hay coches aparcados en la cuneta, puestos de flores en la puerta, cubos de agua, estropajos, botellas de lejía y señoras con guantes de fregar que llevan desde las nueve de la mañana dejando el mármol como los chorros del oro. Los crisantemos se venden a precio de oro. En las pastelerías ya no quedan huesos de santo y los buñuelos de viento se acaban antes de mediodía. Por la noche, en algún teatro o en la tele, todavía alguien representa el «Don Juan Tenorio».

Es una fiesta de familia. Se va con la madre, con los tíos, con los primos. Se repasan los nombres grabados en la piedra, se cuenta quién era quién, se arregla el ramo y se vuelve a casa a comer. Es bonita, y es también muy reveladora, porque enseña con claridad quién cuenta como familia y quién no.

Esta crónica del Diario de Planeta Gayfolk va de los que no salen en esa foto. De los muertos LGTBI que no tienen a nadie que les limpie la lápida, de las parejas que no aparecían en la esquela, de la generación que perdimos en los años del sida y de los que se fueron por su propia mano. Y va, sobre todo, de cómo recordarlos. Porque la memoria también se puede elegir, igual que se elige la familia.

«La familia de sangre, en primera fila»

En las canciones de Mike Sain't Louis hay un funeral imaginado que explica muy bien el problema. En «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», el protagonista hace el recuento de los que irán a despedirle: «Dos amigos contados, familia de sangre, mi madre, mi padre, / el buenazo de mi última pareja, algún vecino cotilla».

El Diario ya contó esa canción como una hoja de encargo en la funeraria, con aforo para dos. Lo que interesa aquí es esa expresión, «familia de sangre», que suena a casilla de formulario. En muchos funerales de hombres gays y mujeres lesbianas de generaciones anteriores, la familia de sangre ocupaba la primera fila y la otra familia, la de verdad, se quedaba al fondo, de pie, sin saber muy bien dónde ponerse.

Ha pasado muchas veces. El novio de veinte años que no aparece en la esquela porque ponía «sus padres, hermanos y demás familia». La compañera que vivió con ella toda la vida y que en el tanatorio era «la amiga». El amigo que cuidó al enfermo en el hospital durante meses y que no pudo opinar sobre el entierro. No son historias de una persona concreta. Son tan frecuentes que casi cualquiera que lleve años en el ambiente tiene una parecida.

«Cuando la pareja no tenía nombre legal»

Hasta 2005, en España dos hombres o dos mujeres no podían casarse. La ley que lo permitió llegó ese verano, y con ella llegó algo que parece pequeño y es enorme: la posibilidad de figurar como cónyuge. De que el hospital te pregunte a ti. De heredar sin pleitos. De que tu nombre vaya en la esquela con la palabra «esposo» o «esposa» delante.

Antes de eso, quien perdía a su pareja podía quedarse sin casa, sin herencia y sin voz en las decisiones del final. Y, a veces, sin el derecho más humilde de todos: el de llorar en público como viudo. Porque si no eras nada legalmente, tampoco tenías permiso para que te dieran el pésame.

Por eso Todos los Santos tiene, para muchas personas LGTBI mayores, un sabor raro. Van al cementerio a ver a alguien cuya tumba quizá no les pertenece, con un nombre en la piedra que comparte apellido con una familia que no les quería allí. O no van, porque esa tumba está en el pueblo de los otros, en un nicho que ellos no eligieron. El Diario dedicó un ensayo largo a los mayores LGTBI, la generación que abrió la puerta. Muchos de ellos tienen un 1 de noviembre lleno de nombres que nadie más recuerda.

«Una generación que se fue en silencio»

Y luego está el sida. En los años ochenta y noventa, el VIH se llevó en España a muchísima gente, y una parte enorme de ella eran hombres gays jóvenes. Llegaron los tratamientos combinados a mediados de los noventa y la enfermedad cambió por completo, pero para entonces ya había un hueco. Pandillas enteras de amigos de las que solo quedaban dos o tres. Locales de Chueca donde la mitad de los habituales ya no estaba.

Muchos de esos muertos se fueron con mentiras en el certificado. «Neumonía». «Una enfermedad larga». Familias que no quisieron decir de qué. Entierros donde no se nombró la causa ni al novio. Hay quien murió sin que sus padres supieran que era gay, y hay quien murió con sus padres sabiéndolo y prefiriendo no decirlo nunca.

En Estados Unidos, la respuesta a ese silencio fue una manta. Desde 1987, el AIDS Memorial Quilt reúne paneles de tela cosidos a mano, cada uno con el nombre de una persona muerta por el sida, hechos por sus amigos, sus parejas y sus familias elegidas. Es una forma de lápida que nadie podía quitarles: un trozo de tela con un nombre, una camiseta, una foto, una broma privada. La manta se ha extendido varias veces en Washington y ocupa hectáreas.

Lo que enseña esa manta es que la memoria no necesita mármol. Necesita un nombre dicho en voz alta.

Mike Sain't Louis con gorra y camiseta de tirantes sobre un escenario con luz rosa y un planeta al fondo, junto al verso «Before the names are spoken into stone, Before the body learns to stand alone» de «Before the Bells»

«Antes de que los nombres se graben en piedra»

Hay un verso de Mike que parece escrito para este día. Está en «Before the Bells», una de sus canciones más quietas, la que arranca con un «ay, mi pena» alargado, casi de copla, y se pasa al inglés:

Before the names are spoken into stone, Before the body learns to stand alone

Antes de que los nombres se graben en piedra. Antes de que el cuerpo aprenda a estar solo. La canción vive en el rato de antes, en el minuto anterior a que suenen las campanas, y no explica por quién van a sonar. El Diario ya se preguntó por quién no doblan todavía. Pero el 1 de noviembre ese verso se lee de otra forma. Grabar un nombre en piedra es el acto más básico de la memoria. Y hay muchas personas LGTBI cuyos nombres nunca se grabaron del todo: se borraron de la esquela, se cambiaron en el registro, se callaron en la familia.

Las personas trans lo saben mejor que nadie. Durante mucho tiempo, y todavía hoy en demasiados casos, a una mujer trans se la enterraba con el nombre que no era el suyo, con ropa que no habría elegido y con una foto de cuando aún no había podido ser quien era. Su familia de sangre decidía, y decidía devolverla a una identidad que ella había dejado atrás. El 20 de noviembre se celebra el Día Internacional de la Memoria Trans precisamente para eso, para decir los nombres verdaderos de las que ya no están.

«Los que se fueron por su propia mano»

Hay otro grupo del que es difícil hablar y del que hay que hablar. Las personas LGTBI que se quitaron la vida. Los chavales que no soportaron el acoso del instituto. Los hombres de cincuenta que nunca salieron del armario y no encontraron salida. Las chicas que no tuvieron a nadie que les dijera que lo que sentían estaba bien.

Mike ha hablado en público de su propia salud mental, y una de las cosas que repite es que quiere que el suicidio deje de ser tabú. No por morbo, sino porque lo que no se nombra no se puede prevenir. El Diario tiene una serie de salud mental pensada para hablar para que otros no callen, con lecturas y recursos.

Recordar a quienes se fueron así también es parte del 1 de noviembre. Y si estás leyendo esto y sientes que tú podrías ser el próximo nombre, por favor, para un momento. Llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida: es gratuita, confidencial y funciona las 24 horas. Si hay un peligro inmediato, llama al 112. Hay gente que quiere oír tu nombre dicho por ti, en presente.

«La otra familia también lleva flores»

¿Qué se puede hacer, entonces, un día como hoy? La comunidad LGTBI lleva décadas inventando sus propios rituales de memoria, precisamente porque los oficiales no la incluían. Algunas ideas, sacadas de lo que ya se hace en muchos sitios:

Decir los nombres. En voz alta, en una cena, en un grupo de amigos. Es lo que hace la manta del sida y lo que hacen las vigilias del Día de la Memoria Trans. El nombre dicho es una forma de lápida.

Ir al cementerio aunque no sea tu tumba. Si conoces dónde está enterrado alguien que formó parte de tu familia elegida, ve. Lleva una flor. No hace falta pedir permiso a nadie para dejar un clavel.

Contar la historia completa. A los sobrinos, a los amigos jóvenes. Que el tío Paco no era «el soltero», que vivió treinta años con Andrés y que se querían. La memoria se pierde cuando se cuenta a medias.

Guardar los objetos. Las cartas, las fotos, los recortes. Hay archivos y colectivos que recogen la memoria LGTBI, y muchas historias se han salvado porque alguien no tiró una caja de zapatos.

Escuchar a los mayores. Están vivos. Tienen nombres que nadie más conoce. Una tarde con ellos vale más que cualquier homenaje.

El Diario ha escrito sobre la familia elegida, los amigos que te sostienen. Todos los Santos es el día en que esa familia elegida se pone a prueba. Porque si los amigos no se acuerdan, ¿quién se va a acordar?

«Un luto que se puede vestir de rosa»

En Planeta Gayfolk el luto rara vez es negro. Hay canciones con funerales camp, como el entierro de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», que acaba con una vecina gritando en mitad del velatorio, o el alivio de luto en rosa chicle de «El luto del puto». Puede parecer una falta de respeto, pero es justo lo contrario. Es una manera de decir que los muertos de la comunidad merecen un duelo con su estética, con su humor, con su música. Un entierro con la canción favorita a todo volumen, con la amiga drag diciendo unas palabras, con purpurina en la corona.

Eso también es memoria. La tristeza no tiene por qué ser gris para ser seria.

Si quieres recorrer el universo de Mike desde ese lado, el de los duelos, las despedidas y las campanas, puedes empezar por la discografía completa o por la trilogía GAYFOLK, y si te interesa la mitología del planeta, el universo tiene sus propias claves. El Diario tiene muchas más crónicas como esta. Y en el blog de mikesaintlouis.com, Mike escribe en primera persona sobre sus canciones y su oficio.

«Las letras las escribe Mike»

Una última nota de casa. Las letras las escribe Mike; la música y la interpretación vocal se hacen con IA. Pero la memoria, como las flores del 1 de noviembre, solo la puede poner una persona. Este año, si puedes, añade un nombre más a tu lista. Uno que nadie más vaya a decir. Y dilo despacio, como se dice lo que importa.

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