Fiestas
Halloween en Planeta Gayfolk: canciones de terror camp
Por Mike Sain't Louis ·

Esta noche es Halloween, y el planeta tiene suficientes canciones de miedo como para llenar una fiesta entera sin repetir ninguna. El diario ya ha ordenado esas canciones de muchas maneras: como estanterías de un videoclub de barrio, como un casting en el que hay que decidir quién muere primero y como un repaso de por qué el disfraz ha sido un refugio queer. Esta vez la propuesta es más práctica y más festiva: una noche de Halloween contada hora a hora, con la canción que toca en cada momento.
No es una lista de reproducción cualquiera. Es un guion. Una fiesta de terror camp tiene su propio ritmo: empieza con una invitación misteriosa, sigue con una cena inquietante, tiene su momento de susto, su hora de pista, su cuento de miedo en la escalera y su madrugada de cansancio. Y acaba, como todas las buenas fiestas, con alguien mirando por la ventana mientras sale el sol.
Antes de empezar, una advertencia del propio planeta: aquí el miedo nunca va en serio del todo. Las canciones de terror de Mike Sain't Louis usan el cine de miedo como disfraz para hablar de otras cosas, casi siempre de amores que salieron mal y de gente que hizo daño. Por eso funcionan tan bien en una noche como esta. Detrás de cada máscara hay una historia que se puede contar riéndose.
21:00. La invitación: el bosque prohibido
Toda fiesta de terror empieza con una advertencia que nadie respeta. En las películas, alguien dice «no vayáis al lago» o «no entréis en esa casa», y todo el mundo va. En el planeta esa función la cumple «Casting», con su estribillo de aviso: «Nunca te acerques al viejo bosque de moreras».
La canción tiene además una gracia muy de crítico de cine aficionado: recuerda que sobre ese bosque «se hicieron hasta dos películas de terror», y remata con un «¡No sé cuál era peor!». Es el espíritu exacto de una buena noche de Halloween. No se trata de pasar miedo de verdad, sino de reírse de lo malas que eran las películas que nos lo hicieron pasar.
Si la fiesta tiene invitaciones, ese estribillo es la frase perfecta para el sobre. Nunca te acerques. Y, por supuesto, ven.
22:00. La cena: veneno servido en plata
Llega la hora de sentarse a la mesa, y aquí el planeta tiene un plato fuerte. «Veneno» arranca como una carta de restaurante de lujo con mala intención: «Esto no es para cualquiera / Es para los que saben degustar el veneno / Servido en plata, con un vino caro».
Para una cena de Halloween no hay mejor banda sonora. La canción convierte el despecho en un menú degustación: «Foie gras de traición, maridado con lágrimas / Y un cóctel de decepción». Cualquier anfitrión con sentido del humor puede bautizar los platos así. El diario ya le dedicó su propio menú con chaquetilla manchada, así que aquí basta con poner la mesa y servir.
Lo bonito de empezar la noche con esta canción es que marca el tono: el miedo que viene no es de monstruos, es de personas. Y las personas, en una cena, siempre dan más miedo.
23:00. Llegan los disfraces: máscaras de hierro
A esa hora ya ha llegado casi todo el mundo y empieza el desfile. Vampiros, brujas, novias cadáver, algún zombi improvisado con papel higiénico. Es el momento de «Mentes diabólicas», que tiene el verso perfecto para la entrada de los disfrazados: «Con máscaras de hierro, mentiras proyectamos».
La canción habla de la hipocresía, de la gente que actúa en sociedad con una cara y en la sombra con otra: «Bajo el sol somos iguales, en la sombra se disfrazan». En una fiesta de Halloween ese verso se vuelve del revés. Esta noche, por fin, el disfraz es honesto. Todo el mundo sabe que lleva máscara, y precisamente por eso nadie tiene que fingir.
El diario rastreó en su día la procedencia de cada cita de la canción, incluida la del hombre como lobo para el hombre. En una noche de hombres lobo, la frase cae como anillo al dedo.
00:00. El susto: ¿hay alguien ahí?
Medianoche. Se apagan las luces. Alguien grita desde el pasillo. Toda fiesta de terror necesita su susto oficial, y el planeta tiene la canción que lo convierte en sainete: «Igual que en las pelis slasher».
El momento clave es esa llamada en la oscuridad: «¿Hay alguien ahí? ¿Alguien puede ayudarme? / ¿Estoy yo sola? ¿Viene a matarme?». Es la frase de toda protagonista de película de miedo justo antes de que aparezca el asesino. Solo que aquí la que pregunta ha bajado «con pijama y bata», que es el disfraz más terrorífico y menos glamuroso de la historia del género.
Esa mezcla de pánico y bata de casa es puro terror camp. El miedo existe, pero se presenta en zapatillas. Y por eso, en lugar de un grito, lo que suele salir es una carcajada. El diario ya repasó su catálogo de subasta del rellano, lote a lote, para quien quiera la versión completa.
01:00. La pista: el vampiro sale a bailar
Pasado el susto, toca bailar. Y para la pista, el planeta tiene un monstruo con ritmo: «Vampiro emocional». Es la canción ideal para la primera hora de baile porque tiene la energía de una canción de discoteca y el imaginario de una película de Drácula.
El retrato del vampiro empieza en un bar, que es exactamente donde empiezan muchas historias de miedo reales: «Arrastras tus cadenas por el bar, / Con esa sonrisa forzada al saludar». Y sigue con un verso que cualquiera que haya salido con la persona equivocada reconocerá: «Muerdes sin sangrar, pero dejas cicatriz».
En la pista funciona como un juego. Uno hace de vampiro, otro de víctima, y al final todos cantan el estribillo señalando a alguien. Pero detrás del juego está una de las ideas más serias del planeta: que hay personas que se alimentan de la energía de los demás. El diario lo explicó con un reglamento completo del mordisco.
Justo después puede sonar «Como en la matanza de Texas», que comparte con «Vampiro emocional» buena parte de su letra y su monstruo. Es una broma que solo pilla quien escucha con atención: el título promete motosierra, pero el que aparece es otra vez el vampiro con sus cadenas. Como en las sagas de terror, el monstruo siempre vuelve en la secuela. El diario tiene su bestiario de un solo monstruo.
01:30. El cuento de la escalera
Toda fiesta tiene un rincón donde alguien se pone a contar una historia en voz baja. En el planeta, ese cuento se titula «La casa de los mil cadáveres» y no ocurre en una mansión encantada, sino en una comunidad de vecinos.
El narrador se lamenta como la víctima de una película: «Me siento como Pepi Valladares / En la casa de los mil cadáveres». Pero los cadáveres de esta casa son de otro tipo. Están el portero comprado, el vecino del tercero, el marido de la del chalet de la esquina. Y el entierro final es simbólico: «Hoy te he olvidado y te he enterrado».
Es terror de escalera, de patio interior, de rumor en el ascensor. El diario lo leyó como un sainete de escalera, y esa es la mejor manera de contarlo a la una y media de la madrugada, con las luces bajas y alguien muerto de risa en el sofá.
02:00. La hora bruja
En las películas, la hora bruja es el momento en que pasan las cosas raras. En el planeta, las dos de la madrugada tienen su propia canción: «La noche no es para mí». La letra lo dice con precisión de reloj: «El reloj pasa ya de las 2:00 / Todo a mi alrededor / Se vuelve diferente / Aunque en el fondo sea igual».
Aquí la fiesta cambia de tono. Es una canción sobre el cansancio de la noche, sobre salir por salir, sobre una soledad que no se cura con alcohol. Y es importante que esté en la lista, porque una buena noche de Halloween también tiene su momento de bajón. El terror camp no es solo carcajada: a veces el monstruo más grande es el que aparece cuando se apaga la música y uno se queda a solas consigo mismo.
Si esa sensación dura más allá de una noche, conviene hablarlo con alguien. En España, el 024 atiende de forma gratuita y a cualquier hora a quien lo esté pasando mal, y en caso de emergencia está el 112.
03:00. El chill-out: ataúd de neón
Para la zona de descanso, el planeta tiene una pieza que parece hecha a medida: «Ataúd de neón». No es una canción de miedo en sentido estricto. Es una canción de imágenes, casi un poema sonoro: «Caleidoscopio lumínico / Reloj de arena espectral».
El estribillo tiene una de las frases más bonitas del catálogo para una noche como esta: «Ataúd de neón, listo para usar, sueños en cascada». Un ataúd que brilla. La muerte convertida en luz de discoteca. Es el tipo de imagen que resume el terror camp mejor que cualquier definición: lo macabro vestido de fiesta.
Con esta canción de fondo, los disfrazados se tumban en los sofás, alguien se quita el maquillaje con una toallita y la fiesta respira.
04:00. El velatorio de broma
Cuando la noche ya está muy avanzada, siempre hay alguien que propone un juego macabro. En el planeta ese juego es el velatorio imaginario de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», que hace la lista de quién iría a tu entierro: «Dos amigos, como mucho, / tal vez uno».
La canción tiene uno de los momentos más camp de todo el catálogo, con un guiño a «La que se avecina»: la imagen de saltar encima de una tumba «para comprobar que estoy bien muerto y enterrado». Es humor negro de sobremesa, el que solo se permite a esas horas y entre amigos. Y es también una reflexión muy seria sobre el olvido, como explica su hoja de encargo en la funeraria.
En una noche que, en España, enlaza con Todos los Santos, no hay canción más oportuna. Mañana mucha gente irá al cementerio. Esta noche, el planeta se adelanta y se ríe un poco de la muerte para que dé menos miedo.
07:00. Ya está amaneciendo
Y como todas las fiestas, esta también termina. El planeta tiene la canción perfecta para el final: «Ya está amaneciendo», la versión de un tema de El Fary que forma parte del álbum. Después de una noche entera de vampiros, cadáveres y asesinos en bata, cerrar con una canción luminosa sobre la vuelta a casa es casi un acto de ternura.
La letra empieza justo donde acaba la fiesta: «Ya está amaneciendo, la noche se va». Los disfraces se quedan en el suelo, el maquillaje se ha corrido y alguien abre las ventanas. El terror ha cumplido su función: ha servido para estar juntos.
Por qué el terror y lo queer se llevan tan bien
Hay una razón por la que estas canciones encajan tan bien en una fiesta LGTBI. El cine de terror ha sido durante décadas un género querido por el público queer, en parte porque sus monstruos eran, muchas veces, los diferentes: los que vivían apartados, los que no encajaban, los que la gente del pueblo perseguía con antorchas. Muchos espectadores se reconocieron más en la criatura que en los vecinos.
El terror camp da un paso más: no solo se identifica con el monstruo, también se ríe de él y con él. Convierte el miedo en vestuario, el grito en estribillo y el asesino en un personaje de comedia. Es una manera de quitarle poder a lo que nos asustaba. Si puedes bailar con el vampiro, ya no te puede morder del todo.
Eso es exactamente lo que hacen las canciones de Mike Sain't Louis. Las letras las escribe Mike; la música y la interpretación vocal se hacen con IA. Pero la idea de fondo es muy antigua: contar lo que duele con disfraz, para que se pueda escuchar.
Para seguir la noche
Quien quiera completar la fiesta tiene todo el catálogo en la página de singles, los videoclips en la sección de vídeos y el contexto de todo este mundo en el universo del planeta y en la explicación de qué es el GAYFOLK. Y si prefiere leer cómo vive Mike todo esto en primera persona, puede pasarse por su blog personal.
Feliz Halloween desde el planeta. Nunca te acerques al viejo bosque de moreras. Y si te acercas, que sea bailando.

