Humor
Sainete de escalera: «La casa de los mil cadáveres» en tres actos y un portero
Por Mike Sain't Louis ·

Reparto: un narrador recién engañado, un ex con mucho que esconder, un portero, el vecino del tercero, el marido de la del chalet de la esquina y una tal Pepi Valladares que solo aparece en espíritu. Escenario: una comunidad de vecinos que podría estar en cualquier barrio. Género: sainete con títulos de película de miedo.
«La casa de los mil cadáveres», de Mike Sain't Louis (también escrito Mike Saint Louis), letrista, compositor y productor musical madrileño, tiene la estructura de una pieza teatral breve. A diferencia de muchas canciones del catálogo, su letra completa está publicada en la web, y eso permite leerla como lo que parece: una obra en tres actos con un estribillo que hace de coro.
La ficha
La canción forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK, el de las 90 pistas. En el listado de singles de gayfolkplanet.com aparece como la número 195 de 273, entre «Envejecer» y «Montaña rusa». Se escucha en Spotify, se descarga gratis desde su ficha oficial y su letra está en la página de letras.
El título viene del cine de terror. El propio diario lo señaló en su nota sobre el cine de terror como género queer: «Como en la matanza de Texas» y «La casa de los mil cadáveres» toman sus títulos de dos películas de culto del género. Pero quien espere sangre se va a encontrar con otra cosa: un escándalo de rellano.
Acto primero: el soborno
El telón se levanta con una pregunta que el narrador se hace a sí mismo: «Pero ¿cómo soy tan tonto?». No acusa todavía al otro; se reprocha haber tardado en ver. Inmediatamente después llega la primera prueba del delito, la imagen más recordada de la canción: «Has comprado al portero por medio pollo / Y al vecino del tercero por uno entero».
Es una escena de comedia pura. El soborno con comida tiene algo de picaresca antigua, de trueque de pueblo, y la diferencia de tarifa (medio pollo para uno, uno entero para otro) añade un detalle de contabilidad doméstica que hace reír. La comunidad de vecinos entera parece estar en el ajo. La lista de testigos se amplía con «la chusma con la que follas» y con el marido de la del chalet de la esquina, que también ha recibido fotos comprometedoras.
La propia letra reconoce el género en el que se mueve: «Te crees que esto es La que se avecina». La alusión a la comedia televisiva de vecinos más popular de España funciona como guiño metateatral. El narrador sabe que su vida se ha convertido en una serie de enredos de escalera.
El coro: un estribillo con giro
Todo sainete necesita un momento que cambie la lectura de lo anterior. Aquí llega al final del estribillo: «Y si quieres te lo canto en cristiano / No hablo de un pollo asado, hablo de un gramo». De repente, el pollo deja de ser pollo. El chiste de la comida se vuelve oscuro, y el soborno vecinal adquiere otra dimensión.
El estribillo se repite varias veces a lo largo de la canción, y con cada repetición el oyente lo escucha de forma distinta: la primera vez se ríe del pollo; las siguientes, ya sabe de qué se habla. Es una técnica muy eficaz para que la gracia no se gaste.
Dentro del mismo coro aparecen dos versos que funcionan como resumen de toda la obra: «Hoy te he olvidado y te he enterrado / Me siento como Pepi Valladares / En la casa de los mil cadáveres». El título cobra sentido: la casa es el lugar donde se entierra al ex. En una casa con mil cadáveres, uno más ya ni se nota.
Acto segundo: los condicionales
La parte central cambia de registro. El humor se vuelve amargo y la letra encadena una serie de hipótesis: «Si yo hubiera sabido que te importaba un carajo», «Si yo hubiera escuchado tu ¡ojalá le parta un rayo!», «Si hubiera sabido que eras un malnacido», «Si hubiera captado que tú eras un payaso».
Es la gramática del arrepentimiento. Cualquiera que haya salido de una relación con alguien que mentía reconoce esa letanía: repasar mentalmente todas las señales que no se quisieron ver. Lo que la canción hace bien es mezclar esa tristeza con insultos de sabor castizo, como mandar al otro «con tu madre echando leches» o anotarlo «en mi diario echando pestes». La rabia se expresa con el vocabulario de una discusión en el patio de luces.
Un poco más adelante, la letra baja aún más la guardia: «Si no hubiera creído esa carita de inocente / Hoy no estaría llorando por un falso y un demente». Es el único momento en que el narrador reconoce abiertamente que llora. El sainete tiene su instante de drama, como manda la tradición.
Acto tercero: la risa como salida
El desenlace llega con un cambio de actitud: «Y ahora que lo pienso, me río de mi suerte / Porque ya no quiero verte, estoy deseando perderte». La risa ya no es la del principio, nerviosa y avergonzada; es la de quien ha entendido. «He aprendido la lección, vaya mala racha.»

Y el telón cae con una de las despedidas más rotundas del catálogo: «Te mando un hasta nunca, ¡maldita cucaracha!». De un ex comparado con un cadáver enterrado se pasa a un ex comparado con un insecto. La cucaracha cierra el ciclo doméstico de la canción: empezamos con un portero y terminamos con una plaga de cocina.
Del cine de miedo al patio de vecinos
¿Por qué tomar el título de una película de terror para una canción que, en realidad, es una comedia? La nota del diario sobre el cine de terror ofrece una respuesta general: usar el género para hablar de relaciones, rupturas o personas que hacen daño es un recurso muy expresivo, porque a veces una mala experiencia se recuerda exactamente como una película de miedo. Esta canción aplica la idea con un desplazamiento curioso. El horror no está en lo que ocurre, sino en cómo lo vive el narrador: descubrir que toda la comunidad de vecinos sabía algo que él ignoraba tiene algo de pesadilla, aunque los detalles sean ridículos.
La casa del título, además, cambia de sentido a lo largo de la letra. En la película a la que alude, la casa es un lugar de crímenes. En la canción se convierte en una metáfora de la memoria: el sitio donde se van acumulando los ex enterrados. «Hoy te he olvidado y te he enterrado», dice el estribillo, y la casa de los mil cadáveres pasa a ser un cementerio sentimental, un desván de historias terminadas. Hay humor en la cifra, mil, que sugiere una larga lista de desengaños anteriores, y hay también una forma de consuelo: si ya hay tantos enterrados, este no será el que derribe la casa.
Esa doble lectura, terror y comedia, crimen y olvido, es la que hace que la canción funcione en varias capas. Se puede escuchar como una broma de rellano, como un desahogo tras una ruptura o como una pequeña reflexión sobre cómo cada persona va guardando, en algún rincón, las relaciones que ya no están. El single figura en gayfolkplanet.com con fecha de 31 de mayo de 2026, dentro de la tanda de publicaciones que precedió a la trilogía completa, y desde entonces puede descargarse gratis desde su ficha.
Por qué funciona como sainete
El sainete es un género teatral breve, cómico y popular, ambientado en ambientes cotidianos y lleno de tipos reconocibles. La canción cumple todas las condiciones: personajes de comunidad de vecinos, lenguaje coloquial, humor grueso y un fondo de crítica. Lo nuevo es que aquí el enredo es queer y el desengaño amoroso es entre hombres, algo que la tradición del género rara vez contó.
Esta mezcla de lo castizo y lo queer es una de las marcas de Planeta Gayfolk (GAYFOLK). El universo de Mike Sain't Louis toma formas populares españolas (la copla, la comedia televisiva, el refranero) y las habita desde otra mirada. En «La casa de los mil cadáveres», el resultado es una pieza que se puede reír a carcajadas y, al mismo tiempo, reconocer como un retrato bastante preciso de la humillación de descubrir una mentira.
La rima como motor del chiste
Una parte considerable de la gracia de esta letra está en cómo rima. Mike Sain't Louis construye el estribillo con parejas sonoras que, además de sonar, encadenan sentidos. «Tonto» y «rollos» abren con una asonancia en o-o que prepara el terreno para «pollo», y «pollo» trae consigo el «entero» que rima con «tercero». La comunidad de vecinos aparece así casi por exigencia de la rima: el portero y el vecino del tercero entran en escena porque la música de las palabras los llama.
Después llega una de las rimas más descaradas del catálogo: «follas» con «fotopollas». La palabra compuesta del final, un término coloquial de la era de las aplicaciones de ligue, se presenta como el remate inevitable de la anterior. Es un recurso clásico del humor verbal: hacer que el oyente adivine la palabra un instante antes de oírla, y que la reconozca con una mezcla de escándalo y placer. Le siguen «esquina» y «avecina», que conectan el chalet del barrio con la comedia televisiva, y «fracasado» con «enterrado», donde la autocrítica y el entierro del ex quedan unidos por el mismo sonido.
La pareja que da sentido al título es la más rotunda: «Valladares» y «cadáveres». Es una rima esdrújula imperfecta, casi de copla, que suena a remate de sainete. Y el estribillo se cierra con «cristiano» y «gramo», una asonancia que lleva en su interior el giro de toda la canción. Leídas en fila, las rimas cuentan la historia por sí solas: torpeza, soborno, sexo, vecindario, fracaso, entierro y, al final, la revelación.
Pequeño glosario castizo
La letra está escrita en un español de barrio muy reconocible, y algunas expresiones merecen una nota para quien no las tenga en el oído.

«No me vengas con tus rollos». Pedir que no se cuenten excusas largas. Es la frase de quien ya no acepta explicaciones.
«Chusma». Gente de baja calaña, con un matiz despectivo de clase. En la canción sirve para describir las compañías sexuales del ex con un desdén muy teatral.
«Te lo canto en cristiano». Decirlo claro, en un idioma que todo el mundo entienda. La expresión anuncia que viene una aclaración, y la aclaración es justo la que cambia el sentido del pollo.
«Me importa un carajo». Indiferencia absoluta, aquí atribuida al otro: el narrador descubre que su ex no le daba ninguna importancia.
«Mandar con su madre». Una forma de echar a alguien de la propia vida devolviéndolo a su origen. La letra la intensifica con «echando leches», que añade prisa y desprecio.
«Echar pestes». Hablar muy mal de alguien. El narrador imagina que lo habría apuntado en su diario «echando pestes», es decir, dejando constancia escrita de su rabia.
«Malnacido» y «payaso». Dos insultos de registro diferente: el primero es grave, casi de tragedia; el segundo es ridiculizador. La canción los coloca en versos seguidos y así pasa del drama a la burla sin transición.
«Hasta nunca, ¡maldita cucaracha!». Despedida definitiva con insulto animal. Tiene algo de fórmula de vodevil, de esas frases que se gritan al cerrar una puerta.
Este vocabulario no es decorativo. Sitúa la historia en un ambiente social concreto, el de la escalera, el patio y el portero, y aleja la canción de cualquier tono sofisticado. El drama amoroso se cuenta con las palabras con las que se discute en un rellano.
La arquitectura de la repetición
La estructura de la letra publicada es muy clara. El bloque del estribillo, que va desde «Pero ¿cómo soy tan tonto?» hasta «hablo de un gramo», aparece tres veces completo. Entre la primera y la segunda aparición se coloca la serie de condicionales («Si yo hubiera sabido…»); entre la segunda y la tercera, un pasaje más breve y más dolido («Si no hubiera creído esa carita de inocente»). Después de la tercera llega el desenlace, con la risa y la cucaracha, y la canción se cierra repitiendo solo dos versos: «Me siento como Pepi Valladares / En la casa de los mil cadáveres».
Ese cierre reducido es significativo. Del estribillo completo, con el portero, el pollo y el gramo, solo sobrevive la imagen del entierro. Todo lo anecdótico desaparece y queda lo esencial: el narrador ha enterrado al ex en su casa de los mil cadáveres. La repetición, que al principio servía para el chiste, termina sirviendo para fijar una conclusión.
También cambia la función de los pasajes intermedios. El primero es largo y casi enumerativo, una lista de reproches. El segundo es corto y confesional. La progresión va de la rabia hacia la tristeza, y solo después, en el final, hacia la risa. Es una curva emocional completa en una canción que, a primera escucha, parece solo una broma.
Pepi Valladares, la invitada sin presentación
La letra nombra a Pepi Valladares sin dar ninguna pista sobre quién es, y este diario no va a inventarla. Lo interesante es la función que cumple el nombre propio dentro del verso. El narrador no dice «me siento como un enterrador» o «como el dueño de una casa encantada»; dice que se siente como una persona concreta, con nombre y apellido, que vive en la casa de los mil cadáveres. Al personalizar la comparación, la convierte en algo más cercano y más cómico, como si hablara de una vecina más de la comunidad.
Los nombres propios son una seña de identidad del catálogo de Mike Sain't Louis. Hay canciones que llevan en el título a figuras de la cultura popular o a personajes reconocibles, desde «¡Que polvo tiene Paco León!» hasta «Hoy toca escuchar a Ismael Serrano», que precisamente sigue a «Montaña rusa» en el listado de singles, muy cerca de esta. Esa costumbre de poblar las canciones de nombres concretos hace que el planeta parezca habitado por gente real y por personajes de barrio a partes iguales.
El narrador: de la autocrítica a la carcajada
Lo primero que se oye no es un ataque, sino una autocrítica: «¿Cómo soy tan tonto?». Y en el mismo estribillo, más adelante: «¿Cómo soy tan fracasado?». El narrador se insulta a sí mismo antes de insultar al otro. Es un rasgo muy humano y muy reconocible: cuando se descubre una mentira, la primera rabia suele dirigirse contra uno mismo por no haberla visto.

La canción no se queda ahí. A lo largo de las repeticiones, la autocrítica convive con el desprecio hacia el ex, y el desenlace la transforma: «me río de mi suerte», «he aprendido la lección». La palabra «tonto» del principio y la palabra «lección» del final enmarcan el recorrido. Quien empezó sintiéndose tonto termina sintiéndose instruido. No es una victoria triunfal, sino una salida digna, que es la forma de victoria que más se repite en el catálogo.
Conviene fijarse también en a quién se dirige la letra. Casi todo está en segunda persona: «has comprado», «ya he visto la chusma con la que follas», «te crees que esto es La que se avecina», «te mando un hasta nunca». La canción es un discurso pronunciado ante el ex, no una confidencia a los amigos ni un monólogo interior. Solo las preguntas del estribillo («¿cómo soy tan tonto?») se vuelven hacia dentro. Ese ir y venir entre el «tú» acusador y el «yo» avergonzado es lo que da a la letra su tono de bronca en directo, como si el oyente estuviera presenciando la discusión desde el descansillo.
Una nota sobre el gramo
El giro del estribillo, «no hablo de un pollo asado, hablo de un gramo», introduce en la historia un elemento serio: el soborno no era con comida, sino con droga. La canción lo cuenta con humor negro y no se detiene a moralizar, pero tampoco lo celebra: el personaje que reparte gramos por la comunidad es el mismo al que el narrador acaba llamando falso, demente y cucaracha. El diario de gayfolkplanet.com ha tratado en otras notas el consumo de sustancias y la salud mental con información y sin alarmismo; aquí basta con señalar que la letra coloca ese detalle del lado de las señales de alarma, no del lado del glamour.
Su sitio en el primer álbum
«Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» es el primer capítulo de la trilogía, el del descubrimiento. Es el disco en el que se presenta el universo y en el que conviven muchas de sus líneas temáticas: el humor camp, las relaciones dañinas, la cultura popular española y las referencias cinematográficas. «La casa de los mil cadáveres» reúne varias de ellas a la vez: un título de cine de terror, un desengaño con un mentiroso y un lenguaje de sainete castizo.
En el listado de singles está flanqueada por «Envejecer», una de las canciones más serenas del catálogo, y por «Montaña rusa», que también habla de un día de altibajos emocionales tras una pérdida. La secuencia es elocuente: entre una reflexión sobre el paso del tiempo y una crisis de llanto, una comedia negra de vecindario. El planeta funciona así, por contrastes. Quien quiera recorrer el catálogo completo puede hacerlo desde el listado de canciones de gayfolkplanet.com o desde la sección de videoclips oficiales.
Canciones para una sesión doble
Si la canción fuera una película, sería ideal para una sesión doble con otras piezas del catálogo que toman prestado el lenguaje del terror: «Como en la matanza de Texas», del mismo primer álbum, o «Igual que en las pelis slasher». Y para quien quiera profundizar en las fotos que el ex reparte por el vecindario, el catálogo tiene incluso una canción titulada «Tus fotopollas».
Quién escribe y cómo se produce
La letra, con su portero, su pollo y su cucaracha, es de Mike Sain't Louis, que escribe todos sus textos sin IA. La música, incluidas las voces, se produce con herramientas de inteligencia artificial, entre ellas Suno, y el proyecto lo declara abiertamente en su press kit. La idea, la puesta en escena y la dirección de los videoclips también son suyas.
Un consejo final, que ya dio el propio Mike en otra ocasión y que este diario suscribe: si tienes portero, trátalo bien.
Preguntas frecuentes
¿De qué habla la letra de «La casa de los mil cadáveres»?
De una ruptura contada con humor negro: alguien descubre las mentiras de su pareja, que ha comprado al portero «por medio pollo» y al vecino «por uno entero», y termina despidiéndolo con un «hasta nunca, ¡maldita cucaracha!».
¿Por qué se llama así?
El título toma el nombre de una película de terror de culto, como recuerda el diario en su nota sobre cine de terror y cultura queer. En la letra, la casa es el lugar donde el narrador «entierra» el recuerdo de su ex.
¿En qué disco está?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.