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Arte y mirada

Quién muere primero en la peli: «Casting» y el reparto del terror de serie B

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Portada de «Casting», canción de Mike Sain't Louis

Hay una casa en lo alto de una colina. Siempre hay una casa en lo alto de una colina. Tiene ventanas que parecen ojos, un tejado puntiagudo y una luna llena detrás, medio tapada por nubes que se mueven demasiado deprisa. Abajo, en primer plano, posa el reparto completo. Nadie sonríe salvo uno.

Así es la portada de «Casting», y su autor la describe como un cartel de cine de terror retro, con sus pliegues y todo. Ese detalle de los pliegues al planeta le parece delicioso. No es un cartel recién impreso: es un cartel que ha pasado por una carpeta, por una pared de videoclub, por la puerta de un armario adolescente. Un cartel con vida.

La canción forma parte de «El día de la liberación» y se estrenó el 22 de junio de 2026. Su letra aún no está publicada en la web, de modo que el planeta no va a citarla ni a imaginarla. Lo que sí puede hacer es mirar el cartel con lupa y jugar al juego que propone el título. Porque un casting consiste en eso: decidir quién hace cada papel. Y aquí, como en toda buena película de miedo, el reparto importa más que el guion.

El reparto, uno por uno

Vamos por orden, como en los créditos.

Primero, la rubia platino. Vestido blanco, labios rojos. Es el arquetipo más antiguo del género, la heroína en apuros, la que grita mirando hacia arriba con las manos en las mejillas. En el cine de los años cincuenta era casi obligatoria. Su vestido blanco tiene una función muy clara: que se vea bien en la oscuridad, que la cámara la encuentre aunque corra por un bosque de noche.

Segundo, el chico asustado con un arañazo en la cara. Este ya ha recibido. El arañazo dice que el asunto empezó hace rato, que la noche se ha torcido y que él no sabe cómo ha llegado hasta ahí. Es el amigo, el novio, el hermano pequeño. El que en los carteles suele aparecer mirando por encima del hombro.

Tercero, el enmascarado. Capucha, cuchillo ensangrentado. No tiene cara, y eso es lo que le hace temible. En el terror, la máscara es una promesa de que debajo podría estar cualquiera. El vecino, el profesor, el tío simpático de las barbacoas.

Y cuarto, en el centro, el protagonista. Tupé, camisa abierta, mirando a cámara con cara de saber más que nadie. Este es el personaje que le interesa al planeta. Porque en un cartel de terror, el que mira a cámara sin miedo nunca es inocente del todo.

La pregunta del título

El autor lo dice en su ficha con mucha gracia: lo divertido es preguntarse quién es la víctima, quién el asesino y quién solo pasaba por allí.

Esa tercera categoría es la más interesante. El que solo pasaba por allí. En toda película de miedo hay un personaje así: el repartidor de pizzas, el policía que llega tarde, el amigo del amigo que se apuntó a la excursión porque no tenía nada mejor que hacer. Suele morir en el minuto veinte, sin haber entendido de qué iba la historia. Es el personaje más humano del reparto, porque es lo que somos casi todos en las historias ajenas: alguien que pasaba por allí.

El planeta ha pasado por allí muchas veces. En cenas donde dos amigos rompían delante de todos. En portales donde una vecina discutía con su marido. En grupos de mensajes donde estallaba una guerra que no era suya. Y siempre con la misma sensación: la de ser un figurante en la película de otro. Un figurante que, si se descuida, sale herido.

Las reglas del género

Hay una película de 1996 que convirtió las reglas del terror en un chiste dentro del propio terror. Se llama «Scream», la dirigió Wes Craven, y sus personajes sabían que estaban en una película de miedo. Se pasaban la noche enumerando normas: no digas nunca «ahora vuelvo», no te separes del grupo, no bajes al sótano. Y aun así morían, porque saber las reglas no te salva. Te da, como mucho, la satisfacción de reconocer tu final.

Esa película empezaba con una sorpresa que nadie esperaba: la actriz más famosa del cartel, Drew Barrymore, moría en los primeros minutos. Fue un golpe al casting. El público daba por hecho que la estrella aguantaría hasta el final, y Craven le enseñó que en su película el cartel mentía.

El planeta piensa en esto al mirar la portada de «Casting». ¿Quién es la estrella? ¿La rubia, que ocupa tanto espacio? ¿El tupé, que mira a cámara? El cartel ordena a los personajes, pero los carteles, ya lo sabemos, mienten.

La chica final

Una profesora estadounidense, Carol J. Clover, acuñó a finales de los ochenta una expresión que se ha quedado para siempre: la «final girl», la chica final. Es la superviviente del slasher, la que llega viva a los créditos después de que todos sus amigos hayan caído. Suele ser la más prudente, la más observadora, la que se fija en los detalles que los demás pasan por alto. Jamie Lee Curtis en «Halloween», de John Carpenter, es el ejemplo de manual.

Fotogramas del videoclip oficial de «Casting», de Mike Sain't Louis

Clover se fijó en algo curioso: esa chica final era a menudo un personaje un poco aparte, menos pendiente de la fiesta, con un nombre que podría ser de chico, con una mirada que no encajaba del todo. El público, fuera quien fuera, acababa identificándose con ella.

Al planeta le parece que muchos chicos maricas de pueblo han sido chicas finales sin saberlo. El que observaba. El que no encajaba en la fiesta del instituto. El que se fijaba en cada gesto del grupo porque de eso dependía no meterse en líos. El que sobrevivió a la adolescencia a base de prudencia y atención. Llegó vivo a los créditos. Con algún arañazo, como el chico del cartel, pero vivo.

El monstruo que se parecía a nosotros

Hay una historia que el planeta cuenta siempre que sale el tema del terror y lo queer. James Whale, el director de «El doctor Frankenstein» de 1931 y de «La novia de Frankenstein» de 1935, era un hombre abiertamente gay en el Hollywood de su época, algo rarísimo entonces. Muchos críticos han leído en sus películas una ternura especial hacia el monstruo: la criatura rechazada, perseguida por una multitud con antorchas, que solo quiere un amigo. Su vida inspiró una película posterior, «Dioses y monstruos», con Ian McKellen haciendo de Whale.

Y luego está el caso de «Pesadilla en Elm Street 2», de 1985, que durante años fue la película de terror más comentada en clave gay. Su protagonista masculino, Mark Patton, salió del armario mucho después, y en 2019 se estrenó un documental sobre aquello con un título irresistible: «Scream, Queen! My Nightmare on Elm Street».

El terror siempre ha tenido un sitio para lo marica, aunque fuera escondido detrás de una máscara o de un monstruo de tornillos en el cuello. A veces la persona queer era el monstruo. A veces era quien lo entendía. El protagonista del tupé, con su camisa abierta y su mirada de saberlo todo, parece haberse leído toda esa historia antes de posar.

Más risa que miedo

El autor deja claro que la portada homenajea con mucho cariño ese terror de serie B que da más risa que miedo. Y aquí el planeta se pone serio, porque eso de dar más risa que miedo es todo un arte.

La serie B es el cine de los pocos medios y las muchas ganas. Decorados de cartón, sangre de un rojo imposible, monstruos con la cremallera a la vista. Ed Wood, considerado durante décadas uno de los peores directores de la historia, rodó películas que hoy se ven con un cariño enorme precisamente por eso. Tim Burton le dedicó una película entera en 1994, con Johnny Depp con un jersey de angora, prenda que el verdadero Ed Wood adoraba ponerse.

Eso es lo camp. Susan Sontag lo explicó en sus notas de 1964: lo camp es la seriedad que fracasa, el exceso que se toma tan en serio a sí mismo que acaba resultando adorable. Un monstruo de goma que pretende aterrar y provoca carcajadas. Una rubia que grita demasiado. Un villano con capa que se ríe solo. El planeta ama todo eso con un amor sin ironía.

Una canción del catálogo que ya sabía el final

El catálogo del planeta tiene otra canción que usa exactamente esta imagen. Se llama «Spoiler» y habla de una relación que ya se sabe cómo va a acabar desde los primeros «me gusta». Su narrador lo dice con una frase que podría ir impresa en el cartel de «Casting»:

Si quieres te hago un spoiler de esta película de terror de serie B

Ahí está todo. La relación como película mala, con el final previsible. El narrador que ha visto ya tantas que adivina cada giro. Y la decisión de no dejarse asustar esta vez, porque en la misma canción aparece otra línea que funciona como antídoto:

lo acabamos dejando , pero esta vez soy inmune, no me va a doler

Inmune. Como la chica final que ya conoce las reglas. Puestas una al lado de la otra, «Spoiler» y «Casting» parecen dos carteles de la misma sesión doble. En una el narrador cuenta el final. En la otra, el reparto posa antes de que empiece la película. El planeta las pondría seguidas en una noche de palomitas.

El casting de la vida real

El planeta no puede evitar llevarse el título a su terreno. Un casting es una prueba. Alguien te mira, te mide y decide si vales para un papel. Y la vida queer está llena de castings que nadie convoca en voz alta.

Collage con un detalle de la carátula de «Casting» y las carátulas de «Spoiler», «Marica chill», «El día de la liberación»

El casting familiar, donde se decide quién será el hijo ejemplar y quién el raro. El casting del colegio, donde se reparten los papeles de popular, empollón y blanco de las bromas. El casting de las aplicaciones de ligar, con sus fotos de perfil y sus listas de requisitos. El casting del trabajo, donde a veces conviene no tener demasiada pluma para que te den el papel.

En todos esos castings hay alguien que decide por ti qué personaje vas a hacer. Y la pregunta del título se vuelve muy seria: ¿te tocó hacer de víctima? ¿Te obligaron a hacer de monstruo? ¿O conseguiste quedarte en el centro del cartel, con tupé y camisa abierta, mirando a cámara?

El que mira a cámara

Vuelve el planeta al protagonista del centro, porque no deja de pensar en él. En el cine clásico, mirar a cámara era casi una falta de educación. Rompía la ilusión. Quien miraba al objetivo le decía al público: sé que estás ahí.

Ese chico del tupé mira así. Y su cara de saber más que nadie sugiere que conoce el guion entero. Quizás es el asesino, que ya sabe lo que va a pasar. Quizás es el superviviente, que ha visto todas las películas y no piensa bajar al sótano. Quizás es el director disfrazado de actor, colándose en su propio cartel como hacía Hitchcock en sus películas.

Hay una canción del catálogo con una frase que al planeta le recuerda a esa mirada. Es «Marica chill», toda ella playa y abanico, pero con una línea que define muy bien la pose del cartel:

Y si me miran, I wink back

Si me miran, guiño. Esa es la actitud del protagonista de «Casting». Lo están mirando desde la butaca, desde la pared del videoclub, desde la pantalla del móvil. Y él devuelve la mirada sin pestañear. Con un guiño implícito.

Historias para no dormir

España tiene su propia tradición de miedo televisivo y el planeta no puede dejarla fuera. Narciso Ibáñez Serrador, a quien todo el mundo llamaba Chicho, presentaba en los años sesenta «Historias para no dormir», y salía al principio de cada episodio con una seriedad tan teatral que ya era medio broma. Generaciones enteras se fueron a la cama con el cuerpo cortado después de verle.

También está Paul Naschy, el actor madrileño que se pasó media vida haciendo de hombre lobo en películas de presupuesto modesto que hoy tienen seguidores en medio mundo. Sus carteles, con colmillos, lunas llenas y damas desmayadas, se parecen mucho al de «Casting». Ese mismo aire de cine de barrio, de programa doble, de sesión de tarde con bocadillo.

La portada de «Casting» pertenece a esa familia. No al terror moderno, con su sangre digital y sus sustos calculados al milímetro. Al terror de antes, el que se veía en pandilla, tapándose los ojos con los dedos abiertos.

La casa de la colina

Antes de los personajes, la casa. El planeta no quiere pasar de largo por ella, porque en el cine de miedo la casa también tiene papel en el reparto, y a veces es el más importante.

En 1959 la escritora estadounidense Shirley Jackson publicó «La maldición de Hill House», una novela en la que el edificio parece tener voluntad propia. Un año después, Alfred Hitchcock plantó en lo alto de una cuesta la casa de los Bates en «Psicosis», una silueta oscura recortada contra el cielo que todo el mundo reconoce aunque no haya visto la película. Desde entonces, cualquier casa sola en una colina, con una ventana encendida, es una amenaza.

La casa de la portada de «Casting» cumple con todos los requisitos. Está arriba, lejos, iluminada por una luna que no ayuda nada. Es el sitio al que nadie debería ir y al que, por supuesto, todos irán. Porque si no fueran, no habría película.

Al planeta le hace gracia que muchas casas así, en la vida real, fueran precisamente los sitios donde las personas queer encontraban refugio. La casa del tío soltero al que nadie visitaba. El caserón de la amiga artista al final del pueblo. La casa rara de la colina, de la que se contaban cosas. A veces, lo que el pueblo llamaba casa encantada era solo una casa donde se vivía con libertad.

Reinas del grito

La rubia del vestido blanco merece un apartado propio, porque pertenece a una dinastía. En inglés existe una expresión para las actrices que se hicieron famosas gritando en películas de miedo: «scream queen», la reina del grito.

Ficha de la canción «Casting» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Fay Wray, la mujer que King Kong sostenía en la mano en la película de 1933, fue de las primeras. Su grito se convirtió en parte de la leyenda. Después vinieron muchas más, y Jamie Lee Curtis heredó el título a finales de los setenta. Hacer de reina del grito tiene muchísimo mérito: hay que aterrarse de forma creíble delante de un monstruo de goma y un equipo de rodaje comiendo bocadillos.

El público queer siempre ha adorado a estas mujeres. Las imita en las fiestas, les dedica números de drag, las cita en los grupos de amigas. Hay algo profundamente camp en el grito de terror teatral, en la mano en la frente, en el desmayo calculado sobre una alfombra. La rubia platino de la portada, con sus labios rojos, está a un segundo de dar ese grito. Y el planeta, desde la butaca, ya está preparado para imitarlo.

Hay quien dice que gritar en el cine es de mala educación. El planeta opina lo contrario cuando se trata de serie B. En esas películas, el grito del público forma parte del espectáculo, igual que los aplausos en un concierto o los olés en un tablao. Una sesión de terror retro en silencio es una sesión desperdiciada.

Cómo montar la noche

El autor termina su ficha con un consejo muy concreto: guárdala para una noche de pelis con amigos, entre palomitas y gritos. El planeta se toma los consejos de su autor muy en serio, así que propone un pequeño protocolo.

Hacen falta cuatro personas como mínimo, una por cada papel del cartel. Se reparten por sorteo al principio de la noche: la rubia platino, el chico del arañazo, el enmascarado y el protagonista del tupé. Cada uno debe comportarse como su personaje durante la película. La rubia grita con cada crujido. El del arañazo se queja de todo. El enmascarado no habla. Y el del tupé comenta en voz alta quién va a morir y en qué orden.

Palomitas con mucha mantequilla, luces apagadas y una manta para esconderse. Se pone «Casting» antes de la película, como si fuera el tráiler. Y se apuesta: quien adivine quién muere primero, elige la película de la semana siguiente.

Lo que el cartel no dice

El planeta quiere ser honesto con quien lee. Todo lo anterior sale del cartel, del título y de la ficha de su autor. La letra de la canción, cuando se publique, puede ir por un camino completamente distinto. Quizás el casting es literal, una prueba de actores. Quizás es una metáfora de algo que el planeta ni sospecha. Por eso esta entrada no inventa versos ni resume una historia que no conoce.

Lo que sí se sabe es lo que se ve. Y lo que se ve es un homenaje lleno de cariño a un tipo de cine que se hacía con cuatro duros y muchas ganas, con un protagonista que ha decidido ponerse en el centro y mirar de frente. Eso, en un disco que se llama «El día de la liberación», ya dice bastante.

Dónde ver la película completa

La canción tiene videoclip oficial y se puede escuchar en Spotify. Quien quiera saber quién firma estas cosas tiene la ficha en prensa: letras escritas por él, sin máquinas, y sonido y voces vestidos con herramientas de inteligencia artificial.

Y si después de la sesión doble a alguien le apetece seguir con la estética de lo inquietante y lo divertido a la vez, el planeta recomienda darse una vuelta por el manicomio rosa de la galería, que tiene ese mismo aire de sitio donde pasan cosas raras con mucho estilo.

Las luces se encienden. Alguien ha tirado las palomitas. La rubia platino se ha quedado dormida en el sofá. Y el del tupé, desde el centro de la habitación, sonríe como si lo hubiera sabido desde el principio.

Preguntas frecuentes

¿De qué va «Casting»?

Su portada es un cartel de cine de terror retro: casa encantada en una colina, luna llena, una rubia platino, un chico asustado con un arañazo, un enmascarado con cuchillo y un protagonista con tupé. Su autor explica que el título juega con elegir quién hace cada papel y con la duda de quién es la víctima y quién el asesino.

¿Se puede leer ya la letra?

Todavía no. La ficha de la web la anuncia como próxima, así que aquí no se cita ni un verso de «Casting». Los versos que aparecen son de otras canciones publicadas del catálogo.

¿En qué disco está y cuándo salió?

Forma parte de «El día de la liberación» y su fecha de estreno es el 22 de junio de 2026. Tiene videoclip oficial y está en Spotify.

¿Quién está detrás?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño. Escribe sus letras sin IA y usa herramientas de inteligencia artificial para el sonido y las voces.

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