Cultura
Videoclub de terror del Planeta Gayfolk: estanterías de miedo en las letras de Mike Sain't Louis
Por Mike Sain't Louis ·

Hubo un tiempo en que los viernes por la noche se decidían en un videoclub. Un local de barrio con moqueta gastada, un mostrador con caramelos y un señor que sabía qué película te iba a gustar antes de que abrieras la boca. Al fondo, siempre al fondo, el pasillo de terror. Las carátulas más feas y más fascinantes de la tienda: cuchillos, máscaras, casas con una sola ventana encendida.
Las letras de Mike Sain't Louis tienen ese pasillo. No una canción suelta de miedo, sino una estantería entera, con secciones. Hay slasher, hay vampiros, hay tortura, hay casa encantada, hay serie B y hay hasta una sección de máscaras. Este texto la recorre como se recorría un videoclub: despacio, cogiendo cada caja, leyendo la contraportada y volviendo a dejarla en su sitio.
Una advertencia antes de entrar. Ninguna de estas canciones es una película. Son canciones sobre relaciones, sobre narcisistas, sobre miedo de verdad. El terror es la forma de contarlo. Y como en todos los videoclubs, los monstruos de las carátulas son personajes: los villanos privados de las letras son inventados, aunque las películas que se citan son muy reales.
Novedades: el slasher en pijama y bata
En la balda de novedades, con la carátula de frente y no de lado, está «Igual que en las pelis slasher», del primer álbum de la trilogía, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».
El slasher es el subgénero del asesino que persigue a sus víctimas una a una, normalmente con un arma blanca y casi siempre en un sitio del que no se puede salir: una casa, un campamento, un pueblo. Tiene sus reglas fijas. Alguien pregunta en la oscuridad si hay alguien ahí. Nadie contesta. La protagonista corre en ropa de estar por casa. La policía tarda.
La canción coge esas reglas y las mete en una pelea de pareja. Empieza como un anuncio de mercadillo, «¡Compren compren! / Señoras y señores», y enseguida presenta al villano con un apodo de los que no se olvidan: «El medio metro miserable / Me está amenazando otra vez / Con los animales». Y explica por qué: «Sabe que es lo único / Que me duele / Y por eso lo hace, el miserable».
Ahí aparece la frase que da título a la canción y, justo después, la escena de manual: «Hola Hola Hola Holaaaaaaaaa / ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien puede ayudarme? / ¿Estoy yo sola? ¿Viene a matarme?». Es la llamada en la oscuridad de cualquier slasher, la de la chica que baja al sótano con una linterna. Solo que aquí la protagonista no ha bajado al sótano: ha salido a la calle «Con pijama y bata».
El pijama y la bata son la gran idea de la canción. En el slasher clásico la víctima corre en camisón; aquí corre en bata de casa, que es menos cinematográfico y mucho más español. Y en lugar de huir, hace algo inesperado: se planta delante de la gente y pregunta, como en una subasta, cuánto pagarían por saber las andanzas del villano. «Cuanto pagarían / por tener información muy detallada / todas sus ubicaciones, horas, fechas, mensajes». La víctima se convierte en reportera. El cuchillo, en un expediente.
La contraportada de esta caja diría algo así: una víctima que no se esconde en el armario, sino que sale en bata a contarlo todo. Y como no podía faltar en el planeta, la propia letra se compara con otra serie al final: lo que pasa es «como exige un buen guión / de La que se Avecina». El slasher acaba en comedia de vecinos.
Clásicos de los setenta: La matanza de Texas
Pasillo adelante, en la sección de clásicos, está la caja más gastada de todo el videoclub. «La matanza de Texas» es una película estadounidense de 1974 dirigida por Tobe Hooper, de las que fundaron el terror moderno. En el planeta, la caja contiene «Como en la matanza de Texas», también del primer álbum.

La canción no habla de motosierras. Habla de lo que viene después de huir: de pedir ayuda y que no sirva de nada. La escena central es la de la película, contada desde la víctima de una relación: «Y vas corriendo gritando y buscando ayuda / Como en la matanza de Texas, ¡nadie contesta!».
Luego llega la parte más amarga, que cualquiera que haya visto cine de miedo reconoce. Alguien abre por fin la puerta, escucha la historia, se compadece y va a llamar a la policía. Y entonces: «pero como siempre pasa en las películas, / Sobre todo en las de terror, ¡Qué decepción! / llega el vampiro emocional detrás, / le quita al buen hombre también la energía». Remate: «¡De nada sirve la policía!».
Esta canción explica mejor que ninguna por qué el terror le sirve tanto a las letras del planeta. Quien ha vivido una relación con un narcisista conoce esa sensación de película: contarlo y que no te crean, o que te crean y luego el otro aparezca con su mejor sonrisa y lo deshaga todo. La letra lo dice en una línea: «Una máscara de inocencia, difícil de sospechar».
Pasillo de vampiros
La misma canción tiene un pie en la estantería de al lado, la de vampiros. Su villano es, con todas las letras, un «vampiro emocional, depredador sin piedad», que «Succionas las fuerzas a toda velocidad». El vampiro emocional no muerde el cuello: «Muerdes sin sangrar, pero dejas cicatriz». Y se alimenta de algo muy concreto: «Te alimentas de esperanza y la conviertes en sal».
El vampiro es el monstruo más elegante del videoclub, el que entra en la casa solo si le invitas. Por eso funciona tan bien para hablar de narcisistas: la víctima abre la puerta, el seductor entra con buenos modales y, cuando se le ve el colmillo, ya está sentado en el sofá.
En «El castigo más duro», del segundo álbum, el vampiro cambia de lado. Ahora es la propia voz de la canción, herida, la que parece un monstruo a ojos de los demás: «No me salen las palabras / Tienen pinchos y destrozan / De Mi boca. me Sale tanta sangre / la gente que pasa cerca se cree / que soy un vampiro que llora bajo la luz de la luna». Es una de las imágenes más bonitas y más tristes del catálogo. El monstruo de la carátula, visto de cerca, está llorando.
La sección prohibida: Saw
Todo videoclub tenía una estantería que los padres miraban de reojo. La de las películas de tortura. En el planeta, esa balda la ocupa una sola referencia, pero muy precisa.
«Saw» es una película de 2004 dirigida por James Wan, la primera de una larga saga en la que un asesino somete a sus víctimas a trampas mecánicas. Una de las más famosas es un aparato que se coloca en la cabeza. «El castigo más duro» la cita para explicar qué pasaría si la voz de la canción dijera todo lo que piensa de golpe: «Hay palabras que si salieran de golpe / Se activaría la máscara ínter craneal / de la peli de Saw versión completa sin censurar».
La referencia es tremenda y, a la vez, tiene un punto cómico: «versión completa sin censurar», como quien pide en el mostrador la edición del director. Así funciona el terror en el planeta. Nunca es solo miedo. Siempre hay alguien pidiendo la edición especial.
Lo que viene después en la letra no es de película, sino de vida real: borrar siete años de fotos del iPhone, de Google Fotos, de la nube. «Estos siete años los tendré que borrar del iPhone, Google fotos, Movistar cloud, One Drive». La tortura de verdad, sugiere la canción, no es la trampa de Saw. Es el castigo silencioso: el que hace creer «que no vales nada».
Casa encantada: La casa de los mil cadáveres
Al lado de los clásicos, una caja de los dos mil. «La casa de los mil cadáveres» es una película de 2003, la primera que dirigió el músico Rob Zombie. En el planeta presta su título a «La casa de los mil cadáveres», un sainete de escalera con olor a cementerio.

Aquí la casa encantada es un bloque de vecinos. El ex ha comprado a medio edificio: «Has comprado al portero por medio pollo / Y al vecino del tercero por uno entero». El terror es social: todos los de la escalera están de su parte, y la voz de la canción se siente sola en un edificio lleno de gente. Por eso se compara con una víctima de película: «Me siento como Pepi Valladares / En la casa de los mil cadáveres».
La canción, sin embargo, no acaba en grito. Acaba en entierro simbólico: «Hoy te he olvidado y te he enterrado». Y después, en una lista de arrepentimientos que empiezan todos igual, «Si yo hubiera sabido… / Si hubiera captado… / Si hubiera detectado tus mentiras al comienzo», hasta llegar a la risa: «Y ahora que lo pienso, me río de mi suerte». La casa encantada se queda atrás, con su portero comprado por medio pollo. La voz sale a la calle.
Como en tantas películas de casas malditas, el miedo no está en los fantasmas sino en los vivos. Pero esta casa tiene una ventaja sobre las del cine: se puede uno mudar.
Estantería de serie B
En todo videoclub había una estantería sin orden, con carátulas desteñidas y títulos imposibles. La serie B: películas baratas, previsibles, con efectos de cartón piedra. Las que se alquilaban para reírse.
En el planeta, esa estantería tiene una caja con un título de una sola palabra: «Spoiler», del segundo álbum. La canción cuenta, paso a paso, cómo una pareja empieza a tontear por redes con otros: primero «me gusta» a fotos de Madonna, luego foto de perfil «posando con los labios perfectos», luego «diez me gusta en el de las abdominales». Y cuando el otro se ofende, llega la frase que da la clave: «Si quieres te hago un spoiler de esta película de terror de serie B».
La idea es buenísima. Si tu relación es una película de serie B, el final se ve venir desde la primera escena. No hay giro. No hay sorpresa. Solo el mismo guion de siempre con actores distintos. Y como en la serie B, el terror se convierte en algo casi cómico. Hasta el desenlace está escrito: «lo acabamos dejando, pero esta vez soy inmune, no me va a doler».
La protagonista de serie B que ya ha visto la película diez veces sabe exactamente cuándo va a salir el monstruo del armario. Y esta vez no se asusta.
Sección de máscaras
Las carátulas de terror están llenas de máscaras: de hockey, de cuero, de fantasma. Detrás de cada máscara hay alguien que finge ser otra cosa. En el planeta, la máscara es la imagen favorita para hablar de hipocresía.

«Mentes diabólicas», del primer álbum, empieza como un teatro: «"El mundo es un teatro, donde todos actuamos", / "Con máscaras de hierro, mentiras proyectamos"». Y tiene uno de esos versos que podrían ser el lema de un videoclub de terror entero: «Susurros de engaño, verdad en ataúd». La verdad, enterrada en una caja, esperando a que alguien la desentierre.
El diario de la web dedicó una nota al cine de terror y la cultura queer, que explica con calma por qué el público LGTBI se ha identificado durante décadas con el monstruo y con quien se esconde. Las máscaras de las letras dan una vuelta más a esa idea. Aquí el monstruo no es el diferente. Es el que se disfraza de normal.
Al fondo: fantasmas y ruido
En la última estantería, la que tiene menos luz, hay canciones en las que el terror se ha metido dentro de la cabeza. No hay asesino ni casa. Solo ruido.
«Ruido en mi mente», del segundo álbum, está escrita como una película de terror psicológico. Hay un «reloj parado» que «grita su tic», «espejos partidos», un pasado que «se sienta al filo de mi cama», una luna que «se burla con su carcajada idiota». Y la frase que podría ir en la carátula: «Mis propios fantasmas no dejan de gritar».
Es la estantería más seria del videoclub. Aquí el miedo no tiene villano con apodo ni comedia de vecinos. Es la ansiedad contada con el lenguaje de las películas de casas encantadas. Si alguna vez la cabeza te suena así, con ruido que no para, hablar con alguien ayuda, y en España el 024 atiende a cualquier hora a quien lo necesite.
El rótulo de neón
Hay una caja en este videoclub que todavía no se puede abrir. «Ataúd de neón», del tercer álbum, «El día de la liberación», tiene un título que parece pensado para el escaparate: un ataúd, que es lo más fúnebre del mundo, iluminado con neón, que es lo más festivo. Su letra todavía no está publicada en la web, así que este texto no la cita. Pero el título solo ya resume la estética del pasillo entero: terror con purpurina.
Por qué tanto terror
Después de recorrer las estanterías, la pregunta es inevitable: ¿por qué un proyecto lleno de humor, de folclóricas y de fiesta alquila tantas películas de miedo?
La respuesta está en las propias letras. El terror tiene un vocabulario perfecto para lo que cuesta nombrar. «Vampiro emocional» explica en dos palabras lo que un manual explica en veinte páginas. «¡Nadie contesta!» resume la soledad de quien pide ayuda y no la recibe. «Máscara de inocencia» describe al seductor mejor que cualquier diagnóstico. El género lleva décadas entrenando al público para reconocer el peligro. Las canciones aprovechan ese entrenamiento.
Además, el terror permite reírse del miedo. Es la otra cara del género: las palomitas, los gritos en el cine, la carcajada nerviosa después del susto. Una víctima que sale en pijama y bata a subastar los secretos del villano, un ex que compra al portero «por medio pollo», una relación que se resume como «película de terror de serie B». El miedo, contado así, se encoge. Y lo que se encoge se puede dominar.
Hay también algo de memoria generacional. Quien creció alquilando cintas en un videoclub de barrio reconoce al instante la «máscara ínter craneal de la peli de Saw» o la carrera de «La matanza de Texas». Las letras hablan ese idioma compartido, el de los sustos de los viernes por la noche en el sofá, y lo usan para contar cosas que no tienen nada de película.
Y luego está el placer del género, que no hay que olvidar. A mucha gente le gusta pasar miedo en el sofá porque sabe que, cuando se acaben los créditos, encenderá la luz y todo seguirá en su sitio. Las canciones de esta estantería ofrecen algo parecido. Cuentan situaciones angustiosas con un ritmo que se puede bailar y con un humor que se puede compartir. Al terminar, la luz se enciende. Y quien ha vivido algo parecido se da cuenta de que no era el único personaje de esa película, que había otros en otras casas, corriendo en bata por otras escaleras.
Lo que este videoclub no alquila
Hay cosas que no están en ninguna de estas estanterías, y conviene decirlas. Las letras del planeta no describen sangre con detalle ni convierten la violencia en espectáculo. La sangre que aparece es la de unas palabras que «Tienen pinchos», la de un vampiro al que la letra le dice «Muerdes sin sangrar». El terror está en la sensación, no en la carnicería.

Tampoco hay glamour en el villano. En el cine de terror, el asesino a menudo acaba siendo el personaje más famoso de la saga, el que sale en las camisetas. En las canciones, no. El villano tiene apodos ridículos, «el medio metro miserable», «el moreno de las dos caras», «maldita cucaracha». Nadie se haría una camiseta con su cara. Es una decisión muy clara: al monstruo de verdad no se le da protagonismo, se le quita.
Y hay una frase de «Igual que en las pelis slasher» que deja de ser película en cuanto se lee con calma: el villano amenaza «con los animales», porque «Sabe que es lo único / Que me duele». Fuera de la canción, amenazar a alguien con hacer daño a sus animales es una forma de violencia y de control, no una pelea de pareja. Si te pasa, no es una exageración ni una escena de cine: se puede pedir ayuda y denunciar, y si hay peligro inmediato, el número es el 112.
En las películas, la víctima siempre se pregunta por qué nadie la cree. En la vida real, conviene que alguien la crea a la primera.
Cómo alquilar esta estantería
Para quien quiera hacer su propia sesión de terror del planeta, aquí va un orden posible, como un ciclo de cine de barrio. Se empieza por la serie B, «Spoiler», para entrar en calor con humor. Se sigue con el slasher, «Igual que en las pelis slasher», que mezcla el miedo con la comedia de vecinos. Después, el clásico, «Como en la matanza de Texas», con su vampiro emocional. Luego la casa encantada, «La casa de los mil cadáveres», y la sección prohibida, «El castigo más duro». Para cerrar, con la luz apagada, «Ruido en mi mente».
Todas las letras están en el archivo de letras, y se pueden leer mientras suena la canción, igual que se leía la contraportada antes de meter la cinta en el vídeo.
Ficha técnica
«Igual que en las pelis slasher» es una canción del primer álbum de la trilogía GAYFOLK, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y se puede escuchar en Spotify. La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.
El videoclub cierra a medianoche. El dependiente apaga el rótulo, cuenta la caja y deja las devoluciones para mañana. Las cintas, rebobinadas, por favor. Y si al volver a casa oyes un ruido en la escalera, no preguntes si hay alguien ahí. Ya sabes cómo acaba.
Preguntas frecuentes
¿Qué canciones de Mike Sain't Louis hablan de cine de terror?
Entre otras, «Igual que en las pelis slasher», «Como en la matanza de Texas», «El castigo más duro» (que cita Saw), «La casa de los mil cadáveres», «Spoiler» (una «película de terror de serie B») y «Mentes diabólicas».
¿De qué trata «Igual que en las pelis slasher»?
De alguien que se siente amenazado por un personaje al que la letra llama «el medio metro miserable», y que vive la situación como la protagonista de una película slasher: «¿Hay alguien ahí? ¿Alguien puede ayudarme?».
¿Por qué usa tanto el terror en sus letras?
Porque el género sirve para nombrar el miedo dentro de una relación tóxica: el vampiro emocional, la máscara, la llamada que nadie contesta. El público LGTBI, además, tiene una relación larga con el cine de miedo.
¿Los personajes de estas canciones son reales?
No. Los personajes privados de las letras, como el «medio metro miserable», son inventados. Las películas citadas sí son reales.
¿En qué disco está «Igual que en las pelis slasher»?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primera parte de la trilogía GAYFOLK.