Camp español
Catálogo de subasta del rellano: los lotes de «Igual que en las pelis slasher»
Por Mike Sain't Louis ·

«¡Compren compren! / Señoras y señores / ¡Compren compren!»
Así empieza. No con un acorde de terror ni con una puerta que chirría. Con un pregón.
Es el grito de cualquier domingo por la mañana en el Rastro, entre Cascorro y la Ribera de Curtidores, cuando el señor del puesto de calcetines se sube a una caja de fruta y vende seis pares por cinco euros como si fueran la última remesa de oro de Indias. Es el grito de la teletienda de madrugada, la del cuchillo que corta una lata y luego un tomate. Es el grito del subastador que levanta el martillo y mira a la sala con las cejas arriba.
Y en pocos segundos, «Igual que en las pelis slasher» convierte ese mercadillo en otra cosa. Una película de miedo. Con bata.
El diario ya contó esta canción desde el lado del miedo, en «Terror en pijama y bata». Hoy vamos a cogerla por el otro extremo, por el del pregón. Porque si la canción empieza vendiendo, lo justo es tratarla como lo que dice ser: una subasta. Hay catálogo, hay lotes y hay un público de vecinos que pujan desde el rellano.
Aviso de la sala, antes de empezar: los personajes de esta letra son inventados. El «medio metro miserable», el «moreno de las dos caras» y su coordinación de mentiras son criaturas de ficción, tan reales como el asesino de la máscara de hockey. Aquí se subastan personajes, no personas.
Se abre la puja.
Lote 1: un pregón de mercadillo, en buen estado
El primer lote es la voz del vendedor, y viene sin estrenar.
La tradición del pregón es antiquísima. Antes de la radio y de la tele, las ciudades sonaban a gente vendiendo a gritos: el afilador con su chiflo, el colchonero, la del «¡a la rica agua fresca!», el trapero que pasaba por los patios. En Madrid hubo pregones famosos que acabaron en zarzuelas y en sainetes, porque si algo sabía el teatro popular era que la calle ya venía con banda sonora.
La canción recoge ese pregón y lo pone al principio con toda la intención del mundo. «Señoras y señores» es la fórmula de quien se dirige a un público. Es la misma que usa el presentador de un concurso, el maestro de ceremonias de un circo y la vecina que baja a la junta de la comunidad con el acta de la última reunión en la mano.
Es decir: antes de contarnos nada, la canción nos convierte en público. Nos sienta en el patio de butacas. Y nos avisa de que lo que viene se vende.
Precio de salida: lo que valga un chisme bien contado. Que, en este país, es mucho.
Lote 2: un villano de medio metro, con defectos de fábrica
El segundo lote es el malo. Y viene con su nombre artístico puesto.
«El medio metro miserable / Me está amenazando otra vez / Con los animales»
Tres versos y el personaje queda retratado de cuerpo entero (aunque el cuerpo, según la letra, no dé para mucho). El apodo es de patio de colegio y de escalera de vecinos a partes iguales. «El medio metro» no es un insulto elaborado: es de los que se gritan desde una ventana. Y «miserable», al final, le pone la firma de folletín.
Pero lo que importa no es el apodo. Es el «otra vez». Ese «otra vez» convierte la escena en serie. No es la primera amenaza. Es la temporada tres.
Y luego, el arma. Los animales. La letra lo explica con una claridad que no necesita adorno: él sabe que es lo único que de verdad le duele al narrador, y por eso lo hace. Es la crueldad del que conoce tu punto débil y aprieta justo ahí. No hay cuchillo de cocina, no hay sierra mecánica. Hay algo peor: un chantaje con lo que más quieres.
Quien tenga perro, gato o un canario que pía a las siete de la mañana entiende de inmediato por qué esto es una película de terror.
Este lote se vende con una advertencia de la casa: en la vida real, hacer daño a un animal es un delito, y desde 2023 España tiene una ley de bienestar animal que lo deja todavía más claro. En la canción, el villano amenaza. En la sala, el público abuchea.
Lote 3: un grito de sótano con eco incluido
El tercer lote es el estribillo, y es la pieza estrella de la subasta.

«Hola Hola Hola Holaaaaaaaaa / ¿Hay alguien ahí? ¿Alguien puede ayudarme?»
Esa «a» final, estirada como un chicle hasta que se rompe, es la firma sonora de cien películas. Es la chica que baja al sótano con una linterna que parpadea. Es la canguro que oye un ruido en la planta de arriba. Es el campamento de verano junto al lago, de noche, cuando alguien grita el nombre de una amiga que ya no va a contestar.
El slasher como género tiene sus clásicos. «Halloween», de John Carpenter, en 1978, con Jamie Lee Curtis cuidando niños la noche de las calabazas. «Viernes 13», en 1980, con su campamento de Crystal Lake. «Pesadilla en Elm Street», en 1984, con un asesino que te mata en sueños. Y en 1996 «Scream», de Wes Craven, que hizo algo que el planeta adora: reírse de las reglas del género mientras las cumplía todas. Sus personajes sabían que no hay que decir «ahora vuelvo», que no hay que bajar al sótano y que no hay que preguntar si hay alguien. Y lo hacían igual.
La canción hace exactamente eso. Sabe que es un cliché, y lo grita con todas sus aes.
Y luego remata con la pregunta más de folletín de todas: «¿Estoy yo sola? ¿Viene a matarme?». El femenino no es casual. Es la protagonista de las películas. La heroína. La que en la teoría del cine de terror se conoce como la «chica final», la que sobrevive cuando han caído todos los demás.
En este planeta, la chica final puede llevar barba. Y bata.
Lote 4: una bata de boatiné y un pijama, casi nuevos
Y aquí llega el lote que justifica la visita a la sala.
«Por eso he venido de repente / Con pijama y bata / Para preguntar a esta gente»
Es la imagen más teatral de la canción, y una de las más divertidas de todo el catálogo. El narrador no aparece en el escenario vestido de gala ni con el traje de luces. Aparece como se aparece en el rellano a las doce de la noche cuando oyes un portazo en el cuarto: pijama, bata y zapatillas, probablemente de las de borreguito.
La bata es la prenda oficial del cotilleo español. Es lo que lleva la vecina que se asoma a la mirilla. Lo que lleva la portera que sale al patio cuando hay jaleo. Lo que llevaba media España en las fotos de la Nochevieja en casa, con las uvas y las campanadas de la Puerta del Sol. Es una prenda que dice «no esperaba salir, pero aquí estoy, y me vais a escuchar».
Mezclar eso con el terror es de las ocurrencias más finas del disco. En las películas, la víctima va en camisón. Aquí va en bata. La diferencia es que el camisón huye y la bata baja a contarlo.
Y lo que baja a contar es una subasta.
Lote 5: un expediente completo, en almoneda
El quinto lote es el más delicado del catálogo, y por eso el subastador baja la voz.

La letra, en su tramo central, pregunta al público cuánto pagaría por tener información detallada del personaje: ubicaciones, horas, fechas, mensajes, actividades comerciales y, con un «mmmm ahhhhhh» que es puro teatro de revista, «las personales, ya sabes…».
Es una escena absurda. Una víctima de película de miedo que, en lugar de huir, monta un remate en el portal y saca a la venta los secretos del villano. Como si el sótano fuera una casa de subastas y la linterna, el martillo.
Lo que hace la canción aquí es darle la vuelta al género. En el slasher, el asesino es el que lo sabe todo de sus víctimas: dónde viven, a qué hora salen, quién se queda sola en casa. Aquí la información cambia de manos. La que gritaba en el sótano ahora tiene el expediente.
Ese es el chiste, y también la pequeña revancha. Pero conviene dejar dicho, como se dice en el catálogo de cualquier casa seria: esto es ficción y es teatro de rellano. En la vida real, ir vendiendo los datos de alguien tiene otro nombre y otro juzgado, y el planeta no recomienda probarlo en casa. En la canción, en cambio, el martillo cae y la sala se ríe, que es para lo que se ha venido.
Lote 5 bis: la mirilla, con vistas al descansillo
Después del expediente, la casa de subastas mete un lote pequeño que no figuraba en el catálogo impreso. Es una mirilla. Una de esas de latón, redondas, que hay en todas las puertas de los pisos de los setenta.
La mirilla es el ojo del rellano. Por ahí se ha visto, en este país, más vida que en cualquier programa de cámara oculta. Quién sube con quién. A qué hora llega el del cuarto. Si la del segundo ha vuelto con el mismo novio o con otro. Si el portero ha subido el paquete de Amazon o se lo ha quedado para fisgar.
La canción no nombra la mirilla, pero la escena entera parece hecha desde ella, como si todo lo que se pone a la venta se hubiera visto a través de una puerta. Es el punto de vista de la vecina cotilla, que el planeta conoce bien porque tiene una canción entera dedicada a ella, y es también el punto de vista del cine de terror, donde la cámara siempre espía detrás de una cortina.
Hitchcock lo hizo película en «La ventana indiscreta», en 1954: un fotógrafo con la pierna escayolada que se pasa el verano mirando a los vecinos del patio hasta que cree ver un crimen. Lo que empieza como cotilleo acaba como thriller.
Esta canción hace el camino al revés. Lo que empieza como thriller acaba como cotilleo.
Y la mirilla, mientras tanto, sigue ahí, redondita, esperando el siguiente portazo.
Lote 5 ter: la teletienda de madrugada
Otro lote fuera de catálogo, porque el pregón del principio tiene dos padres, y el segundo sale en la tele a las tres de la mañana.

Quien haya tenido insomnio en los noventa conoce la teletienda. Señores muy entusiasmados vendiendo cuchillos que cortaban zapatos, fajas que reducían tres tallas en una semana, colchones sobre los que saltaba una señora con una copa de vino que no se derramaba. Y siempre, abajo, un número de teléfono y una frase: «llame ya». Y si llamabas en los próximos diez minutos, te regalaban otro cuchillo.
Ese tono, el del vendedor que no se cree lo que vende pero lo vende igual, es el que tiene el «¡Compren compren!» de la canción. No es el pregonero honrado del mercado que vende tomates de su huerta. Es el de la teletienda, que exagera tanto que acaba siendo un número cómico.
Y eso le da a la subasta del rellano su punto exacto: lo que se vende no es verdad ni mentira. Es espectáculo.
Llame ya. Las líneas están abiertas.
Lote 6: una careta doble, modelo coordinador
El sexto lote es un objeto de colección: la máscara.
Todos los asesinos de slasher tienen la suya. La de hockey, la blanca sin expresión, la del fantasma con la boca abierta. La del villano de esta canción es doble. La letra lo llama «el moreno de las dos caras» y luego «el doble cara miserable que deja siempre herida».
Y después le da un cargo. Coordinador, sí, pero no de nada que se pueda poner en el currículum: «coordinador, sí, pero de la mentira y de la cicatriz». Es uno de esos golpes de letra que son marca de la casa. Coges un título de oficina, de organigrama y de reunión de los lunes, y lo pegas a algo que duele. El resultado es un insulto con membrete.
La máscara de dos caras es más inquietante que cualquier careta de hockey porque no se ve. Una cara para la jefa, otra para la madre, otra para la mejor amiga, y todas sonrientes. La letra lo cuenta: pone verde a todo el mundo a sus espaldas. A la jefa, a la madre, a la compañera, al propio narrador y a la mejor amiga, a la que llama borracha. Y la canción añade, con esa sorna de escalera que tanto le gusta al planeta, que tampoco sorprende, porque lo de borracha también lo decía de la madre.
El villano de los slashers mata con un cuchillo. Este mata con un «oye, no te lo tomes a mal, pero…».
Es el arma más vieja del barrio.
Lote 7: un guion de sitcom, firmado
El séptimo lote es el que cierra la subasta, y lo cierra con una referencia que en España no necesita explicación.
«como exige un buen guión / de La que se Avecina»
«La que se avecina» lleva desde 2007 en Telecinco contando las miserias de una comunidad de vecinos, la del Mirador de Montepinar, con presidentes de escalera que se pelean por las plazas de garaje, juntas que acaban a gritos y vecinas que se enteran de todo antes que nadie. Es la serie más de rellano que ha dado la televisión de este país. Y en el universo de Mike Sain't Louis aparece una y otra vez como medida de los enredos de verdad.
Lo que hace la canción con esa referencia es cambiarle el género a todo lo anterior en un segundo. Hasta aquí era una película de terror. Ahora resulta que era una sitcom. Y lo más gracioso es que las dos cosas son ciertas a la vez: los enredos de escalera, vistos desde dentro, dan miedo; vistos desde fuera, dan risa.
Terror, teletienda y comedia de vecinos en una misma canción. Es el mercadillo de los domingos convertido en programación de televisión.
Las condiciones de la sala
Toda subasta seria tiene sus normas, y esta no iba a ser menos.

La canción dura algo más de cinco minutos, que en el planeta es una sesión larga. Su videoclip está en la web y en YouTube. Forma parte de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», uno de los tres discos de la trilogía GAYFOLK. Y la letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid, escrita sin IA; la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Todo eso, con más detalle, está en la sección de prensa.
La puja es gratis. La canción está en Spotify y en el resto de plataformas, y se descarga desde la web sin pagar nada. El martillo no cobra comisión.
Los vecinos del puesto
En la discografía de la web, este single tiene al lado dos puestos que completan el mercadillo.
Antes está «Andrés», otra letra de personaje con nombre propio (inventado, como todos los de esta saga) y con cuentas pendientes. Después está «Vota Malena Gracia», que convierte la política en campaña electoral de cabaret. Una carta a un personaje, una subasta de rellano y un mitin con lentejuelas. El planeta tiene un don para colocar las canciones como se colocan los puestos en el Rastro: el de discos al lado del de pajaritas, el de tebeos al lado del de muebles viejos.
Y si buscas más cine de terror de serie B en el catálogo, la sesión continúa en «Casting», con su casa encantada en la colina y su reparto completo de película de miedo. O en el resto de la sección de camp, donde el miedo siempre acaba en carcajada.
Por qué funciona la mezcla
Hay quien escucha esta canción y piensa que mezcla demasiadas cosas. Un pregón, un grito de película, una bata, una subasta, un guion de sitcom. Que es mucho para cinco minutos.
Y es mucho. Ese es el plan.
La tradición camp siempre ha funcionado así: coges los géneros que te dieron de pequeño, los que se suponía que tenías que tomarte en serio, y los mezclas hasta que se les ve el truco. El melodrama con el pasodoble. La copla con la discoteca. El terror con la teletienda. No es falta de respeto. Es la forma que tiene una persona de reírse de lo que le daba miedo.
Y aquí está lo importante, lo que la canción esconde debajo de tanto pregón: lo que cuenta daba miedo de verdad. Alguien que amenaza con hacer daño a tus animales. Alguien que habla mal de ti a tus espaldas, y de tu jefa, y de tu madre, y de tu mejor amiga. Alguien que convierte la vida diaria en una casa a oscuras donde preguntas si hay alguien y nadie contesta.
La canción no lo cuenta llorando. Lo cuenta con bata, en el rellano, subiéndose a una caja de fruta y gritando «señoras y señores».
Esa es la otra manera de ser la chica final. No escapar por la ventana. Bajar al portal y contarlo antes de que lo cuente él.
Remate
El subastador mira a la sala por última vez. Ha vendido el pregón, el villano, el grito, la bata, el expediente, la careta y el guion. No queda nada en la mesa.
O casi nada. Queda la luz encendida.
Porque si algo enseñan las pelis slasher, además de no decir nunca «ahora vuelvo», es que la luz encendida lo cambia todo. Con la luz encendida, el sótano se queda en un trastero con una lavadora vieja. El monstruo es un señor de medio metro con dos caras y mal carácter. Y la víctima es alguien en bata que ha decidido que ya está bien.
¡Adjudicado!
A la señora del tercero, que no ha dejado de pujar desde la mirilla.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Igual que en las pelis slasher»?
De un personaje al que la letra llama «el medio metro miserable», que amenaza otra vez al narrador con sus animales. La canción mezcla el pregón de mercadillo, el grito de las películas de terror y un guion de enredo vecinal. Los nombres y personajes de la letra son ficción.
¿En qué disco está?
En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», uno de los tres álbumes de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis.
¿Qué es una película slasher?
Un subgénero del cine de terror en el que un asesino, a menudo enmascarado, persigue a un grupo de jóvenes. Títulos como «Halloween» (1978), «Viernes 13» (1980) o «Scream» (1996) fijaron sus reglas.
¿Quién escribió la canción?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.
¿Dónde está el videoclip?
En YouTube y en la sección de vídeos de gayfolkplanet.com. Dura algo más de cinco minutos.