Salud mental
Familia elegida: los amigos que te sostienen, de las casas del ballroom a la mesa de diciembre
Por Mike Sain't Louis ·

Faltan dos meses para Nochebuena y en muchos grupos de WhatsApp ya ha empezado la pregunta. ¿Tú qué haces este año? ¿Subes al pueblo? ¿Vas a casa de tus padres? ¿Te quedas en Madrid? Parece una cuestión de billetes de tren y de quién lleva el turrón, pero para muchas personas LGTBI es otra cosa. Es la pregunta de en qué mesa te van a llamar por tu nombre, a qué salón podrás llevar a tu novio o a tu novia, y en cuál tendrás que volver a ser «el soltero de la familia» o «la prima que vive con una amiga».
El diario del planeta lleva semanas hablando de heridas: el acoso en el patio, las relaciones que vacían, los diagnósticos que tardan en llegar. Hoy toca hablar de lo que sostiene. De la gente que, sin compartir apellido, se presenta en urgencias, sube un táper de lentejas, contesta un audio a las tres de la mañana y guarda una silla en la cena de diciembre. En la cultura LGTBI eso tiene nombre desde hace décadas: familia elegida.
De las casas de Harlem al piso compartido
La expresión suena a frase de taza de desayuno, pero tiene una historia muy concreta. En la escena ballroom de Nueva York, que creció sobre todo en Harlem a partir de los años setenta, las personas negras y latinas, maricas, trans y travestis se organizaban en «casas». Cada casa tenía una madre, a veces también un padre, compartía un apellido inventado (LaBeija, Xtravaganza, Ninja) y competía en las categorías de los bailes: pasarela, realness, voguing. Pero la casa no era solo un equipo con purpurina. Para muchos chavales a los que su familia había echado por ser quienes eran, la casa era un techo, un plato caliente y alguien mayor que te enseñaba a maquillarte, a buscar trabajo y a sobrevivir a la calle.
El documental Paris Is Burning, de Jennie Livingston (1990), lo enseñó al mundo, y casi treinta años después la serie Pose lo devolvió a la televisión con un reparto trans como no se había visto nunca. El vocabulario se quedó con nosotros: hoy se llama «madre» a la drag que te adopta en tu primera noche de ambiente y «hermana» a quien no lo es por sangre, aunque te conozca mejor que cualquiera.
En España la familia elegida ha tenido otras formas, menos fotogénicas y igual de serias. El piso compartido donde cuatro chicos llegados de provincias aprendieron a ser ellos mismos sin bajar la voz. La pandilla del bar de siempre. La amiga de toda la vida que fue la primera en saberlo y no hizo ninguna pregunta de más. Las asociaciones, con sus grupos de jóvenes y sus meriendas de domingo. Y, en los años más duros del VIH, las redes de amigos que cuidaron a los enfermos cuando algunas familias ni siquiera iban a visitarlos al hospital. Nadie lo llamaba así entonces. Era, simplemente, lo que había que hacer.
Por qué los vínculos protegen la cabeza
Que los amigos sientan bien no necesita un estudio. Pero hay estudios, y conviene conocerlos, porque ayudan a tomarse en serio algo que a veces se trata como un lujo.
En 2010, la psicóloga Julianne Holt-Lunstad y su equipo revisaron 148 investigaciones con más de 300.000 personas y concluyeron que tener relaciones sociales sólidas se asociaba con un 50 % más de probabilidades de supervivencia a lo largo del tiempo estudiado. El aislamiento, dicho de otro modo, no es solo triste: pesa en el cuerpo.
En el caso de las personas LGTBI hay un dato más incómodo. El Family Acceptance Project, de la Universidad Estatal de San Francisco, publicó en 2009 en la revista Pediatrics un trabajo dirigido por Caitlin Ryan: los jóvenes adultos lesbianas, gays y bisexuales que habían vivido un rechazo familiar intenso en la adolescencia tenían 8,4 veces más probabilidades de haber intentado suicidarse y casi seis veces más de presentar niveles altos de depresión que quienes habían sentido poco o ningún rechazo.
El psicólogo Ilan Meyer lo explicó con el modelo del estrés de minorías: además de los problemas de cualquiera, las personas LGTBI cargan con un estrés añadido. La vigilancia constante, el cálculo de dónde se puede dar la mano, el insulto que llega o que se teme. Y en ese mismo modelo aparece lo que amortigua: el apoyo social, sentirse parte de un grupo que entiende sin que haya que explicarlo todo desde el principio.
Eso hace un buen grupo de amigos. No arregla nada por arte de magia, pero reduce el aislamiento, devuelve la sensación de que lo que te pasa tiene sentido y resuelve cosas muy prácticas: quién te acompaña al médico, quién te presta un sofá, quién te recuerda que has comido mal toda la semana. Lo que no hace es sustituir a una psicóloga o a un psiquiatra. Una amiga que escucha es un tesoro; una amiga convertida en terapeuta a jornada completa acaba agotada, y con razón.
Cuando la familia de origen no acepta
El rechazo no siempre es un portazo. A veces lo es: la maleta en el rellano, el teléfono que deja de sonar. Pero muchas veces adopta formas más pequeñas y más difíciles de nombrar. La aceptación con condiciones: «haz lo que quieras, pero que no se note». El «no lo traigas en Navidad». El silencio que se instala cada vez que sale el tema. El nombre equivocado, dicho a propósito, en la sobremesa. La broma del cuñado que todos ríen menos tú.
Si te reconoces en algo de esto, dos ideas. La primera: no es culpa tuya. No hay una manera correcta de ser hijo, hija o hije que hubiera evitado la reacción de otros. La segunda: elegir familia no obliga a romper con la de origen. Hay quien necesita distancia total, y está en su derecho. Hay quien mantiene un vínculo a medio gas, con visitas cortas y temas acotados. Y hay familias que cambian con los años. Los propios investigadores del Family Acceptance Project insisten en que incluso gestos pequeños de aceptación, como defenderte ante un comentario o llamar a tu pareja por su nombre, marcan una diferencia en la salud de los hijos.
Si eres menor, o si alguien te ha echado de casa, no tienes que resolverlo solo. Las asociaciones LGTBI de tu ciudad suelen tener servicios de orientación y saben dónde derivar. En España, la Fundación ANAR atiende a menores en el 900 20 20 10, y COGAM ofrece asesoría psicológica gratuita, con cita a través de su WhatsApp de información en el 602 25 22 43.
Lo que se canta en plural
En el catálogo de Mike Sain't Louis abundan los «tú»: el ex, el narcisista, el hater, la suegra. Pero hay canciones que se escriben en primera persona del plural, y en este tema dicen mucho.
«Boys Like Us» tiene un verso que, leído despacio, resume la paradoja de la familia elegida: «We walk alone / On glitter streets». Caminamos solos, dice, pero lo dice en plural. Es la soledad de quienes no encajaban en su casa ni en su barrio, compartida por fin con otros que tampoco encajaban. Solos, juntos. Por eso el estribillo puede permitirse prometer «Boys like us / We never fall»: no porque nadie se caiga nunca, sino porque cuando uno tropieza hay otros brazos cerca.
«Madrid to Benidorm», el himno de carretera y Orgullo, va un paso más allá en su última estrofa: «We stand united, side by side, / For every heart that’s been denied». Por cada corazón al que se le dijo que no. Es casi una definición de familia elegida: un grupo que se forma alrededor de los que fueron rechazados, y que hace del rechazo un motivo para estar juntos, no para esconderse.
Y luego está la versión más desconfiada, la de «La de la Capilla Sixtina», que jura no volver a fiarse de nadie «Que no sea mi gente / O mi Patry». Ahí la familia elegida aparece como excepción a la regla, un círculo pequeño que se salva cuando todo lo demás ha fallado. Tres canciones, tres tamaños de grupo: la pandilla, la multitud y dos o tres nombres de confianza. Todos valen.
Cuidar y pedir cuidado sin llevar la cuenta
Una familia elegida no se mantiene sola. Hay que regarla, como las plantas del piso compartido que siempre acaban muriéndose en agosto. Algunas ideas que ayudan, sin convertir la amistad en un reglamento:
- Pregunta en concreto. «¿Qué tal?» se contesta con un «bien» automático. «¿Has comido hoy?», «¿cómo has dormido?» o «¿te paso a buscar el sábado?» abren más puertas.
- Reparte el peso. Si una sola persona sostiene a todo el grupo, tarde o temprano se rompe. Que la cosa circule: hoy escuchas tú, mañana te escuchan a ti.
- Di lo que necesitas. Pedir cuidado da vergüenza, sobre todo a quien ha aprendido a no molestar. Ayuda ser específico: «no quiero consejos, solo que me escuches», «¿puedes llamarme el domingo?».
- Pregunta directamente si te preocupa alguien. Si un amigo habla de no querer seguir, preguntarle si está pensando en quitarse la vida no le mete la idea en la cabeza; los profesionales coinciden en que abre la conversación. Escucha sin juzgar y acompáñale a pedir ayuda. El 024 atiende también a familiares y amigos que no saben qué hacer.
- Pon límites también tú. Cuidar cansa. Decir «hoy no puedo, mañana sí» no es abandonar a nadie.
- Revisa el grupo de vez en cuando. Elegida significa que se puede volver a elegir. Si un grupo vive del cotilleo, de la burla o de que siempre pague el mismo, también se puede tomar distancia.
Diciembre, con una silla de más
Las fiestas de diciembre tienen la costumbre de subrayar lo que falta. La cena familiar de la tele, los anuncios de turrón con abuelos que abrazan, la presión de estar contento en fecha fija. Para quien no tiene sitio en la mesa de origen, o lo tiene a costa de esconderse, diciembre puede ser el mes más largo del año.
Merece la pena prepararlo con tiempo, igual que se reserva el tren:
- Decide antes dónde quieres estar, no dónde se supone que debes estar. Una Nochebuena con amigos, con cada uno trayendo un táper y la música demasiado alta, es tan Nochebuena como cualquier otra.
- Si vas a casa de tu familia y te cuesta, ten un plan de salida: billete de vuelta, una amiga de guardia al otro lado del móvil, un paseo a mitad de la sobremesa.
- Abre la puerta a quien se queda solo. En cada ciudad hay gente que no va a ninguna parte en Navidad. Una invitación sin dramatismo («somos seis, cabe uno más») puede cambiarle el mes a alguien.
- No te fíes de las caras de fiesta. Hay quien brilla en la foto de Nochevieja y lo está pasando fatal. Un mensaje el 26 o el 2 de enero, cuando todo se apaga, vale oro.
Desde Latinoamérica la estampa es otra: en Buenos Aires, Santiago o Montevideo la Nochebuena se cena en manga corta y a veces en la terraza. Pero la pregunta de fondo es la misma en todas partes. Y la respuesta también puede serlo: una mesa donde a cada uno se le llama por su nombre.
Si ahora mismo lo estás pasando mal
Si sientes que no puedes más o piensas en quitarte la vida, pide ayuda hoy. En España, llama al 024, la línea de atención a la conducta suicida: gratuita, confidencial y disponible las 24 horas, también para quien está preocupado por otra persona. Si hay peligro inmediato, llama al 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717. En Latinoamérica y en el resto de Europa, llama al número de emergencias de tu país; en findahelpline.com encontrarás las líneas de ayuda de cada lugar.
Habla con alguien de confianza, aunque sea con un mensaje corto. Y busca ayuda profesional: tu médico de familia puede ser la primera puerta. Las canciones acompañan y los amigos sostienen, pero ninguna de las dos cosas sustituye a una terapia. Toda la serie de salud mental del planeta, con más recursos, está en esta guía.