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Salud mental

Mayores LGTBI: la generación que abrió la puerta, la soledad no deseada y el miedo a volver al armario en la residencia

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Ilustración: una puerta en arco abierta y llena de luz dorada sobre un planeta rosa, con un camino de luz que baja hacia el espectador, dos mecedoras rosas vacías a cada lado mirando a la puerta, un gran planeta fucsia con anillo y una luna creciente en un cielo violeta estrellado, y una cuadrícula de neón en el suelo

Hoy, 25 de octubre, la Fundación 26 de Diciembre cumple dieciséis años. Se constituyó como fundación en 2010 para atender a las personas LGTBI mayores, y su nombre no es un capricho del calendario: el 26 de diciembre de 1978 se firmó la ley que sacó la homosexualidad de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. Es decir, la fundación lleva en el nombre el día en que querer a alguien de tu mismo sexo dejó de ser, para esa ley, un «estado peligroso».

Quienes tenían veinte años aquel invierno rondan hoy los setenta. Algunos pasaron por comisarías. Otros enterraron a media agenda en los años del sida. Muchos se casaron con quien no querían, o no se casaron nunca, y casi todos aprendieron muy pronto a medir cada palabra. Esta nota del diario va de ellos: de la generación que abrió la puerta por la que hoy entramos los demás sin pedir permiso, y de lo que les está pasando ahora que les toca envejecer.

Una ley con nombre de amenaza, y después el virus

La Ley 16/1970, de Peligrosidad y Rehabilitación Social, entró en vigor en 1971 y heredaba el espíritu de la vieja Ley de Vagos y Maleantes. Incluía, en su lista de «supuestos de estado peligroso», a quienes realizaran «actos de homosexualidad». Las consecuencias podían ser el internamiento durante meses o años, la prohibición de vivir en un lugar determinado o la vigilancia. El régimen llegó a tener centros específicos en Huelva y en Badajoz para «rehabilitar» a hombres homosexuales y bisexuales.

La reforma de diciembre de 1978 quitó ese supuesto, pero el resto de la ley siguió viva hasta el Código Penal de 1995. Y el «escándalo público» se siguió usando durante años contra parejas que se besaban en la calle. La Asociación de Ex Presos Sociales calculaba que unas 5.000 personas fueron detenidas por ser homosexuales durante la dictadura. Cuando por fin llegaron las indemnizaciones, a finales de la década de 2000, se hablaba de 12.000 euros de pago único o de una pensión de unos 800 euros al mes, y de apenas una treintena de supervivientes en condiciones de pedirlas. El procedimiento se reguló en el Real Decreto 710/2009, que exigía demostrar el internamiento y declarar que se sufrió «por su condición de homosexual». Imagina firmar eso a los setenta para cobrar por lo que te quitaron a los veinte.

Ya hay en este planeta una lectura de «Franco ha muerto» que mira aquella época con la risa como arma.

A la persecución legal le siguió, casi sin respiro, la del virus. Los años ochenta y noventa dejaron a muchas personas LGTBI que hoy son mayores con una experiencia que el resto de la población solo conoce en las guerras: ver morir a buena parte de tu gente en muy poco tiempo, a menudo sin que las familias de origen dejaran a la pareja entrar en el hospital ni en el funeral. El diario ya recordó esa herida en «VIH: memoria y presente».

Hay noches en que alguien de esa generación abre una caja de fotos y se da cuenta de que casi nadie de la imagen sigue vivo. Eso también es envejecer siendo LGTBI. Y el virus no es solo memoria: muchas de las personas que sobrevivieron siguen en tratamiento, con lo que eso supone para la salud a largo plazo, y el diagnóstico tardío se ceba precisamente con los mayores. Según el Ministerio de Sanidad, en 2023 el 18,3 % de los nuevos diagnósticos de VIH en España fueron en personas de 50 años o más, y el 61,5 % de ellos llegó tarde. Detrás de esa cifra hay una idea muy extendida: que a partir de cierta edad ya no se tiene sexo, y por tanto no hace falta preguntar ni ofrecer la prueba.

Soledad no deseada: los datos

La soledad no deseada es un problema de salud pública reconocido, y en el colectivo pesa más. El Barómetro de la Soledad No Deseada 2024, de la Fundación ONCE y la Fundación AXA, la sitúa en el 20 % de la población española, y señala que entre las personas LGTBI es quince puntos más alta que entre las heterosexuales.

Para los mayores del colectivo, el estudio de referencia sigue siendo el que presentó la FELGTB en 2019 con 145 entrevistas a personas LGTBI de más de 55 años. Sus cifras, recogidas por EFE y por Infocop, merecen leerse despacio:

  • Cerca del 40 % vivía en soledad.
  • Alrededor del 30 % tenía síntomas de depresión o ansiedad, aproximadamente el triple que la población general de su edad.
  • El 58 % estaba preocupado por envejecer, y el 67 % creía que envejecer es más difícil siendo LGTBI.
  • Solo el 24 % de quienes eran visibles en el trabajo entre los 31 y los 50 años seguía siéndolo después de los 50.
  • Cerca del 45 % no había contado su orientación o identidad a su médico.

Muchas de estas personas no tienen hijos, o los tienen de matrimonios de conveniencia con los que la relación es complicada. Otras perdieron a su familia de origen al salir del armario. Esa red que el resto da por hecha, la de los hijos que llaman los domingos y los nietos que vienen en verano, a menudo no existe. Lo que existe, cuando existe, es la familia elegida: amigas y amigos que también se hacen mayores, que también enferman y que a veces se van antes.

Volver al armario a los ochenta

Hay un miedo que se repite en casi todos los testimonios: el de tener que esconderse otra vez al entrar en una residencia. Tiene lógica. Una residencia es un espacio en el que dependes de otras personas para cosas muy íntimas, compartes habitación o comedor con gente que creció con los mismos prejuicios que te persiguieron, y el personal no siempre ha recibido formación. En un reportaje de El Salto, José Benito Eres, presidente de la asociación catalana GAG, lo resumía así: «el personal de las residencias no está preparado para atender la diversidad afectivo-sexual». Su entidad da cursos de sensibilización precisamente ahí.

Volver al armario no siempre es un gran gesto. Suele ser una suma de gestos pequeños. Guardar en un cajón la foto de la pareja que murió. Decir «mi amigo» cuando era tu marido. Callarse en la sobremesa cuando alguien hace un chiste. Dejar de ponerte el pañuelo que te gustaba. En México, la organización Apapacho, Comunidad LGBT+60, que trabaja en Guadalajara, contaba en 2024 que muchos mayores de la diversidad sexual regresan al clóset al ir a vivir con familiares o al entrar en un asilo, y en su encuesta a 98 personas el 37 % vivía en soledad. Cambian los países y los nombres; el miedo es el mismo.

El videoclip de «Trasto viejo» tiene un plano que viene aquí como un guante: un pasillo largo y blanco de residencia, con retratos en blanco y negro colgados a los lados y dos personas que caminan hacia el fondo, de espaldas. La letra no habla de vejez. Habla de un objeto. Pero el vídeo la llena de personas mayores, y entonces cada verso cambia de peso: «Trasto viejo, tirado, olvidado, / Abandonado, utilizado». Es exactamente lo que nadie quiere sentir cuando le dejan en el «contenedor más apartado», que es como se llama en la canción al lugar adonde se lleva lo que ya no se quiere ver.

El edadismo de casa

Conviene decirlo sin rodeos: no todo el problema viene de fuera. El ambiente gay tiene una relación complicada con la edad, y en este planeta hay una canción que la retrata con mala leche. En «Buscando el polvo perfecto», el perfil que bloquea a todo el mundo en Grindr suelta: «Eres un abuelo y no estás marcado, / Yo soy dios y tú estás desgastado». Es una caricatura, y se ríe del que la dice, no del que la recibe. Pero funciona porque todos hemos leído frases parecidas en alguna aplicación.

El catálogo, además, se resiste a la idea de que la vejez queer sea triste por definición. «Envejecer» gira alrededor de una pregunta que cualquiera querría oír: «¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?». La canción es amarga por un engaño, pero la imagen que defiende, la de dos hombres mayores de la mano, es la misma que la generación de la Ley de Peligrosidad no pudo enseñar en público. En su videoclip aparecen justo así: dos señores de pelo blanco que se ríen frente al mar. Que esa imagen hoy salga en un vídeo y se pueda escuchar en Spotify o descargar gratis en esta web es, en parte, obra suya.

El diario ya habló de esto en «Envejecer siendo LGTBI» y en «Lo que le debemos a quienes vinieron antes». Hoy toca lo práctico: qué hay y qué hacemos.

Lo que ya existe, a un lado y otro del Atlántico

En España, la referencia es la Fundación 26 de Diciembre, impulsada por Federico Armenteros. Desde 2022 tiene un centro comunitario para personas mayores LGTBI en la calle Fray Ceferino González, en Lavapiés, con atención psicosocial, talleres, gimnasia de mantenimiento, comidas compartidas o, simplemente, un sitio donde tomarse un café sin disimular. Gestiona también pisos compartidos para personas LGTBI en situación vulnerable y prepara la Residencia Josete Massa, en la calle Arroyo Bueno de Villaverde, en un edificio que la Comunidad de Madrid cedió en 2018: 62 plazas residenciales y 15 de centro de día. Lleva el nombre de la primera persona a la que atendió el servicio de ayuda a domicilio de la fundación, que le dejó sus bienes para que otras tuvieran la casa que ella no llegó a tener. En octubre de 2025 el edificio seguía en rehabilitación, tras años de retraso: en 2024 la fundación denunciaba falta de financiación y la negativa de los bancos a prestar dinero para una residencia de mayores, algo que Armenteros llamaba, con razón, edadismo.

En el plano legal, la Ley 4/2023, la llamada ley trans y LGTBI, dedica su artículo 73 a las personas mayores LGTBI. Que se cumpla depende de residencias, ayuntamientos y servicios sociales concretos.

En Latinoamérica también hay quien abrió camino. En Ciudad de México, la activista trans Samantha Flores fundó la asociación Laetus Vitae y la casa de día Vida Alegre, abierta en 2018 en la avenida Xola, con consultas médicas, apoyo psicológico, clases de internet y cineclub, todo gratis. Flores empezó a luchar después de que el sida se llevara a muchos de sus amigos, y lo resumía en una frase: «vivir y envejecer de manera digna es un derecho humano». En Buenos Aires, en el barrio de Constitución, funciona la Casa del Orgullo, presentada como el primer centro de jubilados LGBT de Argentina, abierto a cualquiera que no discrimine.

Qué podemos hacer los demás

No hace falta fundar nada para ayudar. Hay cosas pequeñas que cambian mucho:

  • Preguntar y escuchar. Si tienes cerca a una persona LGTBI mayor, pregúntale por su vida. Muchas han pasado décadas sin poder contarla entera.
  • Llamar. A la vecina del cuarto, al amigo que se jubiló y ya no sale, a la tía soltera de la que nadie sabe nada. La soledad no deseada se rompe con frecuencia, no con grandes gestos.
  • Revisar el propio edadismo. En las aplicaciones, en los chistes, en quién invitamos a la fiesta. La generación que abrió la puerta no debería quedarse fuera de ella.
  • Hacer voluntariado o donar a entidades como la Fundación 26 de Diciembre o a los programas de mayores de las asociaciones LGTBI de tu ciudad.
  • Exigir formación en residencias, centros de día y servicios de ayuda a domicilio, públicos y privados. Si tienes a un familiar en una, pregunta si el personal la ha recibido.
  • Facilitar la prueba del VIH sin presuponer edad. Los profesionales sanitarios pueden ofrecerla también a partir de los 50.
  • Cuidar de tu propia vejez. Hablar con tus amistades de cómo queréis haceros mayores, dejar por escrito quién quieres que te acompañe y no esperar a los setenta para construir la red.

Y si eres tú quien se hace mayor y lo está pasando mal, lo que sientes tiene nombre y tiene ayuda. No es exageración ni capricho, y no es tarde.

Si necesitas ayuda

  • 024: línea de atención a la conducta suicida en España, gratuita, confidencial y disponible las 24 horas.
  • 112: emergencias en España y en toda la Unión Europea.
  • En Latinoamérica y en el resto de Europa, llama al número de emergencias de tu país.
  • Fundación 26 de Diciembre, atención psicosocial a personas LGTBI mayores, con sede en Madrid.
  • Pide cita en tu centro de salud o con un profesional de la psicología, y habla con alguien de confianza. Las canciones acompañan, pero no sustituyen a la terapia. Pedir ayuda a los setenta es tan válido como a los veinte.

Todos los recursos de la serie están reunidos en la página de salud mental del diario.

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