Salud mental
Carta al niño que fui
Por Mike Sain't Louis ·

Antes de leer. Este texto habla de infancia, de culpa y de heridas antiguas, sin detalles. Si eres menor y lo estás pasando mal, el Teléfono ANAR atiende gratis en el 900 20 20 10 y en el 116 111. Si piensas en quitarte la vida, sea cual sea tu edad, llama al 024. Si hay peligro inmediato, al 112.
Hay un ejercicio que se repite en consultas de psicología, en talleres de escritura y en grupos de apoyo. Consiste en coger un papel y escribirle una carta al niño que uno fue. No al adulto de ahora, no a la persona que te hizo daño, no a tus padres. Al niño. Al de los siete, los diez o los catorce años, con su mochila, su flequillo y sus miedos.
Parece una cursilada, y a lo mejor lo es. Pero tiene una lógica sencilla: muchos adultos siguen tratando a ese niño con la misma dureza con la que lo trató el mundo. Le siguen echando la culpa. Le siguen diciendo que exageraba, que era raro, que algo habría hecho. Escribirle una carta obliga a cambiar de tono. A hablarle como se le habla a un crío que tienes delante, no como se habla de un expediente.
Este Diario no es una consulta, y no pretende serlo. Pero el catálogo de Planeta Gayfolk está lleno de canciones que miran hacia atrás, y algunas hacen preguntas que solo se pueden responder con una carta. Así que vamos a intentarlo.
«Una pregunta que llega treinta años tarde»
En «Como Macaulay Culkin en El buen hijo» hay un verso que funciona como la primera línea de una de estas cartas, pero escrita al revés. En vez de consolar al niño, lo interroga:
¿Fui de niño un diablo malvado como Macaulay Culkin en El buen hijo? Si no, no me lo explico
Es una pregunta terrible, y a la vez muy común. La hace quien no entiende por qué ahora, de adulto, le cuesta tanto lo que a otros les sale solo. La canción lo dice sin rodeos: «¿Por qué la gente sale con amigos, tiene citas / Sexo y encuentros con extraños / Y a mí me cuesta taaaaaantooooooo». Y busca la explicación en el pasado, en el niño, como si el niño tuviera la culpa.
Este Diario ya escribió sobre la culpa que busca motivo y sobre la película de verdad que cita el título. Hoy la pregunta interesa por otra cosa: porque es exactamente la que una carta al niño que fuiste debería contestar. Y la respuesta, casi siempre, es no.

«Lo que Mike ha contado, y lo que no»
Conviene ser claro. Mike Sain't Louis ha contado en público que es superviviente de bullying, de abusos sexuales repetidos en la infancia y de abuso narcisista en dos relaciones de pareja. Ha contado también que a los 41 años le diagnosticaron una depresión mayor y otros trastornos, y que una buena psicóloga le está ayudando. Lo cuenta en la serie de salud mental de este Diario, sin nombrar a nadie y sin dar detalles.
Este texto no va a añadir ni un dato más. No va a imaginar el colegio de Mike, ni a inventar escenas de su infancia, ni a ponerle palabras en la boca. Lo que sigue no es la carta de Mike a su niño. Es una carta modelo, escrita por el Diario, que cualquier lector puede copiar, tachar y reescribir con su propia letra. El niño de cada uno es de cada uno.
Lo que sí se puede decir es que la canción, con su verso sobre la «inocencia interrumpida», deja ver el sitio exacto donde esa carta haría falta. Lo demás lo pone quien la escriba.
«Querido niño que fui»
La carta podría empezar así:
Querido niño que fui:
No eras un diablo. No eras malo, ni raro de una forma que mereciera castigo. Eras un niño. Te gustaban cosas que a otros niños no les gustaban, o te gustaban de otra manera, y eso no es un delito. Si alguien te llamó algo en el patio, en el comedor o en el vestuario, el problema era de quien lo dijo.
Ya sé que entonces no lo sabías. Pensabas que si te portabas mejor, si hablabas más bajo, si movías menos las manos, la cosa pararía. Y no paraba. No paraba porque no dependía de ti.
Tampoco tenías la culpa de lo que te hicieron los adultos. Ninguna. Ni por callar, ni por no saber explicarlo, ni por no haberte defendido. Un niño no tiene que defenderse de los mayores. Los mayores tienen que proteger a los niños. Si no lo hicieron, fallaron ellos.
Te voy a contar algo que te va a costar creer: llegarás a adulto. Te costará, y habrá años malos, muy malos. Pero llegarás. Y un día escribirás canciones, o pintarás, o bailarás, o simplemente te sentarás en una terraza con alguien que te quiere, y te acordarás de este niño con más cariño que el que te tuvieron entonces.
«La silla al revés»
La foto de portada de esta nota no se eligió al azar. Mike aparece en un comedor de instituto, sentado al revés en una silla roja, con un traje de cuadros azules y solapas rojas, mirando de frente. Detrás, alumnos comiendo, mesas, ventanales.
El comedor del colegio o del instituto es uno de esos sitios donde muchos niños LGTBI aprendieron a hacerse pequeños. Dónde sentarse, con quién, cómo comer sin llamar la atención. La foto le da la vuelta a todo eso: el adulto vuelve al comedor, se sienta como le da la gana y no se esconde. La silla al revés es casi un gesto de patio, de chulería adolescente, pero aquí funciona como respuesta. Como la carta: volver al sitio donde dolía y quedarse.
«Lo que la carta no tiene que hacer»
Escribir al niño que uno fue tiene sus trampas, y es bueno conocerlas.
La primera es convertir la carta en un juicio. «Deberías haber dicho algo», «deberías haberte ido», «deberías haber sido más fuerte». No. La carta no es para corregir al niño. Es para acompañarlo.
La segunda es pretender que la carta lo cure todo. No lo hace. Puede aliviar, puede abrir una puerta, puede hacer llorar de una forma que sienta bien. Pero si lo que hay detrás son abusos, traumas o una depresión, hace falta ayuda profesional. Este ejercicio funciona mejor cuando se hace acompañado de alguien que sepa sostenerlo, no a solas a las tres de la mañana.
La tercera es obligarse a perdonar. La carta no tiene por qué perdonar a nadie. Puede estar llena de rabia contra quienes hicieron daño. Lo único que no debe hacer es dirigir esa rabia contra el niño.
«Otras canciones del planeta que miran atrás»
No todas las canciones del catálogo que hablan de la infancia son tristes. «No me despiertes al niño» juega con la palabra de una forma completamente distinta, en clave de humor: su portada pone a un hombre con barba, tatuajes, babero y chupete en una habitación infantil, y la letra se limita a pedir, una y otra vez, «No me despiertes al niño, déjalo que siga durmiendo». El Diario ya le dedicó un reglamento de guardería. Es un buen recordatorio de que el niño interior también tiene derecho a la risa, a la siesta y a la tontería.
Y «Una ilusión», que no habla de la infancia sino de un presente encerrado entre cuatro paredes, dice algo que muchos adultos podrían firmar: «Siempre apartado entre tanta gente». Esa sensación de estar en medio de todos y no estar con nadie suele tener raíces antiguas. Una carta al niño que uno fue es, a veces, la forma de empezar a entender de dónde viene.
Todas estas canciones forman parte de la trilogía GAYFOLK, y se pueden buscar una a una en la página de singles. Las letras las escribe Mike; la música y la interpretación vocal se hacen con IA.
«Por qué cuesta tanto escribirla»
Mucha gente que prueba este ejercicio se queda bloqueada en la primera línea. No es casualidad. Hablarle con cariño al niño que uno fue significa admitir que ese niño necesitaba un cariño que no tuvo. Y eso duele más que seguir culpándolo.
Para muchas personas LGTBI hay además una dificultad añadida. El niño que fueron era, precisamente, el que intentaban esconder. El que hablaba con una voz que luego aprendieron a cambiar, el que jugaba a cosas que luego dejaron de nombrar. Volver a mirarlo de frente es volver a mirar lo que durante años se trató como un defecto.
Por eso la carta suele salir mejor cuando no se fuerza. Se puede empezar por una sola frase. Se puede escribir en un móvil, en una servilleta, en el margen de un cuaderno. Se puede escribir hoy un párrafo y mañana otro. Y se puede dejar a medias, que también es una forma de decir algo.
Hay quien prefiere empezar mirando una foto de aquella época, si la tiene. Otros, escuchando una canción que les acompañaba entonces. En un planeta hecho de canciones, esa segunda opción tiene todo el sentido: a veces basta un estribillo para volver a tener diez años.
«Una plantilla para escribir la tuya»
Si te apetece probar, aquí va una estructura sencilla. No hay que seguirla al pie de la letra.
- Empieza por su nombre. El que te llamaban en casa, el diminutivo, el mote cariñoso. Escribir el nombre del niño ya cambia el tono.
- Dile lo que nadie le dijo. Que no tenía la culpa. Que era suficiente. Que no estaba roto.
- Cuéntale algo bueno del futuro. Una persona, un sitio, una canción, una tarde. No hace falta que sea grande.
- Pídele perdón si lo necesitas. Por las veces que, de adulto, lo trataste mal. Por las veces que repetiste las palabras de otros.
- Despídete con una promesa pequeña. «Te voy a cuidar», «voy a pedir ayuda», «voy a dejar de hablarte así».
Algunas personas guardan la carta. Otras la leen en voz alta en consulta. Otras la rompen. Todo vale. Lo importante es haberla escrito.
«Si la carta remueve demasiado»
Puede pasar que al escribir salgan cosas que llevaban mucho tiempo guardadas. Si te ocurre, para. No hay prisa. Habla con alguien de confianza o con un profesional. Si eres menor, el Teléfono ANAR (900 20 20 10 y 116 111) atiende gratis y de forma confidencial. Si en algún momento piensas en hacerte daño, llama al 024, que funciona las veinticuatro horas. Si hay peligro inmediato, al 112.
El resto del Diario tiene más textos sobre salud mental, escritos con el mismo cuidado, y el Universo GAYFOLK explica el planeta del que salen estas canciones. En el blog de Mike hay otra forma de acercarse a ellas, en primera persona.
El niño que fuiste no necesitaba ser otro. Necesitaba que alguien le dijera que estaba bien así. Nunca es tarde para decírselo.

