Planeta Gayfolk

Humor

Reglamento de una guardería con barba: «No me despiertes al niño», en susurros

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Portada de «No Me Despiertes al Niño», canción de Mike Sain't Louis

«Shhh.»

La madre se lleva el dedo a los labios. Ha tardado cuarenta minutos en dormirlo. Le ha dado el biberón, le ha cambiado el pañal, le ha puesto la música de los móviles que giran encima de la cuna, le ha acariciado la espalda, se ha quedado de pie en la penumbra contando hasta cien. Y justo cuando sale de puntillas, llega alguien dando un portazo con las llaves en la mano.

«No me despiertes al niño.»

Se dice en susurros. Con los dientes apretados. Con una amenaza implícita que todo el mundo entiende: si ese niño se despierta, aquí va a correr la sangre.

Mike lo escribe en su ficha con una precisión de antropólogo: es una frase que todos hemos oído en casa, dicha en susurros y con amenaza implícita. Y luego hace con ella lo que hace el planeta Gayfolk con casi todo lo que encuentra en el salón de casa: sacarla de contexto y ponerla encima de una imagen que la convierte en otra cosa, mucho más pícara.

La imagen es la portada de «No me despiertes al niño». Una habitación infantil con su cuna de barrotes, un osito de peluche en la estantería y estrellas en la pared. Hasta ahí, todo normal. Y luego los protagonistas. Un hombre con traje azul de cuadros y camisa abierta. Y a su lado, de la mano, otro hombre tatuado y con barba que lleva gorrito de encaje, babero, pañal y chupete.

El niño, dice Mike, gasta barba y tatuajes.

La letra no está publicada todavía. En /letras pone «próximamente», y el planeta no va a inventarse lo que pasa en la canción. Lo que sí puede hacer, en voz muy baja para no despertar a nadie, es redactar el reglamento de esa guardería. Toda habitación infantil tiene sus normas. Esta también.

Norma primera: aquí se habla bajito

Lo primero que exige una habitación con un niño dormido es silencio.

Mike lo convierte en la última frase de su ficha, que es casi una instrucción de uso: bajito, por si acaso, que el niño tiene el sueño ligero. Es una broma, claro. Pero tiene gracia que una canción se presente pidiendo que la pongas bajo, cuando la mayoría de las fichas del planeta piden lo contrario. Sube el volumen, ponla a tope, que tiemble la bola de espejos. Esta no. Esta, en susurros.

El susurro es un registro muy concreto. Es el idioma de las madres en el pasillo, de los amantes en la cama, de los cotilleos en la cola de la panadería. Es también el idioma de lo que no se puede decir en voz alta.

Una portada que pide susurro y enseña a un hombre barbudo con chupete está jugando con las dos cosas a la vez. Con la ternura de la guardería y con la complicidad de lo que no se cuenta delante de todo el mundo.

Norma segunda: el niño es el niño

En castellano, «el niño» no siempre es un niño.

En Andalucía, en Madrid, en buena parte del país, «mi niño» es una forma de cariño que se dice a cualquiera. A un hijo de cuarenta años, a un novio, a un amigo, al camarero simpático del bar de abajo. «Ay, mi niño, qué guapo vienes hoy.» Las abuelas lo dicen a los nietos, las madres a los hijos que ya peinan canas, las parejas entre sí cuando nadie las oye.

En las letras de Mike, la expresión aparece con todo su doble filo. En «Bareback», por ejemplo, hay un verso que lo usa como un dardo cariñoso y venenoso a la vez, en plena factura a un ex:

«Mi niño, es que ni para chapero»

Es el «mi niño» de la madre que regaña, aplicado a un adulto que se ha portado fatal.

En la portada de «No me despiertes al niño», la palabra se vuelve literal y absurda. El niño es un niño de verdad en lo que respecta al vestuario: gorrito, babero, pañal, chupete. Y es un hombre hecho y derecho en todo lo demás: barba, tatuajes, tamaño. Es el «mi niño» de las parejas, puesto en imagen con el máximo exceso posible.

Norma tercera: el osito vigila

En la estantería de la portada hay un osito de peluche. Es el testigo silencioso de la escena.

Fotogramas del videoclip oficial de «No me despiertes al niño», de Mike Sain't Louis

Los ositos de peluche tienen una historia curiosa. Se llaman en inglés «teddy bears» por Theodore Roosevelt, el presidente de Estados Unidos, al que en 1902 le pusieron un oso atado para que lo cazara durante una partida de caza y se negó a dispararle por considerarlo antideportivo. Un caricaturista dibujó la escena, un fabricante de juguetes hizo un oso de peluche y le puso el apodo del presidente. Desde entonces, el oso es el juguete que acompaña a los niños a la cama en medio mundo.

En el mundo marica, además, oso es otra cosa. Es el hombre grande, peludo y con barba, la tribu bear que tiene sus bares, sus semanas de fiesta y su bandera propia con una huella de oso. El niño de la portada, con su barba y sus tatuajes, tiene más de oso de la segunda acepción que de bebé.

Así que en esta habitación hay dos osos. Uno de peluche en la estantería y otro de carne y hueso en el pañal. El primero vigila. El segundo, se supone, duerme.

Norma cuarta: se va de la mano

Un detalle de la portada que el planeta no quiere que pase desapercibido: los dos hombres van de la mano.

Es fácil quedarse con el chiste del pañal y el chupete. Es la parte que provoca la carcajada, y Mike lo reconoce: la portada provoca carcajada y doble lectura al mismo tiempo. Pero debajo del chiste hay un gesto que no tiene nada de broma.

Dos hombres de la mano. En una habitación que, por su decoración, es la de una familia.

Durante muchísimos años, la habitación infantil fue el lugar más prohibido de la imaginación marica. Los gais no podían adoptar, no podían tener hijos de forma reconocida, no podían formar una familia con papeles. En España, la adopción conjunta por parejas del mismo sexo llegó con la ley de matrimonio de 2005. Antes, había parejas que criaban a los hijos de uno de los dos sin que el otro tuviera ningún derecho sobre ellos. Si el padre biológico moría, el otro era legalmente un extraño.

Una cuna de barrotes con dos hombres de la mano al lado era, hasta hace no tanto, una imagen que sencillamente no se podía hacer en serio. La portada de Mike la hace en broma. Y en la broma hay algo de revancha.

Ahora que dos hombres pueden tener una habitación infantil de verdad, pueden también reírse de ella.

Hay parejas de dos padres en cualquier colegio público de Madrid. Van a las reuniones del AMPA, discuten por el grupo de WhatsApp de la clase, llevan la merienda al parque y se pelean con los demás padres por el turno del tobogán. Tienen habitaciones con cunas de barrotes, ositos y estrellas en la pared, exactamente como la de la portada. Lo único que no tienen, se supone, es un bebé con barba.

Esa normalidad conquistada es la que permite el chiste. Uno solo se ríe a gusto de lo que ya no le pueden quitar.

Norma quinta: el traje de cuadros manda

El otro hombre de la portada, el que no lleva pañal, viste traje azul de cuadros y camisa abierta.

Es un traje con aire de padre moderno, de señor que trabaja en una agencia de publicidad y lleva a los críos al colegio en bicicleta eléctrica. Pero la camisa abierta le quita la seriedad. No es el padre de los anuncios de seguros. Es otra cosa.

En la jerga gay, la palabra daddy describe al hombre maduro, protector, que se empareja con otro más joven o que asume un papel de cuidado. Es un término que viene del inglés y que se usa desde hace décadas en bares y aplicaciones, con más o menos ironía según el contexto. El hombre del traje de cuadros, de la mano de su niño barbudo, encaja en esa figura sin necesidad de explicación.

El planeta no va a ir más allá de lo que enseña la portada. Lo que pasa en la vida privada de dos adultos que se ponen un pañal o un traje de cuadros es cosa suya. Lo que sí apunta es que la imagen juega con ese código sin ningún pudor y sin ninguna crueldad. Mike lo dice así: le encanta ese humor que juega con lo familiar y lo vuelve camp sin perder la ternura.

Sin perder la ternura. Esa es la clave del reglamento.

Norma sexta: las estrellas de la pared no se tocan

En la pared de la habitación hay estrellas. Son de esas pegatinas que brillan en la oscuridad y que se ponen en el techo de los cuartos infantiles para que el niño no tenga miedo cuando se apaga la luz.

Collage con un detalle de la carátula de «No me despiertes al niño» y las carátulas de «Como Macaulay Culkin en El buen hijo», «Cada cornada», «Brilla bruma»

Esas estrellas fosforescentes son un objeto muy de los ochenta y los noventa. Muchos de los que ahora rondamos los cuarenta las tuvimos en el techo. Se cargaban con la luz del día y por la noche brillaban con un verde pálido durante un rato, hasta que se iban apagando. Si te quedabas despierto lo suficiente, las veías morir.

En un planeta que se llama Gayfolk y que, según la nota de prensa de la trilogía, es un planeta queer imaginario en el espacio, unas estrellas pegadas en la pared de una habitación infantil tienen su gracia. Son el primer cielo que vimos. El primer universo de mentira.

La portada las deja ahí, de decorado. Mike dice que la cuna, el peluche y las estrellas hacen de decorado perfecto para el chiste. El planeta añade que también hacen de decorado perfecto para la nostalgia.

Norma séptima: Peter Pan no paga alquiler

Hay una figura que sobrevuela esta portada como Campanilla sobre los tejados de Londres: Peter Pan.

El niño que no quiere crecer lo inventó J. M. Barrie a principios del siglo XX, primero en una obra de teatro y luego en una novela. Vivía en el País de Nunca Jamás con los niños perdidos, luchaba contra el capitán Garfio y se negaba en redondo a hacerse mayor. En los años ochenta, un psicólogo popularizó la expresión «síndrome de Peter Pan» para hablar de los hombres que no asumen las responsabilidades adultas.

El niño barbudo de la portada podría ser un Peter Pan llevado al extremo. Un adulto que se ha vuelto a meter literalmente en la cuna.

Pero el planeta sospecha que la lectura va por otro sitio. Muchos maricas tuvimos una infancia en la que no pudimos ser niños del todo. Tuvimos que vigilarnos demasiado pronto, esconder juguetes, fingir aficiones, aprender a no llamar la atención. Crecimos deprisa porque no había otra.

A lo mejor, en esta portada, el niño barbudo está recuperando algo de esa infancia que no tuvo. Con pañal y chupete, sí, en clave de chiste. Pero el chiste a veces es la única forma de decir lo que de otra manera daría vergüenza.

Norma octava: los Macaulay no entran

El diario del planeta tiene una nota sobre Macaulay Culkin y los niños de Hollywood, que habla de lo que pasa cuando a un niño lo convierten en producto. Y hay una canción en el catálogo, «Como Macaulay Culkin en El buen hijo», que el planeta ya leyó como una producción interrumpida.

Esas historias son las de los niños de verdad a los que los adultos les quitan la infancia. «No me despiertes al niño» parece la historia contraria: la de un adulto que juega a recuperarla.

No conviene mezclarlas. Una es una herida. La otra, a juzgar por la portada, es un juego entre adultos que saben lo que hacen. En el reglamento de esta guardería, los niños de verdad no entran. Esto es una habitación para mayores con decorado infantil.

Norma octava bis: el encaje es de bautizo

El gorrito de encaje que lleva el niño barbudo merece su propio artículo.

En España, el encaje infantil es cosa de ceremonias. Es el faldón de cristianar que pasa de generación en generación y que la abuela guarda en un cajón envuelto en papel de seda. Es el gorrito del bautizo, el babero bordado con las iniciales, la toquilla de la foto en brazos de la madrina. En pueblos como Almagro, en Ciudad Real, el encaje de bolillos es casi una institución, con mujeres sentadas a la puerta de casa moviendo los palillos a una velocidad que marea.

El encaje, en una cabeza de bebé, dice: este niño es de buena familia, este niño se ha bautizado como Dios manda, este niño tiene abuela.

Puesto en la cabeza de un hombre con barba y tatuajes, el mismo encaje se convierte en otra cosa. Es el ajuar de la abuela llevado a una fiesta que la abuela no habría entendido. O que a lo mejor sí, quién sabe. Hay abuelas que lo han visto todo.

Norma octava ter: el chupete se respeta

El chupete es el objeto más pequeño de la portada y el que más ruido hace.

Ficha de la canción «No me despiertes al niño» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Cualquiera que haya convivido con un bebé sabe que el chupete es sagrado. Se pierde siempre en el peor momento: en el coche, en el súper, a las cuatro de la mañana. Hay casas con chupetes de repuesto en cada habitación, colgados de cintas con pinzas, esterilizados en el microondas. Quitárselo a un niño que no quiere es la forma más rápida de declarar una guerra.

El chupete del niño barbudo es el remate del gag. Sin él, la imagen sería un disfraz a medias. Con él, el personaje está completo y el chiste es total.

Y tiene una lectura que el planeta no puede evitar: el chupete es lo que se pone en la boca para no llorar. Para calmarse. Para no decir nada. En una portada que pide que se hable en susurros, el niño tiene la boca ocupada. Quien tenga algo que decir, tendrá que esperar a la letra.

Norma novena: la carcajada está permitida

Llegados aquí, el reglamento tiene que reconocer lo evidente: esta portada es para reírse.

Hay pocas imágenes en el catálogo de Mike que provoquen una risa tan inmediata. Un hombre con barba y tatuajes, con gorrito de encaje y chupete, de la mano de otro hombre con traje de cuadros, delante de una cuna. Es un gag visual de los que funcionarían en un sketch de la tele de los noventa, en una revista de humor o en un cartel de fiesta de Carnaval en Cádiz.

El humor camp, según explica el diario en su nota sobre el camp, vive de tomarse en serio lo ridículo y en broma lo serio. Esta portada hace las dos cosas. Se toma muy en serio el decorado, con su cuna, su osito y sus estrellas. Y se toma muy en broma el personaje, con su pañal y su barba.

El resultado es una imagen que no se puede mirar sin sonreír. Y una frase de madre, «no me despiertes al niño», que después de verla ya no se puede oír igual nunca más.

Autoparodia en la cuna

Una confesión de la casa: el planeta tiene treinta y muchos años y todavía duerme con un peluche.

Es un perro de trapo con una oreja descosida que le regaló su abuela cuando tenía cuatro años. Se llama Chispa. Ha sobrevivido a seis mudanzas, a tres novios y a una lavadora a noventa grados. Cuando alguien nuevo entra en el dormitorio, el planeta lo esconde debajo de la almohada. Nunca funciona. Chispa siempre acaba en el suelo y alguien siempre pregunta.

Así que el planeta no está en posición de reírse del niño barbudo de la portada. Como mucho, puede reírse con él.

Todos llevamos un niño dentro con el sueño ligero. Algunos lo tienen en la estantería. Otros lo tienen en el pañal.

Norma décima: entre la bruma y la cornada

En la discografía de la web, «No me despiertes al niño» es la pista 58. Justo antes está «Brilla bruma» y justo después «Cada cornada», que el diario ya visitó como una prueba de vestuario en la sastrería de los toreros.

La canción está en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo disco de la trilogía, el del deseo de viaje. La página de prensa cuenta que los tres discos siguen un relato: descubrimiento, deseo de viaje, liberación.

En el disco del deseo, una habitación infantil con dos hombres de la mano tiene todo el sentido. Es lo que se desea cuando todavía no se tiene. Una casa, una familia, un cuarto con estrellas en la pared. Aunque sea en clave de chiste. Aunque el niño tenga barba.

Los datos, en voz baja

El single tiene videoclip oficial, de 2:47. Según mikesaintlouis.com, se subió al canal en septiembre de 2025. La ficha del single lo fecha el 26 de junio de 2026. Se puede escuchar en Spotify y descargar gratis desde la web.

Mike firma la letra, escrita a mano y sin IA. Lo que suena, incluidas las voces, está hecho con herramientas como Suno.

Cuando la letra se publique, el planeta volverá de puntillas a esta habitación para ver qué pasa de verdad dentro de la canción. A lo mejor es una historia de pareja. A lo mejor es un chiste de principio a fin. A lo mejor el niño se despierta y la madre cumple su amenaza. Lo que diga la letra manda.

Disposición final

Este reglamento entra en vigor en el momento de su lectura y se aplica a todas las habitaciones infantiles del planeta Gayfolk, tengan o no tengan niños de verdad dentro.

Queda prohibido dar portazos.

Queda prohibido encender la luz grande.

Queda prohibido reírse demasiado alto, aunque la portada lo pida.

Y queda terminantemente prohibido despertar al niño.

Que tiene barba, tatuajes y el sueño muy ligero.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «No me despiertes al niño»?

La letra todavía no está publicada en gayfolkplanet.com, así que este post no la cita. La portada muestra una habitación infantil con cuna de barrotes, osito de peluche y estrellas en la pared, y a dos hombres de la mano: uno con traje azul de cuadros y camisa abierta, y otro tatuado y con barba que lleva gorrito de encaje, babero, pañal y chupete. Mike la describe como una portada de carcajada y doble lectura.

¿En qué disco está?

En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el segundo acto de la trilogía GAYFOLK. Es la pista 58 de la discografía de la web y la ficha del single lo fecha el 26 de junio de 2026.

¿Tiene videoclip?

Sí, un videoclip oficial de 2:47. Según mikesaintlouis.com, se subió al canal en septiembre de 2025.

¿Quién la ha hecho?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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