Planeta Gayfolk

Salud mental

El perdón que no se debe: perdonar, no perdonar y la disculpa pendiente con uno mismo en las letras del planeta

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Fotograma del videoclip de «Manual de escape de un narci», de Mike Sain't Louis: dos hombres frente a frente separados por un remolino de luz, en la portada de «El perdón que no se debe»

En un plano del videoclip de «Manual de escape de un narci» dos hombres vestidos de oscuro se miran frente a frente, muy cerca, y entre los dos gira un remolino de luz blanca, como una cinta de humo encendido o un látigo de fuego que nadie sostiene. No se tocan. No se abrazan. No se pegan. Están en ese punto exacto en el que algo tiene que pasar y todavía no ha pasado. Uno de los dos podría pedir perdón. El otro podría aceptarlo. O no.

Ese fotograma abre esta nota sobre una de las preguntas más incómodas que aparecen cuando alguien sale de una relación que le hizo daño, o cuando mira atrás hacia una infancia en la que le hicieron daño: ¿tengo que perdonar?

Hay mucha gente con prisa por responderla. Familiares que dicen que el rencor envenena. Amigos que recomiendan pasar página. Libros de autoayuda que convierten el perdón en una obligación moral, casi en un trámite para recibir el certificado de persona sana. Las letras del planeta no tienen esa prisa. Lo que tienen es algo más útil: cuatro o cinco maneras distintas de mirar el perdón, sin decidir por nadie.

Lo que aquí se cuenta parte de lo que Mike Sain't Louis ha compartido públicamente: que de niño sufrió acoso escolar y abusos, que tuvo dos relaciones fallidas con dos personas que hoy describe como narcisistas, que a los 41 recibió varios diagnósticos de salud mental y que una buena psicóloga le acompaña. Nada más. No ha contado si perdonó a nadie, y aquí no se va a suponer. Las canciones tienen personajes inventados. Lo que se recoge es cómo esas canciones le permitieron pensar el perdón por escrito, que es una forma de pensarlo sin que nadie te meta prisa.

La disculpa que llega con lágrimas

«Manual de escape de un narci» es, como su nombre indica, un manual. Viene con instrucciones numeradas, emojis de llamas y rombos azules, y un tono de tutorial que tiene mucho de parodia. Pero entre las instrucciones hay una que conviene leer despacio, porque toca el centro del asunto:

🔹 Si vuelve con lágrimas, pidiendo perdón,

🔹 ya tiene otro plan de manipulación.

Es una advertencia sobre un tipo concreto de disculpa: la que forma parte del ciclo. En muchas relaciones de maltrato psicológico se repite un patrón reconocible. Hay tensión, hay estallido o castigo, y después llega la reconciliación: lágrimas, promesas, regalos, la versión más dulce de la persona. A esa fase se la suele llamar luna de miel, y su función, consciente o no, es que la víctima se quede.

En ese contexto, la disculpa no es un acto de reparación. Es una herramienta. Y la canción lo dice sin anestesia. Justo antes, el manual describe la amenaza que precede a las lágrimas:

🔹 Si amenaza con marcharse, abre la puerta,

🔹 jura que se va, pero nunca se aleja.

Amenaza, puerta, lágrimas, perdón. El orden importa. La disculpa que viene después de una amenaza no es igual que la que viene después de una reflexión. Una busca recuperar el control. La otra busca reparar.

Esta distinción es liberadora para mucha gente. Durante años, quien vive dentro de ese ciclo se siente mala persona si no acepta las disculpas. ¿Cómo no voy a perdonarle, si está llorando? El manual le da permiso para mirar las lágrimas de otra manera. No como una prueba de arrepentimiento, sino como un movimiento más del juego. Y un movimiento del juego no obliga a nada.

Perdonar no es volver

La confusión más dañina en torno al perdón es creer que perdonar significa reconciliarse. Que si perdonas, tienes que volver a hablar con esa persona, invitarla a tu cumpleaños, darle otra oportunidad. Con esa idea en la cabeza, perdonar parece peligrosísimo, y es lógico que mucha gente se niegue en redondo.

Fotogramas del videoclip oficial de «Manual de escape de un narci», de Mike Sain't Louis

Los psicólogos que han estudiado el perdón suelen separar con cuidado las dos cosas. Perdonar sería un proceso interno: dejar de alimentar el resentimiento, renunciar a la venganza, quizá llegar a mirar al otro como un ser humano con sus propias heridas. Reconciliarse sería otra cosa: restablecer la relación. Lo primero depende solo de ti. Lo segundo depende de los dos, y además exige que la otra persona haya cambiado de verdad. En relaciones de abuso, lo prudente es no mezclar ambas.

El planeta tiene esa separación muy clara. En la misma canción, el manual termina con instrucciones que no dejan lugar a dudas:

🎶 Bloquea su número, bloquea su cara,

Puedes perdonar con el número bloqueado. Puedes llegar a una paz completa sin volver a cruzarte con esa persona en tu vida. El perdón, si llega, no abre la puerta. Como mucho, apaga la luz de la habitación donde estaba el rencor.

La tristeza elegante

Hay una canción en el tercer disco de la trilogía que ofrece otra forma de mirar atrás, ni perdón formal ni rencor: «Paris restera gris». Su presentación habla del final de una relación larga y de una escapada a París que se planeó mil veces y nunca se hizo. Y contiene una frase que describe un estado al que muchas personas aspiran sin saber cómo llamarlo:

Es mirar atrás sin rencor, pero con una tristeza elegante.

Sin rencor, pero con tristeza. No dice «he perdonado». No dice «ya no me importa». Describe un tono. Una forma de recordar en la que el pasado ya no quema, pero tampoco se ha vuelto indiferente. Sigue pesando, como dice el propio texto un poco antes: es el punto en el que el amor deja de doler, pero sigue pesando.

Esa tristeza elegante es una alternativa muy honesta al perdón obligatorio. No exige grandes declaraciones ni conversaciones de cierre. No necesita que la otra persona sepa nada. Es un estado propio, al que se llega con tiempo, y que permite seguir viviendo sin cargar con el rencor encima como una mochila de piedras.

La palabra «elegante» tiene aquí algo muy del planeta. Es la estética como forma de dignidad. Uno puede estar triste con estilo, con abrigo largo y calles grises, sin necesidad de arrastrarse ni de gritar. Para alguien que ha vivido humillaciones, esa elegancia no es frivolidad. Es recuperar el control sobre cómo se presenta el propio dolor.

El texto de la canción añade un detalle que conviene subrayar: París aparece como el escenario de algo que no pasó. Las maletas que no salieron del armario, los hoteles mirados en un mapa del móvil que nunca se pisaron. Buena parte de lo que cuesta perdonar, o soltar, no es lo que ocurrió, sino lo que dejó de ocurrir. Los planes que se quedaron en el aire. La vida en común que se imaginó y no llegó. Ese duelo por lo no vivido es muy difícil de perdonar porque no tiene un culpable claro ni una fecha concreta. Simplemente se fue apagando. La tristeza elegante es, quizá, la única respuesta posible a eso: reconocer que duele, vestirlo con dignidad y seguir caminando por las calles grises sin pedirle cuentas a nadie.

El odio que no muerde

Si «Paris restera gris» es la tristeza elegante, «Dientes, dientes» es la sonrisa como escudo. La canción parte de una expresión popular, eso de enseñar los dientes a quien te quiere mal, y la convierte en estribillo:

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «🔹 Si amenaza con marcharse, abre la puerta,» de «Manual de escape de un narci»

Dientes, dientes, así su rabia muere

Dientes, dientes, así su odio no muerde

Aquí no se habla de perdón, pero sí de qué hacer con el odio ajeno, y por extensión con el propio. La propuesta es curiosa: no devolver el golpe, no alimentar la pelea, sonreír. No por bondad cristiana, sino por estrategia. El odio del otro se queda sin presa cuando no encuentra reacción. Y el propio rencor, cuando no se alimenta con respuestas, se va secando.

Hay algo importante en esta idea para quien está atascado en el resentimiento. El rencor, además de doler, mantiene el vínculo. Obliga a pensar en la otra persona, a imaginar conversaciones, a planear respuestas, a vigilar sus redes. Es una forma de seguir en la relación por otros medios. Soltarlo no es hacerle un favor al otro. Es dejar de dedicarle horas.

La canción lo dice con su humor de patio de vecinos:

Debería ponerte en tratamiento

Tanta envidia debe ser un sufrimiento

Es un dardo, claro. Pero también contiene una intuición que algunas personas encuentran útil en su propio proceso: ver al otro como alguien que sufre a su manera. No para justificarle. No para perdonarle a la fuerza. Simplemente para dejar de verle como un monstruo todopoderoso y empezar a verle como alguien con sus propios problemas, que ya no son tuyos.

La disculpa pendiente

Y ahora la parte que más cuesta. Porque en las letras del planeta hay una línea que da la vuelta a todo lo anterior. Ya no se trata de si perdonar a quien hizo daño. Se trata de pedir perdón. En «Entre cuatro paredes», en mitad de una lista de noes que describe un estado de depresión profunda, aparece este verso:

No encuentro el valor para pedir perdón

¿Pedir perdón a quién? La canción no lo dice, y esa ambigüedad es lo que la hace tan potente. Puede ser a alguien concreto, a quien el narrador cree haber herido. Puede ser a la gente cercana, por haberse encerrado en su cuarto, por no contestar, por no estar. Y puede ser, sobre todo, a uno mismo.

Las personas que han vivido acoso escolar, abusos o relaciones de manipulación suelen cargar con una culpa que no les corresponde. Durante años alguien les ha dicho, con palabras o con hechos, que lo que pasaba era culpa suya. Que exageraban. Que se lo buscaban. Que eran difíciles. Ese mensaje ajeno acaba instalándose dentro, y sigue sonando mucho después de que la persona que la puso ahí se haya ido.

Por eso el perdón más difícil, para muchas personas, no es el que se da a otros. Es el que se dan a sí mismas. Perdonarse por no haberlo visto antes. Por haberse quedado tanto tiempo. Por haber dejado de lado a amigos. Por haber tenido días en que no podían levantarse. Por haber necesitado ayuda. Por no ser perfectas.

En la depresión, esa culpa se multiplica. La cabeza deprimida es un fiscal incansable que revisa cada error del pasado y lo presenta como prueba de que uno no vale nada. «No encuentro el valor para pedir perdón» describe exactamente esa parálisis: la culpa es tan grande que ni siquiera se puede pedir disculpas, porque pedirlas sería admitir del todo que se ha fallado.

Separar lo tuyo de lo ajeno

Una de las herramientas que más se usan en terapia para trabajar la culpa es algo tan sencillo de decir y tan difícil de hacer como separar responsabilidades. Coger todo el peso que uno lleva encima y repartirlo con honestidad. Esto es mío. Esto es de otros. Esto no es de nadie, simplemente pasó.

Cuando se hace ese reparto con calma, muchas personas descubren que gran parte de lo que se reprochaban no era suyo. El niño acosado no tenía culpa del acoso. La persona manipulada no tenía culpa de la manipulación. Quien se quedó en una relación dañina no se quedó por tonto, sino porque había mecanismos muy fuertes atándole.

Y lo que sí era propio (alguna palabra dura, algún abandono, alguna decisión equivocada) se puede mirar con la misma compasión con la que miraríamos los errores de un amigo. No para quitarle importancia, sino para darle su tamaño real.

Hay una canción del planeta que lleva esa idea al terreno de la creación. En la presentación de «Esta canción es una mierda», Mike escribe:

Por eso me niego a pedir perdón por hacer arte desde mis emociones.

Es una forma de autoperdón por adelantado. Una negativa a disculparse por algo que no lo merece. Sentir mucho, expresarlo, convertir el dolor en canciones: nada de eso necesita disculpa. Hay culpas que no hay que perdonar porque nunca debieron existir. Basta con devolverlas a su sitio.

El perdón que piden los demás

Hay una presión sobre el perdón que viene de fuera y que conviene nombrar. En muchas familias, en muchas tradiciones religiosas, en muchas sobremesas, perdonar se presenta como la única salida decente. Perdona y olvida. No guardes rencor, que te hace daño a ti. Es tu padre, es tu hermano, es tu ex, ya pasó. Y quien no perdona queda como el rencoroso de la historia, el que no supera, el que da problemas.

Collage con un detalle de la carátula de «Manual de escape de un narci» y las carátulas de «Paris restera gris», «Entre cuatro paredes», «Dientes, dientes»

Para muchas personas LGTBI esta presión tiene un matiz particular. Algunas han tenido que escuchar que debían perdonar a familiares que las rechazaron, a compañeros que las acosaron, a instituciones que las maltrataron, como si el daño fuera un malentendido que se arregla con buena voluntad por parte de quien lo recibió. El perdón se convierte entonces en otra forma de silencio: no hables más de eso, que ya está perdonado.

Las letras del planeta no entran en ese juego. Ninguna canción le dice al oyente que tiene que perdonar. Ninguna presenta el rencor como un pecado. Lo que hacen es describir estados (la tristeza elegante, la sonrisa que no deja morder, la parálisis de la culpa) y dejar que cada cual se reconozca donde esté. Ese respeto por el ritmo de cada uno es, en sí mismo, una forma de cuidado.

Si alguien te presiona para que perdones, puedes recordar algo sencillo: el perdón que se da por presión no es perdón. Es obediencia. Y la obediencia, en una historia de abuso, es justo lo que hay que desaprender.

Escribirlo antes de decidirlo

Hay un ejercicio que algunas personas encuentran útil cuando no saben si quieren perdonar o no, y que tiene mucho que ver con lo que hacen las canciones. Consiste en escribir dos textos. Uno, perdonando: como si ya hubieras decidido hacerlo, con todas las palabras. Otro, sin perdonar: dejando claro que no lo haces y por qué. No se envían. No se enseñan. Se escriben, se dejan reposar un día y se releen.

Muchas veces, al releerlos, uno nota cuál de los dos suena a verdad y cuál suena a disfraz. El que suena a verdad no tiene por qué ser el definitivo; puede cambiar dentro de un año. Pero indica dónde estás hoy, y saber dónde estás es más útil que fingir que estás en otro sitio.

Las canciones del planeta funcionan, en cierto modo, como esos borradores. Cada una ensaya una postura distinta frente a quien hizo daño. Ninguna es la última palabra. Juntas forman un mapa de posibilidades por el que uno puede moverse sin sentir que traiciona a nadie, tampoco a sí mismo.

Lo que el perdón no es

Para quien esté dándole vueltas a si debe o no perdonar, puede ayudar tener claro lo que el perdón no es, porque muchas de las resistencias vienen de ahí:

  • No es olvidar. Se puede perdonar y recordar perfectamente lo que pasó. De hecho, recordar ayuda a no repetir.
  • No es justificar. Perdonar no significa decir que lo que pasó estuvo bien o que tenía explicación.
  • No es reconciliarse. Como se ha dicho, se puede perdonar con contacto cero.
  • No es obligatorio. Nadie tiene derecho a exigírtelo: ni la familia, ni la religión, ni un libro, ni la persona que te hizo daño.
  • No tiene fecha. Puede llegar al cabo de meses, de años o no llegar nunca. Y en ese último caso tampoco has fracasado.
  • No es un acto único. A veces se perdona un día y al siguiente vuelve la rabia. Es un proceso, no un interruptor.

Y lo que sí puede ser, si llega: un alivio. La sensación de que esa persona ya no ocupa tanto espacio en tu cabeza. De que el pasado ya no te tiene agarrado del cuello. Pero ese alivio también puede llegar por otros caminos, como la tristeza elegante de París o la sonrisa de dientes que no deja morder.

Un perdón que no exige respuesta

Si hay algo común a todas estas canciones es que ninguna espera respuesta de la otra persona. El manual no espera que el narcisista cambie. «Paris restera gris» no espera que el ex lea la carta. «Dientes, dientes» no espera que el envidioso deje de serlo. Y «Entre cuatro paredes» no espera que nadie le absuelva desde fuera.

Ficha de la canción «Manual de escape de un narci» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Esa es quizá la gran lección del planeta sobre el perdón: que, si existe, es un asunto tuyo. No necesita la colaboración del otro. No necesita una disculpa previa, ni una conversación final, ni que la persona que hizo daño reconozca nada. Mucha gente se queda años esperando ese reconocimiento como condición para poder soltar. Y como el reconocimiento casi nunca llega, se quedan atascados.

Soltar sin esperar es más difícil al principio y mucho más ligero después. Es como dejar de esperar un autobús que ya no pasa por esa parada y ponerse a andar. Al principio fastidia. Luego te das cuenta de que andando llegas igual, y por el camino ves más cosas.

En el caso de Mike, ese caminar tiene forma de discografía. Cada canción que habla de quien hizo daño es, a la vez, un paso que no depende de esa persona. No hay que esperar su permiso para escribirla, ni su reconocimiento para publicarla, ni su respuesta para darla por terminada. Escribir es una de las pocas cosas que, después de una relación de control, vuelve a ser enteramente de uno. Y en ese territorio propio, el perdón, la tristeza o el rencor pueden ir y venir sin que nadie de fuera les ponga nota.

Para quien hoy no puede soltar

Si sientes que el rencor o la culpa te están comiendo, no es una cuestión de voluntad ni de bondad. Es una señal de que hay algo que trabajar, y para eso existen profesionales. Puedes contárselo a tu médico de cabecera y pedir que te derive. Para los momentos en que todo se hace demasiado grande, en España está el 024, una línea gratuita y confidencial que atiende a cualquier hora del día. Si hay peligro inmediato, llama al 112. El Teléfono de la Esperanza responde en el 717 003 717, y la Fundación ANAR, en el 900 20 20 10, si eres menor o te preocupa alguien que lo es. Desde otros países, findahelpline.com te dice qué línea tienes cerca.

En el diario hay también una entrada sobre por qué pedir ayuda no es fracasar, y otra sobre las huellas del acoso escolar que ayuda a entender de dónde viene tanta culpa heredada.

El remolino entre los dos

«Manual de escape de un narci» está en el primer disco de la trilogía y se puede escuchar en Spotify. La página de prensa explica cómo se reparte el universo del planeta entre sus tres álbumes.

Volvamos a los dos hombres del fotograma y al remolino de luz que gira entre ellos. Nadie ha pedido perdón todavía. Quizá nadie lo haga. Quizá uno de los dos se dé la vuelta y se marche, y el remolino se apague solo, sin que haga falta ninguna ceremonia.

Eso también es una forma de cerrar. El perdón no es la única puerta de salida, ni la más digna, ni la obligatoria. Es una de varias. Y la que de verdad importa, la que casi siempre se queda pendiente, es la otra: la que uno se abre a sí mismo cuando, por fin, encuentra el valor para pedirse perdón por todo lo que nunca fue culpa suya.

Preguntas frecuentes

¿Es obligatorio perdonar para pasar página?

No. Mucha gente encuentra paz perdonando y mucha otra la encuentra sin hacerlo. Lo que suele ayudar es soltar la necesidad de que la otra persona repare el daño, y eso puede ocurrir con perdón o sin él.

¿Perdonar significa volver con esa persona?

No. Perdonar es un proceso interno y reconciliarse es una decisión sobre la relación. Se puede perdonar y mantener el contacto cero. De hecho, en relaciones de abuso, los profesionales suelen recomendar no confundir una cosa con la otra.

¿Qué dice «Manual de escape de un narci» sobre las disculpas?

Avisa de la disculpa que llega con lágrimas después de una amenaza de marcharse: «Si vuelve con lágrimas, pidiendo perdón, / ya tiene otro plan de manipulación». Es una canción del primer disco de la trilogía GAYFOLK.

¿Por qué cuesta tanto perdonarse a uno mismo?

Porque quien ha vivido acoso o relaciones de manipulación suele cargar con una culpa que no le corresponde. Perdonarse empieza por separar lo que fue responsabilidad propia de lo que hicieron otros, y es un buen tema para trabajar en terapia.

¿Dónde puedo hablar si me siento atrapado en la culpa o el rencor?

Tu centro de salud puede derivarte a salud mental. En España, el 024 es gratuito y atiende a cualquier hora, y el 112 es para emergencias. También el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) y ANAR (900 20 20 10) para menores. Desde fuera de España, findahelpline.com.

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