Letras
El público de brazos cruzados: el videoclip de «Tan cateto», del banco del parque a la drag bajo el foco
Por Mike Sain't Louis · · Actualizado

El videoclip de «Tan cateto» tiene un protagonista que no es una persona. Es un grupo. Diez, quince, veinte señores y señoras mayores, con polos de rayas, rebecas, chalecos y gafas, de pie en mitad de la calle con los brazos cruzados y la cara de quien acaba de ver algo que no le gusta. Salen en casi todos los planos. A veces señalan con el dedo, a veces se tapan la boca, a veces levantan el puño. Son el público. Y la canción entera les habla a ellos.
En el diario ya hay una nota sobre la letra y la palabra del título, la de la mente pequeña que no tiene código postal. Aquí voy a mirar el vídeo, que se estrenó en YouTube el 17 de abril de 2025, dura tres minutos y treinta y un segundos y está en la página del videoclip de la web. Lo recorro escena a escena, con la letra al lado.
El cartel: brazos cruzados bajo el arcoíris
El vídeo arranca con una nube de humo de colores, rosa, amarilla, verde y azul, que sube desde el suelo de una calle. Delante, el grupo de mayores. Tres segundos después aparece el título, «TAN CATETO», en letras rosas de neón grandes como las de un cine de barrio, y detrás de los personajes se ve un arcoíris perfecto en el cielo, de lado a lado del encuadre.
Ese primer plano es una broma visual muy clara. El arcoíris está justo encima de las cabezas de la gente a la que más le molesta. Ellos miran a cámara con el ceño fruncido, los brazos cruzados sobre el pecho, uno con un polo de rayas azules y blancas, otra con una blusa rosa, y no se dan cuenta de lo que tienen detrás. El símbolo que no soportan les hace de techo. A los nueve segundos el cartel se repite con mi nombre en las mismas letras rosas. El mismo público, el mismo arcoíris, la misma cara de pocos amigos.
El dedo del juez acusador
A los doce segundos el vídeo baja a la acera. El grupo se ha movido, y ahora se ve una calle de ciudad con edificios de ladrillo, árboles y una señal de stop al fondo. A los dieciocho segundos llega el primer plano con pareja. Dos chicos jóvenes caminan de la mano hacia la cámara. Uno tiene el pelo afro y lleva una camiseta de tirantes verde. El otro, una camiseta rosa y el pelo rapado. A su alrededor, los mayores señalan con el dedo. Una señora de pelo blanco con chaqueta azul tiene el brazo estirado del todo, como en un juicio. Un señor con cazadora negra mira a la pareja de reojo con cara de asco.
Es exactamente lo que dice el primer verso de la canción:
Que te molesta que vayamos de la mano Y me señalas con el dedo de juez acusador
El dedo que señala va a salir en el vídeo muchas veces. Lo veo como el gesto central del clip. Señalar a alguien con el dedo es el gesto de quien acusa, de quien quiere que los demás miren también. Y en la letra ese dedo tiene cargo: es el dedo de un juez. Lo que molesta, en cambio, es lo más pequeño del mundo. Dos manos cogidas.
Mi novio es africano
El primer plano de la pareja de la mano coincide con el verso que la letra suelta sin explicaciones, el tercero de la canción, el que añade a la lista de agravios el origen del novio.

En el vídeo, el chico del pelo afro va de la mano con su novio en mitad de la calle, y las caras de alrededor lo dicen todo. La canción no se pone a dar argumentos. No explica por qué no debería molestar, no cita leyes, no hace discursos. Simplemente pone en fila las cosas que molestan al espectador, una detrás de otra, y deja que la lista se ridiculice sola. Que vayamos de la mano. Que mi novio sea africano. Que tus hijos vean un beso. Que te moleste mi cara. Leído seguido, es una lista de cosas normales. Lo raro es que alguien se enfade por ellas.
Ningún espectador
La primera estrofa termina con el verso que define al personaje al que habla la canción:
No voy a aceptar consejos de ningún espectador
«Espectador» es la palabra más afilada de la letra. El que señala se cree juez, pero la canción lo rebaja a público. Mira, opina, se escandaliza, pero no participa. No tiene derecho a decidir nada sobre la vida que está mirando. Y el vídeo, de forma muy literal, convierte a los mayores en eso: en un público. Aparecen siempre en grupo, siempre de pie, siempre mirando hacia algo que pasa fuera del encuadre o hacia la cámara, como un patio de butacas al aire libre.
El banco del parque
A los veintiún segundos el vídeo se va a un parque. Dos chicos jóvenes están sentados en un banco de madera, uno con camiseta gris de tirantes y el otro con una camiseta de rayas azules y blancas, con las piernas cruzadas y la cara tranquila. Detrás del banco, de pie, un semicírculo de mayores que se inclinan hacia ellos y los señalan. Uno levanta la mano como para dar un sermón. Otro tiene los brazos en jarra.
El plano del banco vuelve a los cincuenta y cuatro segundos y otra vez más adelante. Es la imagen que mejor resume la canción para mí. Los dos chicos no hacen nada. No se besan, no se tocan, no gritan. Están sentados. Y alrededor, el público se inclina sobre ellos como si estuviera viendo un delito. Ese contraste entre la calma de los que están sentados y el alboroto de los que están de pie es el chiste del vídeo: los que montan el escándalo son los espectadores.
A los ciento ochenta y tres segundos el banco aparece por última vez, ahora con dos chicas jóvenes sentadas, una con el pelo largo y castaño y otra con una chaqueta clara, mirándose y riéndose. Alrededor, el grupo de mayores levanta los brazos y los puños. El banco es el mismo; las personas cambian; el público sigue ahí.
La pregunta del estribillo
Llega entonces el estribillo, que es una pregunta repetida con un «usted» muy educado:
Pero ¿cómo puede ser usted tan cateto? No le voy a dar más explicaciones
Me encanta el contraste de este estribillo. La pregunta tiene la forma más respetuosa posible, con su «usted» de ventanilla de ministerio, y el fondo más demoledor. Y el segundo verso cierra la puerta: no le voy a dar más explicaciones. La persona que va de la mano no tiene por qué justificarse. No tiene que explicar por qué quiere a quien quiere ni por qué lo hace en la calle. La explicación se la debe el que señala, no el señalado.
Mientras suena el estribillo, el vídeo enseña la otra cara de la calle. A los treinta y nueve segundos aparece un grupo de jóvenes haciéndose un selfi, con gafas de sol, petos vaqueros, camisetas de tirantes y banderas del arcoíris al fondo. El chico que sujeta el móvil sonríe a cámara con el brazo estirado. Es una foto de grupo en mitad de la fiesta. Al lado de los mayores con los brazos cruzados, este grupo parece de otro planeta. Y en cierto modo lo es.
Calles vacías con humo de colores
El vídeo tiene una serie de planos que se repiten entre escena y escena. Son calles vacías, sin nadie, con una avenida larga que se pierde hacia el fondo, edificios de piedra con cúpulas y torres, y una nube de humo de colores que sale del suelo. A veces el humo es azul y verde, a veces amarillo y naranja. Encima siempre hay un arcoíris.

Esos planos funcionan como pausas. Después de cada escena con gente que señala, el vídeo respira en una calle vacía llena de color. Me gusta leerlo como la ciudad sin espectadores. Cuando el público se va, la calle no se queda gris, se queda de colores. El color no lo traen los que miran mal: estaba ahí antes y se queda después.
La segunda estrofa: los ojos tapados
A partir del minuto, la canción entra en su segunda estrofa, que sube un escalón. Ahora lo que molesta es que los niños de la casa vean dos personas besándose, y el padre reacciona tapándoles los ojos, un gesto que la letra compara con el de un dictador.
El vídeo acompaña ese tramo con el plano más fuerte de todo el clip. A los ciento dos segundos, en un parque con árboles y farolas, dos chicos jóvenes se abrazan cara a cara, frente con frente, uno con camisa vaquera y el otro con camiseta gris. Alrededor, los mayores están fuera de sí. Uno, con camisa de cuadros, les señala con el dedo con la boca abierta. Otra levanta el brazo. Otro levanta el puño. Es la reacción más exagerada del vídeo, y es ante el gesto más tierno.
Unos segundos antes, a los ochenta y un segundos, la misma pareja aparece paseando por un camino de tierra en el parque, entre dos filas de mayores que los señalan desde los lados como un pasillo de vergüenza. Ellos siguen andando, se miran y sonríen. No se paran.
La palabra «dictador» de la letra es enorme para lo que describe. Un padre que tapa los ojos a sus hijos ante un beso no es un dictador de verdad. Pero la canción lo llama así porque el gesto es el mismo, a pequeña escala: decidir qué pueden ver los demás. El vídeo lo exagera igual: el público reacciona a un abrazo como si fuera un incendio.
Me quieres preso
La estrofa termina con el verso más duro, el que pasa de la pareja a la persona: lo que molesta ahora es la cara del narrador, y lo que el otro querría es verle encerrado.
Ya no es una pareja ni un beso. Es la cara. Lo que molesta al espectador es la propia persona, su aspecto, su manera de estar en el mundo. Y lo que quiere es encerrarla. En el vídeo no hay cárceles ni rejas, pero hay un plano que me lo recuerda mucho. A los ciento ochenta y nueve segundos el grupo de mayores aparece en una calle estrecha cubierta por un techo de paraguas de colores abiertos y colgados en el aire, de esos que se ponen en las fiestas de algunos pueblos y ciudades para dar sombra. El público está debajo, con trajes, rebecas y gestos serios, mirando a cámara. Encima de ellos, cientos de paraguas rojos, amarillos, verdes y azules.
Es la imagen que he elegido para la portada de esta nota, porque es la más rara y la más bonita. El color está por todas partes, hasta en el techo. Y los que querrían encerrar a alguien están ahí, debajo, sin poder escapar de él.
Los jóvenes con banderas
A los ciento cuarenta y siete segundos el vídeo enseña la escena que contesta a todo lo anterior. Un grupo grande de jóvenes de todos los colores y estilos camina hacia la cámara por una calle con semáforos, con banderas del arcoíris en lo alto. Una chica con el pelo afro y un top blanco, un chico con camiseta de color salmón, otro con vaqueros rotos, una chica con un vestido largo de rayas. Van juntos, sin prisa, sonriendo. No señalan a nadie.

Es la única escena del vídeo en la que el grupo grande no es el de los espectadores. Durante dos minutos y medio, la gente en manada era la que miraba mal. Aquí la manada es la otra. Y la diferencia salta a la vista: unos tienen los brazos cruzados y otros los tienen sueltos.
No es una canción contra los mayores
Hay algo que quiero dejar claro, porque el vídeo podría leerse mal. Casi todos los espectadores del clip son personas mayores, con canas, gafas y rebecas. Pero la canción no va contra la gente mayor. En la letra no hay ni una sola palabra sobre la edad. El cateto de la canción se define por lo que le molesta, no por los años que tiene.
El vídeo usa a los mayores como imagen del que mira desde otra época, del que creció en un tiempo en el que dos hombres de la mano eran un escándalo y no ha querido actualizarse. Es un recurso visual, igual que en los dibujos animados el villano lleva bigote. Pero el propio vídeo se encarga de desmentir que todos sean iguales. La señora de pelo blanco con la chaqueta de flores rojas que levanta el puño al lado de la drag, en el último plano, es tan mayor como los demás. Y está del otro lado.
Además, en el planeta hay muchas canciones que hablan con cariño de abuelas, madres, vecinas y señoras de barrio. La edad no es el problema. El problema es el dedo que señala, lo tenga quien lo tenga. Hay chavales de veinte años con la mente más estrecha que un pasillo, y abuelas de ochenta que llevarían la pancarta del Orgullo si las dejaran.
Las caras que se repiten
Si se mira el vídeo con atención, se ve que muchas de las caras del público se repiten de un plano a otro. El señor del polo de rayas azules y blancas del cartel inicial vuelve en la calle de los paraguas. La señora de la blusa rosa sale en varias escenas, siempre con los brazos cruzados. El hombre de pelo blanco y gafas que señala en el parque aparece también delante del humo de colores.
Es como si el público fuera una compañía de teatro que va de escenario en escenario a hacer la misma función. Primero en la calle, luego en el parque, luego bajo los paraguas, luego alrededor del banco. Cambia el decorado, pero el gesto es siempre el mismo. Y eso, para mí, es lo que hace al espectador tan cansino: no tiene repertorio. Solo sabe cruzar los brazos y señalar.
Las parejas, en cambio, cambian siempre. Dos chicos de la mano en la acera, dos chicos en el banco, dos chicos abrazados en el parque, dos chicas riéndose en el mismo banco, un grupo grande con banderas, una drag. Cada escena trae gente nueva, ropa nueva y gestos nuevos. El vídeo pone frente a frente un público que no cambia y una vida que no para de moverse.
La drag del final
Los últimos quince segundos traen a la persona que faltaba. A los ciento noventa y cinco segundos, en mitad del grupo de mayores, aparece una drag con una melena rosa, ojos muy maquillados, un corpiño de lentejuelas con flores de colores y mangas abullonadas. Los señores que la rodean gritan, levantan los puños, señalan; uno, con boina y bigote blanco, se ríe con la boca abierta. Es difícil saber si la abuchean o la jalean. Probablemente las dos cosas a la vez.

Y el último plano, a los doscientos siete segundos, es el mejor. La drag aparece en mitad de una calle bañada por un foco de luz blanca, con un brazo levantado, como si saliera al escenario. A su lado, una señora de pelo blanco con una chaqueta clara bordada de flores rojas levanta el puño. Parece que la señora está con ella.
No quiero inventarme el final que el vídeo no dice. Pero me gusta que termine así. Después de tres minutos de dedos que señalan, la última imagen es una drag bajo un foco y una señora mayor a su lado con el puño en alto. Si el vídeo tuviera una moraleja, sería esa: el público también puede cambiar de bando.
«Tan cateto» y «Tan paleto»
En el estribillo hay dos palabras que se turnan: cateto y paleto. Las dos se han usado durante décadas para reírse de la gente de pueblo, y la canción las coge y las cambia de sitio. Aquí el cateto no es el que viene del campo. Es el que no soporta que dos chicos vayan de la mano, viva donde viva. Y la última frase del estribillo lo deja claro: ya sé que su mente tiene limitaciones. La limitación está en la mente, no en el código postal.
La canción tiene una hermana con la misma letra, «Tan paleto», que está en el disco «El día de la liberación» y tiene su propio vídeo. «Tan cateto» es la de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el disco donde el planeta se mira en la cultura popular española. Que una misma letra viva en dos discos dice mucho de lo que significa para mí: es una respuesta que hay que repetir más de una vez, porque el espectador no se va.
Vecinos, visillos y espectadores
En el Planeta Gayfolk hay más canciones con gente que mira. La más cercana es «La vecina cotilla», donde el que mira es el propio narrador, pegado a la ventana para ver al vecino de los pantalones cortos, y el tono es de picardía, no de juicio. En el diario hay un elogio del visillo que habla de ella. La diferencia con «Tan cateto» es enorme. Mirar con deseo o con curiosidad no es lo mismo que mirar para señalar. El espectador de «Tan cateto» no mira porque le guste lo que ve, mira para que los demás también miren y se escandalicen.
En la lista de 273 canciones de la web, «Tan cateto» es la número 21. Va justo después de «Ay, gachó» y justo antes de «Con el taconeo». Es de las primeras de la lista, y me parece bien que esté ahí, porque es una canción de presentación: así somos, así vamos por la calle, y no le vamos a dar más explicaciones a nadie.
Lo que me llevo del clip
Cuando vuelvo a ver el vídeo, me quedo con el banco del parque. Dos chicos sentados, sin hacer nada, y un semicírculo de gente de pie inclinándose sobre ellos para señalarlos. Esa imagen la hemos vivido muchos, en la calle, en el metro, en la puerta de un bar. La canción no la arregla, pero la pone en su sitio: el que señala es el espectador, y su opinión es solo eso, la de alguien que mira.
En el diario hay una nota sobre el Orgullo de cada día que dice algo parecido con otras palabras. La canción está en Spotify y en todas las plataformas, y hay material sobre el planeta en la sala de prensa. Y la próxima vez que alguien os señale con el dedo por ir de la mano, ya sabéis la pregunta. Con «usted», que la educación no se pierde.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «Tan cateto»?
Grupos de personas mayores con los brazos cruzados o señalando con el dedo, bajo arcoíris y nubes de humo de colores, frente a parejas jóvenes que van de la mano, se abrazan o se sientan juntas en un banco. Hay grupos de jóvenes con banderas del arcoíris, una calle cubierta de paraguas de colores y, al final, una drag de pelo rosa rodeada de gente en plena calle.
¿Qué diferencia hay entre «Tan cateto» y «Tan paleto»?
Comparten la letra. «Tan cateto» está en el disco «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» y «Tan paleto» en «El día de la liberación», cada una con su propio videoclip.
¿Cuándo se publicó el videoclip de «Tan cateto»?
El videoclip oficial se estrenó en YouTube el 17 de abril de 2025 y dura tres minutos y treinta y un segundos. En la lista de 273 canciones de la web es la número 21.
¿A quién va dirigida la canción?
A un personaje inventado: el que mira desde fuera y se molesta porque dos hombres vayan de la mano, porque un novio sea africano o porque sus hijos vean un beso. La canción lo llama espectador y le responde con un «usted» muy educado.