Salud mental
Entre tantas constelaciones: compararse, sentirse poca cosa y el brillo que no compite
Por Mike Sain't Louis ·

Una figura diminuta, con un traje rojo de flores, camina sobre una cuerda floja tendida en mitad del espacio. Debajo, un planeta rosa enorme. Alrededor, polvo de estrellas, nebulosas, puntos de luz que se pierden hacia el fondo. La figura es tan pequeña que casi hay que buscarla. Todo lo demás es inmenso. Ese fotograma del videoclip de «Punto muerto» abre esta nota, y es difícil encontrar una imagen más exacta de cómo se siente uno cuando se compara con el resto del universo y sale perdiendo.
La canción empieza justo con esa sensación:
Entre tantas constelaciones, galaxias y estrellas
Como voy a ser yo la que de un brillo especial
Es una pregunta sin signos de interrogación, como se hacen las preguntas que en el fondo ya tienen respuesta. ¿Cómo voy a ser yo, con todo lo que hay? Entre tanta luz, ¿qué va a importar la mía? Es la pregunta de la comparación, y casi todo el mundo la ha hecho alguna vez. Pero hay épocas en que se hace todos los días, a todas horas, y en que la respuesta siempre es la misma: no, yo no.
Esta nota sigue esa pregunta por varias letras del Planeta Gayfolk y la mira también desde un sitio inesperado: la astronomía, que lleva siglos aprendiendo a distinguir entre lo que una estrella parece y lo que de verdad es. De la biografía de Mike Sain't Louis solo entra aquí lo que él mismo ha hecho público: el acoso y los abusos de su infancia, dos relaciones que terminaron mal con personas que él describe como narcisistas, los diagnósticos que llegaron a los 41, entre ellos una depresión mayor, y el trabajo que hace hoy con una buena psicóloga. Los personajes de las letras son de ficción.
Una pregunta que cambia de género
Hay un detalle en «Punto muerto» que merece una lectura atenta. La primera pregunta está en femenino: «como voy a ser yo la que de un brillo especial». La segunda, dos versos después, cambia a masculino:
Entre tantos falsos amores, amigos, parejas
Como voy a ser yo el que solo suelte la verdad
«La que», «el que». Puede ser un descuido, una elección de rima o un juego deliberado. Da igual. Lo que hace es abrir la pregunta. No es la pregunta de un hombre concreto ni de una mujer concreta. Es la pregunta de cualquiera que se haya sentido pequeño entre demasiada gente. Y en el universo de Mike, donde el género se usa con libertad y la pluma no pide permiso, ese baile entre «la» y «el» tiene algo de guiño: la duda es la misma con tacones o sin ellos.
La segunda pregunta, además, añade algo. Brillar más que los demás deja de ser el único problema. Ahora se trata de ser el único que dice la verdad entre tantos falsos amores, amigos y parejas. Hay aquí una mezcla muy reconocible de dos sentimientos que parecen opuestos y suelen ir juntos: sentirse menos que los demás y, a la vez, sentirse el único honesto en un mundo de impostores. Uno no brilla, pero al menos no finge. Es un consuelo amargo, y la canción lo deja ahí, sin resolver.
Punto muerto
Después de las dos preguntas, la letra se detiene. Literalmente. Las palabras empiezan a caer de una en una, como si el motor se hubiera calado:

Y es que estoy
En
Un
Punto
Muerto
Cinco versos para decir una sola cosa. Cada palabra en su línea, separada, aislada, como estrellas sueltas sin constelación. La forma de la letra imita lo que dice. Un punto muerto es esa posición de la marcha en la que el motor está encendido pero el coche no avanza. Se oye el ruido, se gasta gasolina, y no se va a ninguna parte.
Quien ha pasado por una depresión conoce bien ese estado. No es exactamente tristeza. Es estar parado con el motor en marcha. La cabeza sigue funcionando, a veces demasiado, dándole vueltas a todo, comparándose con todos, pero el cuerpo no se mueve. Y en ese parón, la comparación tiene todo el tiempo del mundo para hacer su trabajo. Mientras uno está quieto, los demás parecen avanzar a toda velocidad. Cada foto de otro es un kilómetro que él no ha recorrido.
Esa sensación de parón la describe bien la entrada sobre la depresión más allá de la tristeza. Leída junto a «Punto muerto», se entiende por qué la comparación pesa tanto en esos momentos: no es que los demás brillen más, es que uno ha dejado de moverse y todo lo que se mueve parece luz.
Los chicos tan perfectos
La comparación no siempre es con el universo entero. A veces es mucho más concreta, y mucho más cruel. En «Spoiler» el narrador asiste, día a día, a cómo su pareja empieza a pasar el tiempo en las redes mirando a otros:
Por eso estabas todo el día en los directos,
rodeado de esos chicos tan perfectos
La canción es un pequeño thriller doméstico, contado con mucha guasa: primero un corazón en una foto de Madonna, luego una foto de perfil con labios perfectos, luego historias seductoras, luego «por lo menos diez» reacciones en una foto de abdominales. Y en medio de todo eso, el narrador mirando. Comparándose. Midiendo su cuerpo, su cara, su edad, contra esos chicos tan perfectos que su pareja mira en la pantalla.
Esta forma de comparación tiene algo particular en el ambiente gay. Mucha gente lo ha contado: la presión por el cuerpo, la juventud, el físico de gimnasio, la cara sin arrugas. Hay entradas del diario que lo tratan con más calma, como la de autoestima y cuerpo o la de apps de ligar y autoestima. Lo que «Spoiler» añade es la escena íntima: no es uno contra la sociedad, es uno contra los chicos que mira la persona que dice quererle.
Y añade también un remate. Al final de la canción, el narrador anuncia el desenlace y dice que esta vez es inmune, que no le va a doler. No sabemos si es verdad. Pero la frase muestra que ha decidido salir de la competición. Ya no quiere medirse con los chicos perfectos. Quiere que la película termine.
Un espejo que cambia de humor
Hay otra comparación, quizá la más difícil de todas: la que uno hace consigo mismo. En «El espejo de enfrente» el espejo funciona como un juez caprichoso que cambia de veredicto según el día:
hoy se está portando bien el espejo de enfrente
Ya se me marcan las abdominales
Hoy estoy resplandeciente
Y unas líneas después, sin transición:
hoy se está portando fatal el espejo de enfrente
Es una forma muy lúcida de describir algo que pasa mucho: la imagen que tenemos de nosotros mismos depende menos del cuerpo que del estado de ánimo. El cuerpo de un martes y el de un miércoles son prácticamente iguales. Lo que cambia es el humor con el que uno se mira. Y la canción lo cuenta poniendo la responsabilidad en el espejo, como si fuera él quien se porta bien o mal. Es un chiste, claro. Pero es un chiste que dice la verdad: el espejo no miente, pero nuestros ojos sí.
Otra entrada se centra en esta canción y trata la autoimagen y la crueldad con más detalle. Aquí basta con señalar lo que tiene que ver con la comparación: uno no solo se compara con los demás, también se compara con una versión idealizada de sí mismo, la del día bueno, la de las abdominales marcadas, y cualquier día que no se le parezca se vive como un fracaso.
Lo que una estrella parece y lo que es
Volvamos al cielo de «Punto muerto», porque la astronomía tiene algo que decir sobre la comparación.

Hace más de dos mil años, el astrónomo griego Hiparco clasificó las estrellas visibles en seis categorías según su brillo. Las más luminosas eran de primera magnitud. Las más tenues que podía ver a simple vista, de sexta. Esa escala, con muchas correcciones, se sigue usando hoy. Pero los astrónomos aprendieron algo importante con el tiempo: el brillo que vemos desde la Tierra no dice cuánto brilla de verdad una estrella.
Por eso se distinguen dos cosas. La magnitud aparente es el brillo con el que una estrella se ve desde aquí. La magnitud absoluta es el brillo que tendría si todas las estrellas estuvieran a la misma distancia. Y la diferencia entre las dos puede ser enorme.
Sirio, por ejemplo, es la estrella que más luce en el cielo nocturno. Pero en buena parte lo es porque está cerca, a unos 8,6 años luz. Hay estrellas muchísimo más luminosas que, como están a cientos de años luz, se ven más pálidas. Si pudiéramos ponerlas todas a la misma distancia, el ranking cambiaría por completo. La que parecía reina se quedaría en una estrella modesta. Algunas que apenas se distinguían pasarían a ser deslumbrantes.
Con las personas ocurre algo parecido. Las que nos parecen más luminosas suelen ser las que tenemos más cerca de los ojos: las que salen en la pantalla del móvil, las que se exhiben, las que han aprendido a ponerse bajo el foco. No necesariamente las que más brillan por dentro. Y uno mismo, visto desde dentro, con todas sus dudas y sus días malos, siempre parece más pálido de lo que es. La comparación mide magnitudes aparentes. Nunca absolutas.
La luz que ya no está
Hay otro hecho astronómico que viene al caso. Cuando miramos una estrella, no la vemos como es ahora. La vemos como era cuando salió la luz que nos llega. La estrella más cercana al Sol, Próxima Centauri, está a unos 4,2 años luz. Lo que vemos de ella es luz que partió hace más de cuatro años. Con estrellas más lejanas, la luz que vemos salió hace siglos. Algunas podrían haber cambiado por completo, o incluso haberse apagado, y seguiríamos viéndolas brillar.
Las imágenes con las que nos comparamos en redes tienen algo de luz antigua. Son momentos escogidos, editados, a veces de hace tiempo. Lo que muestran ya no está ocurriendo. La persona de la foto perfecta puede estar, en este preciso momento, en su propio punto muerto. Y nosotros, comparándonos con su luz vieja, nos sentimos apagados.
No es una idea para consolarse con la desgracia ajena. Es una idea para relativizar. Lo que vemos de los demás es siempre una imagen parcial y desfasada. Lo que sabemos de nosotros mismos, en cambio, es todo, incluido lo peor. La comparación es injusta por definición: compara el escaparate ajeno con la trastienda propia.
Las constelaciones las dibujamos nosotros
Conviene quedarse un momento más en el cielo, porque hay una última lección escondida en la palabra con la que empieza la canción. Constelación. Parece que las constelaciones están ahí, escritas en el firmamento, como si alguien hubiera trazado el carro de la Osa Mayor o el cinturón de Orión con una regla. No es así. Las estrellas que forman una constelación casi nunca tienen nada que ver entre ellas. Unas están cerca y otras lejísimos, unas son jóvenes y otras viejas. Solo parecen juntas porque las miramos desde aquí, desde este punto concreto del espacio, y porque nuestros antepasados necesitaban contar historias para orientarse por la noche.

La Unión Astronómica Internacional reconoce hoy 88 constelaciones oficiales, con fronteras fijadas en el siglo pasado. Pero esas fronteras son un acuerdo humano, un mapa útil, no una propiedad del cielo. Vistas desde otro lugar de la galaxia, las mismas estrellas formarían dibujos completamente distintos. El carro sería otra cosa. El cazador no tendría cinturón.
La comparación funciona igual. Cuando uno se pone al lado de otros y se mide, está dibujando una constelación. Elige unos puntos, los une con líneas imaginarias y cree ver una figura: yo soy el más pequeño, el más apagado, el que va detrás. Pero esa figura depende del sitio desde el que se mira. Cambia el punto de vista y la figura se deshace. Lo que parecía una jerarquía era solo una perspectiva.
En «Punto muerto» el narrador mira desde un lugar muy concreto: el del parón, el de la depresión, el de quien se siente invisible. Desde ahí, todas las estrellas parecen más grandes que él. No porque lo sean, sino porque el sitio desde el que mira deforma las distancias. Por eso cambiar de lugar, aunque sea un poco, puede cambiar mucho la imagen. Salir de casa, hablar con alguien, escribir una canción, pedir ayuda. Cualquier movimiento redibuja el cielo.
Hay quien, en terapia, aprende a hacer algo parecido con los pensamientos: mirarlos desde fuera, preguntarse desde dónde se están pensando, notar que la misma situación vista con otro ánimo tendría otra forma. No es magia ni autoengaño. Es reconocer que la mente, como el ojo que mira el cielo, siempre está en algún sitio.
Escribir para cambiar la escala
¿Qué hace la escritura con todo esto? En el caso de Mike, algo muy concreto: convierte la comparación en canción, y al hacerlo cambia su escala.
Mientras la comparación vive dentro de la cabeza, es enorme. Ocupa todo. Cada foto ajena es una prueba, cada éxito de otro una acusación. Pero cuando se escribe, «como voy a ser yo la que de un brillo especial», la pregunta cabe en dos versos. Se puede mirar entera. Y una vez mirada entera, empieza a verse lo que tiene de exagerada. Tantas constelaciones, galaxias y estrellas. ¿De verdad hay que competir con todo el universo? ¿Quién ha puesto esa vara de medir?
Hay además una ironía preciosa en todo esto. La canción que dice «como voy a ser yo la que de un brillo especial» forma parte de un proyecto entero dedicado a inventar un planeta. Un planeta propio, con su luz, su órbita y su nombre. El narrador que duda de su brillo es el mismo que se ha construido un cielo entero. En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», el álbum central de la trilogía y el que acoge «Punto muerto», esa contradicción se ve muy clara: la duda y la creación conviven en el mismo álbum, a veces en la misma canción.
Quizá esa sea la respuesta más útil a la pregunta de la comparación. No intentar brillar más que los demás. Construirse un sitio donde la propia luz tenga sentido. Las estrellas no compiten entre ellas. Cada una está a su distancia, quemando lo que tiene. Lo que llamamos constelaciones son dibujos que inventamos nosotros desde aquí, uniendo puntos que en realidad están lejísimos unos de otros.
Tres preguntas para cuando aparece la comparación
Las canciones no dan recetas, pero de su forma de mirar se pueden sacar algunas preguntas sencillas para los momentos en que la comparación aprieta.

¿Desde dónde estoy mirando? Si estás en un punto muerto, cansado, triste o solo, todo lo de fuera va a parecer más luminoso. No es el mejor momento para hacer balance de tu vida. Apunta la comparación, si quieres, y vuelve a leerla otro día con el ánimo distinto.
¿Estoy comparando luz vieja? La foto perfecta, el directo con los chicos tan perfectos, el perfil que parece no tener días malos: casi todo lo que vemos de los demás es una imagen escogida y desfasada. Compararla con tu día de hoy, entero y sin filtro, es jugar con las cartas marcadas.
¿Quién ha decidido la escala? «Entre tantas constelaciones, galaxias y estrellas». Nadie te pidió competir con el universo. Si la vara de medir es imposible, el problema es la vara. Prueba a medirte con tu propia semana pasada, no con la vida ajena. Es una escala más pequeña, más justa y, sobre todo, tuya.
Ninguna de estas preguntas hace desaparecer la comparación. Pero le quitan algo de autoridad. Y una comparación sin autoridad es solo un pensamiento más, de los muchos que pasan por la cabeza en un día cualquiera.
Cuando la comparación es un síntoma
Conviene decir algo con claridad. Compararse de vez en cuando es humano y hasta útil. Pero cuando la comparación se vuelve constante, cuando cualquier logro ajeno se vive como un fracaso propio, cuando uno se siente siempre el último de la fila, puede ser una señal de que algo no va bien. La comparación compulsiva acompaña a menudo a la depresión y a la ansiedad, y a la vez las alimenta. Es un círculo.
Romper ese círculo no siempre es posible por uno mismo. A veces hace falta ayuda profesional para entender de dónde viene esa necesidad de medirse y para aprender a mirarse con otros ojos. Mike trabaja hoy con una terapeuta en la que confía; los detalles de esas sesiones son suyos y aquí se quedan fuera. Pero el planeta que ha construido, con todas sus dudas dentro, es la prueba de que se puede seguir creando aunque la pregunta del brillo no se haya contestado del todo.
Si conoces a alguien que vive atrapado en la comparación, quizá no sirva de mucho decirle que vale mucho. Lo ha oído mil veces y no se lo cree. Sirve más quedarse cerca, interesarse por lo que hace sin compararlo con nada, recordarle con hechos que su luz llega. Para ideas concretas, está la guía para acompañar a alguien deprimido.
Para escuchar «Punto muerto»
«Punto muerto» se puede poner ahora mismo en Spotify. La página de prensa explica cómo se reparten las canciones entre los tres álbumes del planeta y qué cuenta cada uno.
Si te sientes poca cosa
Si llevas tiempo sintiendo que todo el mundo brilla menos tú, si la comparación no te deja en paz, no es una debilidad ni una exageración: es algo que se puede hablar y trabajar. Busca a alguien de confianza o a un profesional. Cuando la angustia aprieta de verdad, en España tienes el 024, gratuito y disponible a cualquier hora, con opción de chat. En caso de emergencia, el 112. Hay más puertas: el Teléfono de la Esperanza (717 003 717) para conversar con alguien que escucha, y la Fundación ANAR (900 20 20 10) si quien sufre es un chaval o una chavala. Viviendo en otro país, el buscador findahelpline.com da con la línea adecuada.
La figura del traje rojo sigue en su cuerda floja, diminuta entre galaxias. Pero no está quieta. Camina. Y desde algún planeta lejano, alguien que mire hacia allí verá un punto de luz que no sabe que es pequeño.
Preguntas frecuentes
¿Qué dice «Punto muerto» sobre compararse con los demás?
La canción empieza con una pregunta: «Entre tantas constelaciones, galaxias y estrellas / Como voy a ser yo la que de un brillo especial». Es la duda de alguien que se mira al lado de todo lo que brilla y se siente invisible.
¿Por qué nos comparamos más cuando estamos mal?
Cuando el ánimo está bajo, la atención tiende a fijarse en lo que confirma que uno vale poco. La comparación con otros, sobre todo con versiones editadas de su vida en redes, alimenta ese sesgo. No significa que la comparación sea verdad, sino que el estado de ánimo filtra lo que vemos.
¿Qué es la magnitud aparente de una estrella?
Es el brillo con el que una estrella se ve desde la Tierra. Depende de cuánta luz emite y de lo lejos que está. Por eso una estrella cercana y modesta puede lucir más que otra lejana y mucho más luminosa. La astronomía la distingue de la magnitud absoluta, que mide el brillo real.
¿Los personajes de estas canciones existen?
No. Los nombres y personajes de las letras de Mike Sain't Louis son inventados. Lo que se cuenta sobre él en esta nota se limita a lo que ha compartido públicamente.
¿Dónde pedir ayuda si me siento muy mal?
En España, el 024 atiende todo el día, gratis y también por chat. Ante una emergencia, el 112. El Teléfono de la Esperanza, en el 717 003 717. Para menores, la Fundación ANAR en el 900 20 20 10. Desde otros países, findahelpline.com.