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«Gaslighting» como número de drag: espejo, tacón, neón, «gracias pero no» y un «I won maricón» final

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Portada de «Gaslighting», canción de Mike Sain't Louis

«Me dices baby no pasó / Que lo soñé, que todo fui yo.»

Se apagan las luces de la sala. Un foco. Una silueta en el centro del escenario, de espaldas, con una mano en la cadera. Suena la primera frase y la silueta se gira despacio. No hace falta que hable todavía. Ya sabemos que alguien le ha dicho que se lo ha inventado todo, y que ha venido a contestar.

«Gaslighting» es una canción sobre la luz de gas, esa forma de manipulación en la que el otro te convence de que lo que viste no lo viste. El diario ya la ha explicado con calma en su nota sobre cuando te dicen que lo soñaste. Esta crónica no va a repetir la explicación. Va a hacer otra cosa: montar el número.

Porque la letra, si se lee con atención, funciona además como escaleta. Tiene espejo, tiene tacón, tiene neón, tiene coreografía y tiene un final con los brazos en alto. Es un número de drag escrito en forma de canción. Vamos a montarlo, movimiento a movimiento.

Primer movimiento: la acusación

Todo buen número de drag empieza con un conflicto. La reina sale al escenario porque algo le ha pasado. La han dejado, la han engañado, la han humillado. Y el público necesita saberlo en los primeros segundos para estar de su lado.

Aquí el conflicto se presenta en dos versos, en boca del enemigo: no pasó, lo soñaste, todo fuiste tú. Son tres frases que cualquiera que haya vivido una relación así conoce de memoria. La negación, el sueño, la culpa. En ese orden. Primero te dicen que no ocurrió. Luego que lo imaginaste. Y al final, si insistes, que el problema eres tú.

La reina escucha. No contesta todavía. Deja que la acusación flote en el aire de la sala, como el humo de la máquina que sale por los laterales del escenario.

Y entonces, el giro de cadera: «Pero sorry, yo sé bien / Lo que vi, lo que sentí también».

Sorry. En inglés, con la sonrisa de las drags cuando te dicen algo con mucha educación justo antes de destrozarte. Lo siento, cariño, pero yo sé lo que vi. Es el primer golpe del número, y es suave. La reina todavía no ha empezado a bailar.

Segundo movimiento: las luces

En el segundo movimiento, el escenario se enciende. La letra lo describe con una precisión de técnico de iluminación: «Las luces bailan sobre mi piel / Hoy me siento más strong than ayer».

Las luces bailan sobre la piel. No es la reina la que baila todavía: son las luces. Es ese momento de los espectáculos en que el foco blanco se convierte en una lluvia de colores y el cuerpo de la artista se llena de puntitos de la bola de espejos. Es el momento en que el público empieza a gritar.

Y la frase en Spanglish, «más strong than ayer», es pura pista de baile. Nadie habla así en una conversación. Así se habla cuando estás arriba, con el micrófono, y mezclas idiomas porque el subidón no entiende de gramática.

Luego llega la frase que convierte el número en manifiesto: «Tu mentira no me va a callar». Callar. La luz de gas, en el fondo, es una manera de callar a alguien. Si consigues que dude de lo que vio, deja de contarlo. La reina se niega. Y lo dice en el centro del escenario, que es el sitio menos callado del mundo.

Tercer movimiento: el espejo

Todo número de drag tiene un momento de espejo. A veces es literal: un espejo de camerino que se saca al escenario. A veces es figurado: la reina se mira en el público como quien se mira en un cristal. En esta canción es las dos cosas:

Fotogramas del videoclip oficial de «Gaslighting», de Mike Sain't Louis

«En el espejo digo here I am / Ya no me apagas, no soy tu blame»

Aquí estoy. Dicho al espejo. Es el gesto más íntimo del número, y es el que más dice sobre la luz de gas. Porque lo que hace la manipulación es precisamente quitarte el espejo. Hacer que no te reconozcas. Que dudes de tu propia cara. Y lo primero que hace quien sale de ahí es volver a mirarse y decir: soy yo, estoy aquí.

«Ya no me apagas.» La luz de gas tiene en el nombre una lámpara, la de la película antigua en la que un marido bajaba la llama de gas de la casa y le decía a su mujer que eran imaginaciones suyas. La reina de este número juega con eso: tú me apagabas, ya no. El gas que bajabas ahora lo controlo yo.

Y la frase inglesa, «no soy tu blame», es gramaticalmente imposible y emocionalmente exacta. No soy tu culpa. No soy el sitio donde tú descargas tu culpa. El Spanglish aquí no es descuido: es una manera de decir algo que en un idioma solo no cabe.

Cuarto movimiento: el fuego

Y ahora el número sube de temperatura. La letra pasa de la defensa al ataque, con una imagen que es pura pirotecnia: «Que arda tu gas, yo soy la queen / Que brilla fuerte sobre el beat».

Que arda tu gas. Esta frase es magnífica. Le da la vuelta a la metáfora entera. El gas que usabas para apagarme ahora arde. Se ha convertido en fuego, en lanzallamas de escenario, en esas columnas de fuego que salen del suelo en los conciertos grandes. La herramienta de la manipulación se convierte en el efecto especial del número.

Y la reina, en medio del fuego, brilla sobre el beat. Sobre el ritmo. Esto es lo que hacen las drags en los clubes a las tres de la mañana: brillar encima de la música, montarse en el bajo como quien se monta en una ola. Es el momento del número en que la artista deja de contar su historia y simplemente es. Lentejuela, peluca, tacón, fuego.

En la segunda estrofa la letra añade el tacón, que faltaba en el vestuario: «Cada paso sobre este tacón / Es mi grito contra tu prisión». Cada paso es un grito. Esto lo sabe cualquiera que haya visto a una drag caminar por un escenario: el tacón suena, marca, golpea el suelo como un tambor. Es un lenguaje. Y aquí ese lenguaje dice que la prisión se ha acabado.

El estribillo: gracias pero no

Entre movimiento y movimiento, el estribillo. Y el estribillo tiene la frase más elegante de toda la canción, una que podría estar bordada en un cojín del salón de cualquier abuela:

«Gaslighting, gaslighting, / Gracias pero no».

Gracias pero no. Es la fórmula de rechazo más educada del castellano. La que se usa con el camarero que te ofrece otro café, con la vecina que te ofrece croquetas que no te apetecen, con el comercial que llama a la hora de la siesta. Gracias, pero no.

Y la canción la usa para rechazar la manipulación. No con un insulto. No con un portazo. Con un gracias. Hay una ironía exquisita en eso: el que te hacía luz de gas probablemente esperaba una pelea, un llanto, una escena. Y lo que recibe es la sonrisa de una dependienta de El Corte Inglés. Gracias, pero no, caballero. Que pase usted un buen día.

Esa cortesía es más devastadora que cualquier grito. Es la cortesía de quien ya no necesita discutir. Porque ya sabe lo que vio.

Quinto movimiento: los don't you dare

Antes del final, el número tiene un puente. El momento en que la música baja, la reina se acerca al borde del escenario y señala con el dedo a alguien de la primera fila:

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «En el espejo digo here I am Ya no me apagas, no soy tu blame» de «Gaslighting»

«Don't you dare decir que no / Don't you dare negar lo que pasó / Don't you dare tapar mi voz»

Tres veces «don't you dare». Ni se te ocurra. Es la frase de las madres inglesas en las películas y de las divas en los programas de telerrealidad. Aquí suena como un dedo que se mueve de lado a lado delante de una cara. «Ni se te ocurra decir que no. Ni se te ocurra negar lo que pasó. Ni se te ocurra tapar mi voz.»

Es la respuesta exacta, punto por punto, a la acusación del primer movimiento. Allí el otro decía «no pasó». Aquí la reina dice «ni se te ocurra negar lo que pasó». El número ha dado la vuelta completa. Lo que empezó como una acusación termina como una prohibición.

Y la última línea del puente, «Gaslighting here is over, I'm the boss», es la que se dice con la mano en alto y el público en pie. Se acabó. Aquí mando yo.

El final: I won maricón

Y llegamos al cierre. Todo número de drag tiene un final que se recuerda. Un split, una caída de abanico, una peluca que se arranca y deja ver otra debajo. El de esta canción es verbal, y es uno de los mejores remates del catálogo:

«Gaslighting, gaslighting, I won maricón.»

Y luego, solo: «I won maricón / I won maricón / I won maricón».

Gané, maricón. En inglés y en castellano a la vez. Con la palabra de la casa, la que el planeta usa con cariño, como reivindicación o como dardo. Aquí es las tres cosas. Es cariño hacia quien escucha, que es parte de la familia. Es reivindicación, porque el que ha ganado es un maricón y lo dice. Y es dardo, porque el que perdió, el de la luz de gas, se lo tiene que tragar.

Hay algo muy de pista en ese final repetido. Es el momento en que el DJ deja sonar la última frase en bucle mientras la reina hace la reverencia y el público grita. I won. I won. I won. Ya no hace falta decir nada más.

La película que le puso nombre

Antes del número, un apunte de cartelera. La expresión «luz de gas» viene de una obra de teatro británica de 1938, «Gas Light», de Patrick Hamilton, que el cine convirtió en «Luz que agoniza» en 1944, con Ingrid Bergman en el papel de la esposa a la que el marido intenta volver loca. En la historia, el marido baja la intensidad de las lámparas de gas de la casa y, cuando ella lo nota, le dice que no, que las luces están igual, que son cosas suyas.

Es una imagen de melodrama clásico, de las que encantan en el planeta. Una mujer en una casa victoriana, con corsé y candelabros, que empieza a dudar de sus propios ojos porque el hombre que duerme a su lado le dice que la llama no ha bajado. Ingrid Bergman ganó el Óscar por ese papel, y la palabra se quedó en el idioma de la psicología para siempre.

Lo bonito de la canción es que coge ese escenario de época, oscuro y asfixiante, y lo traslada a una discoteca. Las lámparas de gas se convierten en focos de colores. El corsé se convierte en lentejuela. La esposa asustada se convierte en una queen sobre el beat. Es la misma historia contada desde el otro lado: desde la mujer que, en lugar de volverse loca, sube la llama hasta que el gas arde.

El Spanglish como vestuario

Merece la pena detenerse en el idioma de la letra, porque en este número el idioma también es vestuario. La canción mezcla castellano e inglés casi en cada verso: «strong than ayer», «here I am», «no soy tu blame», «game is done», «I'm the boss». No es una canción en inglés con alguna palabra en castellano, ni al revés. Es un tejido en el que los dos idiomas se cosen.

Collage con un detalle de la carátula de «Gaslighting» y las carátulas de «La primera drag», «La Música Me Está Salvando», «No contact»

En el mundo drag esto tiene mucho sentido. La cultura de las reinas está llena de expresiones inglesas que han llegado a los clubes de todas partes desde la televisión y las redes: «slay», «queen», «serve», «work». En cualquier camerino de Madrid o de Maspalomas se oyen frases a medio camino entre los dos idiomas. Es la lengua de la purpurina.

Hay quien critica esa mezcla y la ve como una pérdida, como si el castellano se estuviera rindiendo. En el planeta se ve al revés. El castellano no se rinde: se maquilla. Se pone pestañas postizas en inglés, igual que una reina se pone una peluca rubia sin dejar de ser el chaval de su barrio. Debajo sigue estando la voz de siempre, la que dice «lo que vi, lo que sentí también» sin traducción posible.

Y la canción la usa para algo concreto. Las frases más duras, las que señalan al otro, suelen ir en inglés: «don't you dare», «game is done». Las más íntimas suelen ir en castellano: «lo que vi, lo que sentí también», «tu mentira no me va a callar», «mi verdad ya nadie la puede negar». Como si el inglés fuera la armadura para la batalla y el castellano la piel de debajo.

Y el remate, «I won maricón», junta las dos cosas en tres palabras. La armadura y la piel. El idioma del escenario y el idioma de casa.

Su sitio en el disco

«Gaslighting» no aparece sola. En la segunda mitad de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk» hay un tramo largo de canciones con título en inglés y clima de pista: «Boys from the village», «Boys like us», «Beat my post-traumatic stress», «Another narcissist», «Dark corners», y luego, tras «Gaslighting» y «Tu mendigo», «Light it up», «Amsterdam» y «No contact». Es como si el disco, a esa altura, se fuera de fiesta.

Pero es una fiesta con memoria. Muchos de esos títulos hablan del mismo asunto que esta canción: el narcisismo, el trauma, el contacto cero, la oscuridad de ciertos rincones. El planeta baila, sí, pero baila sobre lo que le ha pasado. La pista de baile como sitio donde se procesa lo vivido, igual que la sala de un terapeuta pero con más purpurina.

Dentro de ese tramo, «Gaslighting» es probablemente el número más teatral. El que más escenario pide. Las demás canciones de esa recta se bailan; esta, además, se interpreta. Tiene personajes, tiene giro, tiene clímax y tiene telón. Por eso esta crónica ha querido leerla así, como un espectáculo completo, y no como una canción más de la lista.

El escenario que lo hace posible

Un apunte sobre el lugar donde se monta este número. El planeta tiene un vínculo muy fuerte con la cultura drag, y no solo en esta canción. El primer disco de la trilogía empieza con «La primera drag», y el diario tiene una nota sobre drag y escena queer que explica por qué estos escenarios son tan importantes. La página de camp español de la web habla de las drag queens de las verbenas del pueblo como parte del linaje estético del proyecto.

Ficha de la canción «Gaslighting» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

En ese contexto, leer «Gaslighting» como un número de drag no es una ocurrencia de cronista. Es reconocer de dónde viene su lenguaje. La reina, el tacón, el neón, el espejo, el «I'm the boss». Todo eso es vocabulario de escenario. La canción se apropia de ese vocabulario para hablar de algo muy íntimo, que es salir de una relación donde te hacían dudar de tu propia cabeza.

Y la elección tiene sentido. Porque la drag es, entre otras cosas, el arte de construirse a uno mismo delante de todos. De decir quién eres con el cuerpo, la ropa y la voz. Justo lo contrario de lo que hace la luz de gas, que es deshacerte poco a poco hasta que no sabes quién eres.

Lo que el número no enseña

Como en todo espectáculo, hay cosas que no se ven desde la butaca. El maquillaje que se tarda tres horas en poner. Los ensayos. El miedo antes de salir.

La canción tampoco enseña eso. No cuenta cuánto tardó la reina en llegar al escenario, ni cuántas veces dudó, ni cuántas noches pensó que a lo mejor sí lo había soñado. Muestra el número terminado, reluciente, con su final de I won. El proceso queda fuera.

Esta crónica quiere dejar constancia de ese hueco, sin rellenarlo. Porque quien esté todavía en el camerino, maquillándose con las manos temblando, merece saber que el número que ve en el escenario tuvo un camerino también. Que nadie sale de la luz de gas directamente al neón. Que hay un rato largo de espejo antes del «here I am».

La ficha del espectáculo

«Gaslighting» es la pista 59 de 86 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segunda parte de la trilogía, que se puede recorrer en la página del álbum. Está rodeada de canciones en inglés y con aire de pista: justo antes, «Dark corners»; justo después, «Tu mendigo». En el listado general de la web figura como la pista 89 de 273.

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como el proyecto declara abiertamente. Los datos citables están en el centro de prensa.

Se escucha en Spotify, se descarga gratis desde su ficha y tiene videoclip propio. El diario le dedicó una entrada de vídeo con un resumen que es casi un tuit perfecto: «Eso nunca pasó». Sí pasó, cariño.

Telón

Se cierra el telón. La reina hace la última reverencia. El público sigue gritando aunque la música ya ha parado. Alguien tira una flor de plástico al escenario.

Y en la sala, entre el humo y los vasos de plástico en el suelo, hay quien se ha quedado quieto, con los ojos húmedos. Alguien que reconoció la primera frase. Me dices que no pasó. Que lo soñé. Que todo fui yo.

Para esa persona, el número no ha sido un espectáculo. Ha sido un ensayo. Uno de los primeros. Y la próxima vez que alguien le diga que no pasó, quizá le salga solo, con la sonrisa educada de una dependienta de El Corte Inglés.

Gracias, pero no.

Y después, si le apetece, que se vaya a bailar. Que el número no termina en el escenario: termina en la pista, entre desconocidos que no le van a decir a nadie lo que tiene que recordar.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Gaslighting»?

De la luz de gas, la manipulación en la que el otro te dice que algo no pasó: «Me dices baby no pasó / Que lo soñé, que todo fui yo». La canción responde con un «Gracias pero no» y celebra haber salido de ahí.

¿Qué significa «I won maricón»?

Es el remate del estribillo, repetido al final: «Gaslighting, gaslighting, I won maricón». Mezcla inglés y castellano para proclamar victoria con el vocabulario de la casa.

¿Por qué hablar de drag?

Porque la letra describe una escena de escenario: luces sobre la piel, un tacón, el neón, el espejo y una «queen que brilla fuerte sobre el beat». Esta crónica la lee como un número de actuación.

¿En qué disco está?

Es la pista 59 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK.

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