Planeta Gayfolk

Cultura LGTBI

Historia del drag: del transformismo de cabaret a «Drag Race España», leída con «Soy marica sideral» y otras letras del Planeta Gayfolk

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Portada de «Soy Marica Sideral», canción de Mike Sain't Louis

Antes de que se encienda el foco hay un espejo con bombillas, una brocha, una peluca en su soporte de poliestireno y alguien que se mira durante mucho rato. El drag empieza ahí, en ese silencio de camerino, mucho antes del primer aplauso. Es un oficio de paciencia: pegar pestañas, disimular la barba, calcular cuántos centímetros de tacón aguanta una noche entera.

Este texto recorre la historia del drag, de los teatros donde no se dejaba actuar a las mujeres al transformismo de cabaret, de Paco España a la Gala Drag Queen de Las Palmas y a «Drag Race España». Y lo hace al lado de varias canciones del Planeta Gayfolk, el catálogo de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, en las que los tacones, la purpurina y el espejo aparecen una y otra vez. Las citas salen del archivo de letras, tal como están publicadas.

«Soy silencio con tacones»

«Soy marica sideral», del segundo álbum, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», tiene un verso que podría servir de lema a medio siglo de drag:

Soy silencio con tacones, soy marica sideral.

Es una imagen paradójica. El tacón hace ruido, se oye en el pasillo antes de que llegue la persona. Y sin embargo aquí el tacón es silencio, presencia sin grito. La canción explica el matiz unos versos antes:

Don’t confuse my light with noise, yo no grito pa’ brillar.

No confundas mi luz con ruido. La frase toca algo que el drag conoce bien. Desde fuera se ve exceso, pestañas kilométricas, volumen, carcajada. Desde dentro hay técnica, cálculo y a menudo una timidez enorme que se protege detrás del personaje. Muchos artistas drag cuentan que sobre el escenario son capaces de hacer lo que jamás harían con su ropa de diario. El tacón no es ruido. Es una manera de ocupar sitio.

«Me han llamado exagerada»

La misma canción tiene una estrofa que parece escrita para cualquier artista drag que haya leído los comentarios de un vídeo suyo:

Me han llamado exagerada, teatral y emocional.

Exagerada, teatral, emocional. Son tres adjetivos que se lanzan como reproche y que, en un escenario, son exactamente el trabajo. El drag es exageración con método. Agranda los ojos para que se vean desde la última fila, alarga las uñas para que el gesto se lea de lejos, convierte un movimiento de muñeca en un acontecimiento. Lo que en la oficina sería «demasiado», en el cabaret es lo mínimo.

Y luego viene la respuesta, en esa mezcla de castellano e inglés que atraviesa todo el segundo álbum:

I don't shrink pa' que te sientas más seguro en tu papel.

No me encojo para que tú te sientas más seguro en tu papel. Esa palabra, papel, está muy bien elegida. Quien critica la teatralidad ajena también está interpretando un papel, el del hombre serio, el del que no se mueve, el que vigila que nadie se salga del guion. El drag le devuelve la pregunta: ¿y tu disfraz quién lo ha cosido?

Antes de la palabra: el teatro sin actrices

El origen de la palabra drag es discutido y no hay una etimología segura. Lo que sí está documentado es la costumbre. En la Inglaterra de Shakespeare, las mujeres no podían actuar en los teatros públicos, así que Julieta, Ofelia y lady Macbeth las interpretaban muchachos. La prohibición duró hasta la Restauración, en 1660. En Japón, el shogunato prohibió en 1629 que las mujeres actuaran en el kabuki, y de ahí nacieron los onnagata, actores especializados en papeles femeninos que convirtieron esa limitación en un arte refinadísimo que todavía existe.

España fue una excepción curiosa. En los corrales de comedias del Siglo de Oro las actrices pisaron las tablas desde finales del siglo XVI, aunque con muchas condiciones y bajo sospecha moral constante. Aquí el disfraz de género más famoso del teatro clásico fue al revés: la mujer vestida de hombre, un recurso que Tirso de Molina y Lope de Vega usaron una y otra vez.

Lo interesante de esta prehistoria es que el público aceptaba el juego sin escandalizarse. Todo el mundo sabía que debajo del vestido de Julieta había un chico. La ficción era evidente y funcionaba igual. Esa idea, la de un género que se interpreta a la vista de todos, es la semilla de lo que siglos después se llamaría drag.

Transformistas de principios de siglo

A finales del siglo XIX, el teatro de variedades puso de moda a los transformistas. El italiano Leopoldo Fregoli, famoso por cambiar de personaje a una velocidad imposible, llegó a Madrid en 1897. Tras él vinieron artistas que imitaban a las grandes estrellas femeninas de la época, como Edmond de Bries, que triunfó en los escenarios españoles de las primeras décadas del siglo XX imitando a cupletistas. El transformismo era entonces un espectáculo popular, de cartel y de taquilla, que convivía con la revista y el cuplé.

Fotogramas del videoclip oficial de «Soy marica sideral», de Mike Sain't Louis

Aquel transformismo tenía un pacto tácito con el público. Se celebraba la habilidad de la imitación y se miraba hacia otro lado sobre lo demás. La pluma estaba en el escenario, pero no se nombraba. La Guerra Civil y la dictadura cortaron aquella tradición casi de raíz.

El silencio de la dictadura

Durante el franquismo, vestirse de mujer en público podía acabar en comisaría. La Ley de Vagos y Maleantes se reformó en 1954 para incluir a los homosexuales, y en 1970 la sustituyó la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que siguió persiguiendo a gais, lesbianas y, con especial dureza, a las mujeres trans y a los artistas que se travestían. Muchos espectáculos se refugiaron en locales tolerados a medias, en Barcelona sobre todo, donde salas como El Molino mantenían viva cierta picardía de cabaret.

Esta parte de la historia conviene contarla con cuidado. No todo artista transformista era gay, no todas las personas que se travestían eran artistas y muchas mujeres trans fueron detenidas con la excusa del escándalo público. Mezclarlo todo en una sola etiqueta sería repetir el error de la policía de entonces. Lo que tenían en común era la sospecha: la de un régimen que veía en cualquier pluma una amenaza.

Paco España: «¡Damas, caballeros, mariquitas simpatizantes...!»

En ese clima apareció Francisco Morera García, conocido como Paco España. Nació en La Isleta, en Las Palmas de Gran Canaria, en 1951. Con dieciséis años se fue a Barcelona a buscar suerte en el espectáculo. Según cuenta su biografía, lo rechazaban por su aspecto, hasta que se presentó vestido de mujer y le pagaron cuatrocientas pesetas. Al día siguiente lo contrató el cabaret Barcelona de Noche.

Después se trasladó a Madrid, al «Gay Club», donde montó espectáculos propios como «Loco, loco cabaret». Salía con bata de cola, kimono o biquini e imitaba a sus ídolas, sobre todo a Lola Flores. Sus frases de entrada se hicieron célebres: «¡Damas, caballeros, mariquitas simpatizantes...!» o «¡No somos machos, pero somos muchas!». A finales de los setenta cobraba cantidades enormes por actuación y participó en películas como «Un hombre llamado Flor de Otoño», de Pedro Olea, en 1978.

Su historia tiene también una cara triste. Cuando la sociedad se liberalizó, el transformismo perdió el morbo de lo prohibido y su estrella se fue apagando. Volvió a Las Palmas, perdió a su pareja y vivió sus últimos años con una pensión mínima. Murió en 2012. En 2021, Las Palmas de Gran Canaria lo nombró hijo predilecto a título póstumo, y desde entonces su figura ha vuelto a los escenarios en obras y documentales. La memoria llega tarde, pero llega. Y su caso deja una lección que sirve para hoy: la visibilidad de una época no garantiza la protección en la siguiente. Muchos artistas que hicieron reír a toda España en los setenta no cotizaron, no tuvieron contratos estables ni nadie que les reclamara un lugar en la historia cultural del país. Recordar sus nombres es también reclamar que el oficio se trate como lo que es: un trabajo artístico con derechos.

La pluma como bandera

Una nota anterior del diario sobre el drag y la escena queer planteaba la pregunta de por qué el drag sigue incomodando. Una respuesta posible está en las letras. En «Marica chill», el protagonista no está sobre ningún escenario. Está en su barrio, una mañana cualquiera:

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Me han llamado exagerada, teatral y emocional.» de «Soy marica sideral»

Hoy me levanté con glitter en la cara Last night was crazy, but I don’t need a saga

La purpurina de la noche anterior sigue en la cara a la hora del café. Es un detalle cómico y es también una declaración: el brillo no se guarda en el camerino. Y unos versos más abajo:

And I still wear heels pa’ bajar a la playa

Todavía me pongo tacones para bajar a la playa. El drag de escenario y la pluma de diario no son lo mismo, pero se dan la mano. Durante décadas, al hombre con pluma se le pedía que la escondiera, que bajara el tono, que no llamara la atención. Lo que hizo el drag fue lo contrario: subir el volumen hasta convertir la pluma en arte, en oficio y en orgullo. Cuando un chico de pueblo ve a una drag en televisión, aprende que eso que le reprochaban en el patio puede ser un talento.

Casas, bailes y competición

En Nueva York, a partir de los años setenta, el drag encontró otra forma de organizarse. La comunidad negra y latina LGTBI de Harlem creó los bailes del ballroom, competiciones por categorías en las que se puntuaba el realismo, la elegancia, la actitud y, más tarde, el voguing. Los participantes se agrupaban en casas con una madre al frente. En 1990, el documental «Paris Is Burning», de Jennie Livingston, llevó aquel mundo a los cines y muchas de sus expresiones pasaron al vocabulario de medio planeta.

El ballroom añadió algo que el transformismo de cabaret no tenía: la competición entre iguales, en un espacio propio, sin un público heterosexual al que agradar. Allí el drag no era una imitación para hacer reír al patio de butacas. Era un examen ante la propia comunidad, con jurado, trofeos y una exigencia feroz.

De RuPaul a la televisión de todos

En 1992, RuPaul publicó «Supermodel (You Better Work)», una canción de baile que se coló en la MTV y convirtió a una drag queen en estrella del pop. Diecisiete años después, en febrero de 2009, estrenó en la cadena Logo «RuPaul's Drag Race», un concurso que tomaba el formato de los realities y lo llenaba de pelucas, costura y humor de camerino. El programa ha tenido versiones en muchos países y ha cambiado la percepción del drag en todo el mundo.

España tuvo la suya en mayo de 2021. «Drag Race España» se estrenó en Atresplayer Premium con Supremme de Luxe como presentadora, y su primera temporada la ganó Carmen Farala. De repente, artistas que llevaban años actuando en salas pequeñas de Madrid, Barcelona, Valencia o Canarias tenían una audiencia nacional. La televisión hizo lo que hace siempre: abrió puertas y simplificó cosas. El drag de concurso es solo una parte del drag, y en las salas sigue habiendo cabaret, humor político, performance y números que nunca saldrán en pantalla.

Las Palmas, 1998: la noche del Citroën blanco

Hay un lugar en España donde el drag es patrimonio popular: el Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria. La primera Gala Drag Queen se celebró el 19 de febrero de 1998 en el parque de Santa Catalina, después de que los responsables del carnaval vieran un certamen parecido en Maspalomas. La ganó Drag Heaven, el artista Carlos Menéndez, con un número titulado «Metamorfosis Cibernética». Uno de sus impulsores contaría años después que la gala nació en un Citroën blanco, de vuelta de aquel viaje.

Desde entonces, la gala se ha convertido en uno de los espectáculos más vistos del carnaval, con plataformas imposibles, coreografías y fantasías que pesan decenas de kilos. Que el gran acontecimiento de una fiesta popular sea un concurso de drag dice mucho de cómo ha cambiado la sociedad. Y que ocurra en la ciudad natal de Paco España, el transformista que tuvo que irse para triunfar, tiene algo de justicia poética.

«Cada paso sobre este tacón»

El drag siempre ha tenido una dimensión de defensa. El personaje protege a la persona. En «Gaslighting», una canción del segundo álbum sobre la manipulación de una pareja que niega lo que pasó, el tacón se convierte en arma:

Collage con un detalle de la carátula de «Soy marica sideral» y las carátulas de «Gaslighting», «Marica Chill», «Dark Corners»

Cada paso sobre este tacón Es mi grito contra tu prisión

Y antes, frente al espejo:

En el espejo digo here I am Ya no me apagas, no soy tu blame

El espejo es el gran escenario íntimo del drag. Es donde se construye el personaje y donde se ensaya el valor que luego hay que llevar a la calle. La canción no habla de una drag queen profesional, habla de alguien que recupera su verdad después de que le hicieran dudar de su memoria. Pero el gesto es el mismo: subirse al tacón para mirar desde más arriba a quien quería tenerte en el suelo. Una nota del diario explicaba lo que esta canción cuenta del gaslighting.

«My heels are high, mi mood is low»

No todo es purpurina. «Dark Corners», del mismo álbum, enseña lo que hay detrás del maquillaje:

My heels are high, mi mood is low I fake a show they’ll never know

Tacones altos, ánimo bajo. Finjo un espectáculo que nunca conocerán. Pocas frases resumen mejor la paradoja de quien hace reír a los demás mientras lo está pasando mal. La historia del drag está llena de artistas que cargaban con soledad, rechazo familiar, precariedad y adicciones, y que seguían saliendo al escenario porque el aplauso era lo único que les sostenía. La propia biografía de Paco España, con su vejez en la penuria, es un ejemplo.

Hablar de eso no le quita brillo al drag. Se lo da. El personaje puede ser una armadura preciosa, pero las armaduras pesan, y a veces hace falta quitársela delante de alguien de confianza.

No solo reinas: kings, queers y mezclas

Cuando se habla de drag se piensa casi siempre en hombres que se visten de mujer. Es la imagen que han fijado el cabaret y la televisión. Pero el drag es más ancho. Existen los drag kings, artistas que interpretan masculinidades exageradas, con bigote pintado, traje y andares de galán, y que llevan décadas actuando en clubes de Londres, Nueva York, Madrid o Barcelona con mucha menos visibilidad que sus compañeras. Existen artistas que mezclan rasgos de todo tipo y se niegan a encajar en ninguna casilla, y mujeres que hacen drag de reina con una feminidad llevada al extremo.

Esa diversidad importa por dos razones. La primera es justicia: la historia del drag abarca mucho más que a las queens famosas. La segunda es conceptual. Si el drag consiste en mostrar que el género tiene mucho de actuación, cualquiera puede subirse a ese escenario, sea cual sea su identidad. Y conviene repetir algo que se confunde a menudo: hacer drag no dice nada de la identidad de género de quien lo hace. Hay drag queens que son hombres gais, otras que son mujeres trans, otras que no se definen. El personaje es una creación artística, no una ficha de identidad.

El oficio detrás del brillo

Una noche de drag tiene horas de trabajo invisibles. Coser o arreglar el vestuario, peinar pelucas, ensayar números, montar las pistas de audio, maquillarse durante dos o tres horas y desmaquillarse de madrugada. Muchas artistas pagan de su bolsillo la ropa, los zapatos y los transportes, y cobran poco o casi nada en locales pequeños. La fama televisiva ha mejorado la situación de algunas, pero la mayoría sigue trabajando en condiciones precarias.

Ficha de la canción «Soy marica sideral» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Hay algo admirable en esa terquedad. Seguir saliendo al escenario sin garantías, por el placer de hacer el número y por la gente que espera abajo. La historia del transformismo español, con figuras que llenaron teatros y acabaron olvidadas, debería servir para que esta generación cuide mejor de sus artistas, dentro y fuera de los focos.

Si detrás del maquillaje no estás bien

Si te reconoces en esos tacones altos y ese ánimo bajo, no tienes por qué sostener el número tú solo o tú sola. Contarlo es tan valiente como salir a escena, y nombrar el suicidio sin rodeos ayuda a prevenirlo.

Hay teléfonos que atienden ahora mismo. El 024, la línea de atención a la conducta suicida del Ministerio de Sanidad, no cuesta nada y funciona día y noche. Si hay peligro inmediato, el número es el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende crisis emocionales en el 717 003 717 a cualquier hora, y la FELGTBI+ orienta a personas LGTBI en el 913 604 605. Fuera de España, marca el número de emergencias del país donde estés.

En muchas ciudades hay colectivos de artistas drag que hacen también de red de apoyo, y asociaciones LGTBI con grupos de escucha. El camerino puede ser un lugar solitario, pero no tiene por qué serlo.

Un arte que todavía molesta

El drag sigue siendo político aunque no lo pretenda. En 2023, el estado de Tennessee aprobó una ley que restringía los espectáculos de cabaret para adultos en espacios públicos, redactada con el drag en el punto de mira, y otros estados de Estados Unidos debatieron medidas parecidas. En España, actuaciones drag en bibliotecas o fiestas municipales han provocado polémicas puntuales. Cada vez que ocurre, la discusión repite argumentos que Paco España ya escuchó hace cincuenta años.

Quizá molesta porque enseña algo incómodo: que el género tiene mucho de actuación, de gesto aprendido y repetido. Y que se puede jugar con él sin que el mundo se hunda. Lo que la canción llama «silencio con tacones» es precisamente eso: una presencia que no pide permiso y que no necesita gritar para estar.

El espejo con bombillas

Al final de la noche, la drag vuelve al camerino. Se quita las pestañas, la peluca y el corsé. En el espejo con bombillas aparece otra vez la persona de diario, cansada y a veces feliz. La historia que hemos recorrido, de los muchachos que hacían de Julieta a la gala de Santa Catalina, es la historia de ese ir y venir entre el personaje y la persona.

Las canciones del Planeta Gayfolk no son canciones sobre drag queens profesionales. Pero están llenas de tacones, de espejos y de purpurina que no se quita a la mañana siguiente. Comparten con el drag una convicción sencilla: que la pluma no es un defecto que esconder, sino una forma de estar en el mundo. Como dice el verso, «no es mi pluma el problema».

Ficha

«Soy marica sideral» pertenece a «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segundo álbum de la trilogía GAYFOLK, y se puede escuchar en Spotify. Del mismo disco, «Boys Like Us» habla de chicos que se suben a los tacones y caminan erguidos. Mike Sain't Louis firma las letras como letrista, compositor y productor musical, y se presenta como «el primer cantautor IA»: la parte musical y vocal se genera con inteligencia artificial. Los personajes que aparecen en las canciones son ficticios. Los datos sobre Paco España y el transformismo proceden de la Wikipedia en español y de la prensa canaria y nacional citada en ella, y los de la Gala Drag Queen, de Canarias7 y del Ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria. La información oficial del proyecto está en la sala de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Qué diferencia hay entre drag y transformismo?

En España se llamó transformismo al espectáculo en el que un artista, casi siempre un hombre, se vestía de mujer para imitar a estrellas o crear personajes femeninos. Drag es el término internacional, más amplio, para la interpretación exagerada del género sobre un escenario. Ninguno de los dos dice nada de la identidad de género de quien actúa fuera de escena.

¿Quién fue Paco España?

Francisco Morera García (Las Palmas de Gran Canaria, 1951-2012), transformista pionero del tardofranquismo y muy popular en la Transición. Actuó en el «Gay Club» de Madrid imitando a Lola Flores, salió en películas como «Un hombre llamado Flor de Otoño» (1978) y en 2021 fue nombrado hijo predilecto de Las Palmas a título póstumo.

¿Cuándo empezó la Gala Drag Queen del Carnaval de Las Palmas?

La primera se celebró el 19 de febrero de 1998 en el parque de Santa Catalina. La ganó Drag Heaven, el artista Carlos Menéndez, con «Metamorfosis Cibernética».

¿De qué trata «Soy marica sideral»?

Es una canción del segundo álbum, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», sobre ocupar el propio espacio sin pedir permiso. Su verso central es «Soy silencio con tacones, / soy marica sideral».

¿Dónde pedir ayuda si la tristeza no se va?

En España, el 024 atiende a cualquier hora a personas con pensamientos de suicidio o en crisis, y el 112 es el número de emergencias. El Teléfono de la Esperanza (717 003 717) escucha las 24 horas y la FELGTBI+ ofrece atención en el 913 604 605. Si estás fuera de España, llama al número de emergencias local.

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