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Irlanda queer: de los diarios de Casement al «sí» de 2015, con Norris, Fairview, Panti y «Before the Bells»

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Fotograma del videoclip de «Before the Bells», de Mike Sain't Louis: un hombre con camisa blanca toca una campana de bronce colgada de un árbol en un bosque con niebla, en la portada de «Antes de que suenen»

Hay una línea en el planeta que podría servir de pie de foto para medio siglo de historia irlandesa. Está en «Before the Bells», una de las piezas más quietas del tercer álbum de Mike Sain't Louis, la que arranca con un quejío flamenco y luego se queda sentada, en inglés, en el minuto previo a todo:

Before the world decides what’s allowed

El mundo, dictando lo que se puede y lo que no. En Irlanda, el mundo tardó muchísimo en decidirlo. Hasta 1993, querer a otro hombre era un delito. Veintidós años después, el país votó en masa para que dos hombres o dos mujeres pudieran casarse, y lo hizo en las urnas, cosa que ningún otro Estado había hecho antes. Entre una fecha y otra no hubo milagro: hubo un profesor testarudo, un parque de Dublín con una muerte terrible, una abogada que acabaría en la presidencia, una drag en el escenario del teatro nacional y miles de emigrantes que volvieron a casa en avión para votar.

El diario ya publicó una lectura íntima de esta pieza, centrada en la espera y en no tener que aguantar el tipo. Este artículo hace otra cosa: usa ese minuto previo como lupa para mirar la historia de un país que pasó de esconder a celebrar, y que lo hizo en muy poco tiempo.

Una ley que vino de Londres

Para entender Irlanda hay que empezar por una paradoja. La ley que castigaba la intimidad entre hombres no era irlandesa. Era británica. Cuando en 1885 el Parlamento de Westminster aprobó la Criminal Law Amendment Act, con su famosa sección 11 contra la «indecencia grave» entre hombres, en público o en privado, Irlanda formaba parte del Reino Unido. La norma se aplicó allí igual que en Londres.

Lo llamativo es lo que pasó después. Cuando el Estado irlandés se independizó, en los años veinte, mantuvo buena parte de la legislación penal heredada, y esa sección siguió en vigor durante casi siete décadas más. El Reino Unido despenalizó en Inglaterra y Gales en 1967; Irlanda tardó veintiséis años más. Una ley importada del antiguo poder colonial sobrevivió, intacta, a la independencia. Lo recordó la propia ministra que la derogó, en el debate de 1993 en el Dáil: la sección 11 de la ley de 1885 era una de las que el tribunal europeo había declarado contraria a los derechos humanos.

Durante esas décadas, la Iglesia católica tuvo un peso enorme en la vida pública irlandesa, en las escuelas, en los hospitales, en la moral oficial. La homosexualidad no se discutía. No es que estuviera mal vista: es que no existía en el discurso público. Las campanas de las parroquias marcaban las horas de un país donde había cosas que no se nombraban.

Casement: el héroe al que ahorcaron con sus diarios

Antes de llegar a los tribunales, la historia irlandesa tiene un capítulo que lo resume todo: el de Roger Casement.

Casement fue, durante años, uno de los hombres más respetados del servicio diplomático británico. En 1904 firmó el informe sobre el Estado Libre del Congo del rey Leopoldo II que documentó el trabajo forzado en las plantaciones de caucho, las mutilaciones y las torturas. Unos años después investigó la explotación de los pueblos indígenas del Putumayo, en la Amazonía, por parte de una compañía cauchera, y por ese trabajo recibió el título de sir en 1911. Era, por decirlo con palabras de hoy, un pionero de los derechos humanos.

Pero Casement era también un nacionalista irlandés. Durante la Primera Guerra Mundial buscó apoyo alemán para la causa de la independencia, fue detenido en 1916, juzgado por alta traición y condenado a muerte. Hubo peticiones de clemencia, sobre todo desde Estados Unidos. Y entonces aparecieron los diarios.

Las autoridades británicas hicieron circular entre gente influyente y en la prensa copias y fragmentos de los llamados «diarios negros», unos cuadernos atribuidos a Casement que describían encuentros sexuales con hombres. El objetivo era claro: desactivar las campañas a su favor. El Gobierno rechazó el indulto y Casement fue ahorcado en la prisión de Pentonville, en Londres, el 3 de agosto de 1916.

Durante décadas, en Irlanda se discutió con pasión si los diarios eran auténticos o una falsificación. Para muchos nacionalistas era impensable que un héroe de la patria fuera homosexual. La discusión dice mucho del país: la sexualidad de un hombre fue usada primero como arma para ahorcarlo y después como algo que había que negar para poder honrarlo.

Al lector en español le sonará esta historia por «El sueño del celta», la novela que Mario Vargas Llosa le dedicó en 2010. Casement es la prueba de que el armario no solo esconde. También se usa contra ti cuando a otros les conviene abrirlo.

Un profesor de Joyce contra el Estado

La pieza clave de la historia moderna tiene nombre y apellido: David Norris. Profesor de inglés en el Trinity College de Dublín, especialista en James Joyce, carismático y con una lengua afilada, Norris fundó en los años setenta la Campaign for Homosexual Law Reform, la Campaña por la Reforma de la Ley sobre la Homosexualidad, y decidió hacer algo muy poco habitual: demandar al Estado por las leyes que lo convertían en delincuente.

Fotogramas del videoclip oficial de «Before the Bells», de Mike Sain't Louis

Su abogada fue Mary Robinson, una jurista joven que años después, en 1990, sería la primera mujer en presidir Irlanda. Perdieron. El Tribunal Supremo rechazó la demanda en 1983 por tres votos contra dos, con argumentos que apelaban a la moral cristiana del país y a la salud pública.

Norris no se rindió. Llevó el caso a Estrasburgo. El 26 de octubre de 1988, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos le dio la razón: la legislación irlandesa vulneraba el artículo 8 del Convenio Europeo de Derechos Humanos, el que protege la vida privada. El tribunal dijo, en esencia, que no había en Irlanda ninguna «necesidad social apremiante» de castigar esos actos, y que el hecho de que a una parte de la población le pudieran ofender no justificaba meter en la cárcel a adultos que consentían. La sentencia salió por ocho votos contra seis. Siete años antes, el mismo tribunal había dicho algo muy parecido sobre Irlanda del Norte en el caso de Jeff Dudgeon.

Para entonces, Norris ya era senador: en 1987 había ganado un escaño por la Universidad de Dublín. Un hombre que, técnicamente, cometía un delito cada vez que tenía pareja, se sentaba en el Parlamento de su país. Así de absurda era la situación.

Fairview, 1983: el día que salieron a la calle

Mientras el caso Norris viajaba de tribunal en tribunal, ocurrió algo que cambió el ánimo de toda una comunidad.

En septiembre de 1982, Declan Flynn, un vecino del barrio dublinés de Whitehall, fue asesinado a golpes en el parque de Fairview, en el norte de Dublín. Lo mató una banda de cinco chicos, uno de ellos de catorce años, que llevaban semanas dando palizas en el parque a hombres que creían homosexuales. Lo contaron ellos mismos en sus declaraciones: querían «limpiar» el parque.

En marzo de 1983 fueron condenados por homicidio, no por asesinato, y el juez dejó todas las penas en suspenso. Salieron libres. Y esa misma noche, según la prensa de la época, hubo celebraciones en el barrio y una marcha con antorchas hasta el parque para darles la bienvenida.

La reacción fue inmediata. El 19 de marzo de 1983, unas cuatrocientas personas, según la televisión pública RTÉ (otras crónicas hablan de más de quinientas), salieron de Liberty Hall y caminaron hasta Fairview Park atravesando los barrios donde vivían los agresores. Había colectivos gais y lésbicos, grupos feministas, sindicatos, estudiantes. Una pancarta decía: «Los padres de los gais quieren a sus hijos». Al llegar al parque guardaron un minuto de silencio por Declan Flynn y por todas las víctimas de la homofobia.

Hoy se considera la primera gran marcha por los derechos LGTBI de Irlanda y el nacimiento del Orgullo de Dublín moderno. Recordarlo cuesta: hizo falta una muerte para que mucha gente se atreviera a dar la cara. El diario habla a menudo de que el orgullo es de cada día, y Fairview es una buena prueba de que muchas veces nace de la rabia y del duelo antes que de la fiesta.

1993: el año en que se levantó la losa

La sentencia de Estrasburgo obligaba a Irlanda a cambiar la ley, pero los Gobiernos se tomaron su tiempo. Pasaron casi cinco años. Hasta que en 1993 la ministra de Justicia, Máire Geoghegan-Quinn, de Fianna Fáil, presentó la Criminal Law (Sexual Offences) Bill.

La ley tuvo un detalle que sorprendió a muchos. En lugar de fijar una edad de consentimiento más alta para las relaciones entre hombres, como hacían otros países europeos de la época, la ministra dijo en el Dáil que el Gobierno no encontraba «ninguna razón de peso» para distinguir. La edad quedó en 17 años para todos. El Reino Unido, que había despenalizado un cuarto de siglo antes, todavía mantenía entonces una edad distinta y más alta para los hombres gais.

La ley entró en vigor el 7 de julio de 1993. Irlanda, el país que había tardado tanto, pasó en un solo paso a tener una de las legislaciones más igualitarias de su entorno en ese punto concreto. Treinta años después, el Senado irlandés lo celebró con un acto llamado «Bród 93/23», que en irlandés quiere decir «orgullo».

Antes de las campanas

Aquí conviene volver a la canción. «Before the Bells» no habla de Irlanda, ni de leyes, ni de tribunales. Habla de un estado de ánimo: el de quien acompaña algo que no logra domar, a la espera, sin saber qué traerá la mañana.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «No victory, no hidden plan, Just being here the best we can.» de «Before the Bells»

Es una imagen que encaja con aquellas décadas. Miles de irlandeses convivieron con algo que no podían meter en vereda en un país que les decía que eso no existía o que era un delito. Muchos emigraron a Londres, a Nueva York, a Boston. Otros se casaron con mujeres y llevaron una doble vida, una historia que en el planeta tiene su propia canción, «El anillo de casado», con sus hostales completos en Madrid y sus amores a escondidas, y que el diario leyó como un retrato de los amores discretos.

La canción empieza, además, con un lamento en castellano, «Aaaaaaayyyyy mi pena», que conecta con otra pieza del mismo disco, «Mi pena». Esa mezcla de quejío y oración en inglés tiene algo muy irlandés también: la tradición de los lamentos fúnebres, la melancolía de las baladas, la costumbre de convertir el dolor en música. No hace falta forzar el paralelismo. Basta con escuchar. Y en otro verso la letra habla del tiempo que suelta lo que había atrapado: en Irlanda, los años soltaron la losa más rápido de lo que nadie imaginaba en 1983.

Dos mujeres, un certificado de Canadá

La siguiente batalla fue la del reconocimiento de las parejas. En 2003, la teóloga Katherine Zappone y la profesora Ann Louise Gilligan, pareja desde hacía décadas, se casaron en Canadá. Al volver, pidieron a Hacienda que las tratara como a cualquier matrimonio a efectos fiscales. Les dijeron que no y fueron a los tribunales.

El 14 de diciembre de 2006, el Tribunal Superior rechazó su demanda. Fue una derrota, pero puso el tema en el centro del debate público. Dos mujeres respetadas, de mediana edad, con una vida en común larga y discreta, pidiendo algo tan sencillo como que su matrimonio contara. Era difícil presentarlas como una amenaza. Zappone acabaría años después en el Senado y en el Gobierno como ministra.

La respuesta política llegó en forma de uniones civiles. La ley de 2010 entró en vigor el 1 de enero de 2011. Las primeras uniones se registraron en febrero, de forma casi secreta y con permiso judicial para saltarse el plazo de aviso de tres meses, y las primeras ceremonias públicas se celebraron el 5 de abril de 2011. Era un avance, pero también una frontera: las parejas del mismo sexo tenían un estatus propio, distinto del matrimonio. Y en Irlanda el matrimonio estaba protegido por la Constitución de 1937, de modo que cambiarlo exigía algo más que una ley: exigía un referéndum.

La drag que habló en el teatro nacional

Si hay una escena que explica cómo cambió la conversación pública, es la del 1 de febrero de 2014 en el Abbey Theatre, el teatro nacional de Irlanda.

Unas semanas antes, Rory O'Neill, el hombre que da vida a la drag Panti Bliss, había dicho en un programa de la televisión pública que, en su opinión, algunas personas que hacían campaña para que los gais tuvieran menos derechos eran homófobas. Los aludidos amenazaron con acciones legales y la cadena RTÉ acabó pagando 85.000 euros en un acuerdo por difamación. El caso, bautizado en la prensa como «Pantigate», llegó al Parlamento irlandés y al Europeo.

En plena polémica, el Abbey invitó a Panti a dar una «Noble Call», un breve discurso tras la función, que esa noche era «The Risen People», de James Plunkett. Durante unos diez minutos, con su peluca y su vestido, Panti habló de lo que se siente cuando un coche pasa a tu lado y alguien te grita un insulto desde la ventanilla, de cómo uno acaba vigilándose a sí mismo en un paso de peatones para no parecer «demasiado gay», de lo agotador que es medir cada gesto. Y repetía una frase, una y otra vez, como un estribillo: «eso me parece opresivo».

El vídeo se difundió por todo el mundo en cuestión de días, se subtituló a más de una docena de idiomas y hasta los Pet Shop Boys lo convirtieron en una pieza de baile. El vestido que llevaba esa noche acabó en el Museo Nacional de Irlanda. El diario ha contado alguna vez la historia del drag y la escena queer, y pocas veces una drag ha movido tanto la política de un país con tan poco: un escenario, una peluca y la verdad dicha con calma.

El ministro que lo dijo en la radio

El 18 de enero de 2015, el día que cumplía 36 años, el ministro de Sanidad, Leo Varadkar, fue entrevistado en la radio pública por la periodista Miriam O'Callaghan. En mitad de la conversación dijo, con naturalidad: «Soy un hombre gay. No es un secreto, pero no es algo que todo el mundo sepa necesariamente».

Collage con un detalle de la carátula de «Before the Bells» y las carátulas de «Mi pena», «El anillo de casado», «El día de la liberación»

Fue el primer ministro del Gobierno irlandés en decirlo públicamente. Explicó que lo hacía porque iba a hacer campaña por el sí en el referéndum y no quería que nadie pensara que tenía una agenda oculta. Dos años y medio después, el 14 de junio de 2017, Varadkar fue elegido taoiseach, primer ministro, con 38 años: el más joven de la historia del país y el primero abiertamente gay, además de hijo de padre indio y madre irlandesa.

Pocos gestos ilustran tan bien el cambio. En 1983, un hombre gay podía morir en un parque de Dublín sin que sus agresores pisaran la cárcel. En 2017, otro hombre gay dirigía el Gobierno desde un edificio a pocos kilómetros de allí.

22 de mayo de 2015: el país vuelve a casa

El referéndum preguntaba si se añadía a la Constitución una frase muy corta: «El matrimonio podrá contraerse conforme a la ley entre dos personas sin distinción de sexo».

La campaña fue intensa y, sobre todo, muy personal. Miles de personas contaron sus historias a sus vecinos. Abuelos pidieron el voto para sus nietos. Hijos hablaron a sus padres por primera vez. Y pasó algo que se recuerda con cariño: miles de irlandeses que vivían fuera, en Londres, Australia, Canadá o Estados Unidos, volvieron a casa para votar, porque la ley irlandesa no permite votar desde el extranjero. Compartían el trayecto en las redes con la etiqueta #HomeToVote: aviones, ferris, autobuses y coches llenos de gente que cruzaba medio mundo para meter una papeleta.

El resultado se anunció al día siguiente en el castillo de Dublín, ante una multitud que lo esperaba en el patio. El sí ganó con el 62,07 % de los votos válidos: 1.201.607 papeletas frente a 734.300. La participación fue del 60,52 %. Irlanda se convertía en el primer país del mundo que aprobaba el matrimonio igualitario por voto popular. La ley del matrimonio entró en vigor el 16 de noviembre de 2015, y no obligaba a ninguna iglesia a celebrar bodas que no quisiera: era matrimonio civil.

Aquí la canción del planeta cobra un sentido casi literal.

Before the bells remember how to ring

Cuando a las campanas se les olvida y luego vuelven a sonar. En un país donde las campanas habían sonado durante siglos para bodas que solo podían ser de un hombre y una mujer, aquel mayo fue, para muchos, el día en que el sonido cambió de significado.

La identidad, por declaración

Ese mismo año, 2015, Irlanda aprobó otra ley que pasó más desapercibida fuera, pero que fue igual de importante: la Gender Recognition Act, la Ley de Reconocimiento de Género. Permitía a las personas trans cambiar su sexo legal mediante una declaración en la que afirmaban su intención firme de vivir en su género, sin exigir certificados médicos.

Detrás de ella había otra historia de tenacidad: la de Lydia Foy, una mujer trans que llevaba desde los años noventa pidiendo que le cambiaran la partida de nacimiento. En 2007, el Tribunal Superior declaró que la ley irlandesa era incompatible con el Convenio Europeo de Derechos Humanos porque no ofrecía ningún mecanismo para reconocer el género de las personas trans. Ocho años después llegó la ley. Otra vez el mismo patrón: una persona sola, años de juicios, una sentencia europea o un tribunal que da un toque, y un Parlamento que acaba moviéndose.

Pedir perdón, veinticinco años después

El 19 de junio de 2018, al cumplirse veinticinco años de la despenalización, el Dáil aprobó una moción para pedir perdón formalmente a los hombres condenados por relaciones consentidas antes de 1993. El ministro de Justicia, Charlie Flanagan, presentó una «disculpa sincera» a esos hombres, a sus familias y a sus amigos. El taoiseach Varadkar reconoció que el Estado no podía borrar el daño, pero sí admitir el sufrimiento que había causado. En ese mismo debate recordó que algunos de los patriotas fundadores del país habían sido gais, un guiño a una historia que, como la de Casement, había sido incómoda durante demasiado tiempo.

Ficha de la canción «Before the Bells» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

Una disculpa no devuelve los años perdidos, ni los trabajos, ni las familias rotas, ni las vidas vividas a medias. Pero cuenta. Es la forma que tiene un Estado de admitir, ante todos, que se equivocó.

Lo que Irlanda enseña a España

España aprobó el matrimonio igualitario en 2005, una década antes que Irlanda, y lo hizo por ley en el Parlamento, sin referéndum. Son caminos distintos, pero la historia irlandesa deja varias ideas útiles para cualquier país.

La primera: los cambios de mentalidad pueden ser rapidísimos cuando la gente pone cara a la discusión. Irlanda pasó de la cárcel al altar civil en veintidós años, y lo que inclinó la balanza no fueron los eslóganes, sino las conversaciones en las cocinas.

La segunda: las instituciones europeas importan. Sin el caso Norris en Estrasburgo, la despenalización habría tardado mucho más. Sin la sentencia sobre Lydia Foy, la ley trans también.

La tercera: la memoria también es una forma de justicia. En Fairview se ha vuelto a recordar a Declan Flynn en los aniversarios de la marcha. Casement ya no se discute con la misma vergüenza. Y la disculpa de 2018 puso por escrito que lo que pasó estuvo mal. El diario del planeta ha escrito sobre la memoria de la generación anterior en España, y la lección es parecida: lo que no se cuenta, se repite.

Y la cuarta, la más incómoda: nada de esto fue automático. Detrás de cada fecha hay personas que perdieron juicios, que fueron insultadas en la calle, que se jugaron el trabajo o la familia. El sí de 2015 fue de todo el país, pero se lo debía, sobre todo, a quienes llevaban décadas esperando sentados en ese minuto de antes.

Una pequeña ruta por Dublín

Para quien viaje a Irlanda con esta historia en la cabeza, algunas paradas.

El parque de Fairview, en el norte de la ciudad, donde murió Declan Flynn. En los aniversarios de la marcha se le ha recordado allí, y es un buen sitio para empezar.

Liberty Hall, junto al río Liffey, el edificio sindical desde donde salió la marcha de 1983. Ver el recorrido a pie da una idea de lo valiente que fue caminar aquel día por esas calles.

El Trinity College, donde Norris enseñó a Joyce durante décadas. Su biblioteca antigua y el campus son visita obligada de cualquier forma.

El Abbey Theatre, en la calle Lower Abbey, el escenario del «Noble Call» de Panti. Si hay función, mejor todavía.

Y el castillo de Dublín, en cuyo patio miles de personas esperaron el resultado del referéndum en mayo de 2015. Hoy es un lugar turístico más, pero para muchos irlandeses sigue siendo el sitio donde sonaron, por fin, las campanas.

Epílogo: sentarse a esperar, levantarse a votar

«Before the Bells» termina sin estallido. No hay victoria en la letra, lo dice ella misma:

No victory, no hidden plan, Just being here the best we can.

Puede parecer extraño usar una canción tan contenida para contar una historia que acabó en fiesta en el castillo de Dublín. Pero quizá sea la manera más honesta. La mayor parte de la historia LGTBI de Irlanda no fue la noche del resultado. Fue el rato de antes, larguísimo: los años de estar ahí como se podía, sin plan secreto, con aquello que no se dejaba domar, aguardando a que los demás dictaran qué se podía.

La canción forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de Mike Sain't Louis, el que el diario cuenta como el álbum de la liberación dentro de su trilogía. El título encaja con Irlanda casi demasiado bien. Hubo un día de la liberación, con fecha, cifras y papeletas. Pero antes hubo muchos días de espera, y esos también merecen su canción.

Esta pieza del planeta se escucha en Spotify. Los datos de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, están en la página de prensa.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo se despenalizó la homosexualidad en Irlanda?

Con la Criminal Law (Sexual Offences) Act de 1993, que entró en vigor el 7 de julio de ese año. La impulsó la ministra de Justicia Máire Geoghegan-Quinn después de que el Tribunal Europeo de Derechos Humanos diera la razón a David Norris en 1988. Fijó la misma edad de consentimiento, 17 años, para todas las relaciones.

¿Qué fue la marcha de Fairview?

Una protesta del 19 de marzo de 1983 en Dublín, de Liberty Hall al parque de Fairview, después de que los jóvenes que mataron a golpes a Declan Flynn en ese parque recibieran penas suspendidas. Se considera la primera gran marcha por los derechos LGTBI del país y el origen del Orgullo de Dublín moderno.

¿Qué votó Irlanda en el referéndum de 2015?

El 22 de mayo de 2015 el 62,07 % de los votantes aprobó añadir a la Constitución que dos personas pueden casarse sin distinción de sexo. La participación fue del 60,52 %. Irlanda se convirtió así en el primer país del mundo en aprobar el matrimonio igualitario por voto popular.

¿Quién es Panti Bliss?

Es el personaje drag de Rory O'Neill. El 1 de febrero de 2014 pronunció en el Abbey Theatre de Dublín un discurso sobre la homofobia, conocido como «Noble Call», que se difundió por todo el mundo y dio visibilidad a la campaña por el matrimonio igualitario.

¿Qué tiene que ver «Before the Bells» con Irlanda?

Nada directamente: es una canción del tercer álbum de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical, sobre el rato de antes, cuando el mundo todavía no ha decidido qué está permitido. El artículo usa esa imagen para recorrer las décadas en que Irlanda esperó a que sonaran las campanas.

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