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La corona llena de barro: el videoclip de «El impostor», del campo de batalla al fuego del final
Por Mike Sain't Louis · · Actualizado

El videoclip de «El impostor» dura seis minutos y dos segundos, que es mucho para un videoclip, y no tiene ni un segundo de calma. Hay dos hombres con chaquetas oscuras que discuten en una calle, una mujer con una corona dorada y la cara cubierta de barro en mitad de un campo, soldados y reyes embarrados en una batalla, una multitud gigantesca delante de un palacio y, al final, fuego. Mucho fuego. Es el vídeo más épico que tengo para la canción más íntima que he escrito.
En el diario hay una nota sobre la forma de la letra, ese puzzle que se arma al revés a base de porqués. Aquí quiero mirar lo que se ve. Se estrenó en YouTube el 12 de febrero de 2025, y en la web tiene su propia ficha de vídeo. Voy plano por plano y, cuando toca, pongo debajo los versos que suenan.
Antes de empezar, un aviso. Esta canción habla de una relación que me hizo mucho daño, y cuenta momentos muy duros. Lo cuento desde el otro lado, desde el que ha salido. Si al leerla te reconoces y estás mal, no te lo guardes: el teléfono 024 contesta día y noche y no cuesta nada.
El cartel: dos hombres y una mano en la cabeza
El vídeo arranca con un cartel en letras rojas. Arriba, mi nombre. Abajo, enorme, «EL IMPOSTOR». En medio, dos hombres de barba con chaquetas de cuero negras, uno con gorra y otro con el pelo engominado. El de la gorra se lleva la mano a la cabeza, con los ojos cerrados, como quien acaba de recibir una noticia que no puede procesar. El otro mira a un lado, tranquilo.
El cartel se mantiene así casi diez segundos, y en ese tiempo arranca la canción con la pregunta que lo ordena todo:
¿Queréis saber Por qué me enteré después de seis años de que nunca estuvo enamorado de mí?
Me sigue impresionando la forma de esa pregunta, cortada en ocho líneas, palabra a palabra, como si costara sacarla. No es una pregunta retórica. Es una pregunta al público, a quien esté escuchando. Y la respuesta ocupa los seis minutos siguientes. El cartel del vídeo es la imagen de ese momento: uno con la mano en la cabeza, el otro mirando hacia otro lado.
La mujer de la corona
A los quince segundos aparece el personaje que más se repite en el clip. Es una mujer de pelo castaño y largo, con una corona dorada de puntas altas, y la cara salpicada de barro, como si acabara de salir de una batalla o de caerse en un charco enorme. Está en un campo verde y gris, con el cielo nublado detrás. Mira a cámara, o un poco a un lado, con la boca entreabierta y los ojos muy abiertos.
Sale muchas veces a lo largo del vídeo, siempre con la misma corona, siempre con la cara embarrada, y cada vez con un gesto distinto. A los cincuenta y cuatro segundos mira de frente, desafiante. A los setenta y dos parece a punto de decir algo. Hacia el minuto tres y medio aparece con la cara aún más manchada, el pelo revuelto por el viento y la expresión de alguien que no da crédito.
No voy a decir quién es, porque en el vídeo no es nadie concreto. Es un personaje. Pero para mí es la imagen perfecta de cómo se queda uno después de una relación así: con la corona puesta, porque nadie te la ha quitado oficialmente, y con la cara llena de barro, porque te han arrastrado por el suelo. Sigues siendo el rey o la reina de tu vida en teoría, y en la práctica estás embarrado hasta las cejas.
El selfi con efecto
La primera prueba que da la canción es la más pequeña y la más cruel: una foto de sí mismo, hecha con el móvil, a la que el otro le está poniendo un efecto.

La letra la cuenta en contraste con la línea anterior: mientras el narrador lleva una semana llorando, enterándose cada día de cosas que duelen, el otro se está haciendo una foto y poniéndole un filtro. Es un detalle tan doméstico que parece poca cosa. Y es justo lo que lo hace insoportable. No hace falta un gran crimen para darte cuenta de que a alguien le da igual que sufras. Basta con verle retocar su cara mientras tú no puedes ni levantarte.
El vídeo no enseña ningún móvil. Lo que enseña, en ese tramo, son las caras de los dos hombres en la calle. Pasados cuarenta y dos segundos están frente a frente en una calle antigua, de edificios de piedra, uno con una chaqueta negra de cuello alto bordada en dorado y el otro con una cazadora oscura con dibujos blancos. Uno habla, el otro escucha con una sonrisa ladeada. Seis segundos después, el de la chaqueta bordada mira al suelo. Esa sonrisa ladeada del otro es todo lo que hace falta para entender el selfi.
Soldados en el barro
A los doce segundos, y luego muchas veces más, el vídeo salta a un campo de batalla. Hombres con barba, chaquetas militares y armaduras viejas, cubiertos de barro de los pies a la cabeza, avanzan apretados unos contra otros. Algunos llevan coronas abolladas en la cabeza. Uno, a los dieciocho segundos, mira a cámara con la boca abierta, gritando. A los veinticuatro, un grupo de hombres con abrigos verdosos se empuja hacia delante con cara de desesperación, con unas torres de castillo al fondo.
Esas escenas me hacen pensar en lo que se siente dentro de una relación con alguien así. Es una batalla, aunque desde fuera parezca una pareja normal. Una batalla en la que tú ni siquiera sabías que estabas luchando, y en la que el otro llevaba la cuenta de cada movimiento. Los reyes embarrados del vídeo no ganan ni pierden: solo empujan, gritan y se manchan.
La caja rosa
La canción sigue con el porqué más concreto de todos. El último día que los dos coinciden en la casa, el narrador tira a la basura una caja con trescientas fotos que había regalado. Oye llantos que suenan forzados. Y cuando el otro por fin se va, la caja sigue allí:
Fue, en la basura Seguía la caja Rosa que con Tanta ilusión Le había regalado
Esa caja rosa es, para mí, el objeto más triste de todo el Planeta Gayfolk. Trescientas fotos elegidas, impresas y guardadas con cariño. Un regalo hecho con ilusión. Y el otro ni siquiera se la lleva. Ni para conservarla ni para romperla. La deja en el cubo, como deja todo lo que ya no le sirve.
El vídeo, mientras suena esa parte, enseña a los dos hombres en otra calle, esta vez de noche, con luces de colores desenfocadas detrás. A los setenta y ocho segundos, uno de ellos lleva un sombrero oscuro con un adorno dorado y una chaqueta negra bordada en oro, y el otro un traje negro con una camisa blanca abierta. El del sombrero tiene un aire de personaje de corte, de figura de baraja. El del traje lo mira de frente. A los noventa segundos el del traje se lleva otra vez la mano a la cabeza.
La multitud delante del palacio
Hacia el minuto y cuarenta y ocho segundos el vídeo se abre de golpe. Vemos un palacio blanco enorme, con columnas y balcones, y delante una explanada embarrada por la que corre un grupo de hombres vestidos de negro, con abrigos largos, como en un funeral o una procesión. A los ciento veintiséis segundos la cámara sube y vemos una plaza llena de gente, miles de personas apretadas alrededor de un espacio vacío en el centro, como cuando se espera la salida de un rey o una sentencia.

A los ciento treinta y cinco, el plano más abierto: una gran explanada de césped verde, con charcos y marcas de barro, rodeada por una multitud oscura, y al fondo el palacio blanco de punta a punta del encuadre. En el centro de la explanada, casi invisible, una figura pequeña. Es la imagen que he elegido para la portada de esta nota.
Ese tramo coincide con la parte de la letra en la que la canción habla de la reputación. Según cuenta, al otro lo único que le importa es que su reputación no quede manchada, y para eso no le importa ir contando una versión en la que el narrador es el que está mal de la cabeza. La multitud del vídeo es el público de esa versión. Miles de personas que miran desde fuera, que han oído un relato y se lo han creído. Y el que está en medio de la explanada, solo y pequeño, es el que no tiene altavoz.
Esto es lo más duro de las relaciones con personas narcisistas, y lo digo porque lo he vivido: cuando sale a la luz lo que son, todavía consiguen poner a parte de tu gente en tu contra. Tú sales destrozado y encima te toca demostrar que no estás loco. En el planeta hay una nota sobre la batalla por contar la historia, y esta canción es mi forma de dar mi versión.
Trozo de pan
Hay un verso en la mitad de la canción que me sigue pareciendo de lo más certero que he escrito. Es el que explica por qué nadie de fuera se entera de nada: porque el otro tiene fama de trozo de pan.
«Trozo de pan» es la expresión de toda la vida para alguien buenísimo, incapaz de hacer daño. Y eso es lo que el otro parece desde fuera. La letra lo explica sin rabia: la gente no puede saber la otra parte, la que solo ve quien vive con él. El vídeo lo pone en imagen con los dos hombres sonrientes en la calle de noche, con el fuego todavía lejos. Desde fuera, dos amigos que charlan. Desde dentro, otra cosa.
Un mes con un extraño
La canción avanza hacia su parte más honda. El narrador dice que ha pasado el último mes con un extraño y que, ahora que las piezas del puzzle van encajando, ya no tiene ninguna duda: ha vivido con un impostor que le ha parasitado.
Es el único momento en que aparece la palabra del título dentro de la letra. Y llega acompañada de otra palabra muy dura: parasitado. No dice «me ha querido mal» ni «me ha engañado». Dice que ha vivido de él, como un parásito que se alimenta de otro organismo. En el vídeo, ese tramo coincide con la mujer de la corona otra vez, con la cara más embarrada que nunca, mirando a cámara con los labios apretados.
Los planos de blanco y azul
Hacia los cuatro minutos y seis segundos el vídeo hace algo raro. Durante unos segundos, la pantalla se llena de una imagen abstracta: una masa blanca y rugosa, como roca o espuma vista muy de cerca, contra un azul profundo, que podría ser agua o cielo. Se mueve despacio. No hay personas. El plano se repite varias veces, intercalado con los soldados y la mujer de la corona.

No sé exactamente qué es, y prefiero no adivinarlo. Pero a mí esos planos me llevan a un verso que llega hacia el final de la letra, el del momento más oscuro de aquellos meses, cuando estuve muy cerca de no seguir. Lo nombro porque la canción lo nombra, y porque es importante decir que se sale de ahí. Hoy estoy en tratamiento psiquiátrico y psicológico, y sigo escribiendo canciones. Si tú estás en un punto parecido, por favor, no lo pases solo: llama al 024. Es gratis, es confidencial y hay alguien al otro lado a cualquier hora.
La lista de porqués
La parte final de la canción es una lista. Cada línea empieza por «porque» y añade una prueba más: en la cama se acercaba una vez al año, ya no le besaba, ya no le abrazaba, en las vacaciones le rechazaba, le daba igual si lloraba. Las frases son cortas, casi telegráficas, y se van acumulando como piedras.
Mientras tanto, el vídeo vuelve a la gran explanada embarrada delante del palacio. A los ciento sesenta y dos segundos, y de nuevo hacia el minuto cuatro y medio, se ve a gente corriendo por el césped mojado: hombres con abrigos largos, mujeres con vestidos claros y faldas largas, salpicando agua a cada paso, como si huyeran de algo o fueran a por algo. Detrás, la multitud no se mueve. Es la lista de porqués convertida en carrera: cada prueba es un paso más en el barro.
Coronas, palacios y trajes bordados
Si se repasa el vestuario y los decorados del vídeo, sale un motivo que se repite por todas partes: la realeza. La mujer lleva corona. Varios de los soldados embarrados llevan coronas abolladas. Hay un palacio blanco enorme con una multitud delante. Uno de los dos hombres lleva una chaqueta negra de cuello alto con bordados dorados, como un uniforme de gala, y en otra escena aparece con hombreras doradas y botones de oro, como un príncipe de cuento. El otro, en la escena de la calle de noche, lleva un sombrero con un adorno dorado que parece sacado de una baraja.
Para mí ese motivo tiene mucho que ver con la canción. Un impostor es alguien que se hace pasar por lo que no es. En la historia, los impostores más famosos se hacían pasar por reyes perdidos, por herederos, por príncipes que habían sobrevivido a una tragedia. El vídeo juega con esa idea sin decirla: llena la pantalla de coronas y palacios, pero todo está manchado de barro. Las coronas no brillan, los uniformes se arrugan, la explanada del palacio es un charco. Es una realeza de mentira.
Y a la vez, la corona de la mujer es otra cosa. Ella no se hace pasar por nada. Lleva la corona puesta y la cara sucia, y no intenta disimular el barro. Si los hombres de los bordados dorados son la apariencia, ella es lo que queda cuando se cae la apariencia.
Los objetos que faltan
Hay algo que me llama la atención cada vez que veo el clip. La letra está llena de objetos muy concretos: un móvil, una foto con efecto, una caja rosa, trescientas fotos, un cubo de basura, un audio, una línea de teléfono, una cama, unas vacaciones. Y el vídeo no enseña ninguno. No hay móvil, no hay caja, no hay fotos, no hay cama.
Creo que es una decisión acertada. Si el vídeo hubiera enseñado la caja rosa en la basura, la habría convertido en un decorado. Al dejarla fuera, la caja se queda en la letra, que es donde pesa. El vídeo, en cambio, se encarga de lo que la letra no puede decir con objetos: la sensación de estar en una batalla, de que todo el mundo mira, de que algo arde. La letra es el expediente con las pruebas. El vídeo es lo que se siente al leerlo.
El fuego
Y entonces llega el fuego. A los ciento cincuenta segundos ya habíamos visto una primera llamarada: los dos hombres, de traje oscuro, con la boca abierta en un grito, delante de una pared de fuego naranja. Pero en el último tramo del vídeo el fuego lo invade todo. A los doscientos noventa y un segundos, una bola de fuego estalla entre los dos hombres en una calle de noche. A los trescientos nueve, una llamarada tapa por completo la cara de uno de ellos mientras la mano del otro se acerca. A los trescientos veinticuatro, los dos se ríen a carcajadas, uno con la cabeza echada hacia atrás, con el fuego detrás.

El fuego del final no es una venganza. Nadie quema a nadie a propósito en el vídeo, o al menos yo no lo veo así. Es más bien la imagen de que todo lo que había entre los dos está ardiendo. Las fotos, la caja rosa, los seis años. Y los dos hombres siguen ahí, uno al lado del otro, como si no se dieran cuenta.
El último plano
El vídeo termina con un plano que, después de todo lo anterior, sorprende. A los trescientos cincuenta y un segundos, sobre un fondo negro con unas pocas velas encendidas, los dos hombres posan juntos y sonríen a cámara. Uno lleva un chaleco marrón sobre una camisa blanca y el otro una cazadora de cuero negra. Parecen una pareja feliz en una foto de estudio. Enseguida, una nube de fuego blanco y naranja estalla delante de la cara de uno de ellos. Y el último fotograma es el fuego tapando la sonrisa.
Ese es el resumen del clip y de la canción. Desde fuera, la foto perfecta. Por dentro, algo que arde. Y la canción termina con una última petición al otro, escuchar esta canción y decir si hay algo falso en ella.
Dónde encaja en el Planeta Gayfolk
«El impostor» pertenece al primer disco de la trilogía, el del descubrimiento del planeta. Ocupa el puesto 94 del listado de canciones de la web, justo entre «El abrazo de Pitufo» y «La alcantarilla». Es una de las canciones del planeta que hablan sin rodeos del abuso narcisista, junto con otras como «No contact» o «Not your supply», que cuentan lo que viene después: cortar el contacto y dejar de ser la fuente de la que el otro se alimenta.
Lo que la hace distinta es la forma. No tiene estribillo. No tiene rima fija. Es un monólogo a base de porqués, con líneas de una o dos palabras, como alguien que habla llorando y se para a respirar entre frase y frase. Por eso el vídeo es tan largo y tan cargado: tenía que acompañar seis minutos de una sola persona contándolo todo.
La imagen con la que me quedo
De todas las imágenes del vídeo, me quedo con la mujer de la corona. Con la cara llena de barro, el pelo revuelto y la corona todavía puesta. Me parece la imagen más honesta de cómo se sale de una relación así. No sales limpio, ni entero, ni con una sonrisa. Sales embarrado. Pero sales con la corona puesta. Y con el tiempo, el barro se lava.
Si os interesa el tema, el diario tiene una entrada sobre salud mental LGTBI. «El impostor» se puede escuchar en Spotify y en el resto de servicios, y los periodistas tienen fotos y textos en prensa. Y si te reconoces en alguno de estos porqués, recuerda el número: 024. No tienes que contarlo solo.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «El impostor»?
Dos hombres con chaquetas oscuras discuten en distintos escenarios, una mujer con corona dorada y la cara cubierta de barro mira a cámara en un campo, soldados y reyes embarrados avanzan en una batalla, una multitud se agolpa delante de un palacio y, hacia el final, estallan llamaradas de fuego junto a los dos hombres.
¿De qué trata la canción?
Es una canción contada a base de porqués. El narrador explica cómo se enteró, después de seis años, de que su pareja nunca estuvo enamorado de él: el selfi con efecto mientras él lloraba, la caja rosa con trescientas fotos en la basura, el audio, las versiones que cambiaban cada día.
¿Está basada en algo real?
Mike Sain't Louis ha contado que pasó años en relaciones con personas narcisistas y que sus canciones fueron su forma de contar su versión. Los personajes de las letras no se identifican con nadie. Si estás pasando por algo parecido y lo estás pasando mal, en España puedes llamar al 024, gratis y a cualquier hora.
¿En qué disco está y cuándo salió el vídeo?
Está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». El videoclip oficial se estrenó en YouTube el 12 de febrero de 2025 y dura seis minutos y dos segundos.