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Camerino con bombillas fundidas: el vestuario roto de «La Primera Drag de Benidorm», pieza a pieza

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Portada de «La Primera Drag de Benidorm», canción de Mike Sain't Louis

Las tres y diez de la madrugada. Un camerino del tamaño de un ascensor, detrás de un escenario de moqueta quemada. De las doce bombillas que rodean el espejo funcionan siete. En la silla, una peluca rubia descansa sobre una cabeza de corcho como si estuviera esperando un taxi. En el suelo, un tacón de aguja sin su pareja. Huele a laca, a sudor y a ese ambientador de coco que alguien compró en el chino de la esquina pensando que arreglaba algo.

Fuera, Benidorm sigue a lo suyo. Los rascacielos con las ventanas encendidas, los ingleses de la despedida de soltero berreando el himno de su equipo con una pinta en cada mano, el paseo de Levante con sus luces de feria. Dentro, nadie aplaude.

Ese es el sitio donde el planeta ha decidido leer hoy «La Primera Drag de Benidorm». No en el escenario, que es donde todo el mundo mira, sino en el camerino, que es donde se monta el personaje antes del número y donde se desmonta después. Porque la canción, si te fijas, no habla de un show. Habla de lo que le pasa al vestuario.

Una drag se construye por capas. Primero la base, luego las pestañas, después la peluca, el corsé, las medias, el vestido, los tacones. Es un proceso lento, casi de taller de costura, y cualquiera que haya visto un capítulo de Drag Race España sabe que dura horas. La letra de Mike Sain't Louis hace exactamente el recorrido contrario. Cada verso quita una pieza. O la rompe. O la quema.

Así que vamos a vaciar el camerino. Prenda por prenda.

Los tacones, primera baja

La canción entra por los pies. Es lo primero que se rompe y lo primero que se oye:

Aquí me arrastro, / con tacones rotos, / escupiendo sueños / por cada semáforo.

El tacón es la pieza que más cuesta dominar. Cualquier drag te lo dirá: la peluca se ajusta con horquillas, el maquillaje se corrige con una esponja, pero el tacón de quince centímetros o lo aguantas o te tumba delante de todo el público. Es la prueba de oficio. Andar con él como si hubieras nacido encima.

Y aquí está roto. No torcido, no rozando: roto. Lo que obliga a la protagonista a arrastrarse, que es el verbo más bajo que existe para moverse. No camina, no desfila, no se contonea. Se arrastra.

El planeta se queda con un detalle que tiene mucha mala uva: los semáforos. Una drag con los tacones rotos no va por la pasarela de un club de moda. Va por la calle, de madrugada, parando en cada paso de cebra, con la luz roja encima. Escupiendo sueños en cada uno. El semáforo es la imagen más municipal que hay: lo pone el ayuntamiento, lo paga el contribuyente, marca cuándo puedes pasar y cuándo no. Y en cada uno de ellos, la primera drag de Benidorm deja algo en el suelo.

Es la vuelta a casa, sin más. Esa parte del oficio que nadie fotografía. El taxi que no para, el portal que está lejos, los tacones en la mano o, peor, rotos en el pie. Quien haya salido de un local de ambiente a las seis de la mañana con la ropa de la noche sabe que el regreso tiene su propio público: los barrenderos, el repartidor del pan, el señor que saca al perro. Ninguno aplaude tampoco.

Primera baja del inventario: un par de tacones. Sin arreglo.

La falda que arde y el nombre que se descose

La segunda estrofa sube por el cuerpo. Ya no son los pies. Son la falda, el pecho, el nombre.

Fotogramas del videoclip oficial de «La Primera Drag de Benidorm», de Mike Sain't Louis

Aquí sangro, / con la falda ardiendo, / mi pecho abierto, / mi nombre deshecho.

La falda ardiendo tiene una lectura literal que da escalofríos. Las lentejuelas, el tul, el poliéster de los vestidos baratos arden rápido. Los camerinos de los locales pequeños están llenos de bombillas calientes, de planchas del pelo olvidadas encendidas, de cigarros apoyados en el borde del tocador. No hace falta mucha imaginación para ver la escena.

Pero el fuego en esta canción no viene solo del enchufe. La falda es la prenda que en otros tiempos convertía a un hombre en un problema de orden público. Durante el franquismo, un chico con falda por la calle no era una anécdota de carnaval: era una ficha policial. La ley de vagos y maleantes primero, la de peligrosidad y rehabilitación social después. Quien se ponía una falda sabía que estaba jugando con fuego, y no en sentido figurado. La letra no habla de leyes, ni de fechas, ni de comisarías. Pero quien escucha «la falda ardiendo» en una canción sobre una pionera del transformismo español no puede evitar pensar en lo que costaba esa tela.

Luego viene el pecho abierto. En el lenguaje del oficio, el pecho de una drag es una obra de ingeniería: relleno, cinta, contorno con maquillaje, un corsé que aprieta hasta que respirar se vuelve un acto de fe. Abrirlo es desmontar el truco. Pero también es la herida de verdad, la que está debajo del relleno. La canción no elige entre las dos lecturas y hace bien.

Y el nombre deshecho.

Esa es la pieza del vestuario que no se ve y que más importa. El nombre artístico. Una drag elige su nombre con más cuidado que muchos padres el de sus hijos: tiene que sonar en un micrófono, caber en un cartel, hacer gracia, dar miedo, sonar a diva o a vecina del quinto. Es lo único que la persona se lleva a casa cuando se quita todo lo demás. Y aquí está deshecho, como un dobladillo que alguien ha descosido con los dientes.

Un nombre se deshace cuando nadie lo pronuncia. Esto es importante para lo que viene después.

El estribillo como hoja de reclamaciones

Entre estrofa y estrofa, la canción mete su estribillo, que es una lista de daños con su número de expediente. El planeta lo ha leído como se lee una hoja de reclamaciones de las que hay en cualquier bar de la costa: una línea por cada queja, sin adornos, con la rabia de quien sabe que nadie va a contestar.

¡Aquí rompo espejos, aquí trago mierda, / aquí sigo jodida, aquí nadie me recuerda!

Romper espejos. En un camerino, el espejo es la herramienta de trabajo. Ahí se pinta la ceja, se pega la pestaña, se comprueba que la peluca no está torcida. Romperlo es como si un carpintero partiera su sierra. Y la superstición le añade siete años de mala suerte, que en la vida de una drag de los ochenta o de los noventa podían ser literalmente toda su carrera.

Tragar mierda es la frase que cualquiera que haya trabajado en la noche reconoce sin necesidad de traducción. El dueño que no paga, el borracho que toca, el compañero que roba el número, el público que grita lo que no debe. Tragar y seguir. El show no se para por eso.

Aquí sigo jodida tiene una palabra que el planeta subraya: sigo. No dice estoy, dice sigo. Hay continuidad en ese verbo, hay alguien que no se ha ido.

Y luego el remate, la línea que convierte la reclamación en otra cosa: «aquí nadie me recuerda». Ahí ya no hay daño material. No hay tacón roto ni falda quemada. Hay olvido. Y el olvido no se reclama en ninguna ventanilla.

Uñas, rezos y caricias de alquiler

La tercera estrofa baja el volumen y se vuelve más íntima. Es el momento del camerino en el que la protagonista ya se ha quitado casi todo y empieza a quedar lo que hay debajo.

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «mi nombre deshecho. ¡Aquí me desangro, aquí escupo al suelo,» de «La Primera Drag de Benidorm»

Uñas quebradas. Las postizas, las de pegamento, las que se compran en un blíster de veinticuatro y se limpian con acetona al final de la noche. Se rompen al abrir una lata, al buscar las llaves, al agarrarse a la barra del autobús nocturno. Una uña rota es la cosa más pequeña del mundo y aun así puede arruinar una foto.

Rezos de plástico. Esta es una imagen que el planeta adora, porque une en tres palabras la estampita del Corazón de Jesús de la abuela con los rosarios fosforito que se venden en las tiendas de souvenirs. El catolicismo de feria. La fe que se compra por dos euros junto a los imanes de nevera con forma de paella. La primera drag de Benidorm reza, sí, pero con lo que hay a mano, y lo que hay a mano es de plástico.

Y caricias prestadas. Esa expresión no necesita explicación y aun así duele cada vez que se lee. Prestadas: con fecha de devolución. Las del cliente que paga una copa, las del turista que se va el domingo, las del chico que tiene novia en su pueblo y en Benidorm se permite una noche. Caricias que se devuelven al amanecer, como un coche de alquiler con el depósito lleno.

Ahí está la diferencia entre esta canción y la postal. La postal vende Benidorm como el sitio donde todo el mundo se divierte. La canción recuerda que muchas de esas diversiones tenían a alguien detrás pagando la factura.

Fotos censuradas: el álbum que no existe

Hay una línea en la cuarta estrofa que el planeta considera la más política de toda la letra, aunque no lo parezca: «mis fotos censuradas».

Piensa en cuántas fotos hay de cualquier drag de hoy. Miles. Instagram, TikTok, los reels del público, las fotos del photocall, los selfies del camerino. Una reina contemporánea tiene más imágenes suyas que la familia real británica.

Ahora piensa en la primera. La de verdad, la que se subió a un escenario de la costa cuando eso tenía consecuencias. ¿Cuántas fotos hay de ella? Las que hubo, si las hubo, se guardaron en cajas de zapatos. Se rompieron cuando murió la madre y los hermanos vaciaron el piso. Se perdieron porque el fotógrafo del local las tiró al cerrar. O no se hicieron nunca, porque una foto era una prueba y una prueba podía acabar en una comisaría.

Censuradas, dice la letra. Y es exacto. No dice perdidas, que sería un accidente. Dice censuradas, que es una decisión. Alguien decidió que esas imágenes no debían verse.

Esto conecta con algo que el planeta lleva tiempo pensando sobre la memoria queer en España. Buena parte de nuestra historia está en esas cajas que nadie abrió. En las fotos que no salen en ningún libro. En las crónicas de sucesos que trataban a las transformistas como fenómeno de feria. Por eso la galería del planeta se esfuerza tanto en dejar imágenes a la vista. Por eso existe un diario. Una canción guardada en un cajón no le sirve a nadie, dice una de las reglas que Mike tiene escritas en su web. Una foto tampoco.

Junto a las fotos, la misma estrofa mete el hambre de barrio y la lengua cortada. El hambre de barrio es de dónde viene ella. No de una academia de artes escénicas, no de una familia que la apoyó. De un barrio con hambre, de los que exportan chicas y chicos a la costa para trabajar en verano. Y la lengua cortada es lo que le hicieron para que no contara nada.

O sea, que la canción no solo dice que nadie la recuerda. Dice por qué.

El pelo que se cae y la peluca que lo tapa

Un apunte rápido, que el estribillo lo merece. Entre los daños que enumera está «aquí pierdo el pelo».

En una canción sobre una drag, el pelo es doble. Está el propio, el que se esconde debajo de una media y una peluca. Y está el de la peluca, que se enreda, se apelmaza, se quema con la plancha y hay que peinar con paciencia de monja. Perder el pelo es perder la juventud (el propio) o perder el personaje (el postizo).

El planeta no se atreve a decir cuál de las dos pérdidas es peor. Sospecha que la segunda. A la primera uno se acostumbra. La segunda te deja en la silla del camerino, delante de un espejo roto, con una cabeza de corcho mirándote.

La postal y su revés

Hablemos de Benidorm, que la canción lo pone en el título y no por casualidad.

Collage con un detalle de la carátula de «La Primera Drag de Benidorm» y las carátulas de «Aquí escupo», «Madrid to Benidorm», «Ni un pimiento»

Benidorm es una ciudad que en el resto de España funciona como chiste y como sueño a la vez. Los rascacielos, el Gran Hotel Bali, la isla con forma de barco hundido, el Balcón del Mediterráneo, las playas de Levante y Poniente con la toalla puesta a las ocho de la mañana. Los jubilados del Imserso, los británicos con la cara roja, las despedidas con disfraces de pene. La serie de la tele inglesa que llevaba su nombre. El Benidorm Fest, que convirtió la ciudad en la puerta de Eurovisión desde hace unos años. Y, en medio de todo eso, una escena de transformismo y drag que lleva décadas animando las noches del casco antiguo para todos los públicos.

Es una ciudad de espectáculo. Lo era antes de que se pusiera de moda decirlo.

El planeta ya ha viajado otras veces a Benidorm. «Madrid to Benidorm» es la carretera de ida, con la purpurina en el salpicadero y el orgullo puesto. «La Primera Drag de Benidorm» es otra cosa: es lo que encuentras cuando llegas y te quedas a dormir en el sitio equivocado. La primera es una fiesta en el coche. La segunda es la resaca en un hostal con la persiana rota.

Las dos son verdad. Esa es la gracia de un planeta: tiene día y noche.

Y lo que hace esta canción con la ciudad es darle la vuelta a la postal. En el anverso, el cielo azul y el agua turquesa. En el reverso, donde se escribe el mensaje, alguien ha puesto con letra temblorosa: aquí me arrastro, aquí sangro, aquí me deshago. Es la postal que nadie envía, porque a ver quién se la manda a su madre.

Pista 32 de un disco que quiere irse

Conviene situar la canción en su casa. «La Primera Drag de Benidorm» es la pista 32 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK. El disco, según su propia presentación, va del deseo de viajar: de la distancia, de la espera, de las ganas de llegar a un lugar donde vivir sin pedir permiso.

Leída ahí dentro, la canción cobra un sentido nuevo. La primera drag de Benidorm es alguien que ya vivía sin pedir permiso cuando eso no existía. Llegó al planeta antes de que hubiera planeta. Y lo que la letra cuenta es el precio de haber llegado tan pronto.

Justo antes en el disco suena «Aquí escupo», que comparte con esta canción el verbo y el adverbio, como dos hermanas que se pelean por el mismo vestido. Y justo después llega «Ni un pimiento», que cambia de registro y se va al Rastro a tasar lo que vale un ex. Ese orden tiene su lógica: primero se escupe, después se sangra, después se ríe uno de todo. Así funciona la noche, más o menos.

Si quieres más contexto sobre cómo se pensó la trilogía, la sala de prensa tiene el dosier completo, con la ficha de cada disco y la explicación de por qué la música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial mientras las letras las escribe Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, sin ninguna máquina de por medio.

Lo que se queda en el camerino

Volvamos a la silla. Ya está todo fuera. Los tacones rotos en el suelo, la falda chamuscada en el respaldo, las uñas en el cenicero, la peluca en su cabeza de corcho, el espejo con su grieta en diagonal. El planeta ha hecho el inventario y la lista es larga.

Ficha de la canción «La Primera Drag de Benidorm» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Lo que no hay en esa lista es el público. Ni un ramo de flores, ni una nota en el espejo con pintalabios, ni un «guapa» escrito en una servilleta. El camerino de la primera drag de Benidorm no tiene recuerdos de los demás. Solo los suyos, y rotos.

Por eso el planeta piensa que esta canción tiene más que ver con el olvido que con el dolor. El dolor está ahí, claro, en cada verbo: arrastrarse, sangrar, deshacerse, vomitar. Pero el dolor se cura o se aguanta. Lo que no tiene arreglo es que nadie te nombre. Por eso el nombre deshecho aparece tan pronto, en la segunda estrofa, y por eso el estribillo acaba siempre igual. La letra lo repite hasta que se te queda dentro. Como un nombre que alguien, por fin, se aprende de memoria.

Hay algo bonito en eso. Una canción que trata del olvido se convierte, por el simple hecho de existir, en una forma de recordar. No a una persona concreta, que la propia web aclara que no lo es, sino a todas. A la que hacía playback de Rocío Jurado con una bata de cola cosida a mano. A la que imitaba a Sara Montiel con un puro de chocolate. A la que se subía a un taburete en un bar de la costa porque no había escenario. A la que el día siguiente iba a misa con la cara lavada y nadie en el pueblo sabía nada.

Ninguna de ellas tiene canción propia. Esta sirve para todas.

El último número: y bailo

Y entonces, el final. Que es donde la canción se juega todo.

Después del inventario de heridas, la letra se queda casi sin palabras. Ya no hay estrofas largas, solo restos:

Aquí... / Aquí... / me desangro... / y bailo.

Los puntos suspensivos hacen de silencio. Cada «aquí» es un paso más lento que el anterior. Y cuando parece que la canción va a terminar en el suelo, con la protagonista desangrada en el camerino, llega la conjunción más pequeña del idioma: «y».

Y bailo.

El planeta ha leído muchas letras de Mike y pocas terminan tan seco. No hay redención, no hay aplauso final, no hay una frase de taza de desayuno sobre volver a levantarse. Solo una persona sangrando que, aun así, se pone de pie y baila. No porque esté bien. Porque es lo que sabe hacer. Porque es su oficio. Porque si deja de bailar, el olvido gana del todo.

Eso es lo que hacía la primera drag de cualquier sitio. Bailar con los tacones rotos. Hacer el número aunque el dueño no pagara. Salir al escenario aunque fuera un taburete. Y no es heroísmo de película. Es costumbre. La terquedad de quien ya no tiene nada más que perder y aun así no se va.

Si alguna vez has bailado una canción en una discoteca con el corazón hecho trizas, sabes de qué habla esta. Si alguna vez has salido de casa vestida como te dio la gana sabiendo que en la parada del autobús te iban a mirar, también. Y si eres de los que miraban, ya va siendo hora de pedir perdón.

Para escucharla en el orden correcto

El planeta recomienda verla antes de escucharla. El videoclip oficial dura dos minutos y treinta y seis segundos, que es lo que dura un número corto de transformismo. Después, si quieres seguir, la canción está en Spotify y en la ficha del single, con descarga gratuita y directa.

Y si te quedas con ganas de más escena drag dentro del planeta, el diario ya dedicó una nota a cómo esta misma canción convierte la sangre en baile, con otra mirada, y otra a la escena queer y el drag en general. La de hoy se ha quedado en el camerino. Las otras salen al escenario.

Una última cosa, para quien llegue aquí buscando una explicación de cómo se hace el camp sin hacer el ridículo. El planeta tiene una página entera dedicada al camp, pero la respuesta corta está en esta canción: se coge lo más hortera del mundo (una drag, Benidorm, unos tacones rotos) y se trata con toda la seriedad que merece. Sin reírse de ella. Riéndose con ella, si acaso, cuando ella lo permita.

Esta noche no lo permite. Esta noche baila.

Y el resto, a callar.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «La Primera Drag de Benidorm»?

De una drag pionera a la que la letra da la palabra cuando ya no queda glamour: tacones rotos, falda ardiendo, uñas quebradas, fotos censuradas y la frase «aquí nadie me recuerda». Termina con «me desangro... y bailo».

¿Es la historia de una persona real?

No. En el diario del planeta se explica que la primera drag de Benidorm es una figura, casi un mito, que representa a todas las que salieron a un escenario cuando hacerlo tenía un precio. La canción no le pone fecha ni biografía.

¿En qué disco está?

Es la pista 32 de «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. La ficha del single la fecha el 19 de junio de 2026 y tiene videoclip oficial.

¿Quién ha escrito la canción?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya, escrita sin IA; la música y las voces se han hecho con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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