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Contrato de la licenciada: «Licenciada en derecho» redactada cláusula por cláusula

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Portada de «Licenciada En Derecho», canción de Mike Sain't Louis

«No me mires el pecho, que soy licenciada en derecho.»

Hay frases que piden ir en un estribillo y frases que piden ir en un contrato. Esta pide las dos cosas. Tiene la rima fácil de una canción de verano y el tono imperativo de una cláusula de confidencialidad. No me mires. Que soy. Prohibición y fundamento jurídico en once palabras. Ni la mejor abogada del Colegio de Madrid lo habría redactado más corto.

El diario ya leyó «Licenciada en derecho» como una petición de que la miren a los ojos, en su nota sobre mírame a los ojos, que tengo carrera. Esta crónica se pone otra toga. Va a pasar la canción a limpio como lo que su protagonista haría con cualquier cosa importante: un contrato. Con su exposición de motivos, sus cláusulas y su firma al pie.

Que nadie se asuste. Es el contrato más divertido que se ha firmado nunca en el planeta.

Reunidos

En Madrid, o en Miami, que la letra no se decide y tampoco le hace falta.

De una parte, la licenciada. Sin nombre, sin apellido, sin número de colegiada. Mujer con tacones, estilo «pretty», libros de leyes en el bolso y una seguridad en sí misma que da miedo a los pasantes.

De otra parte, «they». Ellos. Los que miran y cuchichean. La letra los describe en la primera estrofa con una precisión de testigo: «They look and they whisper, trying to figure me out». Miran, susurran, intentan descifrarla. No tienen nombre tampoco. Son el público, la calle, la oficina, el bar.

Ambas partes se reconocen capacidad legal suficiente para obligarse, que es la fórmula de los contratos de verdad, aunque una de ellas no ha venido a firmar nada. Ha venido a mirar. Y ahí empieza el problema.

Exponen

Toda exposición de motivos explica por qué se ha llegado hasta aquí. La de esta canción está en la primera estrofa:

«Walking through the city, feeling kinda witty, / High heels on the pavement, mi estilo es pretty.»

Una mujer camina por la ciudad. Se siente ingeniosa. Sus tacones suenan en la acera. Tiene estilo. Y la gente, en lugar de dejarla pasar, se la queda mirando y cuchichea.

Esa es la exposición de motivos. No hay agravio concreto, ni piropo de obra, ni mano donde no debe. Hay mirada. Y la mirada, como cualquier mujer sabe y cualquier marica con pluma también, puede ser un asunto jurídico. Hay miradas que te desnudan, miradas que te evalúan, miradas que deciden por ti quién eres antes de que hayas abierto la boca.

La licenciada responde a todo eso con su arma profesional. No con un bofetón ni con un desplante. Con su título.

Cláusula primera: del objeto de la mirada

La cláusula principal es el estribillo, repetido tres veces en cada vuelta como quien lee en voz alta el punto más importante de un contrato para que conste en acta.

No me mires el pecho, que soy licenciada en derecho.

Desde el punto de vista jurídico, la cláusula tiene una estructura impecable. Primero la prohibición, luego el motivo. El motivo, además, es irónico. ¿Por qué ser licenciada en derecho impide que te miren el pecho? Lógicamente, no lo impide. Pero socialmente sí lo dice todo: ojo, que esta sabe defenderse. Ojo, que esta tiene un despacho y conoce el Código Penal.

Hay un humor muy fino en elegir la rima pecho/derecho. Es la rima de los pareados de toda la vida, de los chistes de la feria, de las coplillas de carnaval de Cádiz. Una rima de patio de vecinos al servicio de una reivindicación seria. El planeta hace esto constantemente: mete la verdad en un envoltorio de verbena para que entre sin que nadie se dé cuenta.

Y, por cierto, la cláusula no dice «no me mires». Dice «no me mires el pecho». Mirarla está permitido. Mirarla entera, a los ojos, a la cara, al estilo. Lo que se prohíbe es la reducción. Que la conviertas en una parte del cuerpo. La licenciada no pide invisibilidad. Pide que la miren completa.

Cláusula segunda: del domicilio

La segunda cláusula fija el domicilio de la protagonista, y es de las más simpáticas del documento: «From Madrid to Miami, style's never sloppy».

Fotogramas del videoclip oficial de «Licenciada en derecho», de Mike Sain't Louis

De Madrid a Miami. Dos ciudades que comparten idioma a medias, calor a ratos y una cierta afición por las gafas de sol grandes. El domicilio de la licenciada no es una dirección: es un eje. Vive en el avión, en la sala VIP de Barajas, en un taxi amarillo por Brickell. Su estilo, dice la cláusula, nunca es descuidado. Ni en el vuelo nocturno de nueve horas, cuando todo el mundo va en chándal y con la almohada hinchable al cuello.

Esta cláusula explica también el idioma del contrato. Si la licenciada vive entre Madrid y Miami, redacta en los dos idiomas. «Educada y chic, reaching every goal». «Soy poderosa, watch me run». El Spanglish aquí no es un adorno: es jurisdicción. Es la lengua del territorio en el que ejerce.

La página de Madrid del planeta lo describe como la sala de máquinas del universo. La licenciada sale de esa sala de máquinas con billete de ida y vuelta.

Cláusula tercera: del equipaje

Tercera cláusula, la del equipaje: «Law books in my bag, yeah, I keep it classy».

Libros de leyes en el bolso. Esta imagen es más graciosa de lo que parece. Cualquiera que haya estudiado Derecho sabe lo que pesa un Aranzadi. Llevarlo en el bolso de mano es casi un deporte de riesgo. Hace falta un bolso enorme, de esos que se compran en la calle Serrano o en una tienda de aeropuerto, y un hombro de hierro.

Pero la cláusula no habla de comodidad. Habla de símbolo. La licenciada lleva la ley encima, literalmente. Como quien lleva un escapulario o una estampita, como el narrador de otra canción del catálogo lleva su Virgen de la Candelaria. Su amuleto son los códigos. Si alguien se pasa, saca el libro.

«I keep it classy.» Con clase. Con los códigos de la ley y con los códigos de la elegancia, que en esta canción son el mismo código.

Cláusula cuarta: de los sentimientos

La cuarta cláusula es la más fría del contrato, y la que más dice de su protagonista: «Catching flights, not feelings, that's the way I roll».

Coger vuelos, no sentimientos. La frase en inglés juega con «catch feelings», que es la forma de decir que alguien se ha pillado, que se ha enamorado sin querer. La licenciada no se pilla. Coge aviones.

Aquí la canción se separa de casi todo el catálogo. El planeta está lleno de narradores que se enamoran demasiado, que lloran en esquinas, que tiemblan siempre, que se rinden. La licenciada no. Es la única que tiene una cláusula de exención emocional. Es como si en mitad de un disco lleno de corazones rotos apareciera una mujer con gafas de sol diciendo que ella no está para eso.

Y esa es su gracia. El segundo álbum de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», va del deseo de viajar a un lugar donde vivir sin pedir permiso, tal como lo describe su página del álbum. La licenciada ya viaja. Ya vive sin pedir permiso. Es, en cierto modo, lo que todos los demás personajes del disco quieren ser de mayores.

Cláusula quinta: de la cámara

Quinta cláusula, la del espectáculo: «Lights, camera, acción, watch me while I slay».

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «Así que ya sabes, no me subestimes, I'm a boss lady, living my dreams» de «Licenciada en derecho»

Fijaos en el «acción». En mitad de una frase en inglés, la palabra que da el director en el rodaje se dice en español. Luces, cámara, acción. Es un guiño mínimo y muy de la casa: el cine se dice en castellano porque el cine que importa aquí es el de Almodóvar, no el de Hollywood.

Y la contradicción de la cláusula es deliciosa. En la primera, la licenciada se quejaba de que la miraban. En la quinta, pide que la miren: watch me. ¿En qué quedamos?

En que no es lo mismo. Ser mirada y ser vista. La licenciada no quiere que no la miren, quiere decidir cómo. Que la miren mientras arrasa, mientras «slays», mientras hace su trabajo con estilo. Que la miren como se mira a una estrella, no como se mira un escaparate. La diferencia la pone ella, que para eso tiene la carrera.

«This ain't just about fashion, I own every day.» No va de moda nada más. Es dueña de cada día. Esta línea en inglés podría sonar a eslogan de anuncio de perfume, y lo es un poco. Pero en un catálogo donde tantos personajes pierden días enteros llorando por un ex, que alguien diga «soy dueña de cada día» suena a manifiesto.

Cláusula quinta bis: de la doble titulación

Hay una línea en la tercera estrofa que parece un eslogan de academia de oposiciones y que, leída con calma, es la más polémica del contrato: «Brains and beauty, together as one».

Cerebro y belleza, todo en uno. La frase existe en inglés desde hace décadas, en concursos de misses y en titulares de revistas, y casi siempre se ha usado con un punto de sorpresa condescendiente. Mira, es guapa y además lista. Como si las dos cosas fueran un dos por uno improbable, una oferta del súper que hay que aprovechar.

La licenciada coge esa frase y le quita la sorpresa. No dice «aunque soy guapa, soy lista». Dice que las dos cosas van juntas, sin conjunción adversativa. Es una doble titulación, como las que ofrecen ahora las universidades: Derecho y Estilo, en cinco años, con prácticas en Miami.

Y justo después, en español, la afirmación más rotunda de la canción: «Soy poderosa, watch me run». Poderosa. La palabra que se usa para las folclóricas en su madurez, para las presentadoras que llevan treinta años en antena, para las madrinas de las bodas gitanas. Es una palabra con mucha historia en la boca de las mujeres españolas y de los maricas que las imitan. Aquí se la queda una abogada. Y luego echa a correr, con tacones, que tiene mérito.

Cláusula quinta ter: del apercibimiento

En los documentos judiciales hay una figura que se llama apercibimiento. Es el aviso formal que se le da a alguien de lo que le pasará si no cumple. La canción tiene el suyo, y está dicho con una mezcla de idiomas que lo hace todavía más contundente: «Así que ya sabes, no me subestimes, / I'm a boss lady, living my dreams».

Collage con un detalle de la carátula de «Licenciada en derecho» y las carátulas de «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!», «Madrid to Benidorm», «The Queen of Pop»

«Así que ya sabes.» Es la fórmula de la madre que te avisa antes de la cena con los suegros. Es la fórmula del jefe que te recuerda el plazo de entrega. Es la frase que precede a las amenazas educadas. Y lo que sigue no es una amenaza, sino una descripción: soy la jefa y vivo mis sueños.

Subestimar es el delito que la licenciada persigue en toda la canción. No el piropo, no la mirada, no el cuchicheo: la subestimación. Que la miren y piensen que no sabe, que no puede, que no vale para el despacho porque lleva tacones y un estilo «pretty». La cláusula avisa de que eso tiene consecuencias. Cuáles, no lo dice. Pero con los libros de leyes en el bolso, uno se imagina que alguna habrá.

En el catálogo del planeta, esa palabra tiene ecos. En otra canción, la del panda, el narrador le dice a su ex que subestimó su mente. Es una de las ofensas que más duelen en este universo: que no te tomen en serio. La licenciada lo sabe y lo deja por escrito.

Y lo deja con la numeración de los textos legales de verdad, que cuando se les olvida algo no lo meten al final, sino en medio, con un «bis» y un «ter» detrás del número, como quien añade una habitación a una casa ya construida. Esta crónica ha hecho lo mismo. Algunas cláusulas no caben en el orden previsto. Se cuelan. Como la licenciada en la sala VIP con un billete de turista.

Cláusula sexta: de la permanencia

La sexta cláusula fija la duración del contrato. Es indefinida: «Remember my face, 'cause I'm here to stay».

Recuerda mi cara, porque he venido para quedarme. Fijaos otra vez: la cara. No el pecho, la cara. Al final del contrato, la licenciada vuelve a la cláusula primera desde el otro lado. Lo que hay que recordar es su cara. Su identidad. El resto, fuera.

Y la última línea de la estrofa cierra con una firma: «Licenciada en derecho, and I play no games». No juego. Sin juegos. En el planeta, donde los narcisistas juegan constantemente, donde todo es «su juego», como dice otra canción del catálogo, alguien que no juega es casi una excepción legal.

Disposición adicional: de los tacones

Toda ley tiene disposiciones adicionales, esos artículos del final que nadie lee y que a veces son lo más interesante. La de esta canción son los tacones.

Aparecen en el primer verso, «High heels on the pavement», y ya no vuelven a mencionarse. Pero suenan durante toda la canción, como suenan los tacones de una mujer que cruza un pasillo de juzgado. Tac, tac, tac. Es el ritmo de la letra. Es el ritmo del estribillo, con sus tres repeticiones. No me mires el pecho, tac. Que soy licenciada en derecho, tac.

Los tacones son, además, un objeto con mucha historia en la cultura queer. La drag que se los pone por primera vez, el chico que se los prueba a escondidas en el armario de su madre, la folclórica que no se los quita ni para ir al mercado. La página de camp español del planeta los nombra sin nombrarlos cuando habla del pelucón y del brillo. Que una canción sobre una abogada empiece con tacones no es casual: es una manera de decir que el poder y el glamour no están reñidos.

Disposición transitoria: ¿quién es la licenciada?

Ahora, una cuestión de interpretación que la crónica no puede resolver, pero sí plantear. ¿Quién es la licenciada?

Ficha de la canción «Licenciada en derecho» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La letra no lo dice. Puede ser una mujer real, una amiga, un personaje inventado. Puede ser una drag, que en el planeta las abogadas con tacones y libros en el bolso tienen mucho de número de cabaret. Puede ser una versión de quien escribe, que también tiene derecho a ponerse tacones en una canción aunque no se los ponga en la calle. La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y la música y las voces se hacen con inteligencia artificial, como el proyecto declara abiertamente en su página del artista. Nada más se sabe y nada más se inventa.

Lo que sí se puede decir es que la licenciada encaja en una galería de personajes femeninos del catálogo que tienen en común una cosa: no piden permiso. Malena Gracia entrando en el club. La primera drag sangrando y bailando. La de la Capilla Sixtina. Y esta abogada que cruza el Atlántico sin despeinarse. En un planeta lleno de corazones rotos, ellas son las que mandan.

Jurisprudencia

Como en todo buen contrato, conviene citar la jurisprudencia. El catálogo tiene otras canciones donde un personaje pone condiciones a quien lo mira o lo juzga. La más cercana en tono es «¡Que no pienso decir que mis trajes son de Zara!», pista 23 del mismo disco, donde el narrador defiende su ropa de SHEIN con una dignidad de pasarela. Allí la ropa era el campo de batalla. Aquí es el cuerpo. En las dos, el mensaje es parecido: no decides tú lo que valgo.

Y si alguien quiere seguirle la pista a la licenciada entre Madrid y la costa, el catálogo tiene también «Madrid to Benidorm», que hace en carretera lo que esta hace en avión.

Firma

Este contrato tiene un formato peculiar, y conviene describirlo para quien quiera firmarlo. Es la pista 36 de 86 en «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», segunda parte de la trilogía. Figura en el listado general de la web como la pista 133 de 273. Se escucha en Spotify, se descarga gratis desde su ficha y tiene videoclip propio. Los datos citables, con fechas y discos, están en el centro de prensa.

Leído y conforme

Los contratos terminan con una fórmula que todo el mundo firma sin pensar: leído y conforme. Esta crónica la firma pensándolo.

Leído: la licenciada pide que la miren entera y no por partes. Conforme.

Leído: vive entre dos ciudades y habla dos idiomas sin pedir perdón por ninguno. Conforme.

Leído: no se pilla, coge aviones. Conforme, aunque en este planeta nos cueste.

Leído: lleva la ley en el bolso y los tacones en los pies. Conforme, y con envidia.

Y una última nota a pie de página, de las que se escriben en letra pequeña y luego resultan ser lo importante. Si alguna vez te miran el pecho en lugar de la cara, no hace falta tener carrera para contestar. Pero si la tienes, que se note.

Anexo: un apunte de oficio

Un anexo para quien se pregunte por qué esta canción, tan ligera, merece una crónica tan larga. La respuesta está en el estribillo y en su repetición. Tres veces por vuelta, y la vuelta se repite muchas veces. Al final de la canción, uno ha escuchado la frase de la licenciada más veces que su propio nombre en un día normal.

Eso es oficio de letrista. Saber que una frase buena aguanta la repetición y que la repetición la convierte en refrán. Hay refranes españoles que nacieron así, en una copla, en un pareado de feria, en una tonadilla que alguien repitió hasta que el país entero la tenía en la boca. «No me mires el pecho, que soy licenciada en derecho» tiene madera de refrán. De esos que una abuela le diría a su nieta antes de su primera entrevista de trabajo.

Y si eso pasa algún día, que la nieta sepa que salió de un disco con un planeta rosa en la portada.

Preguntas frecuentes

¿Cuál es la frase principal de la canción?

«No me mires el pecho, que soy licenciada en derecho», repetida tres veces en cada estribillo. Es la condición que la protagonista pone a quien la mira.

¿Por qué mezcla inglés y español?

La protagonista se mueve «From Madrid to Miami» y habla como se habla entre esas dos ciudades: «Educada y chic, reaching every goal», «Soy poderosa, watch me run».

¿En qué disco está?

En «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk», la segunda parte de la trilogía GAYFOLK, como pista 36 de 86.

¿Quién la escribió?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como el proyecto declara abiertamente.

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