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Salud mental

«Nunca más volveré a confiar»: el juramento que se repite en cuatro canciones y cómo vuelve la confianza, escalón a escalón

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Fotograma del videoclip de «La de la capilla sixtina», de Mike Sain't Louis: figuras con hábito corren por una capilla pintada mientras al fondo estalla una llamarada, en la portada de «La séptima vida»

En el videoclip de «La de la capilla sixtina» hay un plano que parece salido de una pesadilla de seminarista: una capilla con las paredes y la bóveda cubiertas de frescos, figuras con hábito negro corriendo hacia la cámara y, al fondo, una llamarada naranja que ocupa el pasillo central como si alguien hubiera abierto la puerta de un horno. Nadie mira atrás. Todos corren. Es la imagen exacta de lo que pasa por dentro cuando alguien en quien confiabas te falla: el sitio más bonito, el más sagrado, se incendia, y lo único que te pide el cuerpo es salir de ahí cuanto antes.

Con ese fotograma abre esta entrada. Y la canción, junto con otras tres del planeta, es su punto de partida, porque comparten un mismo juramento que se repite como un eco por los pasillos de la discografía: nunca más volveré a confiar.

El punto de partida son los hechos que Mike Sain't Louis ha decidido contar: acoso escolar y abusos en la infancia, dos relaciones que terminaron mal con dos personas a las que hoy llama narcisistas, y que a los 41 años le diagnosticaron, entre otras cosas, estrés postraumático, fobia social y trastorno de evitación. No se dan nombres ni detalles. En las letras, los personajes son ficción. Lo que interesa aquí es el proceso: cómo escribir ese juramento, una y otra vez, le ayudó a mirarlo de frente.

Un juramento con cuatro versiones

Si uno pone en fila las letras del planeta, ve que la misma frase aparece con distintos trajes, como una actriz que hace cuatro papeles en la misma temporada.

En «La de la capilla sixtina» llega troceada, verso a verso, como quien la pronuncia con los dientes apretados:

Ya , nunca más,

Volveré

A confiar

En «Envejecer» aparece estirada, con las vocales alargadas hasta el límite, casi gritada a una pared:

Ya Noooooooooooo

En «Quién miente y jura» se vuelve sentencia, una frase de tribunal con sujeto impersonal:

Nunca se volverá a confiar

Y en «De mito a vómito» baja el volumen y se convierte en una previsión meteorológica, menos rotunda y más honesta:

Me va a costar muuuuuuuuucho

Cuatro canciones, cuatro tonos: el grito, la sentencia, el verso cortado y la confesión de que va a costar. Leídas por separado, cada una parece una reacción puntual a una decepción concreta. Leídas juntas, dibujan otra cosa: un proceso. La desconfianza no es un portazo que se da una vez. Es una frase que uno se repite muchas veces, con distintas entonaciones, mientras intenta averiguar si de verdad se la cree.

La desconfianza como armadura

Antes de hablar de cómo vuelve la confianza, conviene hacer justicia a la desconfianza. Tiene mala fama, como si fuera un defecto de carácter, una amargura que hay que corregir. No lo es. Es una armadura, y las armaduras se forjan por algo.

Cuando alguien ha vivido acoso de niño, aprende muy pronto que el entorno puede volverse hostil sin previo aviso. Que la persona que sonríe en el recreo puede ser la misma que te empuja en el pasillo. Cuando, años después, vive relaciones en las que le mienten, le manipulan y le hacen dudar de su propia percepción, la lección se confirma. El sistema nervioso saca una conclusión lógica: no te fíes. Fiarse duele.

En el estrés postraumático, una de las manifestaciones más habituales es la hipervigilancia: un estado de alerta permanente, una especie de radar siempre encendido que analiza cada gesto, cada mensaje, cada silencio, buscando la amenaza. Para entender mejor el estrés postraumático , el diario tiene una explicación clara de cómo se manifiesta. La desconfianza, vista así, es el radar funcionando. Hace su trabajo. El problema es que no distingue entre un avión enemigo y una gaviota.

«La de la capilla sixtina» lo dice con una crudeza muy del planeta:

Lo demás es siempre para aniquilarme

Siempre. Aniquilarme. Son palabras absolutas, sin matices. Así habla el radar cuando lleva demasiado tiempo encendido: todo lo que no conoce es peligroso, todo lo que se acerca viene a hacer daño. Es una exageración, claro. Pero es una exageración que nace de la experiencia, y escribirla tal cual tiene un valor enorme: permite verla desde fuera. Cuando la frase está en un papel, uno puede preguntarse: ¿siempre? ¿De verdad todo?

Seis vidas gastadas

La canción tiene una imagen que la convierte en algo más que un desahogo:

Fotogramas del videoclip oficial de «La de la capilla sixtina», de Mike Sain't Louis

Y ya he usado seis vidas

La séptima es la definitiva

La referencia es la de los gatos, a los que el refranero concede siete vidas. El narrador hace inventario y comprueba que ya ha gastado seis. Seis veces se ha caído desde lo alto, seis veces se ha levantado, seis veces ha vuelto a confiar y le ha salido mal. Y ahora le queda una.

Hay dos maneras de leer esa séptima vida, y las dos son verdad a la vez. La primera es defensiva: como solo queda una, hay que protegerla a toda costa. No se puede arriesgar. Cualquier error será el último. Esa lectura explica el juramento: nunca más, porque no me puedo permitir otra caída.

La segunda lectura es más luminosa y está escondida en el título. La séptima vida es «la de la capilla sixtina». La de la obra maestra. La que se pinta con cuidado, tumbado en un andamio, durante años, mirando hacia arriba con pintura cayéndote en los ojos. La definitiva no es la que se guarda en un cajón para no estropearla. Es la que, por fin, se hace bien.

Esa doble lectura es exactamente el punto en el que se encuentra alguien que sale de varias relaciones dañinas. Por un lado, el miedo a volver a caer. Por otro, la intuición de que esta vez puede ser distinto, porque uno ya no es el mismo. Ya conoce las señales. Ya sabe lo que no quiere. Ya tiene, como dice la letra, a su gente.

Mi gente o mi Patry

En mitad del juramento, la canción abre una excepción. Es la parte más importante y pasa casi de puntillas:

En alguien

Que no sea mi gente

O mi Patry

El «nunca más volveré a confiar» no es absoluto. Tiene una cláusula. Hay un círculo, pequeño, en el que la confianza sigue intacta: la gente propia y una persona con nombre de amiga de toda la vida, Patry, que en la letra funciona como ese personaje imprescindible que todos tenemos o nos gustaría tener. Como siempre en el planeta, el nombre es inventado; lo que representa, no.

Esta excepción desmonta la lectura más pesimista de la canción. Quien escribe no ha perdido la capacidad de confiar. La ha concentrado. Ha pasado de repartirla generosamente entre cualquiera que le sonriera a guardarla para quienes han demostrado, con hechos, que la merecen.

Eso no es amargura. Es criterio. Y es, curiosamente, el primer paso para que la confianza vuelva a crecer: tener un sitio seguro desde el que salir y al que volver. Los psicólogos que trabajan con trauma hablan a menudo de la importancia de una base segura, una relación o un entorno en el que el sistema nervioso puede, por fin, bajar la guardia. Desde ahí, y solo desde ahí, se puede empezar a explorar el resto del mundo sin sentir que cada paso es un salto al vacío.

El planeta tiene otra canción dedicada precisamente a ese tipo de refugio, «El abrazo de Pitufo», cuya presentación da las gracias:

Por recordarme que lo sincero todavía existe.

Todavía existe. Esas dos palabras son el contrapeso del «nunca más». Si lo sincero todavía existe, la desconfianza total no tiene sentido. Solo hace falta aprender a reconocerlo.

No soy un condón

Hay un verso en «La de la capilla sixtina» que, con el humor bruto que caracteriza a Mike, resume en una línea por qué se jura desconfianza:

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «Lo demás es siempre para aniquilarme» de «La de la capilla sixtina»

No soy un condón que tiras después de

Usarse

Es una frase que hace reír y que duele al mismo tiempo. La imagen es de una cotidianidad casi cutre (un preservativo, una papelera), y precisamente por eso funciona. Lo que dice es: me han tratado como algo de usar y tirar. Me han utilizado mientras servía y me han descartado cuando dejé de ser útil. Y eso, con el tiempo, deja una herida muy concreta en la autoestima: la sospecha de que uno solo vale mientras sirve para algo.

La desconfianza, entonces, abarca más que el miedo a que te mientan. Incluye el miedo a volver a ser usado. A entregarte y descubrir que para la otra persona eras un objeto, una fuente de atención, de dinero, de compañía, de lo que fuera. Escribirlo con esa imagen tan gráfica tiene un efecto liberador: le pone una forma ridícula a algo que, dentro de la cabeza, era enorme y sin contorno. Un condón en una papelera es poca cosa. Lo que pesaba era no poder decirlo.

La pregunta de los dos viejitos

«Envejecer» contiene, probablemente, la escena más triste de toda esta serie de juramentos. El narrador recuerda una pregunta que le hacían:

¿Por qué me preguntabas si me imaginaba los dos viejitos cogidos de la mano?

La pregunta, en su momento, debió de sonar a promesa. A proyecto de vida. A futuro compartido. Y luego llega la revelación:

Mientras

A

La vez

Me engañabas

La letra se parte palabra por palabra, como si cada sílaba costara un esfuerzo. Es la forma gráfica de la incredulidad: no puedo decir esto de corrido porque todavía no me lo creo. Y esa escena explica mejor que cualquier manual por qué después de una traición así cuesta tanto volver a confiar. Lo grave no fue únicamente la mentira. Fue que la mentira hablaba del futuro. Te vendieron una imagen preciosa, los dos viejitos de la mano, mientras hacían otra cosa a tus espaldas.

Cuando eso ocurre, la desconfianza no se dirige solo hacia la persona que mintió. Se dirige hacia las propias ilusiones. Uno empieza a sospechar de sus ganas de imaginar un futuro con alguien, como si esa capacidad de ilusionarse fuera el punto débil por donde entró el engaño.

El giro final de «Envejecer»

Y entonces, en la misma canción, sucede algo extraordinario. Después de jurar que no volverá a confiar en nadie, la letra cambia de dirección en tres líneas:

Voy a

volver a confiar

No hay explicación. No hay transición. El mismo narrador que gritaba «Ya Noooooooooooo» ahora dice, en un susurro tipográfico, que va a volver a confiar. Es una de las contradicciones más bonitas del planeta, y no es un error. Es la descripción exacta de cómo funciona la cabeza de alguien que está saliendo de una herida: dice una cosa y la contraria en la misma tarde. Jura que nunca más y, sin darse cuenta, deja una puerta entornada.

Ese giro es, en cierto modo, la prueba de que escribir ayuda. El juramento, repetido para dentro una y otra vez, se convierte en verdad absoluta. Escrito en una canción, al lado de otros versos, convive con su contrario. La letra no obliga a elegir entre el «nunca más» y el «voy a volver». Deja que los dos estén ahí, uno detrás del otro, como dos personas que se cruzan en un pasillo.

Sobre su presente, Mike solo ha dicho que sigue peleando con esas heridas y que cuenta con una psicóloga que le ayuda. No ha dicho nada más sobre cómo va ese proceso, y aquí no se va a inventar. Pero la discografía, leída en orden, deja ver un movimiento: del grito a la frase cortada, de la frase cortada a la confesión de que costará, y de la confesión a esa puerta entornada.

La confianza no es un interruptor

Una de las ideas que más daño hacen a quien ha sido traicionado es pensar que la confianza es un interruptor: o la das o no la das. Como si hubiera que elegir entre fiarse de alguien por completo o no fiarse en absoluto. Con esa idea en la cabeza, volver a confiar parece un salto al vacío, y es normal que nadie quiera saltar.

Collage con un detalle de la carátula de «La de la capilla sixtina» y las carátulas de «Envejecer», «Quien Miente Y Jura», «De mito a vómito»

La realidad se parece más a una escalera. La confianza se construye por escalones, y cada escalón se sube solo cuando el anterior ha aguantado el peso. Algo así:

  1. Compartir algo pequeño. Una opinión, una preferencia, un dato sin importancia. Y observar qué hace la otra persona con eso. ¿Lo respeta? ¿Lo usa contra ti? ¿Lo olvida?
  2. Comprobar la coherencia. ¿Lo que dice coincide con lo que hace? ¿Cumple lo que promete en cosas menores, como llegar a la hora o devolver una llamada?
  3. Probar los límites. Decir que no a algo y ver cómo reacciona. Quien merece tu confianza acepta un no sin castigarte por ello.
  4. Subir de escalón despacio. Compartir algo más personal solo cuando los escalones anteriores han sido firmes.
  5. Permitirse bajar. Si un escalón cruje, puedes volver al anterior. No has fracasado. Has comprobado.

Esta forma de confiar no tiene nada de ingenua. Es, al contrario, la de alguien que ha aprendido. La séptima vida no se gasta a lo loco. Se administra.

Confiar primero en uno mismo

Hay una confianza que se rompe antes que ninguna otra y de la que casi no se habla: la que uno tiene en su propio criterio. Quien ha vivido mentiras largas, de esas que duran años, no solo deja de fiarse de los demás. Deja de fiarse de sí mismo. Se pregunta cómo no lo vio, cómo pudo creerse aquello, qué clase de radar tiene si dejó pasar semejante avión. Y esa pregunta, repetida, termina convirtiéndose en una sospecha permanente sobre la propia percepción.

Por eso, antes de subir el primer escalón con otra persona, a menudo hace falta subir uno con uno mismo. Volver a darse crédito. Aceptar que no verlo no fue estupidez, sino la consecuencia lógica de que alguien se esforzó mucho en que no lo vieras. Quien engaña bien no deja pistas evidentes; si las dejara, no engañaría a nadie.

Las letras ayudan en eso de una forma muy concreta. Cada juramento escrito es también una declaración de lo que uno sabe. «Me engañabas», en «Envejecer», no es una duda. Es una afirmación. «Nunca se volverá a confiar / En quién miente y jura por sus padres», en «Quién miente y jura», es una regla que el narrador se da a sí mismo después de haber visto lo que vio. Escribirlo es ponerse de su propio lado. Es decir: lo que percibí era real.

Esa autoconfianza recuperada es, paradójicamente, la que permite volver a confiar en otros. Si uno se fía de su criterio, puede permitirse el riesgo de abrirse un poco, porque sabe que, si algo falla, lo va a notar a tiempo. La séptima vida no depende de que nadie vuelva a fallar. Depende de que tú vuelvas a creerte.

Cuando el radar no se apaga

A veces la desconfianza no cede aunque el entorno sea seguro. La persona sabe, con la cabeza, que su amiga de toda la vida no le va a hacer daño, y aun así el cuerpo se tensa cuando suena el móvil. Esa distancia entre lo que uno sabe y lo que uno siente es muy característica del trauma, y no se resuelve con fuerza de voluntad.

Ficha de la canción «La de la capilla sixtina» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Para eso existen la terapia y los profesionales formados en trauma. Hay técnicas pensadas para que el sistema nervioso, poco a poco, aprenda que el peligro ya pasó. No es un proceso rápido ni lineal. Habrá jornadas tranquilas y otras en las que la llamarada del fondo de la capilla parece volver a encenderse. Pero se avanza. La nota escribir para entenderse explica por qué poner por escrito lo que uno siente puede ser un buen complemento de ese trabajo, nunca un sustituto.

También ayuda distinguir entre soledad elegida y soledad impuesta por el miedo. Hay momentos en los que retirarse es lo más sano, y otros en los que el aislamiento se convierte en una cárcel. La entrada sobre soledad elegida y soledad impuesta ayuda a ver la diferencia.

Lo que la capilla enseña

Volvamos a la capilla del videoclip. En otro plano, un hombre con guitarra camina por un pasillo de libros polvorientos sosteniendo un cartel en alto, como quien pide paso o reclama atención. En otro, dos figuras se encaran en una iglesia en ruinas, una de ellas con la cara tapada por un pasamontañas. Y en otro, tres personajes con antifaz y corona posan como en una foto de boda imposible. Todo el vídeo es un juego de máscaras, de caras tapadas, de no saber quién es quién.

Es una buena metáfora de lo que se siente después de una traición: todo el mundo parece llevar antifaz. Cualquiera podría ser el siguiente. Y sin embargo, la canción insiste en que hay excepciones. Que la gente propia existe. Que la séptima vida, la definitiva, se puede pintar con el cuidado de un fresco.

La Capilla Sixtina real tardó años en pintarse y ha necesitado restauraciones enteras para recuperar sus colores, ocultos bajo siglos de hollín y barniz. La confianza, después de varias heridas, se parece bastante: está ahí, debajo de las capas de humo, esperando que alguien, con paciencia y con las herramientas adecuadas, la limpie centímetro a centímetro.

Si hoy te cuesta fiarte de nadie

Si te reconoces en este juramento y la desconfianza te está alejando de todo el mundo, incluidas las personas que te quieren, puede ser buen momento para hablarlo. Tu médico de familia puede derivarte a salud mental. Para los momentos más negros existe el 024: no cuesta nada, no queda registrado en ninguna factura y contesta alguien formado a las tres de la tarde o a las cuatro de la madrugada. Si hay riesgo inmediato, 112. Otras dos líneas útiles: 717 003 717, del Teléfono de la Esperanza, y 900 20 20 10, de la Fundación ANAR, pensada para chavales y para los adultos que se preocupan por ellos. Desde cualquier otro país, findahelpline.com busca por ti.

La séptima vida

«La de la capilla sixtina» pertenece al segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. Puedes escucharla en Spotify y leer cómo encaja en el conjunto de la obra en la página de prensa.

El juramento seguirá apareciendo en el planeta, seguramente. Es una frase demasiado humana para desaparecer del todo. Pero cada vez que vuelva, vendrá acompañada de su excepción: mi gente, mi Patry, lo sincero que todavía existe. Y de ese susurro final de «Envejecer» que nadie esperaba. Voy a volver a confiar. No hoy, quizá. No con cualquiera. Pero voy a volver.

La séptima vida no es la última que queda. Es la que, por fin, se pinta mirando hacia arriba.

Preguntas frecuentes

¿En qué canciones aparece el «nunca más volveré a confiar»?

Con distintas palabras, en «La de la capilla sixtina», «Envejecer», «Quién miente y jura» y «De mito a vómito». Las cuatro son de los dos primeros discos de la trilogía GAYFOLK.

¿Es malo desconfiar después de una traición?

No. La desconfianza es una reacción de protección muy comprensible. El problema aparece cuando se vuelve total y permanente, y te impide acercarte incluso a la gente que sí te cuida. Entonces conviene trabajarla, a ser posible con ayuda profesional.

¿Quién es Patry en «La de la capilla sixtina»?

Es un nombre de la letra. Los nombres y personajes de las canciones de Mike Sain't Louis son inventados, y en el texto Patry representa a esa persona de confianza que forma parte de «mi gente».

¿Cómo se vuelve a confiar en alguien?

Poco a poco y con pruebas pequeñas: compartir algo menor, ver cómo lo trata la otra persona y subir de escalón solo cuando hay coherencia entre lo que dice y lo que hace. Sin prisa y sin obligación.

¿A quién llamar si la desconfianza o la tristeza te superan?

Un primer paso es tu médico de familia. Si la cosa aprieta, el 024 es una línea pública, gratuita y abierta día y noche; ante un peligro inmediato, marca el 112. Hay más puertas: Teléfono de la Esperanza, 717 003 717; Fundación ANAR para niños y adolescentes, 900 20 20 10; y, si no vives en España, el buscador findahelpline.com.

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