Planeta Gayfolk

Salud mental

Parte desde el refugio: «Otro Bombardeo» y la noche en que la palabra se rompe

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Portada de «Otro Bombardeo», canción de Mike Sain't Louis

Primero suena la sirena. Luego, tres palabras: «Estoy tan triste».

No hay presentación, no hay escena, no hay una calle de Madrid ni un bar de Benidorm ni un ex con nombre y apellidos. «Otro Bombardeo» empieza como empiezan las alarmas: sin pedir permiso y a todo volumen. Y lo que sigue es lo que pasa cuando suena una alarma de verdad. Hay que bajar al refugio. Hay que esperar. Hay que contar los golpes.

Este diario ya escribió sobre esta canción y sobre el miedo a que tu tristeza canse, esa pregunta que el narrador se hace en mitad del llanto y que tanto incomoda. Hoy el planeta no quiere volver a esa pregunta, o no solo a ella. Quiere hacer otra cosa: tomarse en serio el título. Si esto es un bombardeo, alguien tiene que escribir el parte. Alguien tiene que estar dentro del refugio con una libreta, apuntando cuántas veces cae una bomba, qué se ha roto, quién sigue en pie y qué palabra se partió por la mitad cuando ya no quedaba aire.

Esto es ese parte.

Se escribe desde abajo, con poca luz y con el ruido de fondo.

La sirena

Las sirenas antiaéreas tienen una cosa que no tienen otras alarmas: suben y bajan. No suenan planas, como el despertador del móvil o el pitido del microondas. Ululan. Van de un tono a otro, como un lamento que se estira y se encoge. Quien las ha oído en una película, o en un simulacro, o en los documentales de La 2 a la hora de la siesta, sabe que ese sonido no se olvida.

La canción empieza con algo parecido. No con un sonido, sino con una frase que hace la misma función: «Estoy tan triste / Y no puedo parar de / Llorar». La letra publicada la corta así, en tres renglones, y ese corte tiene algo de sirena. «Estoy tan». Pausa. «Triste». Pausa. «Y no puedo parar de». Pausa. «Llorar». Cada renglón sube un poco y se queda colgado, esperando el siguiente.

Y luego se repite. «Y no puedo parar de / Llorar». Dos veces seguidas, al principio. Como la sirena, que nunca suena una sola vez.

El planeta ha hecho la cuenta, porque un parte de daños sin números no es un parte. En la letra publicada en el planeta, que se transcribió a partir del videoclip oficial, la palabra «llorar» aparece ocho veces. «Triste», cuatro. «Bombardeo», cuatro. «Escapar», cuatro. «Víctima», cuatro. El bloque central de la canción se repite cuatro veces, casi idéntico, con mínimas variaciones de corte. Es una canción de muy pocas palabras distintas y muchas palabras repetidas. Como un refugio, que es un sitio pequeño donde se pasa mucho tiempo.

El refugio

En Madrid hay una memoria muy concreta de los refugios. Durante la guerra, las estaciones de metro sirvieron para resguardarse de los bombardeos. La gente bajaba con mantas, con niños, con lo que podía cargar, y pasaba la noche en los andenes mientras arriba caía lo que caía. Hay fotos de eso. Hay testimonios. Hay abuelas que lo contaban en la cocina, con el puchero al fuego, como quien cuenta lo que comió ayer.

El planeta no pretende comparar una tristeza con una guerra. Sería obsceno. Pero la canción eligió esa palabra, bombardeo, y las palabras arrastran sus imágenes. Cuando alguien dice que no puede aguantar otro bombardeo, lo que se ve es eso: un sitio subterráneo, gente encogida, el techo temblando, el polvo cayendo de las juntas. Y una persona que ya no sabe cuántas noches lleva ahí abajo.

Y entonces llega la línea más dura de la canción, la que el planeta pone en el centro de este parte:

«Otro bombardeo y aquí tampoco / Puedo escapar».

Aquí tampoco. Esa es la clave. No dice «no puedo escapar». Dice «aquí tampoco». Es decir: ya lo intentó en otro sitio. Ya bajó a otro refugio. Ya cambió de lugar, de ciudad, de rutina, de amigos, de lo que sea. Y en el nuevo sitio pasa lo mismo. El refugio no protege. Las bombas también caen dentro.

Quien haya pasado por una mala racha larga sabe exactamente de qué habla esa línea. Uno se muda, cambia de trabajo, se va de vacaciones, se apunta a cerámica, se corta el pelo, borra las fotos. Y la tristeza viene en la maleta. El problema no era el sitio. El problema viajaba con uno. Aquí tampoco.

Es la frase más seca de la canción y no lleva ningún chiste encima. Así tiene que ser.

Recuento de daños

Los partes de guerra tienen una parte aburrida y necesaria: el recuento. Qué se ha perdido. Qué sigue en pie. El planeta abre la libreta.

Fotogramas del videoclip oficial de «Otro Bombardeo», de Mike Sain't Louis

Primera baja: la confianza. El narrador ya no sabe en quién confiar, porque siente que todos lo tratan mal. Es la línea que explica por qué el refugio está vacío. Nadie más ha bajado. O los que bajaron no son de fiar. Es la soledad del que ya no sabe distinguir entre el que viene a ayudar y el que viene a tirar otra bomba.

Segunda baja: el ánimo. Estoy tan triste, cuatro veces. No hay metáfora, no hay adorno. Esta discografía es capaz de comparar el amor con una casa de los mil cadáveres o con una matanza de Texas, y aquí renuncia a todo eso. La tristeza se nombra con su nombre. Como en esos partes donde se dice «edificio destruido» sin más, porque no hay tiempo para describir la fachada.

Tercera baja: la capacidad de parar. No puedo parar de llorar. Esa es la más física de todas. El llanto que no se para es el llanto que ya no responde a nada. No es por algo que acaba de pasar. Es un grifo roto. Y la canción lo dice con el verbo justo: parar. No dice «no puedo dejar de estar triste», que sería algo emocional. Dice «no puedo parar», que es algo mecánico. Como un coche sin frenos. Como una sirena que nadie apaga.

Lo que sigue en pie, según el parte: la voz que lo cuenta. Y una pregunta.

Fuego amigo

En las guerras hay un tipo de daño especialmente amargo: el fuego amigo. Las bombas que te tiran los tuyos, por error o no tan por error.

La canción no usa esa expresión, pero el planeta la lee entre líneas. «Todos me tratan tan mal». Todos. No el enemigo, no un ex concreto, no un narcisista con nombre y apellidos como en otras letras de esta casa. Todos. Eso incluye a los que deberían estar en el mismo bando. A los amigos, a la familia, a la gente del trabajo, a los que leen los mensajes y no contestan.

Puede que no sea verdad que todos traten mal. La tristeza larga tiene esa trampa: hace que todo parezca un ataque. Un mensaje sin respuesta parece un desprecio. Un «estoy liado» parece un abandono. Una broma inocente parece una pedrada. La canción no entra a juzgar si es así o no. Solo cuenta lo que se siente desde el refugio. Y desde el refugio, cualquier ruido de arriba suena a bomba.

Ese es uno de los aciertos discretos del tema: no se pone de abogado del narrador. No dice «todos son malos y yo soy bueno». Dice «todos me tratan tan mal», que es una frase de alguien herido, no de alguien que tiene razón. Y enseguida, como si se hubiera oído a sí mismo, se pregunta otra cosa.

El corresponsal que duda

«¿Será verdad que soy una víctima / Y ya cansa mi historia lírica?»

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Yo ahora mismo no puedo "Gua" "Guantar"» de «Otro Bombardeo»

El planeta no va a repetir lo que ya escribió sobre el miedo a cansar. Pero en clave de parte de guerra, esta pregunta tiene otra lectura que merece su sitio.

Es la pregunta del corresponsal que duda de su propia crónica. El periodista que lleva semanas mandando despachos desde el frente y de repente piensa: ¿y si exagero? ¿Y si los de la redacción ya están hartos de mis bombas? ¿Y si mi crónica es demasiado «lírica»? Esa palabra, lírica, es la que hace gracia. Porque es un término de manual de literatura. Es la palabra que usa un profesor de instituto para hablar de Bécquer. Y aquí aparece en mitad de un llanto, aplicada a la propia vida, con una ironía que el planeta reconoce como muy de la casa.

Historia lírica. Como si la tristeza fuera un género. Como si uno pudiera elegir contarla en verso o en prosa, en drama o en comedia. Y la duda de fondo: ¿estoy contando mi vida como una tragedia porque lo es, o porque me he acostumbrado a contarla así?

Esa pregunta es de una lucidez rara. Y de una crueldad consigo mismo también rara. Porque en mitad del bombardeo, con el techo temblando, el narrador se para a revisar el estilo de su parte. A preguntarse si escribe demasiado bonito. A pensar en el lector.

Hay algo muy de letrista en eso. Alguien que vive de escribir no puede dejar de mirar sus propias frases ni en el peor momento. Incluso llorando, una parte de la cabeza está pensando: esto rima con aquello. Víctima con lírica. Y se ríe un poco de sí mismo por estar pensándolo.

La palabra que se rompe

Y ahora el final. El momento en que el parte se interrumpe.

En la última vuelta del bloque, la letra publicada no dice «Yo ahora mismo no puedo aguantar». Dice otra cosa:

«Yo ahora mismo no puedo "Gua" "Guantar"».

La palabra se parte. «Aguantar» se convierte en dos trozos entre comillas, como si se hubiera atascado en la garganta. Es el único momento de toda la canción donde la repetición se rompe, donde el bucle falla, donde la sirena se queda sin aire.

El planeta no sabe, ni va a inventar, cómo se llegó a esa forma en la grabación. Lo que sabe es lo que hace en la letra: es el momento más humano del tema. Durante tres minutos la canción ha dicho lo mismo, con las mismas palabras, en el mismo orden. Y al final, justo en la palabra que habla de aguantar, no aguanta. Se rompe. Como se rompe la voz de cualquiera que lleva mucho rato intentando decir una cosa sin llorar.

Hay chistes en esta discografía que necesitan una estrofa entera para funcionar. Este momento necesita una sola palabra partida, y no es un chiste. O sí, un poco. Esas comillas, ese «Gua», tienen algo de cómico, como un tartamudeo de dibujos animados. Y a la vez son lo más triste del texto. Las dos cosas a la vez, sin elegir. Eso es exactamente lo que este planeta sabe hacer.

Dos palabras pequeñas: «ahora mismo»

Hay un detalle en la letra que el parte casi se salta y que merece una línea aparte, porque es lo más parecido a una buena noticia que tiene la canción.

Collage con un detalle de la carátula de «Otro Bombardeo» y las carátulas de «Llorar», «La música me está salvando», «Montaña rusa»

«Yo ahora mismo no puedo aguantar». Ahora mismo.

Esas dos palabras cambian la frase entera. No dice «no puedo aguantar», a secas, que sería una sentencia. Dice «ahora mismo», que es una hora. Es como el cartel de las tiendas de barrio que pone «vuelvo en cinco minutos». Es un estado, no un destino. Ahora mismo no se puede. Luego, quién sabe.

El planeta tiene mucho respeto por esas pequeñas palabras de tiempo que se cuelan en las frases desesperadas. «Hoy no puedo». «Esta noche no». «Ahora mismo no». Quien dice eso, sin darse cuenta, está dejando una puerta abierta. Está diciendo que hay un después. Que el bombardeo es esta noche, no todas las noches. Que el refugio es un sitio donde se espera, no donde se vive.

Puede que el narrador no lo sepa. Puede que lo diga por decir, por rellenar el verso, porque «ahora mismo» encaja bien en la música. Da igual. Las palabras dicen más que quien las dice, y estas dos dicen que esto pasará.

Lo que se oye arriba

Hay una cosa que pasa en los refugios y que las películas de guerra cuentan poco: arriba, la vida sigue. Los bombardeos no son continuos. Entre uno y otro, la gente sale, compra pan, tiende la ropa, se pelea con la vecina por el turno de la escalera. Y luego vuelve a sonar la sirena y todo el mundo baja otra vez.

La tristeza larga funciona igual. Entre bombardeo y bombardeo, uno va a trabajar. Contesta correos. Sube un story de un atardecer en Templo de Debod. Hace la compra en el Mercadona y se pelea con la máquina de autocobro. Queda con alguien de Grindr y hasta se ríe en la cita. Y luego, a las tres de la mañana, la sirena. Y abajo otra vez.

Eso es lo que hace tan difícil explicar estos estados a los demás. Desde fuera, la persona parece estar bien. Está en la terraza, está en la oficina, está en el grupo de WhatsApp mandando memes. Nadie ve el refugio. Nadie oye la sirena. Y cuando por fin uno dice «estoy tan triste», los demás se sorprenden: pero si el otro día estabas fenomenal.

La canción no cuenta esa parte de arriba. Se queda abajo todo el rato. Pero el planeta la añade al parte porque explica una cosa importante: el «todos me tratan tan mal» no siempre es culpa de los demás. A veces es que los demás solo ven al que sube a comprar el pan. Y no saben nada del sótano.

Sobrevivir al bucle

Las canciones repetitivas tienen mala fama. Se dice que son pobres, que les falta letra, que el autor no tenía más que decir. El planeta no está de acuerdo, y esta canción es un buen argumento.

Hay estados de ánimo que son repetitivos. La ansiedad es repetitiva. El insomnio es repetitivo. La tristeza larga es repetitiva. La cabeza da vueltas a las mismas tres frases durante horas, durante días, durante meses. No hay variación. No hay segunda estrofa. Hay un bucle. Y una canción que quiera contar eso con honestidad no puede tener una estructura de cuento con planteamiento, nudo y desenlace. Tiene que dar vueltas.

Por eso la letra se repite cuatro veces. No por pereza. Por fidelidad.

Quien haya estado en ese bucle conoce también la otra cara: que a veces la única forma de salir es cansarse de él. Repetir la frase hasta que pierde sentido. Llorar hasta que no quedan lágrimas. Decir «estoy tan triste» tantas veces que en la última vuelta suena casi ridículo. Y en ese momento, en esa última vuelta, la palabra se parte. Y quizá eso sea una pequeña salida. No una victoria. Una grieta en el techo del refugio por donde entra un poco de luz.

Otros refugios del planeta

Este diario no puede terminar el parte sin señalar otros sitios donde guarecerse, porque el planeta tiene varios.

Ficha de la canción «Otro Bombardeo» con su carátula: disco «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Está «Llorar», que hace del verbo un título entero. Está «La música me está salvando», que es casi la respuesta a esta canción: la otra cara, la del que encuentra algo a lo que agarrarse. Y está «Montaña rusa», que comparte con «Otro Bombardeo» esa forma de contar los días malos con una sola imagen repetida hasta el mareo. Quien recorra el diario del planeta encontrará muchas más crónicas sobre ese territorio, el de la salud mental contada sin folleto de farmacia.

El planeta lo dice con la claridad de siempre: estas canciones no sustituyen a nadie. No son un médico ni un psicólogo. Si alguien está en un refugio así de verdad, lo primero es pedir ayuda a alguien de carne y hueso. Las canciones acompañan. No sacan a nadie del sótano solas.

Hoja de servicio

Para el archivo del parte, los datos que constan.

La canción está en «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. Según la ficha del single, se publicó el 5 de junio de 2026, con el sello propio del autor. En la discografía del planeta ocupa la pista 161 de 273, justo después de «Me gusta el verano», que es casi su contrario: sol, terraza, chancla. El orden de la lista tiene a veces ese humor involuntario.

El videoclip oficial dura unos tres minutos y se puede ver en la sección de vídeos del planeta. La ficha del single tiene un fragmento de treinta segundos, enlaces a Spotify, YouTube y Deezer, y descarga gratuita, sin registro.

Y la autoría, que en este planeta se repite siempre porque importa: la letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita por él sin inteligencia artificial. La música y las voces están hechas con herramientas de IA, entre ellas Suno. Para la historia oficial del proyecto, con la trilogía explicada y las fotos de prensa, está la sala de prensa.

Fin de la alarma

Una nota de servicio antes del cierre. Este parte se ha escrito con una sola fuente: la letra publicada en el planeta y la ficha del single. No hay detrás anécdotas de estudio ni confesiones sacadas de ningún sitio. Lo que la canción dice está aquí; lo que no dice, el planeta no se lo inventa. Así se escriben los partes serios, y así se escribe este diario: con lo que consta, aunque sea poco, y con el respeto que se le debe a cualquiera que esté contando sus bombas desde abajo.

Las sirenas antiaéreas tienen dos sonidos: el de alarma, que sube y baja, y el de fin de alarma, que es una nota larga y plana. Ese segundo sonido significa que ya se puede salir. Que ya no caen bombas. Que se puede subir las escaleras del refugio y mirar qué queda.

«Otro Bombardeo» no tiene ese segundo sonido. Termina en mitad de la alarma, con la palabra rota y la pregunta sin contestar. No hay final feliz, no hay amanecer, no hay paloma de la paz.

Pero hay una cosa. Alguien ha escrito el parte. Alguien ha contado los golpes, ha apuntado los daños, ha dudado de su propia crónica y la ha mandado igualmente. Y eso, en mitad de un bombardeo, ya es mucho.

El refugio sigue ahí. La libreta también.

Mañana se vuelve a escribir.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Otro Bombardeo»?

De un estado de tristeza en el que no se puede parar de llorar, de no saber en quién confiar y de sentir que ya no se aguanta otro golpe más. En mitad del llanto aparece una pregunta irónica sobre si la propia historia ya cansa.

¿Por qué se repite tanto la letra?

La letra publicada repite el mismo bloque cuatro veces, con mínimas variaciones. Esa insistencia funciona como un bucle: el de los días en que la cabeza vuelve una y otra vez a lo mismo. Al final, la palabra «aguantar» se parte en «Gua» y «Guantar».

¿En qué disco está?

En «Ojalá Se Pudiera Viajar a Gayfolk», el segundo álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 5 de junio de 2026.

¿Quién la ha escrito?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial.

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