Cultura pop
Comunicado oficial con zumbido: «¿Por qué él no llora?» y el apoyo público que vuelve cuarenta pistas después
Por Mike Sain't Louis ·

Mmmmmmm mmmmmmmm.
Así habla media letra de esta canción. Con la boca cerrada. Un zumbido largo, como el de la nevera a las cuatro de la mañana cuando no puedes dormir y te pones a escuchar los ruidos del piso. Entre zumbido y zumbido, alguien firma un comunicado. Y al final, cuando ya parece que todo está dicho, alguien hace la pregunta que da título a la canción: ¿por qué él no llora?
Esta crónica va de esas tres cosas. El comunicado, el zumbido y la pregunta. Y de por qué un disco de noventa pistas decide repetir una declaración de apoyo a una famosa de la tele que ya había hecho cuarenta canciones antes.
Nota de prensa número uno
Para entender la pista 70 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk» hay que volver a la 30. Allí está «Yo apoyo públicamente a Ylenia Padilla», que ya en el título suena a nota oficial redactada a las tantas por el community manager de alguien. El diario la leyó en su momento como un apoyo en voz alta, y esa nota sigue ahí para quien quiera el contexto.
Lo que importa aquí es la forma. «Yo apoyo públicamente» es el idioma de los comunicados. Es lo que dice un partido cuando respalda a su alcalde imputado, lo que dice un club de fútbol cuando ratifica al entrenador la semana antes de echarlo, lo que dicen los famosos en una historia de Instagram con fondo negro y letra blanca. Es un idioma frío, de despacho, con olor a café de máquina.
Y el planeta lo coge y lo convierte en estribillo de pista. La gracia está ahí: en sacar una frase de rueda de prensa y ponerla a sonar entre lucecitas.
Nota de prensa número dos
Cuarenta pistas después, el comunicado vuelve. Casi palabra por palabra. La letra de «¿Por qué él no llora?» arranca con la misma adhesión, con la misma ristra de verbos de despacho:
«Yo defiendo a Ylenia Padilla / Yo estoy a favor de Ylenia Padilla»
Defiendo, estoy a favor, apoyo, soy como. Cinco maneras de decir lo mismo, como un concejal que no sabe cuál de sus frases va a salir en el telediario y las suelta todas. El planeta enumera como enumera siempre: a lo bruto, sin miedo a la redundancia, porque en la repetición está el chiste y está también la necesidad.
En las series de la tele, cuando un personaje vuelve en la segunda temporada, siempre trae algo nuevo: un hijo secreto, una cicatriz, un acento raro. Aquí el comunicado vuelve con otra cosa. Vuelve con ojeras.
Yo también soy Padilla
Antes de llegar a las ojeras hay un verso que lo cambia todo, y está al principio, entre silencios: «Yo / también soy / Padilla».
Así, cortado. Tres golpes. Como quien dice «yo también soy Charlie» o «yo sí te creo», esas fórmulas de solidaridad que la gente se pone en la foto de perfil. Pero con un apellido de la tele en lugar de una causa. La broma es evidente y el planeta la disfruta: convertir a una concursante de reality en bandera.
Y debajo de la broma, el motivo real, que la letra explica en cuatro líneas:
«Yo también he sentido alguna vez / Que todo el mundo me ha fallado / Y que me han dado la espalda / En el momento más equivocado»
Esta es la base de la identificación. No el glamour, no la fama, no los platós. La espalda. El momento en que todo el mundo se da la vuelta. Cualquiera que haya salido en un programa de televisión sabe lo que es eso, y cualquiera que haya salido de una relación con un narcisista, también. El planeta junta las dos experiencias con un pegamento barato y efectivo: «yo también».
Hay algo muy marica en defender a la que todo el mundo critica. Lo hemos hecho siempre. Con las folclóricas que salían en las revistas por sus divorcios, con las artistas a las que abucheaban en Eurovisión, con las concursantes a las que el plató convertía en villanas. Si el país entero señala a una mujer, en la esquina del bar del ambiente siempre hay alguien que dice: «pues yo la entiendo». Esa esquina es esta canción.
El momento más equivocado
Merece la pena quedarse un rato más en esa última línea, porque tiene una precisión que no es casual. No dice que le dieron la espalda. Dice que se la dieron «en el momento más equivocado». Es decir: no es que la gente se fuera, es que se fue justo cuando más falta hacía.

Todo el mundo tiene una lista así. El amigo que no contestó el día del entierro. La hermana que estaba «muy liada» la semana de la mudanza. El jefe que eligió el lunes después de la ruptura para pedirte horas extra. El compañero de piso que se fue de vacaciones con tu cargador. La vecina que vio la ambulancia y prefirió no preguntar. Ninguno de ellos es un monstruo. Simplemente estaban en otra parte cuando tú estabas en el suelo.
La canción no les pide cuentas uno por uno. Les cuelga a todos el mismo cartel, «todo el mundo me ha fallado», y sigue adelante. Es exagerado, claro. Todo el mundo nunca es todo el mundo. Pero quien haya estado en ese suelo sabe que en ese momento sí lo parece. La exageración, en el planeta, es una forma de exactitud emocional. No mide lo que pasó: mide lo que dolió.
Cinco verbos y ningún hecho
Hay algo muy gracioso, y muy de tele, en la manera en que el narrador apoya a su famosa. Apoya, defiende, está a favor, comprende, es como ella. Lo que no hace en ningún momento es contar qué le pasó. No sabemos por qué la defiende. No hay polémica concreta, no hay programa, no hay fecha. Solo adhesión.
Es exactamente lo que pasa en las redes cuando una famosa sale en las noticias. Miles de personas toman partido en diez minutos sin haber leído más que el titular. El planeta se ríe de eso, y se ríe primero de sí mismo, porque el que firma el comunicado también se ha quedado en el titular. Lo que le importa no es el caso: es reconocerse en él.
Ese tipo de autoparodia es muy de la casa. Uno se burla del fanático y a la vez admite que es el fanático. Como quien critica a los que hacen cola para una firma de discos mientras guarda el ticket de la suya en la cartera desde hace quince años.
Un estribillo de grupo de WhatsApp
Si la pista 30 era un comunicado oficial, la 70 tiene algo de mensaje reenviado muchas veces. Ese que llega al grupo de la familia con la etiqueta de «reenviado con frecuencia» y que todos contestan con el mismo emoji. Yo apoyo, yo apoyo, yo apoyo. La repetición del estribillo tiene esa textura de cadena.
Y como pasa con las cadenas, a fuerza de repetirse la frase va perdiendo el sentido literal y gana otro. A la décima vez que se escucha «yo soy como Ylenia Padilla», ya no se trata de Ylenia Padilla. Se trata de alguien que necesita decir «yo soy como alguien» porque no sabe muy bien quién es él después de lo que le ha pasado. Ser como otra es un refugio provisional mientras se reconstruye la casa propia.
Es, curiosamente, el mismo movimiento que hace «Malena» unas pistas antes, con su «yo quiero ser como Malena Gracia». Dos canciones del mismo disco que buscan en una mujer famosa el molde para volver a ponerse en pie. El planeta tiene muy claro de dónde saca las fuerzas: de las divas y de las supervivientes de plató.
El zumbido
Ahora el asunto del «mmmmm». La letra está llena de líneas que no son palabras: «Mmmmmmm mmmmmmmm / Mmmmmmmmm mmmmmmmmm / Mmmm mmmmm mmmmm». Aparecen una y otra vez, entre estrofa y estrofa, como cortinillas.

Se puede escuchar como un recurso musical, sin más. Una manera de rellenar compases. Pero metido en una canción sobre apoyar a alguien a quien todos han dado la espalda, y sobre alguien que no llora, el zumbido dice otra cosa. Dice lo que no se puede decir con palabras.
Pensad en la última vez que alguien os contó algo muy gordo por teléfono. Una ruptura, un diagnóstico, una traición. Seguramente hubo un momento en el que no supisteis qué contestar y dijisteis «mmm». Un «mmm» que significaba «te escucho, estoy aquí, no tengo ni idea de qué decirte». Esa es la función del zumbido. Es el sonido de estar al lado de alguien sin saber qué decir.
Y, a la vez, es el sonido de alguien que no quiere abrir la boca porque si la abre se le escapa el llanto. Boca cerrada, garganta apretada, nariz que pica. Quien haya intentado no llorar en el metro sabe exactamente cómo suena eso.
Mmmmm.
La boda que dura una mañana
Y entonces, casi al final, la letra cambia de plano sin avisar. Desaparecen los verbos de comunicado y aparece una escena:
«Ayer por la mañana celebraba con Algora mi boda / y por la noche ya se me olvidaba mi boda con Algora».
Aquí esta crónica tiene que ser honesta: la letra no explica quién es Algora, ni qué boda es esa, ni si es literal o una broma interna. No vamos a inventarlo. Lo que sí está en el texto es el movimiento: una celebración por la mañana que por la noche ya se ha borrado. Una boda que dura menos que un cubata.
Y lo que la borra es una sola idea. La letra lo dice sin metáforas: por la noche ya solo pensaba en por qué él no llora.
Esto le pasa a cualquiera que haya salido de una relación mala. Tienes un día bueno. Te ríes, celebras algo, alguien te abraza en una terraza de Lavapiés con una caña en la mano. Y a las once de la noche, con el pijama puesto, la cabeza vuelve sola al mismo sitio. Al ex. A su cara. A la pregunta que no tiene respuesta. Ni bodas ni fiestas ni Algoras: la obsesión gana por goleada.
Ojeras al suelo, tinta fresca
La pregunta final es una de las mejores imágenes de injusticia del catálogo, y por eso la cita el diario cada vez que habla de esta canción: «¿Por qué a mí me llegan las ojeras al suelo? / Y tú sin embargo / presumiendo de tatuaje nuevo».

No hace falta explicarla mucho, porque cualquiera la ha vivido. Uno se deshace. El otro estrena piel. Uno no duerme. El otro se va a un estudio de tatuajes de Malasaña y se graba un dragón en el gemelo para subirlo a stories con un filtro de color sepia.
La crónica solo quiere añadir un detalle que a veces se pasa por alto. Las ojeras también son una marca en la piel. Tan visibles como un tatuaje, y casi tan permanentes cuando duran meses. La diferencia es que una se elige y la otra te la hacen. El tatuaje lo paga el que lo luce. Las ojeras las paga el que no tiene la culpa.
En esa asimetría cabe todo lo que el catálogo cuenta sobre el narcisismo. El que hace daño sigue con su vida como si nada; el que lo recibe arrastra los ojos por el suelo. Que la canción lo diga con un chiste de tatuaje y no con un tratado de psicología es exactamente el estilo de la casa.
¿Por qué él no llora?
Y llegamos al título. La pregunta está en tercera persona, «él», aunque el resto de la estrofa le hable de tú. Es un detalle de gramática que tiene su miga. Cuando uno pregunta «¿por qué no lloras?», se lo pregunta al otro. Cuando uno pregunta «¿por qué él no llora?», se lo pregunta a sí mismo, o al público, o al cielo. Ya no espera respuesta del interesado.
Esa pregunta ha dado para mucho en el diario. Hay una nota sobre masculinidad y emociones que la usa como punto de partida para hablar de todo lo que a los chicos les enseñaron a callar. Y en el catálogo hay otra canción que juega con los mismos códigos, «Hetero», que mira a la masculinidad de manual con la misma mezcla de curiosidad y guasa.
Aquí no vamos a repetir ese análisis. La crónica se queda con otra lectura, más de barra que de consulta. La pregunta tiene una respuesta incómoda, y la canción la deja colgando a propósito: a lo mejor él no llora porque nunca le importó tanto. A lo mejor el que llora es el único que estaba de verdad en la relación.
Es la respuesta que nadie quiere oír. Por eso la letra no la escribe. Deja el zumbido.
Llorar como deporte del planeta
Conviene recordar, para leer bien la pregunta, que en este catálogo se llora mucho y a la vista. Se llora cortando cebolla en «Un invitado VIP cortando cebolla», se llora escribiendo en «Me rindo», se llora en la playa, en la cocina, en la esquina de un capítulo de La que se avecina. El planeta no esconde las lágrimas: las pone en el título, las alarga en las vocales, las convierte en estribillo.
Por eso la pregunta pesa tanto aquí. En un planeta donde hasta el que reparte las croquetas llora, el que no llora llama la atención como un señor con traje en una piscina. No es fortaleza, o no solo: es una rareza. Algo que no encaja en el paisaje.
Y la canción, en lugar de admirar esa sequedad, la mira con sospecha. El que no llora no gana puntos en el planeta. Pierde credibilidad. Y si encima estrena tatuaje la misma semana, la pierde entera, con intereses y con recargo por demora, como una multa de la ORA que nadie ha ido a recurrir.
El comunicado como escudo
Volvamos un momento al principio, porque con la última estrofa delante el comunicado de apoyo cambia de sentido.

Durante casi toda la canción, el narrador habla de otra persona. Apoya a una famosa, la defiende, la entiende. Solo al final habla de sí mismo. Y entonces se ve el truco: todo el apoyo público era una manera de hablar de lo propio sin decirlo. Como cuando una amiga te cuenta «es que a una amiga mía le ha pasado esto» y tú sabes perfectamente que la amiga es ella.
Defender a Ylenia Padilla es defenderse uno mismo con el nombre de otra. Es más fácil decir «todo el mundo le ha fallado a ella» que «todo el mundo me ha fallado a mí». La tele presta el escudo. El planeta lo usa sin vergüenza, como lleva usando la cultura popular desde el primer disco: para decir cosas que en primera persona costaría demasiado.
La página de camp español de la web lo explica con una fórmula que aquí encaja como un guante: reírse en serio, emocionarse sin ironía barata. Esta canción hace las dos cosas en la misma estrofa.
El orden de las pistas
Un apunte para quien escuche el disco entero, que se puede recorrer en la página de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk». La pista 70 llega en el último tramo del álbum, rodeada de canciones que ya no tienen ninguna gana de disimular. Justo antes está «El espejo de enfrente»; justo después, «Mitad Venezuela, mitad Pakistán». Para entonces el planeta ya ha pasado por la drag, por la despedida de la Tierra con Camela de fondo, por el polvo perfecto de Grindr y por un buen puñado de narcisistas.
Que en ese punto vuelva el comunicado de la pista 30 tiene algo de leitmotiv de ópera barata. Como cuando en una telenovela suena la sintonía del personaje cada vez que entra en escena. El oyente reconoce la frase y piensa: ah, otra vez esto. Y justo cuando piensa eso, la canción le cambia el final.
Lo que no sabemos
Esta crónica no sabe quién es Algora, ni qué tatuaje se hizo él, ni dónde. La letra no lo dice y aquí no se inventa. Tampoco sabe si las ojeras fueron de un mes o de un año. Lo que sí sabe es lo que está escrito: que hubo una boda que duró una mañana, que hubo noches sin dormir y que alguien estrenó tinta mientras otro arrastraba los párpados.
Con eso basta. A veces la mejor manera de contar una ruptura es no contarla entera. Dejar los huecos donde están y que cada uno los rellene con su propio ex.
Un apunte sobre la autoría
Como esta web insiste cada vez que hace falta: la letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y la música y las voces están hechas con inteligencia artificial, cosa que el proyecto dice abiertamente y que está explicada en la página del artista. Lo menciono aquí por una razón concreta. Ese «mmmmm» que atraviesa la letra está escrito. Alguien se sentó delante de la pantalla y decidió que en ese punto no iba ninguna palabra. Que el silencio con la boca cerrada era la frase.
Eso no lo decide ninguna máquina. Lo decide quien sabe lo que es no poder hablar.
Cómo escucharla
Está en Spotify y se descarga gratis desde su ficha. En el listado general de la web figura como la pista 266 de 273. Si tienes tiempo, escúchala justo después de «Yo apoyo públicamente a Ylenia Padilla», para que el comunicado suene dos veces y notes cómo cambia.
Para quien quiera los datos citables del proyecto, con discos, fechas y contacto, están en el centro de prensa de la web.
Y un consejo de cronista, el único de esta nota: si te descubres zumbando el estribillo con la boca cerrada a las tres de la mañana, no le des más vueltas. No es la canción. Eres tú, que todavía tienes algo que decir y no te sale.
Ya saldrá. Mientras tanto, mmmmm.
Preguntas frecuentes
¿Qué relación tiene con «Yo apoyo públicamente a Ylenia Padilla»?
Las dos canciones están en el primer álbum de la trilogía GAYFOLK: «Yo apoyo públicamente a Ylenia Padilla» es la pista 30 y «¿Por qué él no llora?» la 70. La segunda recupera la declaración de apoyo y le añade un final nuevo sobre una ruptura.
¿De qué va la última parte de la letra?
De una injusticia de ruptura: el narrador tiene «las ojeras al suelo» mientras el otro presume «de tatuaje nuevo». La pregunta del título, por qué él no llora, sale de ahí.
¿Quién escribe la canción?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como el proyecto declara en su web.
¿Dónde se puede escuchar?
En Spotify y en las demás plataformas, y se descarga gratis desde su ficha en gayfolkplanet.com, donde figura como la pista 266 de 273 del listado de singles.