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Espejos rotos y un acantilado: el videoclip en blanco y negro de «De mito a vómito», del salón de fiesta a la cala
Por Mike Sain't Louis · · Actualizado

De todos los clips del planeta, el de «De mito a vómito» es de los pocos que renuncian al color. Ni neones rosas, ni purpurina, ni planetas magenta en el cielo. Cuatro minutos y veinticuatro segundos en blanco y negro, con un hombre de chaqueta oscura que recorre una fiesta en un salón de espejos rotos, se sienta solo en la barra de un bar, se encierra en un baño estrecho y acaba de pie en lo alto de un acantilado, mirando el mar. Solo en el último plano vuelve el color, y vuelve de golpe, en rosa.
La canción va de una caída: la de alguien a quien tenías en un pedestal y que, en cuanto descubres su doble vida, pasa de mito a vómito. El vídeo cuenta esa caída sin una sola escena de pelea, sin gritos, sin un móvil con mensajes. Solo con la cara de un hombre y los sitios por los que pasa. Se publicó el 16 de enero de 2025 y está entero en la ficha del clip. En el diario hay otras lecturas de la letra, como la de la caída del pedestal o la que cuenta lo que «De mito a vómito» no dice. Esta se queda con las imágenes, apuntadas una a una con el reproductor en pausa; doy el minuto y el segundo de cada escena y traigo los versos cuando hacen falta.
El rótulo y el salón de los espejos rotos
Al 0:00, el título. «DE MITO», en letras azul claro con brillo de neón, arriba a la izquierda, y mi nombre debajo en rosa, en letra cursiva. Detrás, el decorado que dominará la primera mitad del clip: un salón con las paredes cubiertas de piezas de espejo y de cartón cortadas en triángulos, círculos y rombos, pegadas sin orden, como un mosaico roto. Entre las piezas hay columnas de luz blanca, verticales, como fluorescentes de pie. Delante, tres hombres con traje oscuro. El de la izquierda, con la camisa abierta, mira a cámara.
Al 0:06 aparece una segunda palabra, «DE», sola, en el mismo azul. El título se va armando por partes, como si costara decirlo entero. Es un detalle tipográfico que me gusta mucho, porque la letra hace lo mismo: empieza con las palabras sueltas, separadas renglón a renglón, casi deletreadas.
¡qué Bonito!
El hombre que se queda quieto
Del 0:09 al 0:42, la cámara se acerca al hombre de la camisa abierta. Tiene el pelo oscuro, rizado por arriba, barba de pocos días y una chaqueta negra con un pañuelo blanco asomando del bolsillo. Al principio mira a cámara con cierta seguridad. Al 0:21, ya en primer plano, aparta la mirada. Al 0:27 y al 0:30, frunce el ceño y entorna los ojos, como quien acaba de oír algo que no esperaba. Al 0:33 y al 0:36, baja la cabeza. Al 0:39 y al 0:42, la levanta otra vez, con la mandíbula apretada.
Es una secuencia larga para un plano tan sencillo, más de medio minuto con la misma cara, y es lo que da el tono a todo el clip. No pasa nada visible. No hay nadie que le diga nada en pantalla. Pero en la cara de ese hombre se ve cómo se cae algo. El vídeo deja que la expresión haga todo el trabajo, del orgullo del primer plano a la rabia contenida del último.
Detrás de él, mientras tanto, los espejos rotos siguen reflejando trozos del salón. Es difícil imaginar un decorado más adecuado para una canción sobre alguien idealizado. El mito es una imagen, y aquí todas las imágenes están partidas en pedazos.
La geometría de las paredes
Merece la pena detenerse un momento en el decorado del salón, porque está más pensado de lo que parece a primera vista. Las paredes no son espejos normales. Son paneles cubiertos de piezas recortadas: triángulos grandes y pequeños, medias lunas, círculos completos, rombos alargados, tiras en zigzag. Algunas piezas reflejan la luz como un espejo y otras son mates, de cartón o de papel, con dibujos de rayas y de cuadrículas, como recortes de revistas antiguas. Están pegadas sin orden, unas encima de otras, y entre ellas quedan huecos negros.

Con el blanco y negro, ese mosaico se convierte en un laberinto de grises. Cada vez que alguien cruza delante de la pared, su silueta se parte en varias, porque cada pieza le devuelve un trozo distinto. Al 1:42 y al 1:45, cuando la cámara se mueve entre los invitados, la sensación es la de estar dentro de un caleidoscopio roto. Nada se refleja entero. Nadie se ve de una pieza.
Las columnas de luz blanca que separan los paneles añaden otra capa. Son tubos verticales, de una luz casi cegadora, que cortan el encuadre en franjas, como barrotes. El hombre de la camisa abierta aparece casi siempre entre dos de ellas, encerrado en su franja, mientras la fiesta pasa por las de al lado. Es un recurso muy sencillo, pero funciona: está en el mismo salón que todos y, al mismo tiempo, en otro sitio.
La barra en penumbra
Al 0:45 y al 0:48, el clip cambia de sitio. Es una barra de bar alargada, muy oscura, iluminada solo por unas lámparas colgantes encima y por la luz blanca de las botellas al fondo. Un camarero con gorra está detrás de la barra, y delante, de espaldas a la cámara, un hombre con traje se sienta solo. Hay una copa encima de la barra.
Esa barra vuelve más adelante, del 2:09 al 2:21, y entonces la cámara se acerca. El hombre del traje, ahora de perfil, levanta una copa de vino tinto y bebe despacio, mirando al frente. Al 2:18, apoya la copa. Al 2:21, gira la cabeza hacia un lado, con los ojos entornados, como si alguien le hubiera llamado o como si acabara de acordarse de algo.
Es la escena del bar de toda ruptura, la de la copa a solas después de enterarse. La letra no habla de bares, pero el clip pone uno porque sabe que es ahí donde se piensa lo que dice la canción:
Me va a costar muuuuuuuuucho Volver a confiar en alguien
La fiesta de los trajes
Del 1:03 al 2:06, el salón de los espejos se llena. Ya no son tres hombres, son decenas de personas, casi todas de espaldas a la cámara o de perfil, con trajes oscuros y vestidos de cóctel, que caminan entre las paredes de piezas geométricas. Algunas se paran a hablar en corrillos. Otras cruzan el plano de un lado a otro. Es una fiesta elegante, de esas en las que todo el mundo va de negro y nadie parece estar pasándolo muy bien.
En medio de esa multitud, el hombre de la camisa abierta aparece una y otra vez. Al 1:15, al 1:21 y al 1:24, está de pie entre los invitados, quieto, mientras los demás pasan a su lado sin mirarlo. Al 1:12 y al 1:18, una mujer con el pelo recogido y un vestido claro cruza delante de él. Al 1:30 y al 1:33, la cámara se aleja tanto que el hombre se pierde entre las figuras y solo se ven trajes, espaldas y espejos.
Me gusta mucho esta parte porque convierte la ruptura en algo social. El que se entera de la doble vida no está solo en una habitación. Está en una fiesta, rodeado de gente, y nadie se da cuenta de lo que le pasa. Los espejos rotos de las paredes reflejan a todos los invitados a la vez, y es imposible saber cuál de ellos es el que mentía. Puede ser cualquiera. Puede no estar.
Las siluetas de la pared
Del 2:39 al 3:06, el hombre se separa de la fiesta. La cámara lo encuadra de perfil, a la izquierda del plano, con la cara iluminada desde un lado, mientras a la derecha, de espaldas, hay otro hombre con traje oscuro del que solo vemos la nuca y los hombros. Detrás de los dos, en la pared, aparecen formas blancas que se mueven: trazos de luz curvos, como garabatos hechos con una linterna en una foto de larga exposición, o como humo.

Ese otro hombre de espaldas no tiene cara en ningún momento. Está ahí, a un metro, y el protagonista lo mira de reojo sin acercarse. Al 2:57 y al 3:00, los trazos de luz en la pared se hacen más grandes y dibujan una especie de serpiente blanca que pasa por detrás de los dos. Al 3:06, el protagonista baja la vista.
Es la escena más misteriosa del clip y la que mejor dibuja lo que la letra llama el extraño. El que tenías delante y en realidad no conocías. No hace falta enseñarle la cara. Basta con ponerlo de espaldas, cerca, y que el otro no se atreva a girarlo.
Y como ese extraño en el fondo nunca te había escuchado Ni tan siquiera se había preocupado en saber donde te metías
El hombre de las gafas en el acantilado
Al 3:09 llega el primer exterior del vídeo, y es una sorpresa. Un acantilado de roca gris que cae a pico sobre una cala, con el mar rompiendo en espuma blanca contra las piedras. Delante, de pie, un hombre mayor que el protagonista, con el pelo canoso, barba recortada, gafas de sol y traje oscuro con camisa blanca, mira a cámara con las manos en los bolsillos. Al 3:12 y al 3:15, el hombre ya no está, y solo queda el acantilado, el mar y el cielo.
El plano vacío del 3:15 es la portada de esta nota. Es la única imagen del clip en la que no hay nadie, y es también la más grande. Después de tanto salón cerrado, tanta fiesta y tanta barra, el vídeo sale al aire libre y se encuentra con el sitio que nombra la letra.
A ese acantilado en lo alto de esa calitaaaaa
No sé quién es el hombre de las gafas. Puede ser el protagonista con unos años más, puede ser otro personaje. El vídeo no lo explica. Lo que sí está claro es el lugar: una cala que antes era bonita y ahora es el sitio desde el que se mira hacia atrás.
Los invitados sin nombre
Conviene fijarse también en la gente de la fiesta, porque el clip la trata con mucho cuidado. Casi nadie tiene cara. Los hombres van de traje oscuro, con el pelo corto y la espalda recta, y la cámara los coge casi siempre de espaldas o de tres cuartos. Las mujeres llevan vestidos de cóctel, uno claro y largo, otro oscuro y ceñido, y el pelo recogido. Nadie baila. Nadie se ríe a carcajadas. Se pasean, se paran a hablar en grupos de dos o tres y siguen andando, como en una inauguración de galería en la que todo el mundo ha venido a que lo vean.
Esa forma de filmarlos convierte la fiesta en un coro. No son personajes, son el ambiente, la gente que estaba ahí cuando todo se vino abajo y que no se enteró de nada. Y al mismo tiempo, en un clip sobre una doble vida, cada espalda anónima podría ser la del que mentía. El vídeo no señala a ninguno. Deja que la sospecha flote por el salón igual que los reflejos en los espejos rotos.
El baño
Al 3:30, otro cambio. Un baño pequeño y estrecho, de azulejos claros, con un lavabo blanco y un inodoro al fondo. El protagonista entra de espaldas, con la chaqueta puesta, y se acerca al lavabo. Al 3:39, al 3:42 y al 3:45, está inclinado, con las manos en la cara, frotándose los ojos o tapándose la boca. Del 3:54 al 3:57, la cámara se aleja y lo vemos desde la puerta, doblado sobre el lavabo, con la luz entrando de lado.

Es la escena que hace literal el título, sin enseñar nada desagradable. No hay nada explícito en pantalla: hay un hombre en un baño, inclinado, con las manos en la cara. Lo demás lo pone quien mira. Es el vómito de la canción contado con pudor, como en una película clásica en la que la cámara se queda en la puerta.
El perfil frente al mar
Del 3:36 al 4:12, intercalado con el baño, el protagonista aparece en el acantilado. Primero de espaldas, al 3:36 y al 3:48, con la chaqueta oscura y el pelo movido por el viento, mirando el mar. Luego, al 4:03, al 4:06 y al 4:09, de pie en el borde, de perfil, con las manos en los bolsillos. Al 4:12, más cerca, con la barbilla levantada.
Ya no tiene la cara de rabia del salón. Tiene otra cosa, más tranquila. La de alguien que ha subido hasta arriba de la cala que le recordaba algo bonito y la mira de frente. La letra, en ese tramo, está repitiendo el estribillo, el paso del mito al vómito, y el vídeo lo acompaña con un hombre que, poco a poco, levanta la cabeza.
El rosa del final
Al 4:15 vuelve el color. El mismo hombre, de perfil, frente al mar, pero ahora la imagen entera está teñida de rosa y melocotón, como un atardecer. Delante, en letras grandes, «DE MITO A VÓMITO», con la palabra «MITO» en rosa fucsia y el resto en blanco, y debajo mi nombre en cursiva rosa. El plano se queda quieto hasta el 4:21.
Es un final muy bonito para un clip tan gris. Después de cuatro minutos sin color, el rosa vuelve en el último plano, justo cuando el hombre ya ha mirado el mar de frente. No es un final feliz exactamente, pero sí es un final con luz. El mito se ha caído, el vómito ha pasado, y queda alguien de pie mirando el horizonte.
La madre en la letra
Hay una frase de la canción que el vídeo no ilustra y que, sin embargo, es de las más recordadas. Llega justo después de jurar que antes explota el Teide que volver:
Anda y que corra el aire Con Dios ¡y que te aguante tu madre!
Es la despedida castiza por excelencia, la que se dice en las puertas de las casas de Madrid y de medio país. Devolver al otro a su madre, que lo aguante ella. No hay ninguna madre en el clip, y me parece un acierto: la frase funciona sola, con toda su sorna, y el vídeo no necesita ponerle cara. Basta con el hombre de la chaqueta oscura saliendo de la fiesta.
La letra tiene más detalles de ruptura muy concretos, contados con la misma mezcla de rabia y humor: nada de llamadas ni de mensajes, los animales ya repartidos, y un consejo para el siguiente. Ninguno aparece en imagen. El clip prefiere la cara, los espejos y la cala.
El Teide y las palabras sueltas
Hay otra frase de la letra que el clip no enseña y que me hace mucha gracia, porque es puro planeta. Cuando la canción jura que no piensa volver, no dice nunca jamás. Dice que antes explota el Teide. Es una manera muy canaria de exagerar, con el volcán como unidad de medida de lo imposible, y conecta la canción con el lado isleño del proyecto. En un vídeo de salones elegantes y trajes oscuros, esa amenaza volcánica queda fuera de plano, pero la cala y el acantilado del final tienen algo de costa de isla, de roca negra y mar abierto.

La letra también juega con la forma. Las primeras estrofas están escritas casi palabra a palabra, una por renglón, como si a quien las escribe le costara sacar la frase entera. Luego la palabra vómito se repite ocho veces seguidas, cada una en su línea, hasta perder el sentido y convertirse en puro ritmo. Y al final aparece la parte larga, la de las frases completas, la que explica qué pasó. Es una estructura de enfado: primero las palabras sueltas, luego el grito repetido y, cuando por fin se respira, la explicación.
El vídeo sigue ese mismo orden sin decirlo. Empieza con el título partido en trozos que aparecen de uno en uno, sigue con la fiesta de los espejos, donde todo se repite y se multiplica, y acaba en el acantilado, con espacio, aire y un horizonte limpio. Primero el atasco, luego el ruido, al final la calma.
Por qué en blanco y negro
Ver «De mito a vómito» al lado de otros clips del planeta deja clara la decisión. El blanco y negro quita el brillo, quita el disfraz. En un universo donde casi todo es rosa, purpurina y planetas magenta, este vídeo se viste de luto elegante. Es la estética de las películas antiguas de desengaño, la de los salones de fiesta en los que alguien se entera de la verdad mientras suena una orquesta.
Y tiene una lógica con la letra. El mito es la imagen idealizada, la que se pinta de colores. Cuando se cae, se queda en gris. El vídeo cuenta exactamente ese momento: el después, cuando ya no queda nada que colorear. Por eso el rosa del último plano funciona tan bien. Es el color que vuelve cuando uno ya ha dejado de idealizar.
Dónde vive esta canción
En el primer disco de la trilogía, el del planeta recién descubierto, esta canción ocupa el número cuarenta y nueve y llega detrás de «Mood». Tiene una prima cercana en «Esperma», con la que el diario ya la ha comparado en una nota sobre rupturas sin abrazo. Las dos cuentan el final de algo sin pedir perdón por la rabia.
Para ver el resto de vídeos de la trilogía, la lista completa está en canciones. Y aunque este clip sea el menos colorido de todos, su manera de convertir un desengaño en un juego de palabras coreado a gritos sigue siendo muy del camp a la española del planeta.
Los dos momentos que me quedo
Me quedo con la cara del hombre en el salón de los espejos, del 0:27 al 0:42, cuando pasa del orgullo a la rabia sin que nadie le diga nada. Es medio minuto de un solo plano, y lo cuenta todo.
Y me quedo con el último plano, el del perfil frente al mar teñido de rosa. Es la prueba de que, después de un desengaño, el color vuelve.
La canción se puede escuchar en Spotify. Medios y programas de radio tienen fotos y notas oficiales en prensa. Y si alguna vez os toca bajar a alguien del pedestal, que corra el aire.
Preguntas frecuentes
¿Qué se ve en el videoclip de «De mito a vómito»?
Todo el clip está en blanco y negro. Empieza en un salón con las paredes cubiertas de espejos rotos y figuras geométricas, lleno de hombres y mujeres de traje, donde un hombre de chaqueta oscura se queda quieto y serio. Siguen una barra de bar en penumbra con una copa de vino, un baño estrecho con un lavabo, un acantilado sobre una cala con el mar rompiendo abajo y, al final, el mismo hombre de perfil frente al mar en un plano teñido de rosa con el título.
¿Qué significa «de mito a vómito»?
Es el paso de idealizar a alguien a no poder ni verlo. La canción lo cuenta así: «Es lo que pasa cuando tienes idealizado a alguien / Que te falla te rompe el aireeeeeee / Que descubres su doble vida». El juego de palabras entre mito y vómito es el estribillo.
¿Cuándo se estrenó el videoclip?
Se publicó en YouTube el 16 de enero de 2025 y dura cuatro minutos y veinticuatro segundos.
¿En qué disco está «De mito a vómito»?
Es la pista 49 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer disco de la trilogía GAYFOLK, justo después de «Mood».
¿Quién escribió «De mito a vómito»?
La letra, la composición y la producción son de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical de Madrid. El hombre del traje y los invitados del vídeo son personajes inventados; la canción no señala a nadie real.