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Bestiario de leones que aprendieron a rugir: «Roar Roar», del Congreso al camino de baldosas amarillas

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Portada de «Roar Roar», canción de Mike Sain't Louis

Antes de cada película, un león.

Durante casi un siglo, millones de personas en todo el mundo se han sentado en una butaca de cine, han visto apagarse las luces y se han encontrado de frente con un león dentro de un círculo de cintas doradas. El león mira a cámara. Gira la cabeza. Y ruge. Dos veces, a veces tres. Luego empieza la película.

Es el león de la Metro-Goldwyn-Mayer, y probablemente sea el rugido más escuchado de la historia. Hubo varios leones distintos a lo largo de las décadas, cada uno con su nombre y su temperamento. Al principio, en la época del cine mudo, el león abría la boca sin que se oyera nada. El rugido llegó después, con el sonido.

Primero el silencio. Luego el rugido.

Exactamente lo que dice el texto que Mike publica junto a «Roar Roar»:

«Born from silence, it becomes a scream»

Nace del silencio y se convierte en grito.

La letra completa de la canción no está publicada en la web. En /letras aparece ese texto de presentación, el mismo que acompaña al vídeo en YouTube, escrito en inglés y firmado por Mike. El planeta va a citar solo eso. Y como el diario ya explicó hace unos días, en una nota larga, el paso del silencio al rugido y por qué el texto está en inglés, esta crónica va a hacer otra cosa: un bestiario. Una pequeña colección de leones, de bronce, de celuloide y de carne, que aprendieron a rugir. O que no.

El león de la Metro

Empecemos por el más famoso.

El león de la MGM tiene algo que el planeta encuentra muy marica, aunque la compañía jamás lo pretendiera. Es un animal salvaje encerrado en un marco dorado, con cintas que parecen de película antigua, convertido en logotipo de un estudio que fabricaba glamur. Es la fiera domesticada para el espectáculo. Ruge, sí, pero dentro de un círculo. Ruge para presentar a otros.

Durante décadas, la Metro fue el estudio de las grandes estrellas, de los musicales en technicolor, de las divas que el público gay adoraba con devoción casi religiosa. Judy Garland, Joan Crawford, Greta Garbo. Todas aparecieron después de ese rugido.

Hay algo poético en eso. Un león que ruge para que empiece el espectáculo de las mujeres que los maricas de medio mundo imitaban delante del espejo.

El texto de «Roar Roar» va en otra dirección. No es un rugido de presentación. Es un rugido propio.

Los leones del Congreso

En Madrid, los leones más famosos son de bronce y están sentados en la puerta del Congreso de los Diputados.

Son dos, uno a cada lado de la escalinata de la Carrera de San Jerónimo. Se fundieron en el siglo XIX con el metal de cañones tomados al enemigo en la guerra de África, y los madrileños les pusieron nombres de héroes: Daoíz y Velarde, por los capitanes que se enfrentaron a los franceses el 2 de mayo de 1808. Llevan más de un siglo con una pata sobre una bola, vigilando la puerta, sin rugir nunca.

Son leones de silencio. Leones de institución. Leones que están ahí para que la cosa parezca seria.

El planeta se acuerda de ellos al leer el texto de Mike, que dedica la canción a quienes han sido silenciados, juzgados o borrados:

«This piece belongs to those who have been silenced, judged, or erased»

Durante mucho tiempo, detrás de esa puerta vigilada por dos leones mudos, se votaron leyes que silenciaban y borraban. La de peligrosidad social del franquismo no pasó por un parlamento democrático, pero su reforma sí. Y también, mucho después, el matrimonio igualitario de 2005, que se aprobó en ese mismo edificio con gente gritando a favor y en contra en la calle.

Los leones no rugieron ni en una ni en otra. Estaban de bronce.

El león cobarde

Y llegamos al león más importante de este bestiario, que no rugía bien.

En «El mago de Oz», la película de 1939, Dorothy recorre el camino de baldosas amarillas con tres compañeros: un espantapájaros que quiere un cerebro, un hombre de hojalata que quiere un corazón y un león que quiere valor. El león cobarde. Grande, peludo, con una melena preciosa, y muerto de miedo. Cuando ruge, le sale un rugido de pega que se transforma en llanto en cuanto alguien le planta cara.

El actor que lo interpretaba, Bert Lahr, le dio un aire teatral, amanerado, de cómico de revista. El león cobarde se pasa la película llorando, desmayándose y retorciéndose la cola entre las manos. Es, con toda probabilidad, el personaje más camp de la película. Y eso que en la película hay brujas, un mago impostor y una ciudad entera pintada de verde esmeralda.

No es casualidad que «El mago de Oz» se convirtiera en una película de culto para los gais. Su protagonista, Judy Garland, fue durante décadas el gran icono del colectivo en Estados Unidos. Y durante mucho tiempo, cuando un hombre gay quería saber si otro lo era sin preguntárselo a las claras, le preguntaba si era amigo de Dorothy. Si era friend of Dorothy. Si había recorrido el mismo camino de baldosas amarillas.

El león cobarde busca valor durante toda la película. Y al final comprende que siempre lo tuvo. Solo le faltaba alguien que se lo dijera.

Del león cobarde al rugido

El texto de «Roar Roar» parece escrito para ese león.

Habla de transformación, de algo que nace del silencio. Habla de supervivencia, de verdad artística, de la belleza de romper con lo que te ataba. Y termina con una orden:

«Turn up the volume. Feel the storm.»

Sube el volumen. Siente la tormenta.

Mike lo explica en su ficha con una frase muy sencilla: no hay rugido sin una época previa de callarse. Primero te tragas las cosas, y un día dejan de caberte dentro.

Ese es exactamente el camino del león de Oz. Un animal hecho para rugir que ha aprendido a no hacerlo. Que ha vivido con miedo tanto tiempo que su rugido se ha vuelto de pega. Y que, al final del camino, recupera la voz.

Hay muchos leones cobardes en el colectivo. Chicos que crecieron grandes y con melena, pero que aprendieron a encogerse. Que se sientan en el último asiento del autobús. Que no levantan la mano en clase. Que hablan bajito por si acaso.

«Roar Roar», por lo que cuenta su texto, es para ellos.

Leonas

Un bestiario de leones que se precie no puede olvidar a las leonas.

En la naturaleza, son ellas las que cazan. Los machos, con su melena impresionante, se pasan buena parte del día tumbados a la sombra. Las leonas organizan la caza en grupo, rodean a la presa, la persiguen y la derriban. El rey de la selva, en la práctica, vive de lo que traen sus compañeras.

Hay algo en ese dato que hace mucha gracia al planeta. Toda la iconografía del león como símbolo de fuerza masculina, de reyes, de escudos y de banderas, se construye sobre un animal que, en la vida real, depende de las hembras. El macho ruge. Las hembras trabajan.

En la cultura pop, las leonas también han rugido fuerte. En 2013, Katy Perry tuvo un éxito enorme con una canción titulada precisamente «Roar», con un videoclip en la selva y un estribillo sobre levantarse después de haber sido pisoteada. Fue un himno de gimnasio y de autoestima durante años.

El título de Mike duplica la palabra. Roar Roar. Dos veces. Como si un solo rugido no bastara. Mike lo comenta en su ficha: rugir dos veces, no una. El título ya avisa de que no es una canción para escuchar con el volumen bajo.

Un rugido animal

Hay algo que el planeta quiere destacar del texto de presentación: la idea de que la respuesta al silencio no es un discurso, sino un sonido.

«Let your roar be heard across the universe.»

Que tu rugido se oiga en todo el universo.

Un rugido no es una palabra. No tiene gramática. No se puede discutir. No se puede rebatir con argumentos. No se puede editar para quitarle el contexto. Es un sonido que sale del pecho y llena el espacio.

Durante mucho tiempo, a las personas LGTBI se les pidió que explicaran. Que justificaran su existencia con datos, con estudios, con historias tristes que conmovieran a los demás. Que fueran razonables. Que no molestaran. Que pidieran las cosas por favor.

Un rugido es lo contrario de pedir por favor.

En el planeta Gayfolk hay canciones que argumentan y canciones que rugen. «Hipócritas», por ejemplo, va directa a la cara, y el diario la leyó como una tienda de caretas de segunda mano. «Roar Roar» está todavía más allá del argumento. Es el sonido que queda cuando ya se ha dicho todo.

Sobre la tormenta

El texto pide sentir la tormenta. Feel the storm.

En el catálogo de Mike, las tormentas son frecuentes. Hay portadas con rayos partiendo el cielo, con nubes que se amontonan sobre llanuras, con mares grises y acantilados. La tormenta suele ser la amenaza, el peligro, lo que hay que aguantar.

Aquí la tormenta es otra cosa. Es algo que se siente desde dentro. La tormenta eres tú.

Es una inversión interesante. Durante años, el chico silenciado ha vivido con la tormenta fuera: los insultos, las miradas, los comentarios, el miedo. En el momento del rugido, la tormenta cambia de sitio. Sale del pecho.

El planeta no va a hacer de esto una lección de autoayuda. Pero apunta que hay una diferencia enorme entre ser la víctima de una tormenta y ser la tormenta. La primera te hace pequeño. La segunda, por lo menos, te hace ruido.

Entre el insomnio y el deseo de viajar

En la discografía de la web, «Roar Roar» es la pista 188. Justo antes está «Autopsia del insomnio», que el diario leyó como un informe forense de una noche sin dormir. Justo después, una canción que se llama igual que el segundo disco de la trilogía, «Ojalá se pudiera viajar a Gayfolk».

El orden, aunque sea casual, tiene su relato. Primero, la noche en vela, con la cabeza dando vueltas. Luego, el rugido que rompe el silencio. Luego, el deseo de llegar a un planeta donde no haga falta rugir.

La canción vive en «El día de la liberación», el tercer disco. La página de prensa explica que la trilogía cuenta un relato en tres actos: descubrimiento, deseo de viaje, liberación. Y un rugido, en el disco de la liberación, es casi el sonido oficial del acto.

Los leones de la Cibeles

Madrid tiene otros dos leones de piedra, y su historia es mucho más jugosa que la de los del Congreso.

Tiran del carro de la diosa Cibeles, en la fuente más famosa de la ciudad, la de las celebraciones del Real Madrid. Casi nadie que pasa por la plaza en coche sabe quiénes son. Según el mito que cuenta Ovidio en las «Metamorfosis», eran dos amantes, Hipómenes y Atalanta. Se desearon tanto que acabaron haciendo el amor dentro de un templo sagrado, y como castigo fueron convertidos en leones y condenados a tirar para siempre del carro de la diosa, mirando cada uno hacia un lado, sin poder tocarse ni mirarse nunca más.

Dos amantes castigados por desearse en el sitio equivocado, convertidos en fieras de piedra y obligados a no tocarse. El planeta no necesita añadir mucho más. Es una de las historias más maricas de Madrid y está en mitad de la Castellana, a la vista de todos, sin que nadie la cuente en voz alta.

Esos leones no rugen. No pueden. Son de piedra y están condenados.

«Roar Roar», en este bestiario, sería la canción que les devuelve la voz.

El rugido de los vecinos

Una cuestión práctica, ya que el texto insiste en subir el volumen.

En un piso de Madrid, subir el volumen tiene consecuencias. Están los vecinos de arriba, que golpean el suelo con el palo de la escoba. Están los de abajo, que suben a quejarse en bata. Está la presidenta de la comunidad, que pega una nota en el ascensor con letra de profesora de los ochenta: «Se ruega respetar el descanso».

Rugir en un piso de cincuenta metros con paredes de papel es un deporte de riesgo.

Por eso el planeta propone alternativas. Los cascos, en el metro, con el volumen a tope y la cara de póquer. El coche, solo, con las ventanillas cerradas, gritando a la vez que la canción como en un concierto. La playa en invierno, cuando no hay nadie. El monte, si se tiene a mano. La ducha, que es el único sitio de la casa donde todo el mundo tiene permiso para hacer ruido.

En cualquiera de esos sitios, un rugido no molesta a nadie. Y a ti te viene de maravilla.

Rugir dos veces

El título dobla la palabra, y Mike le da importancia en su ficha: rugir dos veces, no una.

El planeta tiene una teoría sobre eso. El primer rugido es para los demás. Para los que te silenciaron, para los que se rieron, para los que miraron hacia otro lado. Es un rugido hacia fuera, de aviso.

El segundo rugido es para ti. Para comprobar que puedes. Para oír cómo suena tu propia fuerza cuando ya no estás asustado. Es un rugido de prueba, casi de sorpresa, como quien se oye en una grabación por primera vez y no se reconoce.

Uno sin el otro se queda cojo. Si solo rujes hacia fuera, acabas viviendo para los demás, aunque sea para llevarles la contraria. Si solo rujes hacia dentro, nadie se entera, y el rugido se queda en el pecho dando vueltas como un pájaro encerrado en una habitación sin ventanas.

Roar Roar. Dos veces. Una para cada lado.

Autoparodia de gatito

Confesión de la casa: el planeta, cuando se enfada, no ruge. Maúlla.

Lo ha comprobado muchas veces. En la cola del supermercado cuando alguien se cuela. En una reunión de vecinos cuando el del cuarto propone quitar el ascensor. En una discusión de pareja cuando sabe que tiene razón. Abre la boca para soltar el rugido y le sale un «bueno, pero vamos, que tampoco pasa nada».

Una vez intentó gritarle a un teleoperador que le había cobrado tres veces la misma factura. Le salió la voz tan aguda que el chico de la compañía le preguntó si estaba hablando su hija.

Así que esta canción le cae bien al planeta como le caen bien a uno las cosas que no sabe hacer. Con admiración y un poco de envidia. Y con la sospecha de que, si la pone lo bastante alta, a lo mejor algún día le sale algo parecido a un rugido.

Cuándo rugir

Mike propone en su ficha momentos concretos para la canción. El día que decidas decir algo que llevas tiempo callando. Antes de una conversación difícil. Saliendo del portal después de haber cerrado una etapa.

El planeta añade algunos más. Antes de salir del armario con alguien que te importa. El día que vuelves al pueblo por primera vez después de años. La mañana en que vas a declarar en un juicio, a denunciar algo, a contarle a un profesional lo que te pasó. Cuando entras por primera vez en un bar de ambiente solo.

Y añade una advertencia. Rugir no es obligatorio. Hay gente que no puede, que no está en condiciones, que vive en un sitio donde rugir es peligroso. Hay silencios que son estrategia de supervivencia, no cobardía. El león cobarde de Oz no era cobarde: estaba asustado, que es otra cosa.

Si estás en ese silencio que pesa demasiado, si llevas tiempo tragando y ya no te cabe nada, no tiene por qué salir en forma de rugido. Puede salir en forma de llamada. A un amigo, a un psicólogo, a un servicio de atención LGTBI. Y si alguna vez el silencio se vuelve tan oscuro que piensas en hacerte daño, en España existe el 024, gratis y a cualquier hora. A veces el rugido más valiente es decir «necesito ayuda» en voz alta.

Un manifiesto en inglés

Mike llama al texto de «Roar Roar» casi un manifiesto, y explica que funciona mejor si lo haces tuyo.

Los manifiestos tienen una forma muy reconocible: frases cortas, imperativos, verbos fuertes, una idea por línea. El del futurismo italiano, el del surrealismo, el comunista. Se escriben para ser leídos en voz alta, pegados en las paredes, repetidos en las manifestaciones.

El texto de «Roar Roar» tiene esa forma. Sube el volumen. Siente la tormenta. Deja que tu rugido se oiga. Son órdenes que no se dirigen a nadie en concreto. Se dirigen a quien las lea.

Y en eso hay una generosidad que el planeta agradece. El texto no dice «escucha mi rugido». Dice «deja que el tuyo se oiga». El protagonista del rugido no es el autor. Es el oyente.

Los datos, sin bronce

El single tiene videoclip oficial, de 3:25. Según mikesaintlouis.com, se subió al canal en noviembre de 2025. La ficha del single lo fecha el 2 de junio de 2026. Se puede escuchar en Spotify y bajarlo gratis desde la web.

El texto y la letra son de Mike, escritos sin IA. La música y las voces se han hecho con herramientas como Suno. El diario ya contó, en su nota sobre el paso del silencio al rugido, por qué este texto está en inglés; esta crónica no lo repite.

Final del camino amarillo

Al final de «El mago de Oz», el mago, que resulta ser un señor normal y corriente detrás de una cortina, le da al león cobarde una medalla al valor. No le da valor. Le da una medalla. Y el león, al ponérsela, se siente valiente.

Era solo un trozo de metal. Pero sirvió.

El planeta no tiene medallas. Tiene canciones.

Y esta, si se pone lo bastante alta, puede que sirva igual.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Roar Roar»?

Según el texto que Mike publica con la canción, es una declaración de fuerza y autoliberación que nace del silencio y se convierte en grito, dedicada a quienes han sido silenciados, juzgados o borrados y aun así eligieron brillar. La letra completa no está publicada en gayfolkplanet.com; este post cita solo ese texto de presentación.

¿En qué disco está?

En «El día de la liberación», el tercer acto de la trilogía GAYFOLK. Es la pista 188 de la discografía de la web y la ficha del single lo fecha el 2 de junio de 2026.

¿Tiene videoclip?

Sí, un videoclip oficial de 3:25. Según mikesaintlouis.com, se subió al canal en noviembre de 2025.

¿Qué significa «amigo de Dorothy»?

Es una vieja expresión en clave del inglés para referirse a un hombre gay, relacionada con la popularidad de «El mago de Oz» y de Judy Garland entre el público gay.

¿Quién la ha hecho?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. Sus textos son suyos y están escritos sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

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