Humor
Sopla las velas: el cumpleaños del Planeta Gayfolk, tartas que mienten, regalos raros y el arte de quitarse años
Por Mike Sain't Louis ·

Todos los años, sin excepción, llega un día en que alguien apaga la luz del salón, aparece una tarta con velas encendidas y un grupo de personas adultas se pone a dar palmas con cara de circunstancias. Es el cumpleaños, la fiesta más repetida del calendario y, probablemente, la que más mentiras pequeñas acumula por metro cuadrado. Mentiras sobre la edad, sobre lo mucho que nos ha gustado el regalo, sobre lo bien que nos cae el primo que ha venido sin avisar.
El Planeta Gayfolk no podía dejar pasar una fiesta así. En las letras de Mike Sain't Louis hay tartas con velas que no dicen la verdad, personajes que se quitan años con un descaro admirable, regalos que nadie sabe dónde poner y bebidas que no son lo que se pidió. Este artículo es una visita guiada a ese cumpleaños imaginario, con su confeti, su papel de regalo arrugado y su sobremesa interminable.
La tarta que mentía
La escena más famosa de cumpleaños del planeta está en «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», del primer álbum. En mitad de la canción, el narrador hace memoria y se pregunta cómo no vio venir lo que venía. La respuesta está, literalmente, encima de la mesa:
Celebramos tu cumpleaños y en la tarta había unas velas que ponían treinta.
Las velas con forma de número son un invento maravilloso. Te ahorran el trabajo de clavar cincuenta palitos en un bizcocho y prenderle fuego a la cocina. Pero también tienen un peligro: cualquiera puede elegir el número que quiera. Nadie pide el DNI en la pastelería. Y la canción remata la escena con la revelación que lo cambia todo:
Pues ojo al dato, cumplía cincuenta y no treinta el morenazo.
Veinte años de diferencia. No dos, ni cinco, que serían una coquetería disculpable. Veinte. Es la mentira de edad llevada al terreno del récord. Y lo mejor es que había público: según la canción, estaban «supuestamente sus mejores amigos». Todos aplaudiendo delante de una tarta que mentía.
El diario del planeta ya analizó esta canción como un catálogo de mentiras pequeñas que acaban sumando una grande. Aquí nos quedamos con la tarta, que es el objeto más honrado de toda la fiesta: al fin y al cabo, el bizcocho no tenía la culpa.
Quitarse años, un deporte de élite
El personaje de la tarta no está solo. En «Carta de recomendación», otra canción del planeta, aparece una ficha de aviso sobre un exmarido inventado que también practica este deporte con soltura:
El que dice que el día nueve de febrero cumple treinta y cinco años.
Y la corrección llega en el verso siguiente, sin anestesia: son cincuenta y tres. Dieciocho años de rebaja. Casi alcanza al de la tarta. Si existiera una liga profesional de quitarse años, estos dos personajes se disputarían el trofeo en la final.
Quitarse años es una tradición antigua y transversal. Lo han hecho actrices de Hollywood, folclóricas de la copla, abuelas en la cola del médico y señores que se apuntan a una aplicación de citas. Hay quien se quita un año por coquetería, quien se quita cinco por miedo y quien se quita veinte porque, sinceramente, ya puestos. La edad es uno de los pocos datos de nuestra vida que todo el mundo cree tener derecho a conocer, y uno de los que más ganas dan de maquillar.
En el ambiente gay, además, la edad tiene un peso especial. Durante años se ha repetido que a partir de cierta edad uno se vuelve invisible en las discotecas y en las aplicaciones. Esa presión explica muchas velas falsas. Lo que la canción hace es reírse de la mentira sin reírse de la edad: el problema no es cumplir cincuenta, sino decir que cumples treinta.
Una ficha de recomendación con fecha de nacimiento
La «Carta de recomendación» funciona como esos informes que se piden en las empresas antes de contratar a alguien, pero al revés. En lugar de recomendar al exmarido, advierte sobre él. Y entre los datos que corrige, la fecha de cumpleaños ocupa un lugar de honor.

Tiene sentido. La fecha de nacimiento es lo primero que aparece en cualquier documento oficial, y es también lo primero que uno se inventa cuando quiere empezar de cero con otra persona. La canción añade otros detalles del mismo personaje, como unas lentillas de colores que se hacen pasar por ojos azules. El diario tiene una lectura completa de esa ficha en referencias de un exmarido.
Lo que nos interesa aquí es la imagen de alguien que, cada nueve de febrero, apaga velas de una edad que no tiene. Uno se imagina el ritual: la tarta, las velas, los amigos aplaudiendo, el personaje cerrando los ojos para pedir un deseo. Y el deseo, seguramente, es que nadie mire su pasaporte.
Celebrar con quien no te quiere bien
No todos los cumpleaños del planeta son cómicos. En «La empatía de la arpía», del tercer álbum, hay un verso que da un poco de escalofrío:
Y aún así celebra contigo el cumpleaños
El verso describe a un personaje que hace daño y que, a pesar de todo, se presenta en la fiesta con su mejor sonrisa, sopla las velas contigo y se hace la foto de grupo. Es una de las situaciones más incómodas que existen: celebrar con alguien que no te quiere bien. Muchas personas lo han vivido con una pareja, un familiar o un amigo que en público es encantador y en privado es otra cosa.
Aquí el humor se para un momento. Un cumpleaños debería ser el día en que te rodeas de gente que se alegra de que existas. Si en tu fiesta hay alguien que te hace sentir pequeño, no estás obligado a invitarle el año que viene. La mejor tarta es la que se comparte con quien la disfruta contigo.
Los mejores amigos, supuestamente
Volvamos a la tarta mentirosa, porque hay un detalle que merece su propio apartado. La canción dice que en aquella fiesta estaban «supuestamente sus mejores amigos». Ese «supuestamente» vale su peso en confeti.
Todos hemos estado en un cumpleaños donde no conocíamos a casi nadie. Te presentan a los «mejores amigos» del homenajeado y descubres que la mitad lo conoce desde hace tres semanas y la otra mitad ha venido por la tarta. Hay quien llena las fiestas de gente para parecer más querido, igual que hay quien llena la tarta de velas falsas para parecer más joven. Las dos cosas son decorado.
El cumpleaños es, en el fondo, una pequeña obra de teatro. Hay escenografía (globos, guirnaldas, una pancarta de «Felicidades» comprada en el bazar), hay vestuario (la camisa buena), hay guion (las palmas, el deseo, los regalos) y hay público. Lo raro sería que nadie actuara un poco.
La canción del cumpleaños y sus dueñas
Hablando de guion: la melodía del «Cumpleaños feliz» tiene una historia bastante más enrevesada de lo que parece. Procede de una pieza titulada «Good Morning to All», publicada en 1893 por dos hermanas de Kentucky, Mildred y Patty Hill. Patty era maestra de parvulario y Mildred, pianista, y la pensaron para dar los buenos días a los niños en clase.
Con el tiempo, a alguien se le ocurrió cambiar la letra y felicitar el cumpleaños. La versión se extendió por todo el mundo y, durante buena parte del siglo XX, una editorial estadounidense cobró derechos cada vez que la canción aparecía en una película, una serie o un anuncio. Por eso en muchas películas antiguas los personajes celebran cumpleaños con otras canciones o con un silencio sospechoso.
En 2015, un juez federal de Estados Unidos concluyó que esa editorial no tenía un derecho válido sobre la letra, y la canción quedó libre para todo el mundo. Es una historia perfecta para el planeta: una canción que todo el mundo creía de todos resultó tener dueño, y luego resultó que el dueño no lo era tanto. Como las velas de treinta.
En España, además, cada familia tiene su variante. Hay quien añade estrofas, quien grita el nombre del homenajeado con un tono distinto en cada sílaba y quien remata con un «¡que se besen!» aunque no venga a cuento. Y luego están los que aplauden a destiempo, que en todos los cumpleaños hay uno.
Tirones de orejas y otros rituales
En España, al homenajeado se le tiran de las orejas tantas veces como años cumple. Es una costumbre extendidísima y ligeramente violenta que nadie sabe muy bien de dónde viene, pero que a los niños les encanta hacer a los mayores. Un cumpleaños de cincuenta, con tirones honestos, puede dejar las orejas como dos pimientos.

Aquí, otra vez, la mentira tiene ventajas. Si dices que cumples treinta, te ahorras veinte tirones. El personaje de la tarta, visto así, no era tan tonto: estaba protegiendo sus orejas.
Hay otros rituales. Soplar las velas de un solo golpe, porque si no, dicen, el deseo no se cumple. Pedir el deseo en silencio, porque si lo cuentas, tampoco. Comer el primer trozo de tarta. Abrir los regalos delante de todo el mundo y poner cara de sorpresa aunque ya sepas lo que hay dentro porque lo has palpado. La costumbre de las velas se suele relacionar con las fiestas infantiles de Alemania de hace un par de siglos, aunque las teorías sobre su origen son muchas y ninguna definitiva.
La paradoja del cumpleaños
Un dato para presumir en la próxima fiesta: en un grupo de solo 23 personas, la probabilidad de que dos de ellas cumplan años el mismo día ya supera el 50 %. Con 70 personas, es prácticamente segura. Es lo que los matemáticos llaman la paradoja del cumpleaños, y se llama paradoja porque casi todo el mundo cree que harían falta muchísimas más personas.
La explicación es que no se trata de que alguien cumpla años el mismo día que tú, sino de que cualquier pareja del grupo coincida. Y con 23 personas hay 253 parejas posibles. Las coincidencias aparecen solas.
Para el planeta, esto tiene una consecuencia práctica: en cualquier oficina de tamaño mediano habrá dos personas que cumplan el mismo día y una tarta que se comparta a medias. También hay una consecuencia menos práctica: si dos personas de tu grupo de amigos dicen cumplir el mismo día, a lo mejor es pura estadística y no una conspiración.
Regalos imposibles
Un cumpleaños sin regalos raros no es un cumpleaños. En el planeta hay algunos que merecen vitrina. En «La vecina cotilla», el narrador está sentado escuchando el sonido de un reloj de pared que le regaló el padre de su ex. Un reloj de pared. De un exsuegro. Pocos regalos tienen más carga simbólica: un objeto que te recuerda cada hora, con su din don, a una familia que ya no es la tuya.
Los relojes de pared pertenecen a esa categoría de regalos que nadie pide y todo el mundo acaba teniendo: el jarrón de la tía, la figurita de cerámica, el cuadro de un paisaje que no conoces, el juego de toallas bordadas con iniciales que no son las tuyas. Son regalos que se reciben con una sonrisa y se guardan en el altillo con un suspiro.
En el otro extremo está el regalo más bonito del planeta, que no viene envuelto. En «Marica chill», el narrador baja a la playa en tacones y le pasa esto:
Pero el frutero me regaló un mango lush
Un mango. Del frutero. Sin motivo y sin cumpleaños. Es el regalo perfecto: inesperado, comestible y sin compromiso. Si los cumpleaños tuvieran que aprender algo del planeta, sería esto. El mejor regalo no es el más caro, sino el que llega cuando no lo esperas y no necesita sitio en el altillo.
Lo que se bebe en una fiesta
Toda fiesta de cumpleaños que se precie tiene un momento de brindis. Y ahí el planeta también tiene algo que decir. En «Croquetas en el crucero», el narrador cuenta unas vacaciones desastrosas con una frase que podría servir para cualquier cumpleaños de oficina:

pedí champán, me dieron calimocho
Pocas frases resumen mejor la distancia entre lo que esperamos de una celebración y lo que recibimos. Pides champán y te dan vino con cola en un vaso de plástico. Pides una fiesta sorpresa elegante y te encuentras con tres compañeros de trabajo, una bolsa de patatas y una tarta de supermercado con el nombre mal escrito.
No pasa nada. Las mejores fiestas suelen ser las que salen un poco mal. Las que se recuerdan años después no son las perfectas, sino las que tuvieron un desastre memorable: la tarta que se cayó, el invitado que se quedó dormido en el sofá, la vela que prendió el flequillo de alguien. El diario habla de la fiesta como libertad, y algo de eso hay también en el calimocho servido en copa de champán.
Fiestas sorpresa, ese invento cruel
Dentro del género cumpleaños hay un subgénero especialmente arriesgado: la fiesta sorpresa. Consiste en esconder a veinte personas a oscuras en tu casa para que, cuando llegues cansado del trabajo con ganas de quitarte los zapatos, te griten todos a la vez. Hay gente que la adora y gente que preferiría que le dieran un susto en una casa encantada.
Para las personas con ansiedad social, la fiesta sorpresa puede ser una pesadilla con globos. De repente eres el centro de todas las miradas, sin haberte preparado, sin poder elegir quién está y con la obligación de parecer feliz. Si conoces a alguien así, a lo mejor el mejor regalo es una cena tranquila con dos personas y una tarta pequeña. Nadie dijo que un cumpleaños tuviera que ser ruidoso.
El cumpleaños de la pareja
Otro clásico: el cumpleaños de la pareja nueva. Es una prueba de fuego. ¿Le regalas algo caro y parece que vas muy rápido? ¿Le regalas algo barato y parece que no te importa? ¿Organizas una fiesta con sus amigos, a los que conoces desde hace dos semanas? ¿Te acuerdas de la fecha sin mirarla en el móvil?
En el planeta, los cumpleaños de pareja suelen salir regular, porque las parejas de las letras rara vez son de fiar. Pero hay algo que se aprende de ellos: los detalles importan menos que la verdad. Si tu pareja te miente sobre su edad en su propio cumpleaños, el problema no es el regalo. Es la tarta.
Por eso la escena de «Un falso amore» funciona tan bien. Es cómica, pero también es la primera pista de algo. El narrador lo dice con todas las letras: desde el primer día ya faltó a la verdad. Las velas fueron el primer aviso.
Cumplir años sin dramas
Detrás de tanta mentira de edad hay un miedo muy humano: el miedo a envejecer. En el planeta hay una canción entera que se titula «Envejecer», aunque va por otro lado: habla de la tristeza de alguien que imaginaba hacerse mayor junto a otra persona y se quedó sin ese futuro. Es una canción de duelo, no de cumpleaños, pero comparte la misma idea de fondo: hacerse mayor es mejor en buena compañía.
Cumplir años con humor es, quizá, la mejor manera de quitarle hierro. Reírse de las canas, de las arrugas, de la espalda que cruje al recoger la servilleta del suelo. Celebrar la edad exacta, con sus velas exactas. Hay algo muy liberador en decir el número verdadero sin bajar la mirada y sin pedir perdón.
También ayuda mirar alrededor. Las personas que hoy cumplen cincuenta o sesenta en el ambiente LGTBI son las que vivieron los primeros orgullos, las que perdieron amigos en los años del sida, las que se casaron en cuanto la ley lo permitió. Cada una de sus velas tiene una historia detrás. Quitarse años, en su caso, sería borrar una parte de esa historia. Mucho mejor ponerlas todas y contarlas de una en una, con orgullo.
Cómo organizar un cumpleaños a la manera del planeta
Para terminar, un pequeño manual práctico, por si alguien quiere celebrar su próximo cumpleaños con el espíritu del Planeta Gayfolk.

Primero, las velas. Pon la edad verdadera, aunque sean muchos números. Si no caben, compra una vela de cada cifra. Nadie se va a escandalizar, y si alguien lo hace, no merece tarta.
Segundo, los invitados. Que estén los que te quieren de verdad, no los «supuestamente» mejores amigos. Si en la lista hay alguien que celebra contigo pero no te cuida, déjalo fuera sin culpa.
Tercero, la bebida. Si hay champán, estupendo. Si hay calimocho, también. Lo importante es brindar con alguien que se alegre de verte.
Cuarto, los regalos. Pide un mango. O un libro, o una tarde de paseo. Y si te regalan un reloj de pared, sonríe, da las gracias y búscale un sitio donde su din don no te recuerde a nadie.
Quinto, la música. Pon una lista con canciones del planeta y déjala sonar mientras se reparte la tarta. Si suena «Un falso amore», que nadie se dé por aludido.
La sobremesa, el mejor momento
Hay una parte del cumpleaños que nadie planifica y que suele ser la mejor: la sobremesa. Cuando la tarta ya está repartida, los regalos abiertos y el papel arrugado en una bolsa, la gente se queda alrededor de la mesa sin ninguna prisa. Es el momento de las anécdotas, de las fotos antiguas en el móvil, de las historias que todos han oído veinte veces y que siguen haciendo gracia.
En la sobremesa salen también las verdades. Alguien confiesa que no le gusta el bizcocho de chocolate. Otro admite que el regalo lo compró en la gasolinera de camino. Y el homenajeado, con la guardia baja, a lo mejor reconoce cuántos años cumple de verdad. Si alguna vez el personaje de la tarta mentirosa hubiera llegado a la sobremesa sin miedo, quizá la canción habría sido otra.
Los cumpleaños, al final, sirven para eso: para parar un día al año y mirar a la gente que tienes al lado. Para comprobar quién sigue, quién se ha ido y quién ha llegado nuevo. Para medir el tiempo en personas y no en números.
Felicidades, con la edad verdadera
Los cumpleaños del planeta son un espejo divertido de los nuestros. Tienen tartas que mienten, amigos dudosos, regalos imposibles y bebidas cambiadas. Pero también tienen una enseñanza sencilla que vale para cualquier fiesta: celebrar la verdad sale más barato que mantener la mentira. Las velas de treinta duran una noche; la edad verdadera dura toda la vida.
Así que, la próxima vez que alguien apague la luz del salón y aparezca con una tarta encendida, piensa en el morenazo de la canción y en sus veinte años de rebaja. Sopla todas las velas que te tocan. Pide un deseo. Y si el deseo es que nadie mire tu pasaporte, por lo menos que sea con humor.
La página de prensa recoge las fechas de la trilogía y los datos del proyecto. «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca» forma parte del primer álbum, «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», y está en Spotify. La historia judicial de la canción del cumpleaños puede leerse en la crónica de The Guardian.
Preguntas frecuentes
¿En qué canción del planeta hay una tarta de cumpleaños?
En «Un falso amore se ha llevado mis bañadores de marca», del primer álbum. El narrador recuerda una fiesta en la que las velas de la tarta ponían treinta, cuando el homenajeado en realidad cumplía cincuenta.
¿De dónde viene la canción de Cumpleaños feliz?
La melodía procede de «Good Morning to All», publicada en 1893 por las hermanas Mildred y Patty Hill, de Kentucky. Durante décadas se cobraron derechos por ella, hasta que en 2015 un juez de Estados Unidos concluyó que la editorial no tenía un derecho válido sobre la letra.
¿Qué es la paradoja del cumpleaños?
Es un resultado de probabilidad: en un grupo de solo 23 personas, la probabilidad de que dos de ellas cumplan años el mismo día ya supera el 50 %. Con 70 personas, es casi segura.
¿Los personajes de estas canciones existen?
No. Los nombres y personajes de las letras de Mike Sain't Louis son inventados, aunque las tartas, las velas y los regalos absurdos se parezcan mucho a los de la vida real.
¿Quién escribe estas canciones?
Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, creador del universo de Planeta Gayfolk.