Cultura LGTBI
El espectador de la butaca: «Tan paleto» y la vieja costumbre de tapar los besos
Por Mike Sain't Louis ·

«No voy a aceptar consejos de ningún espectador.»
Espectador. De todas las palabras que podía haber elegido la letra para el que mira mal, elige esa. No «vecino», no «facha», no «señor». Espectador. Alguien que ha pagado una entrada, se ha sentado en su butaca y cree que eso le da derecho a opinar sobre la función.
Pero aquí no hay función. Hay dos hombres que van de la mano por la calle. Y alguien que ha decidido que eso es teatro.
En el diario hay una nota anterior, la de ir de la mano sin dar explicaciones, que va del juez sin toga y del racismo y la homofobia en la misma escena. Esta crónica coge la palabra «espectador» y se va con ella al patio de butacas. A ver qué más hay ahí sentado.
Cuatro molestias
La letra es corta y se repite, así que conviene hacer inventario. Al espectador le molestan cuatro cosas.
Que vayamos de la mano. Que mi novio sea africano. Que tus hijos vean un beso. Mi cara.
Fíjate en la progresión, porque va de lo concreto a lo absoluto. Primero un gesto: dos manos. Luego una persona: el novio. Luego un acto: el beso. Y al final, sin más, una cara. Ya no molesta nada que se haga. Molesta lo que se es.
«Que te molesta mi cara y me quieres preso.» Esa es la última molestia y la más grave. Porque a una cara no se le puede pedir que cambie de acera. Una mano se suelta, un beso se aplaza, pero la cara va contigo a todas partes. Si lo que molesta es la cara, no hay arreglo posible. Solo queda que el que mira se aguante.
La canción no lo explica. Lo enumera. Y la enumeración ya es el argumento.
El dedo
«Y me señalas con el dedo de juez acusador.»
El dedo índice extendido es uno de los gestos más antiguos del mundo para decir «ese». Lo usan los niños en el colegio, los testigos en los juicios de las películas americanas y los señores en las terrazas. Señalar es convertir a alguien en tema de conversación sin preguntarle.
Y el dedo de juez tiene una particularidad: no pide pruebas. Ya ha decidido. Está ahí para dictar sentencia, no para escuchar.
La gracia de la imagen es que el juez de esta canción no tiene juzgado. Tiene un banco del parque. Una ventanilla de autobús. Una mesa de bar con una caña a medias. Desde ahí reparte condenas a todo lo que pasa por delante. Es un tribunal portátil, que va donde va su dueño, como el carrito de la compra.
La platea de la terraza
Hay que hablar del sitio desde donde mira el espectador, porque en España tiene nombre propio: la terraza.
La terraza es la platea nacional. Sillas de aluminio en fila, todas mirando hacia la acera, como en un cine de verano. Una caña, unas bravas, y delante el desfile. Quien se sienta en una terraza no se sienta a hablar con los de su mesa. Se sienta a mirar a los que pasan. Es un deporte con siglos de tradición, del paseo de la plaza del pueblo a la terraza de la Plaza Mayor con el café a cuatro euros.
Por eso la palabra de la letra encaja tan bien. El espectador no se ha levantado de la silla para señalar. Lo hace desde la butaca, con el codo apoyado en la mesa y la servilleta de papel volando. Comenta con la de al lado: «¿Has visto?». Y la de al lado mira, claro, porque para eso han venido.
Y la pareja de la mano, que solo iba a comprar el pan, se encuentra convertida en el espectáculo de la tarde. Sin cobrar entrada. Sin ensayo previo. Sin que nadie le haya preguntado si quería salir a escena con la barra de pan bajo el brazo y las llaves del portal en la otra mano.
Soltar la mano
Lo más duro de esta canción no está en la letra. Está en lo que la letra impide.

Cualquiera que haya ido de la mano con alguien de su mismo sexo por una calle de España conoce el reflejo. Ves a un grupo de chavales en la esquina, o a un señor con cara de pocos amigos, o simplemente entras en un barrio que no conoces, y la mano se suelta sola. Nadie lo decide. Se suelta. Y luego, dos calles más allá, cuando ya no hay nadie, vuelve a buscar la otra mano con una mezcla rara de alivio y de vergüenza, como quien recoge del suelo algo que se le ha caído sin querer y mira alrededor por si alguien le ha visto. Esa vergüenza no es por el gesto: es por haberlo soltado. Es un gesto de supervivencia que se aprende muy pronto y que cuesta muchísimo olvidar.
Ese reflejo significa que el espectador ya no necesita estar presente. Se ha instalado dentro. Uno se convierte en su propio vigilante, y mira la calle con los ojos del que tapa ojos.
«No voy a aceptar consejos de ningún espectador» se lee entonces de otra manera. Vale para el señor de la terraza, sí. Pero vale todavía más como orden al espectador de dentro. Al que te dice que sueltes, que no merece la pena, que mejor en casa. Ese también es espectador. Y tampoco se le aceptan consejos.
La mano se queda cogida. Aunque sude.
Lo que ven los niños
Vuelta a los hijos del espectador, porque hay una pregunta que la canción deja abierta.
¿Qué ven los niños cuando ven un beso? Probablemente, un beso. Los niños no traen de fábrica el asco a dos hombres que se quieren. Lo aprenden, y lo aprenden justo así: viendo cómo un adulto les pone la mano delante de la cara. La mano les enseña que ahí hay algo que no se debe mirar, y ese algo se vuelve interesante y temible a la vez.
Sin la mano, el beso sería una cosa más de la calle, como un perro meando una farola o una señora regañando a su marido. Con la mano, el beso se convierte en tabú.
La canción no lo dice con estas palabras. Pero lo dice con una sola: dictador. Porque los dictadores no protegen a nadie de nada. Deciden qué se mira.
El usted que corta
Ahora una cosa gramatical que es pura dinamita.
Las estrofas hablan de tú. «Que te molesta», «me señalas», «tus hijos», «les tapas». Tuteo de calle, el de toda la vida, el que se usa para discutir con un desconocido que te ha pisado en el metro.
Pero el estribillo cambia. «Pero ¿cómo puede ser usted tan cateto?» «No le voy a dar más explicaciones.» «Ya sé que su mente tiene limitaciones.» Usted. Le. Su.
El paso del tú al usted en mitad de una bronca es una de las armas más finas del castellano. Es lo que hace una madre cuando el niño ya ha agotado la paciencia: «Usted se va a su cuarto ahora mismo». Es lo que hace una dependienta de El Corte Inglés cuando el cliente se pone chulo: «Si usted lo desea, puedo llamar al encargado». El usted no es respeto. Es distancia. Es poner un mostrador en medio.
La canción lo usa justo cuando llega el insulto. Es decir: el insulto llega con corbata. «¿Cómo puede ser usted tan paleto?» Suena a carta de reclamación. Y por eso escuece más que un «gilipollas» a pelo.
Cateto y paleto
Las dos palabras del estribillo son primas. En España, cateto y paleto se dicen del que viene del pueblo y no sabe moverse en la ciudad, del que mira los semáforos con desconfianza y se pone el traje para ir al banco. Hay un siglo entero de cine español construido sobre esa figura, del Paco Martínez Soria de «La ciudad no es para mí», con su boina y su maleta de pueblo, a los catetos de las comedias del destape.

Lo bueno es que la canción usa la palabra al revés. El cateto aquí no es el del pueblo. Es el de la mente. El que puede vivir en Chamberí, tener dos másteres y un abono del Bernabéu, y ser igual de cateto que el más aldeano de las películas. Porque la catetez, según la letra, no tiene código postal: tiene «limitaciones» en la cabeza.
Y cateto tiene, además, un sentido de geometría que cualquiera que haya pasado por el instituto recuerda. Los catetos son los dos lados cortos del triángulo rectángulo, los que forman el ángulo recto. Lo que queda enfrente, el lado largo, es la hipotenusa. El espectador de la canción es eso: un lado corto que no llega a ver el otro extremo.
En el catálogo, por cierto, hay una versión gemela con la misma letra, «Tan cateto», como si la canción hubiera tenido que salir dos veces porque con una no bastaba.
Taparles los ojos
«Que te molesta que tus hijos vean un beso / Y les tapas los ojos como un buen dictador.»
Esta es la imagen más fuerte de la letra. Un padre o una madre en la calle, que ve a dos hombres besarse y pone la mano delante de la cara de su hijo. Como si fuera una escena de sangre en una película de terror. Como si un beso pudiera contagiar.
La comparación con el dictador no es una exageración gratuita. Tapar lo que otros pueden ver es exactamente lo que hacía la censura. En el cine de la época de Franco había tijeras para los besos largos, para los escotes, para cualquier cosa que el censor considerara peligrosa. Y la película italiana «Cinema Paradiso», de Giuseppe Tornatore, tiene una escena que todo el mundo recuerda: el proyeccionista guarda durante años los besos que el cura del pueblo mandaba cortar, y al final alguien los ve todos seguidos, uno detrás de otro, llorando en una sala vacía.
El padre de la canción hace lo mismo que el cura de la película, pero con la mano. Corta el beso en directo. Y su hijo, como el niño de «Cinema Paradiso», probablemente acabará buscándolo.
Un buen dictador
Ojo al adjetivo, que es irónico y está muy bien puesto. «Como un buen dictador.» No un dictador cualquiera. Uno bueno. Aplicado. De los que cumplen con su trabajo.
Es la manera que tiene la letra de reírse del celo. El que tapa ojos en la calle lo hace convencido de que está protegiendo a sus hijos. Se ve a sí mismo como un buen padre. La canción le da la razón en la palabra «buen» y se la quita en la palabra «dictador». El elogio y la condena van en el mismo sintagma, pegados.
Y hay algo más triste debajo. Los niños a los que se les tapan los ojos no aprenden que los besos entre hombres son malos. Aprenden que hay cosas que no se pueden mirar. Y algunos de esos niños, años después, serán los que vayan de la mano por la calle, con un señor en la terraza tapándole los ojos a otro niño.
La mano en los ojos no impide nada. Solo retrasa.
Me quieres preso
«Y me quieres preso.»

En España esto no es una metáfora. Hubo una época en que se podía ir a la cárcel por ser homosexual. La ley de vagos y maleantes se modificó en 1954 para incluir a los homosexuales, y en 1970 llegó la ley de peligrosidad y rehabilitación social, que siguió mandando a gente a centros penitenciarios específicos. Esa historia tiene sus nombres, sus cárceles y sus supervivientes, que todavía hoy cuentan lo que vivieron.
La letra no cita nada de esto, y no hace falta. «Me quieres preso» suena distinto en un país donde eso fue literal hace no tanto. El espectador de la canción no tiene ya una ley que le respalde. Pero el deseo sigue ahí. Ya no puede encerrar, así que señala, tapa ojos, frunce el ceño. Son los gestos que le quedan a alguien a quien le han quitado la llave.
El diario tiene una nota sobre la memoria y la generación anterior que va por ese camino con más calma. Aquí basta con una frase: el espectador quiere preso a alguien que ya no tiene forma de meter en la cárcel. Y eso le cabrea.
Mi novio es africano
Ahí la letra hace algo que muchas canciones de orgullo no hacen. Mete el racismo en la misma escena.
«Que te molesta que mi novio sea africano.» No es una molestia distinta. Es la misma, en otro registro. El espectador no ve a dos hombres. Ve a dos hombres, y uno es negro, y eso es el doble de función.
Cualquiera que haya salido con alguien de otro color en España conoce las miradas. Las del autobús. Las de la cola del Mercadona. Las de la boda de un primo. Esa forma de mirar que no dice nada pero lo dice todo, que se queda un segundo de más en las manos entrelazadas.
La canción no hace un discurso sobre eso. No explica, no da datos, no cita informes. Lo pone en una línea y sigue. Y precisamente porque no se detiene, se nota que para el narrador no hay nada que explicar. Su novio es africano. Punto. El que tiene un problema es el de la butaca.
Ninguna explicación más
«No le voy a dar más explicaciones.»
Esa frase es la clave del tono de toda la canción. El narrador no discute. No intenta convencer. No saca estadísticas sobre la normalidad de la homosexualidad ni cita la ley del matrimonio igualitario de 2005. Simplemente se niega a dar explicaciones.
Y eso, para muchas personas LGTBI, es una conquista. Durante décadas hubo que explicarse. En casa, en el trabajo, en la consulta del médico, en la cena de Navidad. Explicar que no es una fase. Explicar que no es una moda. Explicar que no, que no se ha elegido. Explicar que no, que no pasa nada si los niños lo ven.
Llega un momento en que se acaba la paciencia. «Más explicaciones»: ese «más» dice que ya se han dado muchas. Que ya se ha hecho el esfuerzo. Que el cupo está lleno.
A partir de ahí, solo queda una pregunta. Y es retórica.
Limitaciones
«Ya sé que su mente tiene limitaciones.»

Este verso tiene un humor de enfermera paciente. Es lo que se le dice a alguien a quien se ha dejado por imposible. «Ya sé, ya sé, usted no puede más.» Con una sonrisa condescendiente, de esas que se ponen en las reuniones de vecinos cuando el del cuarto vuelve a sacar el tema de la antena.
Es la autodefensa del que ha entendido que no va a cambiar al otro. No le insulta por cruel. Le diagnostica por corto. Y el diagnóstico es más demoledor que el insulto, porque no deja espacio para la réplica. ¿Qué vas a contestar a «su mente tiene limitaciones»? ¿Que no? Pues demuéstralo. Y para demostrarlo tendrías que dejar de tapar ojos.
La canción le pone una trampa al espectador. Si quiere quitarse el diagnóstico, tiene que cambiar. Si no cambia, el diagnóstico se confirma.
Una canción que se repite
La letra se repite casi entera. Las mismas estrofas, el mismo estribillo, dos vueltas completas. Y alguien podría pensar que eso es pereza.
No lo es. Es exactamente lo que pasa en la calle. El espectador no mira una vez. Mira siempre. Cada vez que vas de la mano, cada vez que te das un beso, cada vez que sales con tu novio. Las mismas miradas, los mismos dedos, las mismas manos tapando ojos. La repetición de la canción es la repetición de la vida.
Y la respuesta también se repite. «Pero ¿cómo puede ser usted tan cateto?» Una y otra vez. Como un mantra. Como quien se lo dice a sí mismo para no soltar la mano.
Al final de la segunda vuelta la letra se corta en seco en una palabra a medias, «espect», antes de que todo vuelva a empezar. Como si al narrador le hubiera dado la risa. O como si el espectador, por fin, se hubiera ido.
La función de la liberación
La canción está en «El día de la liberación», la tercera parte de la trilogía GAYFOLK, la del desenlace. Y tiene todo el sentido. Lo que cuenta «Tan paleto» es liberarse de la mirada del otro. Seguir de la mano aunque haya público. No soltar.
Tiene videoclip oficial, de algo más de tres minutos y medio, en la página del vídeo. Y, como todo el proyecto, la letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño, con música y voces hechas con herramientas de inteligencia artificial. La sala de prensa tiene los detalles para quien los quiera.
Hay otras canciones del planeta que hablan de manos, de calle y de orgullo. La nota del diario sobre el orgullo cada día junta varias, y «Boys like us» mira el mismo gesto desde otro idioma.
La butaca vacía
Si la vas a poner, ponla en la calle. En los auriculares, mientras vas de la mano con quien sea. Y fíjate en las miradas. Cuenta cuántas. Ponles cara de estribillo.
Si no tienes a nadie de la mano, ponla igual. Es una canción para cualquiera que haya soltado una mano al notar un dedo. Y para cualquiera que no la haya soltado.
La letra completa y los enlaces de escucha están en la ficha del single. Y en Spotify, por si la quieres a mano para la próxima terraza.
Fin de la función
El espectador cree que está viendo una obra. Que la pareja de la mano actúa para él. Que tiene derecho a aplaudir o a pitar.
La canción le explica, sin explicarle, que no hay obra. Que no hay escenario. Que nadie le ha dado entrada. Que la calle no es un teatro y él no es público: es otro peatón.
Y a un peatón no se le aceptan consejos sobre cómo caminar.
Se le adelanta. Con la mano cogida.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata «Tan paleto»?
De una pareja que va de la mano y de la persona que la mira mal: le molesta el gesto, que el novio sea africano y que sus hijos vean un beso. La respuesta del estribillo es: «Pero ¿cómo puede ser usted tan cateto?».
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», la tercera parte de la trilogía GAYFOLK.
¿Tiene relación con «Tan cateto»?
Sí: en el catálogo hay dos temas con la misma letra, «Tan paleto» y «Tan cateto», cada uno con su propia ficha de single.
¿Quién la ha hecho?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se han hecho con inteligencia artificial.