Memoria queer
Tefía, el campo del desierto: memoria LGTBI de Canarias y las sirenas que, según decían, no existían
Por Mike Sain't Louis ·

Hay sitios que no salen en los folletos. En el centro de Fuerteventura, lejos de las playas de arena blanca y de los hoteles con piscina infinita, hay un llano pedregoso, casi lunar, con montañas peladas al fondo y un viento que no para. Allí, cerca de un antiguo aeródromo militar, el franquismo levantó en 1954 la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía. Durante doce años encerró a hombres por una razón que hoy cabe en una frase: amaban o deseaban a otros hombres, o alguien dijo que lo hacían.
Este artículo es una visita a ese sitio y a lo que vino después: el silencio, los expedientes, los supervivientes que hablaron tarde, las placas, las novelas, la serie de televisión y, este mismo año, el reconocimiento oficial. Y es también una visita guiada por el Planeta Gayfolk, porque una de las canciones del tercer álbum de Mike Sain't Louis se titula, precisamente, «En Canarias no existen las sirenas». La canción no habla de Tefía. Pero su título y su portada hacen una pregunta que encaja demasiado bien con esta historia: ¿quién decide lo que existe?
Una sirena macho en una roca de lava
Empecemos por la imagen. La portada del single enseña una costa canaria al atardecer. El cielo está naranja y rosa, las olas rompen contra piedra volcánica negra y al pie de una montaña hay casas blancas y palmeras. Sobre una roca, de espaldas, hay una sirena. Pero no es la sirenita de Andersen. Tiene tupé, gafas de sol, una cruz grande tatuada en la espalda y unos brazos de gimnasio. Su cola es de un rosa intenso y se enrosca hasta el agua. Es un tritón con pinta de pasar los domingos en una terraza del puerto.
Y el título lo niega. En Canarias no existen las sirenas, dice la canción, mientras la imagen nos pone una delante de los ojos. Esa contradicción es un chiste, y es un chiste muy del planeta: la frase seria contra la imagen descarada, la negación oficial contra la evidencia. Pero si uno la mira con la historia de Tefía al lado, el chiste se vuelve una pequeña lección. Durante décadas, la versión oficial en España fue que hombres así no existían, o que si existían eran un peligro que había que apartar, corregir y esconder. Y existían. Estaban en Las Palmas, en Santa Cruz, en Arrecife, en cada pueblo. Algunos acabaron picando piedra en un llano de Fuerteventura.
El tritón de la portada está sentado al sol, de espaldas, como si no tuviera que dar explicaciones a nadie. Esa postura es, setenta años después, una forma de respuesta. Nadie le pregunta si existe. Simplemente está.
La ley que convirtió el deseo en «estado peligroso»
Para entender Tefía hay que ir a una ley. La Ley de Vagos y Maleantes se aprobó el 4 de agosto de 1933, durante la Segunda República, para controlar a personas consideradas socialmente peligrosas aunque no hubieran cometido un delito concreto. En su versión original no mencionaba la homosexualidad. El franquismo la mantuvo y, el 15 de julio de 1954, la reformó para incluir a los homosexuales entre los sujetos de «estado peligroso». La reforma se publicó en el BOE el 17 de julio de ese año.
El texto modificó los artículos segundo y sexto de la ley de 1933. Según el acuerdo de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática publicado este año, la reforma colocó a los homosexuales al lado de proxenetas y rufianes, y previó para ellos el internamiento en colonias agrícolas, con una particularidad: debían ser internados en instituciones especiales, con separación absoluta de los demás reclusos. Además se les podía prohibir vivir en determinados lugares, se les obligaba a declarar su domicilio y quedaban sometidos a la vigilancia de unos delegados.
La lógica era la de la peligrosidad. No hacía falta que alguien hubiera hecho daño a nadie. Bastaba con que se le considerara peligroso por lo que era. El internamiento iba de uno a tres años y las medidas se cumplían de forma sucesiva: primero la colonia, después el destierro, después la libertad vigilada. Quien salía de la cárcel seguía llevando la etiqueta encima durante años.
En el argot policial de la época, a estos hombres se les llamaba «violetas». La palabra aparece en el propio acuerdo del BOE y en el título de un libro clásico sobre el tema, «Redada de violetas», del periodista Arturo Arnalte, publicado en 2003. Es una palabra bonita para una persecución fea, y por eso duele un poco leerla.
Un cuartel en el desierto
La colonia de Tefía se empezó a gestar en 1947, tras una visita del director general de Prisiones, Francisco Aylagas. Se creó formalmente por una orden del Ministerio de Justicia del 15 de enero de 1954 y abrió sus puertas el 11 de febrero de ese año. Se instaló en un antiguo cuartel de la Legión, en terrenos cercanos al aeródromo militar, propiedad del Ministerio del Aire, en la aldea de Tefía, dentro del municipio de Puerto del Rosario.

El paisaje forma parte del castigo. Fuerteventura no es la isla verde de los anuncios. El interior es seco, ocre, abierto, con un viento constante que se mete por todas partes. Elegir una isla lejana, dentro de un archipiélago lejano, para apartar a estos hombres tenía su sentido para el régimen. En 2018, un reportaje de Eduardo Robaina en La Marea lo resumió en un titular durísimo: un campo de concentración para aislar a los gays del turismo. Es una hipótesis periodística, no una frase de ningún documento oficial, pero ayuda a entender la mirada de la época: lo que no se quería ver se mandaba lejos.
Los internos trabajaban en una cantera. Picaban piedra y con esas piedras levantaban muros y gavias, las parcelas de cultivo típicas de la isla. Había instrucción de tipo militar, disciplina dura y hambre. Los testimonios recogidos por el investigador Víctor M. Ramírez hablan de malos tratos habituales: cualquier error en la formación o en el trabajo podía acabar en paliza o en humillación, y los presos homosexuales recibían el peor trato. El hambre, según esos relatos, era casi un método.
Cuántos fueron: la cifra que no cuadra
Una de las cosas más honestas que se pueden decir de Tefía es que no sabemos con exactitud cuántas personas pasaron por allí. El acuerdo del BOE de 2026 dice que la colonia «albergó a más de un centenar de reclusos». Víctor M. Ramírez, que habló con supervivientes, calcula que hubo entre 300 y 350 personas internadas entre 1954 y 1966, y que de ellas unas veinte eran homosexuales. Otras fuentes periodísticas han dado cifras de entre 80 y 100 homosexuales.
Las cifras no cuadran porque los archivos están incompletos, porque Tefía también tuvo presos comunes y políticos, y porque durante muchos años nadie se preocupó de contar. Este artículo no va a elegir una cifra para que quede más redonda. La memoria también consiste en decir lo que no se sabe.
Lo que sí sabemos con más detalle es lo que pasaba antes de llegar a la colonia. En el Archivo Histórico Provincial de Las Palmas se conserva un listado de personas «tildadas y denunciadas como invertidos» y la existencia de un «expediente especial de invertidos», abierto por instrucciones del gobernador civil. Según el trabajo de Ramírez recogido por elDiario.es Canarias Ahora, de los 192 expedientes abiertos por homosexualidad entre 1954 y 1970 que estudió, 161 correspondían a Gran Canaria, 28 a Tenerife y 3 a Lanzarote. El investigador lo atribuye a que en Gran Canaria había más visibilidad. Cuanto más se te veía, más fácil era que te abrieran un expediente.
El día en que la colonia cerró
Tefía se clausuró por una orden del Ministerio de Justicia del 21 de julio de 1966. La razón oficial fue el bajo número de reclusos. Los últimos internos fueron trasladados a la prisión de Barranco Seco, en Las Palmas de Gran Canaria. No fue un acto de justicia ni de arrepentimiento. Simplemente dejó de ser útil.

La persecución siguió. En 1970 la Ley de Vagos y Maleantes fue sustituida por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que mantuvo los «actos de homosexualidad» como supuesto de peligrosidad. Hubo que esperar a la reforma de finales de 1978, ya con la Constitución, para que la homosexualidad saliera de ese texto. En el diario del planeta ya hay una cronología de derechos LGTBI en España contada desde la generación que vivió esos años, y no hace falta repetirla aquí. Basta con una idea: entre el cierre de Tefía y el final de la persecución legal pasaron más de doce años.
Las instalaciones de la antigua colonia funcionan hoy como albergue juvenil. Es una de esas ironías que la historia deja sin comentar: donde antes se encerraba a hombres jóvenes para corregirlos, ahora duermen jóvenes de excursión.
Las vidas detrás del expediente
Durante mucho tiempo Tefía fue un nombre que casi nadie pronunciaba. Lo que la sacó del silencio fueron personas concretas que aceptaron contar lo que habían vivido. Dos nombres aparecen una y otra vez en los reportajes y en las investigaciones: Octavio García y Juan Curbelo Oramas. Los dos estuvieron internados en Tefía por ser homosexuales y los dos dieron testimonio de adultos, cuando ya podían hacerlo sin miedo a una nueva condena.
Octavio García murió en agosto de 2018. Su historia inspiró la novela gráfica «El Violeta», de Juan Sepúlveda, Antonio Santos y Marina Cochet, publicada en 2019. En una entrevista televisiva de 2018, un expreso de Tefía recordaba que los tenían todo el día haciendo gimnasia y repitiendo himnos del régimen. Son detalles pequeños que pesan mucho, porque enseñan cómo era la rutina de una corrección forzada: el cuerpo ocupado, el himno en la boca, la piedra en las manos.
En el Planeta Gayfolk hay una canción que se ocupa exactamente de este tipo de vidas, aunque esté ambientada en otro país y en otra década. «The Great Depression» cuenta un amor entre dos hombres en los años de la Gran Depresión, escondido en un cuarto alquilado encima de un bar. Hacia el final, la letra se adelanta a cómo se contará esa época en los libros:
They won’t write how you fixed my cuff, How “friend” was never word enough.
Es decir: no escribirán cómo me arreglabas el puño de la camisa, ni que la palabra amigo nunca alcanzó. Los expedientes de Las Palmas funcionan al revés que esos versos. Lo escribieron todo menos eso. Anotaron nombres, denuncias, informes médicos y condenas, pero nada de los gestos, de los cuartos alquilados, de los puños arreglados. El diario del planeta ya dedicó un texto a ese amor que no salió en los periódicos; aquí basta con poner los dos archivos uno al lado del otro.
La memoria llega por capas
La recuperación de Tefía no llegó de golpe. Fue por capas, como las coladas de lava que forman la isla.
En 2004, cuando se cumplían cincuenta años de la apertura, el Cabildo de Fuerteventura colocó una placa en memoria de las personas recluidas allí. Fue el primer gesto público.
En 2008, el Gobierno de Canarias celebró en Tefía el primer acto institucional del 17 de mayo, Día Internacional contra la Homofobia, y se instaló otro hito conmemorativo. Ese año, un artículo de prensa canaria llamó a la colonia «el Auschwitz de Fuerteventura». La comparación es exagerada si se piensa en la escala, pero dice mucho de la sensación de descubrimiento que tuvo mucha gente en las islas: había un campo de castigo para homosexuales a pocos kilómetros de casa y no lo sabían.
En 2022, Ediciones Universidad de Salamanca publicó «El infierno penal de los homosexuales durante el franquismo: la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía», coordinado por Guillermo Portilla Contreras. El libro estudia los expedientes de peligrosidad conservados en el Archivo Histórico Provincial de Las Palmas: las sentencias, los informes médicos y psiquiátricos, las terapias que se aplicaron para intentar convertir a los internos en heterosexuales y los datos de las condenas.
En 2024, el colectivo ALTIHAY y el Cabildo de Fuerteventura anunciaron el proyecto de un Centro Canario de Interpretación de la Memoria Histórica LGTBIQ+.
Y en 2026 llegó el paso oficial más grande. Por un acuerdo del 9 de febrero, la Secretaría de Estado de Memoria Democrática declaró la colonia Lugar de Memoria Democrática. El acuerdo, publicado en el BOE, describe la reforma de 1954, el funcionamiento de la colonia y su cierre. Lo que durante décadas fue un nombre que se susurraba tiene ahora una ficha en el boletín oficial del Estado.
De la piedra a la ficción
Mientras las instituciones llegaban tarde, la literatura y la televisión fueron por delante y llevaron Tefía a mucha gente que nunca habría leído un expediente.

En 2006 el historiador Miguel Ángel Sosa Machín publicó «Viaje al centro de la infamia», una novela coral ambientada a mediados de los cincuenta que recrea la vida en la colonia, con el picado de piedra como centro de la rutina. En 2019 llegó «El Violeta», la novela gráfica inspirada en Octavio García. En 2020, Ismael Lozano Latorre publicó «Vagos y maleantes», con un protagonista anciano que recuerda su juventud en Tefía. En abril de 2023, Nando López publicó «Los elegidos», una novela que arranca en 1954 y usa Tefía como uno de sus escenarios principales. Y en junio de 2023 se estrenó «Las noches de Tefía», una serie de Atresmedia y Buendía Estudios que recrea el campo.
Cada una de esas obras hace algo que los documentos no pueden hacer: le pone cara, nombre inventado y relato propio a alguien que en el archivo era solo un número de expediente. Es la misma operación que hacen muchas canciones del planeta, que inventan personajes con detalles muy concretos para contar cosas que sí pasan. En la página de prensa se recuerda que los nombres de las letras de Mike son personajes inventados. La ficción no es mentira: es una manera de devolver el cuerpo a una historia que solo tenía papeles.
El gofio y el resto del archipiélago en el planeta
Canarias aparece más veces en el Planeta Gayfolk, y casi siempre con humor. En «Gofio de calcetín», del segundo álbum, hay un personaje al que le ha sentado fatal un comentario. El comentario era este:
De que ojalá se atragante con el gofio canario.
Es un deseo de mala leche doméstica, de discusión de pareja, de cocina con la radio puesta. Y el gofio, esa harina de cereal tostado que es casi un emblema de las islas, entra en la letra como entra en cualquier casa canaria: sin pedir permiso. El diario del planeta tiene su propia lectura de la canción y su novio cojín.
Ponerlo al lado de Tefía no es frivolizar. Es justo lo contrario. Una de las cosas que la colonia intentó arrancar a esos hombres fue la vida corriente: la casa, la comida, la discusión tonta, el barrio, la pareja. Que hoy una canción meta a un novio, un comentario borde y un puñado de gofio en tres versos es, en cierto modo, la victoria de lo cotidiano sobre la colonia. Lo que el régimen quiso apartar a un desierto vuelve como chiste de cocina.
Lo que significa existir en una canción
El título «En Canarias no existen las sirenas» funciona como una frase que alguien repite muy seguro de sí mismo, de esas que se dicen con el dedo levantado. No existen. No hay. Eso no pasa aquí. Cualquier persona LGTBI que haya crecido en un sitio pequeño ha oído alguna versión de esa frase: aquí no hay de eso, en este pueblo no, en mi familia no. El diario del planeta habla de ello en el texto sobre crecer queer en un pueblo.
La portada responde sin discutir. Pone al tritón en la roca, de espaldas, con su tatuaje, su tupé y su cola rosa, y deja que la imagen haga el trabajo. No hay pancarta ni discurso. Hay presencia.
Esa es una de las ideas centrales de lo que significa Gayfolk: un planeta inventado donde lo que en la Tierra se negaba tiene sitio propio. El tercer álbum de la trilogía se llama, de hecho, «El día de la liberación», y dentro de ese disco hay canciones con títulos tan directos como «Franco ha muerto». No hace falta leer una tesis para entender por qué esa frase pesa distinto si uno piensa en un llano de piedra de Fuerteventura.
Visitar Tefía hoy
Si algún día vas a Fuerteventura, Tefía está en el interior, en el municipio de Puerto del Rosario. No esperes un museo ni un centro de visitantes con audioguía: las instalaciones principales son un albergue y la memoria se reconoce en las placas y en los hitos conmemorativos. Ir allí es sobre todo una cuestión de mirada. Mirar el llano, el viento, las montañas, y pensar en hombres de veinte o treinta años picando piedra bajo ese sol por haber querido a quien quisieron.

Hay unas cuantas cosas que ayudan a que la visita tenga sentido:
- Leer antes alguna de las obras citadas, aunque sea la novela gráfica, que se lee en una tarde.
- Acercarse a la historia de las islas con curiosidad, también a los colectivos LGTBI canarios que han trabajado por esta memoria durante años.
- Recordar que no fue solo Tefía. La misma ley se aplicó en cárceles y centros de toda la península, y cada provincia guarda todavía expedientes por estudiar.
- Volver a la playa después, sin culpa. La memoria no está reñida con el mar.
Si esta historia te remueve
Las historias de persecución pueden tocar heridas propias, sobre todo si has vivido rechazo en tu familia, en tu pueblo o en el colegio. No tienes por qué cargarlo a solas. En España puedes llamar al 024, la línea de atención a la conducta suicida, que también atiende a personas que lo están pasando mal, a cualquier hora y gratis. Si hay un peligro inmediato, el número es el 112. El Teléfono de la Esperanza atiende en el 717 003 717. Si estás fuera de España, en findahelpline.com puedes buscar el teléfono de ayuda de tu país. El planeta tiene además una página sobre salud mental en personas LGTBI con más recursos.
Lo que queda en la roca
Volvamos a la portada una última vez. Atardecer, lava negra, casas blancas, palmeras, un tritón de espaldas. Si uno no sabe nada de Tefía, es una postal camp, una broma con un título serio. Si uno sabe, es otra cosa. Es la imagen de alguien que se sienta en una roca canaria sin que nadie le obligue a picarla.
Hubo un tiempo en que el Estado decidió que esos hombres no podían vivir en ciertos lugares, que tenían que declarar dónde dormían, que había que separarlos del resto para que no contagiaran nada. Ese tiempo dejó papeles en un archivo de Las Palmas, una cantera en Fuerteventura y una lista de nombres que no se terminó de contar. Hoy deja también una ficha en el BOE, un albergue con placa, varias novelas, una serie y, de forma indirecta, canciones que se ríen de quien dice que algo no existe.
Los versos de «The Great Depression» que cierran la historia de aquel amor escondido sirven para cerrar también esta:
So I keep you folded in my chest, A quiet headline no one guessed.
Un titular callado que nadie adivinó, guardado y doblado en el pecho. Eso fue Tefía durante cuarenta años. Ahora es un titular a la vista de todos. Y el orgullo de cada día, el de salir a la calle, ir a la playa o sentarse en una roca con la cola rosa al sol, también es una manera de leerlo.
En Canarias, dicen, no existen las sirenas. Existían. Existen. Y ya no hace falta que nadie les dé permiso.
La canción está en Spotify dentro de «El día de la liberación». Las fuentes principales de este texto son el acuerdo de declaración de Lugar de Memoria Democrática, el libro coordinado por Guillermo Portilla Contreras en Ediciones Universidad de Salamanca y el reportaje de elDiario.es Canarias Ahora sobre los expedientes de «invertidos».
Preguntas frecuentes
¿Qué fue la Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía?
Un centro de reclusión del franquismo en Fuerteventura, abierto en 1954 y cerrado en 1966, donde se internó a hombres condenados por homosexualidad con la Ley de Vagos y Maleantes reformada en 1954, junto a otros presos. Los internos trabajaban en una cantera y pasaban hambre y malos tratos.
¿Cuántas personas pasaron por Tefía?
Las cifras cambian según la fuente. El acuerdo publicado en el BOE en 2026 habla de más de un centenar de reclusos; el investigador Víctor M. Ramírez calcula entre 300 y 350 internos en total, de los que unos veinte serían homosexuales. Lo honesto es decir que no hay una cifra cerrada.
¿Tefía es hoy un lugar de memoria?
Sí. En 2004 se colocó una placa, en 2008 se celebró allí un acto institucional el 17 de mayo y en febrero de 2026 la Secretaría de Estado de Memoria Democrática la declaró Lugar de Memoria Democrática. Las instalaciones principales funcionan como albergue juvenil.
¿Qué tiene que ver «En Canarias no existen las sirenas» con Tefía?
La canción no habla de Tefía. Su portada enseña un tritón con tupé, gafas de sol y cola rosa sentado en una roca de lava canaria, y su título niega que exista. Este artículo usa esa imagen para pensar en todo lo que se dijo que no existía y existía.
¿De qué disco es «En Canarias no existen las sirenas»?
Del tercer álbum de la trilogía GAYFOLK, «El día de la liberación», de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño.