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El país de las mil Marías y el arte de corregirse: «Tengo Argumento» frase a frase

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Portada de «Tengo Argumento», canción de Mike Sain't Louis

Cualquier aula de cualquier colegio español de los años setenta, ochenta o noventa. La maestra pasa lista. María. Responden tres a la vez. María José. María Jesús. María del Carmen. María del Mar. Al final la maestra se rinde y empieza a llamarlas por el apellido, o por el segundo nombre, o por un diminutivo que alguien inventó en el patio: Mari, Maripi, Marisa, Maite, Chari.

En España, decir María es no decir casi nada. Hay que precisar. Hay que añadir algo. Según las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística, María Carmen y María figuran desde hace años entre los nombres de mujer más frecuentes del país. Somos el país de las mil Marías.

Por eso tiene tanta gracia una canción que se dedica, durante casi dos minutos, a precisar de qué María habla:

«Me gusta / Está rica / Sabe a María»

Y en cuanto lo dice, se corrige. No esa María. La otra. Y luego otra. Y luego otra.

Esta crónica va de esas correcciones. De cómo «Tengo Argumento» convierte un problema muy español, el de las mil Marías, en una figura retórica y en un chiste. El diario ya contó el origen de cada María que aparece en la letra, la de las galletas y la de la copla. Aquí el planeta mira otra cosa: el mecanismo.

Una figura con nombre raro

Los manuales de retórica clásica tienen nombres complicados para gestos muy sencillos. Uno de ellos es la epanortosis, también llamada corrección. Consiste en decir algo y enseguida corregirlo para afinarlo o darle más fuerza. «Es bueno; mejor dicho, es buenísimo». «No te quiero; te adoro». «No es mi amigo, es mi hermano».

La epanortosis es una figura de oratoria, de discurso, de abogado que busca la palabra justa ante el jurado. Pero también es un recurso de la conversación de todos los días. Cuando alguien dice «no, espera, que me explico mal», está haciendo una epanortosis.

«Tengo Argumento» está hecha casi entera de esa figura. Cada estrofa tiene la misma estructura: «Pero no a María tal / Sino María cual». Una y otra vez. Es una canción que no deja de corregirse.

Y el planeta cree que precisamente ahí está su gracia. Porque una corrección que se repite tantas veces deja de ser una aclaración y se convierte en un juego. Ya no se corrige para que se entienda mejor. Se corrige por el placer de corregir.

Mari, Maite, Chari

El problema de las mil Marías no se resolvió solo con segundos nombres. Se resolvió, sobre todo, con diminutivos. El castellano tiene una fábrica entera de ellos. María Teresa se convierte en Maite. María Luisa, en Marisa. María del Pilar, en Maripili, o en Pili a secas. Rosario, en Chari. Dolores, en Lola. Concepción, en Concha o en Conchi. María Purificación, en Maripuri.

Los lingüistas llaman a estas formas hipocorísticos: nombres cariñosos, familiares, que se usan en casa y entre amigos. Y en España son tan comunes que muchas mujeres pasan la vida entera sin que nadie las llame por su nombre de pila.

El planeta trae esta lista porque «Tengo Argumento» hace lo contrario. En lugar de acortar el nombre para distinguirlo, lo deja entero y le cambia el apellido. No Maite ni Marisa, sino María Fontaneda, María de la O, María la religiosa, María la poderosa. Es otra forma de resolver el mismo problema. Y tiene su gracia que la solución de la canción suene a cartel de cabaret: María la Poderosa, como si fuera el nombre artístico de una vedette.

De María a marica

Hay un dato que el planeta no puede callarse, porque explica por qué una canción sobre Marías cabe con tanta naturalidad en un planeta llamado Gayfolk.

Fotogramas del videoclip oficial de «Tengo Argumento», de Mike Sain't Louis

El diccionario de la Real Academia Española explica que la palabra «marica» viene de Marica, que es un diminutivo de María. Es decir: el insulto más viejo contra los hombres homosexuales en castellano nació de un nombre de mujer, el más común de todos. Llamar a un hombre «marica» era, en origen, llamarle María. Feminizarlo con el nombre más corriente.

Con los años, la comunidad se ha ido quedando con esa palabra y le ha dado la vuelta. Hoy muchos la usan con orgullo, entre amigos, en canciones. En el propio planeta hay una canción que se llama «Marica Chill».

Visto así, «Tengo Argumento» tiene una capa más. Una canción entera sobre Marías, en un disco gay, es casi una canción sobre el origen de una palabra. El planeta no sabe si la letra lo pensó. Pero el eco está ahí, y es difícil no oírlo una vez que se sabe: detrás de cada María hay una marica esperando.

Primera María: la de las galletas

La primera María que se descarta es la de las galletas: «Pero no a María Fontaneda».

El diario ya contó con detalle la historia de la galleta María, así que el planeta solo apunta una cosa. La galleta María es, probablemente, el sabor más compartido de la infancia española. La que se mojaba en la leche del desayuno. La de la merienda. La de la tarta de galletas con chocolate en los cumpleaños. Fontaneda, la marca de Aguilar de Campoo, en Palencia, es una de las que más asociadas quedaron a ese nombre.

Decir «sabe a María» y pensar en galletas es lo más natural del mundo. Por eso la canción empieza descartándola. Es la María más obvia, la que cualquiera pensaría primero. Y la letra la aparta con un gesto rápido, como quien aparta un plato que no ha pedido.

Segunda María: la de la copla

La segunda María es «María de la O». Y luego viene un verso aclaratorio que el planeta va a parafrasear: la letra precisa que no se refiere a la intérprete famosa, sino a su amante.

María de la O es, por un lado, una advocación de la Virgen. La Virgen de la O, la de la Expectación, tiene en el barrio sevillano de Triana una hermandad muy querida. Y por otro, es el título de una de las coplas más conocidas del repertorio clásico, la de la gitana rica que no es feliz con su dinero, firmada por Salvador Valverde y Rafael de León, con música de Manuel Quiroga. El planeta ha hablado más de una vez de la relación entre la copla y lo queer, y esta María está en el centro de esa tradición.

Aquí la canción hace una corrección dentro de la corrección. No solo descarta a la María de las galletas para pasar a la de la copla. Descarta también a la intérprete de la copla. Es como abrir una muñeca rusa y encontrar otra dentro, y luego otra.

Tercera María: la religiosa

La segunda estrofa cambia de terreno: «Pero no a María la religiosa / Sino María la poderosa».

Aquí la María descartada es la más grande de todas. La Virgen. La que da nombre a todas las demás. En un país de tradición católica, casi todas las Marías lo son por ella: María del Carmen, María de los Dolores, María del Pilar, María del Rocío, María de la Esperanza. Cada advocación de la Virgen se convirtió en un nombre de mujer.

Descartarla es un gesto de cierta osadía. No es lo mismo apartar una galleta que apartar a la Virgen. Pero la canción lo hace sin solemnidad, con la misma ligereza con que apartó a las anteriores. No hay blasfemia. Hay juego.

Y lo que pone en su lugar es curioso: «María la poderosa». El poder, que en la tradición católica también es atributo de la Virgen, aquí se lo queda otra María. Una que no es santa, pero que manda.

La exuberante, la importante

La lista de adjetivos de esa última María es una pequeña sinfonía de terminaciones: «La exuberante, la importante / María mi amante».

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «Pero no a María la religiosa Sino María la poderosa» de «Tengo Argumento»

El planeta se fija en la rima. Exuberante, importante, amante. Tres palabras que terminan igual, en una cadena que va cerrándose sobre la última. Es un recurso muy de copla, muy de pasodoble, muy de esas letras que encadenan adjetivos para hacer subir la emoción.

Y es también una pequeña parodia. Porque los adjetivos son grandilocuentes. Exuberante, importante. Es la forma en que se habla de una diva, de una reina, de una estrella. Y al final, en vez de una diva, aparece la amante. La palabra más íntima de todas, después de dos palabras públicas.

La canción juega así con las expectativas. Construye un pedestal y luego pone encima a alguien que no esperábamos.

¿Quién es la última María?

Llegados aquí, cualquier oyente se hace la pregunta. ¿Quién es esa María que no es la de las galletas, ni la de la copla, ni la Virgen? ¿Quién es la amante?

La canción no lo dice. Y el planeta no va a decidirlo por nadie.

Lo que sí puede señalar es que en la calle española la palabra «maría», con minúscula, tiene otro significado muy conocido: es uno de los nombres coloquiales de la marihuana. Esa María que «está rica», que «me gusta», que es «poderosa» y «exuberante», con la que alguien no quiere hacer un trío, admite esa lectura. Pero también admite la de una mujer, la de un hombre con nombre de mujer, la de un personaje inventado.

Lo bonito de la letra es que no cierra la puerta. Deja que cada oyente ponga su María. Y esa ambigüedad es parte del juego: después de descartar tantas Marías obvias, la última es precisamente la que no se puede fijar.

Me gusta, está rica

Hay que volver al principio, a los tres versos que arrancan la canción y que vuelven una y otra vez: «Me gusta / Está rica / Sabe a María».

Son tres frases muy cortas, casi infantiles. Me gusta. Está rica. Las que dice un niño cuando prueba algo. Y luego, sabe a María. Que es una frase que a un niño español de los ochenta le sonaría a galleta sin pensarlo.

El planeta cree que esa sencillez está buscada. La canción empieza en la cocina, en el plato, en el paladar. Y desde ahí va saliendo hacia otras cosas: la copla, la religión, el amor, el sexo. Es un camino que va del gusto al deseo. De lo que se come a lo que se quiere.

En el diario hay un artículo sobre la comida y el camp, sobre cómo la cocina ha sido siempre un terreno de juego para la cultura gay. «Tengo Argumento» es un buen ejemplo. Habla de sabores para hablar de otra cosa.

Veinte años de novio

En medio de tanto juego aparece de pronto una historia. Un verso largo, casi prosa, que rompe el ritmo de la canción: «Me iba a casar con mi novio de hace veinte años / Pero no quería un trío con María, así que le mandé a freír espárragos».

Collage con un detalle de la carátula de «Tengo Argumento» y las carátulas de «Voy a olvidarme de ti», «Extravaganza», «Marica Chill»

Es una anécdota de sobremesa contada en una línea. Una boda que no fue. Un novio de veinte años. Un trío con María que alguien no quería. Y la resolución: mandarlo a freír espárragos.

El planeta no va a especular sobre los detalles de esa historia. La letra la cuenta en clave de humor y así hay que leerla. Lo que interesa es el contraste. Después de tantas estrofas cortas, de tanto juego de palabras, aparece una frase larga y torpe a propósito, con la gramática de alguien que cuenta algo deprisa, sin preocuparse de que quede bonito. Es la vida metiéndose en la canción.

Y la frase tiene su propia corrección escondida. Me iba a casar, pero no. Es la última epanortosis: no la boda, sino los espárragos.

Freír espárragos

La expresión «mandar a freír espárragos» es una de esas joyas del castellano coloquial que todo el mundo usa y nadie sabe muy bien de dónde viene. El diccionario de la Real Academia la recoge como una manera coloquial de despedir a alguien con aspereza o con desprecio.

Sobre su origen hay varias explicaciones, ninguna del todo segura, y el planeta no va a elegir una. Lo que sí tiene claro es por qué funciona tan bien en la canción. Freír espárragos es una tarea absurda, doméstica, sin importancia. Mandar a alguien a hacerla es quitarle toda la solemnidad a la ruptura.

Después de veinte años de novio, uno esperaría una despedida dramática. Lágrimas, reproches, puertas que se cierran. La canción la resuelve con una frase de abuela enfadada. Y eso tiene mucho de humor como forma de supervivencia, del que el diario ha hablado otras veces: reírse de lo que duele para que duela menos.

En la última repetición de ese verso, la letra añade una coletilla: «y así nos ahorramos desengaños». Como quien dice que, al final, ha sido lo mejor para todos.

Rica, rica y con fundamento

Casi al final aparece el verso que da título a la canción: «Rica rica con fundamento, tengo argumento».

Cualquier español que haya encendido la tele a mediodía en las últimas décadas reconoce la primera parte. «Rica, rica y con fundamento» es la coletilla de Karlos Arguiñano, el cocinero vasco que lleva desde los años noventa enseñando recetas en televisión con chistes, canciones y consejos de abuelo.

La canción coge esa frase y le añade una rima: con fundamento, tengo argumento. Y el planeta cree que en esa rima está el corazón de todo.

Tener argumento significa tener razones. Tener algo que defender. Después de toda una canción de correcciones, de no esta sino aquella, la protagonista se planta: tengo argumento. Sé de qué María hablo. Sé por qué mandé al novio a freír espárragos. Tengo mis razones.

Es la última corrección y la más importante. No una duda más, sino una afirmación.

Una canción que gira

«Tengo Argumento» es una canción muy corta. El vídeo dura menos de dos minutos. Y en ese tiempo repite su estructura varias veces, con mínimas variaciones. Las mismas Marías, los mismos descartes, el mismo novio, los mismos espárragos.

Esa repetición tiene algo de juego infantil. De retahíla. De esas canciones que se recitan en el patio dando palmas, en las que el placer está precisamente en que todo vuelve. Nadie se cansa de las retahílas. Al contrario. Cuanto más se repiten, más gracia tienen.

El planeta recuerda las canciones de comba, las de palmas, las de corro. Muchas de ellas tienen nombres de mujer. Y muchas funcionan exactamente igual: nombrar, descartar, volver a empezar. «Tengo Argumento» tiene algo de eso, una canción de patio para adultos con un humor que en el patio no se habría permitido.

Y como en las retahílas, la gracia no depende de entender cada palabra, sino de seguir el ritmo. Uno puede perderse una María, saltarse un descarte, no saber quién era la intérprete de la copla, y aun así seguir la canción de principio a fin. El ritmo de la corrección arrastra. No esta, sino aquella. No aquella, sino la otra. Hasta que el oído espera la siguiente corrección antes de que llegue, y la disfruta cuando por fin aparece.

Corregirse como forma de vida

Hay una lectura más seria de la canción, y el planeta no quiere dejarla pasar.

Ficha de la canción «Tengo Argumento» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

Corregirse es, en el fondo, un gesto de libertad. Quien se corrige está diciendo que lo primero que dijo no era exactamente lo que quería decir. Que hay una versión más precisa. Que puede cambiar de opinión.

Para mucha gente LGTBI, la vida ha sido una larga corrección. Primero te dicen quién eres, y luego tú corriges. No soy lo que creíais. No me gusta quien pensabais. No me voy a casar con quien esperabais. Cada salida del armario es una epanortosis: no eso, sino esto.

«Tengo Argumento» no habla de eso directamente. Es una canción de humor. Pero su estructura, la de corregir una y otra vez hasta llegar a lo que uno quiere decir, se parece mucho a ese proceso. Y el final, «tengo argumento», es la conclusión de alguien que por fin se ha corregido hasta encontrarse.

El primer disco

«Tengo Argumento» está en «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK. Es una de sus canciones más juguetonas, y tiene sentido que esté ahí. El primer disco es el del descubrimiento, y descubrir también es aprender a nombrar.

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escribió una letra que depende casi entera del lenguaje: de los nombres, de las expresiones hechas, de las coletillas de la tele. La música y las voces están hechas con inteligencia artificial. El texto es lo que lleva el peso, y es un texto que cualquiera que haya crecido en España entiende a la primera, porque está hecho con materiales de la vida diaria.

En la misma línea de canciones que juegan con la tradición española, el planeta recomienda escuchar después «Voy a olvidarme de ti», que trabaja la copla desde el desamor.

Dónde escucharla

La canción tiene vídeo en la web y está en Spotify. Dura poco, así que el planeta recomienda escucharla dos veces seguidas. La primera para reírse. La segunda para fijarse en las correcciones.

Y quien quiera datos sobre el proyecto, la trilogía y las fechas, los tiene en la sala de prensa.

La lista de clase

Vuelta al aula del principio. La maestra que pasa lista y se encuentra con tres Marías a la vez. Lo que hacía, al final, era lo mismo que hace la canción: precisar. María, ¿cuál? La de la primera fila. La rubia. La de Paco. La del pueblo.

Cada una de esas precisiones era, en el fondo, una pequeña epanortosis. No María, sino María la rubia. Y cada niña aprendía muy pronto que su nombre necesitaba un complemento para existir.

«Tengo Argumento» lleva esa experiencia tan española a su extremo cómico. Descarta Marías hasta quedarse con una que nadie puede identificar. Y en ese gesto hay algo muy liberador. Porque al final, la María de la canción no es ninguna de las que conocemos. Es la que cada uno quiera.

Me gusta. Está rica. Sabe a María. Y quien pregunte cuál, que se ponga a la cola. La canción tiene argumento para todas.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Tengo Argumento»?

Es un juego de palabras alrededor del nombre María. La letra va nombrando Marías conocidas, la de las galletas, la de la copla, la religiosa, y las descarta una a una para quedarse con otra: «María mi amante». En medio cuenta, con humor, que una boda con un novio de veinte años se fue al traste.

¿Qué es la epanortosis?

Es una figura retórica que consiste en corregir lo que se acaba de decir para precisarlo o darle más fuerza, del tipo «no esto, sino aquello». «Tengo Argumento» está construida casi entera sobre ella.

¿Qué significa «mandar a freír espárragos»?

Es una expresión coloquial española que significa despedir a alguien de malos modos o con desprecio. El diccionario de la Real Academia la recoge en ese sentido.

¿En qué disco está «Tengo Argumento»?

En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. La ficha del single la fecha el 24 de mayo de 2026.

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