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Un coche oxidado en un campo de trigo y una máscara en el porche: el videoclip de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»

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Fotograma de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»: un coche antiguo y oxidado, abandonado entre la hierba alta de un campo dorado, con un bosque al fondo

El videoclip de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» es un velatorio con invitados de película de miedo. Por la pantalla pasan caras agrietadas que lloran, un hombre con un hacha bajo la luna llena, un payaso en un callejón mojado, una máscara blanca en un salón con lámparas de los setenta, un muñeco con los ojos encendidos y un cura bajo la lluvia. Entre medias, de vez en cuando, un paisaje en calma: un bosque oscuro, una ciudad al atardecer, un coche abandonado en un campo dorado.

Salió el 22 de noviembre de 2024, con cuatro minutos y veintidós segundos de metraje. Se puede ver en la ficha del vídeo y la canción se escucha en Spotify. En el diario ya hay una lectura de la letra como un funeral ensayado. Esta nota va por otro lado: va plano a plano, mirando qué enseña la cámara mientras la letra hace recuento de quién iría a despedirse.

Una cara de barro

El vídeo arranca con un primer plano enorme de un hombre con barba. Tiene la piel llena de grietas, como si fuera de barro seco o de una estatua que se está cuarteando. Encima, en letra rosa de neón, escrita a mano, aparece el nombre de Mike Sain't Louis y el título entero de la canción.

Es una portada rara para un vídeo: no hay paisaje, no hay acción, solo una cara que parece a punto de romperse. Pero tiene sentido. La canción habla de lo que queda de alguien cuando ya no está, y lo primero que enseña es una cara que ya se está deshaciendo. Esa piel cuarteada va a volver muchas veces, con lágrimas, con sombras, con pintura de calavera. Es el hilo del clip.

La cabaña y el jersey de rayas

Corte a una cabaña de madera con luz cálida, ventanas pequeñas y muebles viejos. Dos figuras de pie. Una lleva un jersey de rayas rojas y verdes, la cara desfigurada y un sombrero que se adivina. La otra parece más joven, con camisa clara y cara de no saber muy bien qué hace ahí.

Cualquiera que haya visto cine de terror de los ochenta reconoce ese jersey. No hace falta decir el nombre del personaje: el vídeo juega a que lo reconozcas, como en esas fiestas de disfraces en las que nadie se presenta porque el disfraz ya lo dice todo. Es el primer invitado del velatorio, y llega con el atuendo de las pesadillas de sesión doble.

La letra, mientras, empieza a hacer cuentas:

Dos amigos, como mucho,

tal vez uno.

Esa forma de contar, rebajando la cifra antes de terminar la frase, es lo más gracioso y lo más triste de la canción. Ni siquiera se permite el consuelo de un número redondo.

El salón rojo

Después aparece un hombre elegante, con barba cuidada y traje negro, de pie en un salón rojo con candelabros encendidos detrás. Es el plano más lujoso del principio. Parece el anfitrión de una cena de gala o el dueño de una casa donde va a pasar algo malo.

Lo interesante de este personaje es que no hace nada. Mira a cámara, quieto, mientras la canción sigue con la lista de los que estarían en el entierro. Es como el maestro de ceremonias que espera a que entren los invitados. Y los invitados, ya lo hemos visto, no son precisamente los que uno pondría en una esquela.

Caras en la oscuridad

Durante un buen rato el vídeo se vuelve muy oscuro. Primeros planos de caras iluminadas desde arriba, con los ojos metidos en sombra. Una cara que asoma del negro, apenas un pómulo y una ceja. Otra con una lágrima que parece de sangre bajando desde el ojo.

Son planos casi de estudio fotográfico, de retrato en blanco y negro con un solo foco. Y son los momentos en los que la canción se pone más seria. Hay un verso sobre la familia de sangre, otro sobre la última pareja que también se aleja, otro sobre el último novio. El vídeo no ilustra ninguno de esos versos con personas concretas. Los deja sobre caras anónimas, que no son de nadie. Me parece la decisión correcta: la canción habla de una despedida imaginada, y el clip no le pone cara a ninguno de los que faltarían.

Un cura bajo la lluvia

A los veinte segundos más o menos aparece el primer cura. Un hombre mayor, con el pelo gris, alzacuellos y sotana, de pie bajo una lluvia fina, con un fondo verde y gris de árboles mojados. Tiene cara de pocos amigos, de alguien que viene a cumplir con su obligación y no espera que le den las gracias.

Cuatro momentos de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto»: el coche oxidado entre la hierba, un hombre con la cara pintada de calavera, un payaso en un callejón y un cura bajo la lluvia

La letra lo menciona como el que quiere dar la extremaunción y con el que la despedida acaba a malas. Es el único personaje de la canción que tiene una escena casi completa, con su llegada, su intento y su salida, y es también uno de los pocos que el vídeo enseña sin disfraz de monstruo. Vuelve al final, como veremos, con la cabeza gacha en un bosque de invierno.

La máscara azul en el bosque

Un encapuchado con una máscara azul metálica, sin rasgos, de pie en mitad de un bosque atravesado por rayos de luz. No se mueve. La luz le da desde atrás y le hace brillar la máscara como si fuera de cristal.

La escena tiene algo de cuadro religioso, por esos rayos que bajan entre los árboles, y algo de película de asesinos, por la capucha y la cara tapada. Rezo y amenaza en el mismo encuadre. Y eso es justo lo que hace la canción con el funeral: lo mira como rito solemne y como escena de miedo al mismo tiempo.

El hacha y la luna

Uno de los personajes que más se repite es un hombre con camisa de cuadros, la cara manchada, sosteniendo un hacha en un bosque verde con la luna llena detrás. Aparece varias veces, de cuerpo entero y en primer plano, siempre con esa luz verdosa que parece de linterna de acampada.

Es el monstruo más clásico del vídeo. El de las películas de cabañas en el bosque, adolescentes perdidos y un leñador que no es leñador. Y funciona aquí como figura de lo que se teme sin saber muy bien por qué. No hace nada en concreto. Solo está. Como el miedo a morir solo, que tampoco hace nada en concreto y sin embargo no se va.

El universo tiene otras canciones que juegan con el cine de miedo, como «La casa de los mil cadáveres» y «Como en la matanza de Texas», y el diario tiene una nota sobre el cine de terror y la cultura queer. Este vídeo es primo de todas ellas.

Lágrimas en la piel agrietada

Vuelve la cara de barro del principio, ahora más cerca. Las grietas recorren la frente, las mejillas, la nariz. Y por esas grietas bajan lágrimas. Es una imagen muy potente: alguien que llora y cuya piel se rompe al mismo tiempo, como si el llanto fuera lo que lo agrieta.

Es el momento más triste del clip. Y llega justo cuando la letra suelta el estribillo por primera vez:

Nadie hablará de mí cuando haya muerto,

Lo bonito es que el vídeo no subraya la frase con nada espectacular. No hay tumba, no hay ataúd, no hay cementerio todavía. Hay una cara que llora y se rompe. Y eso basta.

Una puerta verde en la oscuridad

Hay dos planos seguidos que parecen sacados de una película de fantasmas. Primero, una puerta abierta en la oscuridad total, con una luz verde que sale de dentro. Después, una silueta humana en mitad de una niebla verdosa, sin rasgos, como si viniera hacia la cámara o se alejara de ella.

Es la imagen del más allá, o del pasillo por el que uno se va. El vídeo no la explica. La deja ahí unos segundos y vuelve a las caras. Esa manera de montar, de alternar retratos con espacios vacíos, le da al clip un ritmo de respiración: cara, vacío, cara, vacío.

Una tele con nieve

Una habitación polvorienta, con una butaca vieja y una televisión de tubo encendida, solo con nieve en la pantalla. No hay nadie. La luz entra por una ventana del fondo.

Es uno de mis planos favoritos, porque condensa la canción en una sola imagen doméstica. La tele que sigue encendida en una casa donde ya no hay nadie para verla. La vida que sigue funcionando, como si nada, después de que alguien se ha ido. Sin dramatismo, con polvo.

El hombre del traje marrón

Después aparece un personaje inquietante: un hombre de pelo engominado, traje marrón de solapas anchas, corbata naranja y una sonrisa demasiado fija, sentado delante de una pared llena de bombillas rojas. Parece el presentador de un concurso de los setenta, o el psiquiatra amable de una película de asesinos educados.

Cartel con el verso sobre no haber existido nunca, de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto», sobre un escenario con foco rosa del Planeta Gayfolk

Vuelve varias veces, cada vez más cerca, con la sonrisa cada vez más rara. Es el más teatral de los invitados. Y tiene algo de comentarista: es como si fuera uno de los que, en el velatorio, dirán eso que la canción pone entre comillas:

"Ya sabes, tenía su carácter".

Esa frase es una de las más crueles de la canción, precisamente porque es tan normal. Es lo que se dice en los tanatorios de quien no caía del todo bien. Y en boca de un hombre con esa sonrisa, suena todavía peor.

El taller

Un plano de interior con dos hombres de aspecto rudo, uno con delantal, en un cuarto lleno de herramientas y una lámpara de techo. Recuerda a esas cocinas de casa de campo donde las películas de terror esconden lo peor. No pasa nada. Están ahí, mirando.

La pelirroja del cementerio

Hacia el minuto y medio, el vídeo nos lleva por fin al cementerio. Una mujer pelirroja, con vestido azul, de pie entre cruces de piedra y hierba alta, con un cielo blanco detrás. Mira a cámara con una seriedad que da un poco de miedo.

La letra acaba de nombrar a alguien que hará lo del demonio pelirrojo con Antonio Recio:

Saltar encima de mi tumba

Antonio Recio es el pescadero de «La que se avecina», uno de los personajes más famosos de la comedia española, y la referencia es puro humor televisivo de sobremesa. El vídeo, en lugar de poner a nadie saltando, pone a la pelirroja quieta entre las tumbas. La broma se queda en la letra y la imagen se queda con el escalofrío.

Ojos que brillan

Una habitación en penumbra con luz azul y una lámpara redonda en la pared, como un ojo de buey. Una silueta sentada en un sillón con los ojos encendidos, dos puntos de luz amarilla en mitad de la sombra. Aparece varias veces, cada vez desde un ángulo un poco distinto.

Es el monstruo más misterioso del vídeo, porque no tiene disfraz reconocible. Solo ojos. Y en una canción sobre si alguien te recordará, unos ojos que miran desde la oscuridad tienen algo de testigo. Alguien que está ahí, aunque no hable.

El payaso del callejón

Un payaso con nariz roja y maquillaje blanco camina por un callejón estrecho, mojado, entre paredes de ladrillo y escaleras de incendios. Lleva algo en la mano. La calle está vacía.

Es el invitado más reconocible de toda la galería, porque el payaso de miedo es ya un clásico de cualquier fiesta de disfraces. Y su aparición aquí tiene gracia: en un funeral imaginario donde no va casi nadie, viene un payaso. Es una broma muy de este planeta, la de colar lo ridículo en lo solemne sin pedir permiso.

Dos ancianos sobre la chatarra

Entre lo más raro del montaje está esto: una pareja de ancianos sentados uno junto al otro, en lo alto de una montaña enorme de chatarra, muebles rotos, bolsas y escombros. Ella con pañuelo, él con gorra. No hablan. Miran el horizonte.

No es un plano de miedo. Es un plano de tristeza, casi de cine social. Y llega cuando la canción dice que en dos semanas todo es pasado:

y será como si nunca hubieras existido.

Esa montaña de cosas viejas es la imagen perfecta de lo que se acumula y luego se tira. Y los dos ancianos encima, juntos, son la única pareja tranquila del vídeo. Me gusta pensar que son lo contrario del miedo de la canción: dos personas que, al menos, se tienen la una a la otra en lo alto del vertedero.

Madrid al atardecer

De repente, sin aviso, un plano de una ciudad al anochecer, con cuatro rascacielos altísimos recortados contra un cielo azul y naranja, y un mar de luces debajo. Son las torres del norte de Madrid, el perfil que se ve desde cualquier punto alto de la ciudad. Aparece dos veces.

Mosaico con la carátula de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» junto a las de «La casa de los mil cadáveres», «Punto muerto» y el primer disco

Es el único plano reconocible de un lugar real. Y está ahí como recordatorio de dónde sale todo esto. La canción no es un funeral en un castillo de película: es un funeral en una ciudad concreta, con su tráfico, sus luces y su gente que mañana seguirá con lo suyo.

Un coche en el campo

Elegí para la portada un plano que dura muy poco. Un coche antiguo, oxidado, abandonado en mitad de un campo de hierba alta y dorada, con un bosque al fondo y un cielo de verano. No hay nadie dentro. No hay carretera. Solo el coche, quieto, comiéndoselo la hierba.

Es la imagen más serena del vídeo, y también la más clara. Así es como se queda una cosa cuando nadie habla de ella: ahí, sin que nadie la mueva, hasta que el campo la cubre. No necesita monstruo ni máscara. Es la versión tranquila de la frase del estribillo.

La máscara blanca en el salón

Hacia el final, el monstruo protagonista es un encapuchado con una máscara blanca, de ojos rasgados y boca abierta, sentado en un salón de los años setenta: sofás de terciopelo, lámparas de pie con pantalla, paredes de madera. Mira a cámara. Se inclina un poco. Vuelve a mirar.

Es el monstruo más cercano de todos, porque está en un salón como el de cualquier casa de los abuelos. Ya no en un bosque, ni en un callejón, ni en un cementerio. En casa. Y ese cambio de escenario dice algo: el miedo a no importar a nadie no vive en los sitios raros. Vive en el sofá de siempre.

La calavera pintada

Entre las apariciones de la máscara, el vídeo intercala a un hombre con barba y la cara pintada de calavera, con humo rosa detrás. Los ojos rodeados de negro, los dientes dibujados sobre los labios, el cuello pintado como una columna vertebral.

Es el maquillaje del Día de Muertos, el de las fiestas en las que la muerte se celebra con flores y colores en vez de con luto. Y entre tanta máscara de miedo, esta cara tiene algo de alegre. Es la misma muerte, pero vestida de fiesta. Si el clip tuviera una conclusión, estaría en esa calavera con humo rosa.

El muñeco de ojos rojos

En una habitación con luz morada y fucsia, un muñeco de ventrílocuo con capa negra, pelo engominado y los ojos rojos encendidos. Sonríe con una boca de madera. Aparece en tres o cuatro planos seguidos.

Es el invitado más infantil y más siniestro a la vez. Y su presencia le da al final del vídeo un aire de atracción de feria, de túnel del terror de las fiestas del pueblo, donde los monstruos se encienden al paso del vagón. Que es, en el fondo, lo que es este clip: un túnel del terror por el que la canción pasea al que escucha.

El cura en el bosque de invierno

Y vuelve el cura. Ahora en un bosque sin hojas, con un cielo blanco de invierno, la cabeza gacha, las manos juntas. Ya no está bajo la lluvia ni con cara de enfado. Está solo, rezando o pensando. Es un plano muy corto y muy triste.

La letra lo había despedido de malas maneras, y el vídeo le da un último plano de dignidad. No lo convierte en monstruo. Lo deja ahí, en su bosque, con su silencio. Es una forma elegante de cerrar esa historia.

El callejón, el muro y el túnel

En la recta final, un hombre con sombrero y abrigo largo camina de espaldas por un callejón de ladrillo. Después, en blanco y negro, una figura encapuchada de cara a un muro de piedra, como castigada. Y luego esa misma figura entrando en un túnel de piedra, cada vez más pequeña, hasta que la oscuridad se la traga.

Es la salida del velatorio. El que se va, se va por un túnel. El vídeo no enseña adónde lleva. Solo enseña que se entra y que no se vuelve a ver.

El porche con el cuchillo

El último monstruo es el más inquietante: la figura de la máscara, con una túnica verde, de pie delante del porche de una casa con las ventanas encendidas y macetas en la entrada, sosteniendo un cuchillo. La casa parece acogedora. La figura no.

Tarjeta de «Nadie hablará de mí cuando haya muerto» en el primer volumen GAYFOLK: letra, composición y producción de Mike Sain't Louis

Es la imagen típica del cartel de película de miedo de los ochenta, la de la casa tranquila con el peligro en la puerta. Y entre plano y plano de ese porche, el vídeo intercala primeros planos en blanco y negro del hombre de barba del principio, ya sin grietas, con los ojos muy abiertos. Como si se hubiera despertado de la pesadilla.

Un final en rosa

Y entonces, el último cartel. Todo cambia. Un fondo de planeta rosa enorme, flores, tres hombres con esmoquin, uno de ellos con chaqueta de flores, y encima la firma del autor junto al título del disco: «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk».

Después de cuatro minutos de monstruos, el rosa entra como una bocanada de aire. Es el planeta, el sitio al que vuelven todas las canciones. Y es una respuesta silenciosa a la frase del título: puede que nadie hable de uno el día del entierro, pero mientras tanto hay un planeta entero lleno de canciones, colores y gente con esmoquin.

Por qué tantos monstruos

La canción imagina el propio funeral con amargura y con mucho humor. Hace recuento de los que irían, apunta lo que dirían y se ríe de los que saltarían encima de la tumba. El vídeo podría haber ilustrado eso con un tanatorio, un ataúd y cuatro personas mirando el reloj. Habría sido literal y aburrido.

En lugar de eso, convierte el velatorio en un desfile de figuras de cine de miedo. Y eso tiene dos efectos. Por un lado, quita peso a la tristeza: es difícil hundirse del todo cuando aparece un payaso en un callejón. Por otro, la agranda: porque los invitados que vienen a despedirte no son amigos, son monstruos. Las dos cosas caben en la misma canción, y el clip las mezcla sin pedir perdón.

Si el estribillo pesa más de la cuenta

Esta canción juega con una idea que a mucha gente le ha pasado alguna vez por la cabeza: la de que si desapareciera, nadie lo notaría. En la canción es humor negro, una escena de comedia amarga. Fuera de la canción, cuando esa idea se instala y no se marcha, merece salir de la cabeza: díselo a un amigo, a tu familia, a quien te atienda en el centro de salud o a un profesional de la psicología. Y si ese pensamiento empieza a parecerse a querer desaparecer de verdad, marca el 024. Es el teléfono contra el suicidio que funciona en toda España, gratis, a cualquier hora, y al otro lado hay gente preparada para escuchar sin sermones.

La propia canción, por cierto, tiene una respuesta escondida. Se escribió, se grabó, se montó un vídeo con decenas de planos y se publicó. Alguien que de verdad creyera que nadie va a hablar de él no se tomaría tantas molestias. La canción misma es la prueba de que hay cosas que contar y gente que las escucha.

Dónde encaja en la trilogía

«Nadie hablará de mí cuando haya muerto» forma parte del disco que abre la trilogía GAYFOLK, junto a otras canciones que miran de frente las rachas malas, como «Punto muerto». Es una de las más oscuras del disco y también una de las más cómicas, y esa mezcla es muy de la casa.

Dos imágenes para quedarse

Me quedo con dos. La primera, el coche oxidado en el campo dorado, quieto, con la hierba creciéndole alrededor. La segunda, la calavera pintada con humo rosa, la muerte vestida de fiesta.

Entre una y otra cabe toda la canción. Todos los clips del catálogo se pueden ver desde canciones, y quien escriba sobre el disco tiene material en prensa. Y si algún día te preguntas quién hablaría de ti, piensa en esto: ya hay gente leyendo una nota entera sobre una canción que decía que nadie lo haría.

Preguntas frecuentes

¿Cuándo salió el videoclip y cuánto dura?

Se publicó el 22 de noviembre de 2024 y dura cuatro minutos y veintidós segundos.

¿Por qué parece una película de terror?

Porque está montado como un desfile de figuras de miedo: un hombre con hacha, un payaso, una máscara blanca, un muñeco de ojos rojos. La canción habla del propio entierro con humor negro, y el clip lo convierte en una sesión de cine de madrugada.

¿Quién es el demonio pelirrojo?

La letra lo nombra junto a Antonio Recio, el personaje de la serie «La que se avecina». En el clip aparece una mujer pelirroja con vestido azul entre las cruces de un cementerio.

¿Es una canción triste?

Es amarga y también graciosa. Imagina un funeral con poca gente y comentarios a destiempo. Como toca la muerte y el miedo a no importar a nadie, el artículo incluye el 024.

¿En qué disco está?

En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer volumen de la trilogía GAYFOLK, con letra, composición y producción de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical con base en Madrid.

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