Planeta Gayfolk

Salud mental

La lista VIP del cielo y la cola del infierno: «Un invitado VIP cortando cebolla», puerta por puerta

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Portada de «Un Invitado VIP Cortando Cebolla», canción de Mike Sain't Louis

«Después de cuatro años como invitado Vip en el cielo.»

Todo el que ha salido de noche en Madrid conoce la diferencia entre estar en la lista y no estarlo. Estar en la lista es llegar a la puerta, decir tu nombre, ver cómo el de la carpeta lo busca con el dedo y te aparta el cordón rojo. No estar en la lista es la cola. La cola de las dos de la mañana, con el frío, con los tacones de otros pisándote, con el portero mirando por encima de tu cabeza como si fueras parte de la acera.

«Un invitado VIP cortando cebolla» va de eso. De alguien que estuvo cuatro años en la lista del cielo y un día, al llegar a la puerta, el de la carpeta no encontró su nombre.

Esta crónica recorre la canción puerta por puerta. Desde la entrada VIP hasta la última esquina de Madrid.

Primera puerta: el cielo con cordón rojo

Empecemos por lo que había antes, aunque la letra lo cuente en pasado y en una sola línea. Cuatro años. Invitado VIP. En el cielo.

No dice qué era ese cielo. Puede ser una relación, que en el catálogo los cielos suelen tener nombre de ex. Puede ser una etapa limpia, sin noches ni excesos. Puede ser las dos cosas, que muchas veces van juntas. La letra no lo concreta y aquí no se inventa. Lo que sí deja claro es el estatus: invitado VIP. No socio, no dueño, no residente. Invitado.

Y eso es importante. Un invitado está ahí porque alguien le ha puesto en la lista. Su sitio depende de otro. Cuando el anfitrión te borra, te quedas fuera aunque lleves cuatro años entrando sin hacer cola. Es una manera muy precisa, y muy triste, de describir lo que pasa cuando una relación se acaba y te das cuenta de que el cielo era suyo.

El portero

Toda lista VIP tiene un portero, y esta canción también, aunque no aparezca. Es el que decide quién entra en el cielo. Y la letra da pistas de quién es cuando, en la primera estrofa, dirige dos palabras a un «tú»: tu ausencia, tu indiferencia.

Es decir, el portero del cielo era una persona. Alguien cuya presencia era la entrada y cuya ausencia es la expulsión. Alguien que un día dejó de mirar al narrador, y con esa indiferencia le borró de la lista. No hizo falta un portazo. Bastó con dejar de buscarle con el dedo en la carpeta.

La indiferencia es, en el catálogo del planeta, uno de los castigos más repetidos. Hay canciones enteras sobre el silencio, sobre el frío, sobre el corazón congelado. Aquí aparece en una sola palabra, alargada con todas sus aes, y es suficiente. El portero no te echa: simplemente deja de verte. Y tú te quedas en la acera sin saber muy bien qué ha pasado.

Cuatro años

Un número, antes de seguir. Cuatro años. Es el tiempo que dura una carrera universitaria, un mandato político, un mundial de fútbol a otro. Es tiempo suficiente para acostumbrarse. Para pensar que la lista VIP es tu sitio natural. Para olvidar el camino de vuelta al infierno.

Y por eso la caída duele tanto. Si hubiera sido una semana, el narrador no habría perdido la costumbre de la cola. Pero cuatro años de entrar sin esperar te ablandan. Te olvidas de cómo se aguanta el frío de la acera. La recaída no solo te devuelve al infierno: te devuelve sin abrigo.

La letra no da más detalles sobre esos cuatro años. No dice si fueron felices de verdad o solo tranquilos, si fueron con alguien o en soledad. Solo los mide. Y esa medida, sola, ya es un dato emocional: cuatro años es mucho tiempo para no saber que se podía acabar.

La ensalada

Una pregunta tonta, de las que hacen los niños, pero que tiene su miga. ¿Qué ensalada?

Fotogramas del videoclip oficial de «Un invitado VIP cortando cebolla», de Mike Sain't Louis

La letra dice que el narrador se acaba de hacer una ensalada. Con cebolla, claro. Y uno se imagina la escena absurda: un señor que vuelve de la sauna a las seis de la mañana, entra en la cocina, coge una tabla y se pone a picar cebolla para una ensalada que nadie va a comer.

Es una imagen de comedia, de sketch de televisión. Y, al mismo tiempo, tiene algo de verdad. Hacerse una ensalada es cuidarse. Es lo que se hace los lunes cuando uno decide empezar la dieta, lo que se hace cuando se quiere comer sano, lo que se hace cuando se intenta volver a una rutina. La excusa de la cebolla esconde, sin quererlo, un deseo: el de estar en una cocina, de día, preparando algo que alimente, en lugar de estar en la calle, de noche, con los ojos rojos.

Quizá por eso la excusa es tan buena. Porque es mentira en los hechos y verdad en el deseo.

Segunda puerta: la vuelta

Y entonces, la frase que da la vuelta a todo:

«Hoy es mi vuelta a los infiernoooooooos / Después de cuatro años como invitado Vip en el cielo»

La vocal alargada de «infiernos» es de las más famosas del catálogo. La guía de estilo de la casa la cita como ejemplo de alargamiento en el clímax, y con razón. Hay algo cómico en esas oes que no se acaban, como un grito de folclórica en un tablao o como el aullido de un perro en una película de miedo. Y hay algo trágico debajo, porque lo que se alarga es la caída.

Fijaos en el verbo: «vuelta». No es la llegada a los infiernos. Es la vuelta. El narrador ya había estado allí antes de los cuatro años de cielo. Conoce el sitio. Sabe dónde está la barra y dónde el baño. La recaída es eso: volver a un lugar que conoces demasiado bien.

El diario ya habló de esta canción como la recaída y la excusa perfecta, con el foco puesto en la salud mental. Esta crónica no quiere repetir esa lectura, que está bien hecha. Se queda con la imagen de la discoteca: el cielo con lista VIP y el infierno con cola.

Tercera puerta: los licores modernos

«Hoy es mi vuelta a los licores modernooos.» Otra vocal alargada, y otra puerta.

Licores modernos. La expresión tiene gracia porque suena a anuncio de bebida de los ochenta, de esas botellas de colores que se ponían en las estanterías de los pubs con luz negra. Y tiene más gracia todavía si se sabe que es también el título de otra canción del catálogo, «Licores modernos», en el tercer disco de la trilogía. El planeta tiene esa costumbre: un verso de una canción se convierte en título de otra, como un personaje secundario que acaba teniendo su propia serie.

Aquí los licores modernos son la puerta del infierno. La primera copa después de cuatro años sin ella, o sin tantas. El narrador no la describe con placer. La describe como un regreso. Lo que sigue lo confirma.

Hay un detalle de vocabulario que merece atención. En las canciones de fiesta, la bebida suele tener nombre de marca o de cóctel: el gin-tonic, el ron con cola, el chupito de tequila con su limón y su sal. Aquí no. Aquí es «licores modernos», una expresión genérica, casi de catálogo de distribuidora, como si al narrador le diera igual qué hay en el vaso. Y probablemente le da igual. En una recaída la bebida no se elige por el sabor. Se elige por lo que hace. El adjetivo «modernos» tiene además un retintín irónico: no hay nada moderno en volver a lo de siempre. Lo moderno, en todo caso, era lo de antes, los cuatro años de cielo, la vida nueva que se ha deshecho en una noche.

Cuarta puerta: la ansiedad en el ropero

Antes de llegar a la pista, hay que dejar el abrigo en el ropero. Y lo que el narrador deja, o lo que no consigue dejar, es una lista de pesos con rima en «-encia»:

Mike Sain't Louis junto a una fuente que refleja un planeta magenta, con el verso «Hoy es mi vuelta a los infiernoooooooos Después de cuatro años como invitado Vip en el cielo» de «Un invitado VIP cortando cebolla»

«Tu ausenciaaaaaaaaa / Tu indiferenciaaaaaaa».

Y en la segunda estrofa, el espejo: «Mi demenciaaaaaaaaa / Mi decadenciaaaaaaa».

Es un juego de simetría muy fino. Primero, lo del otro: su ausencia, su indiferencia. Después, lo propio: mi demencia, mi decadencia. Dos estrofas, dos columnas. Lo que el otro me hizo y lo que yo me hago. La rima en «-encia» suena a diagnóstico, a palabra de informe clínico, y la vocal alargada la convierte en lamento de copla.

Y entre las dos columnas, la frase que resume el estado general: «Esta temida ansiedad / No puedo máaaaaaas». La ansiedad con adjetivo, temida, como se dice de un examen o de un jefe. No es una ansiedad abstracta. Es una conocida, de las que avisan antes de llegar.

Quinta puerta: las lágrimas

El estribillo es la pista de baile. Y en la pista de baile, en lugar de música, hay lágrimas. «Lágrimaaaaas / Siempre lágrimas / Siempre Lágrimaaaaas.»

Tres veces. La primera alargada, la segunda seca, la tercera otra vez alargada. Como un sollozo que se intenta controlar y vuelve. Es una manera de escribir el llanto que cualquiera que haya llorado en un baño de discoteca reconoce: el momento en que crees que ya está, respiras hondo, y vuelve.

«Siempre» es la palabra clave. No «hoy», no «otra vez». Siempre. Como si los cuatro años de cielo hubieran sido una pausa en algo que es permanente. Esta es la frase más dura de la canción, y está escondida en el estribillo, donde uno la tararea sin darse cuenta de lo que dice.

Y luego, un verso que es casi un ruego, en mitad del estribillo: «Llorar, hoy no quiero llorar». Hoy no. Cualquier otro día, pero hoy no. Es la frase de quien se ha arreglado para salir y no quiere que se le corra el rímel.

Sexta puerta: la sauna

La última estrofa entra en el sótano del infierno y lo nombra con todas las letras: «Y hoy he llegado de nuevo borracho a la Sauna Paraíso / Y otra vez voy de Chemseeeex / Para haber si por fin me olvido de mi ex».

Aquí la crónica tiene que bajar el tono, porque la letra lo pide. Hay un chiste en la rima, chemsex con ex, y hay una ironía en el nombre de la sauna, Paraíso, que es exactamente lo que no es. El cielo VIP se ha convertido en un paraíso con nombre de local. Pero debajo del chiste hay una confesión seria: el consumo como forma de olvidar.

La canción no lo celebra. No lo vende como fiesta. Lo cuenta como lo que es en esa noche: una huida. Y es honesta en el motivo, que la letra dice sin adornos: para ver si por fin me olvido de mi ex.

Si esta parte de la canción te toca de cerca, conviene saber que en Madrid y en otras ciudades hay ONG y servicios LGTBI que trabajan la reducción de riesgos y el acompañamiento en chemsex sin juzgar a nadie. Esa información no está en la letra. Está aquí porque esta crónica no quiere hablar de esa puerta sin dejar al lado la salida de emergencia. El diario tiene además una nota sobre salud sexual sin tabúes que va por el mismo camino.

El único idiota

Y ahora el verso más famoso de la canción, el que la guía de estilo del planeta cita como ejemplo de autoparodia:

Collage con un detalle de la carátula de «Un invitado VIP cortando cebolla» y las carátulas de «Licores modernos», «La Música Me Está Salvando», «El Día Más Ideal»

«Yo el único idiota que va pintando en invierno / Mariposas en un cuaderno encerrado en mi cuarto»

Esta imagen es preciosa, y por eso duele tanto. Alguien encerrado en su cuarto, en invierno, pintando mariposas en un cuaderno. Es la imagen de la ternura, de la infancia, de la paciencia. Mariposas, que son lo que se siente cuando te enamoras, y lo que se pinta cuando eres niño. Y el narrador se llama a sí mismo idiota por hacerlo.

La lógica de la estrofa es terrible y muy humana. Me voy a la sauna y me drogo para no parecer el único idiota que se queda en casa pintando mariposas. Para no parecer el único que no está en la fiesta. Para no parecer el único que todavía cree en cosas bonitas. La recaída, según la letra, sirve para olvidar al ex y también para otra cosa: para encajar.

La autoparodia aquí es de las que pellizcan. El narrador se ríe de sí mismo, sí. Pero lo que llama idiotez es, en realidad, lo mejor que tiene: la capacidad de pintar mariposas en invierno. Y el planeta lo sabe, porque todo el catálogo está hecho de eso, de pintar mariposas en un cuarto mientras afuera la noche hace ruido.

Hay una crueldad muy de la noche gay en esa presión de no ser el único que no. El único que no se come nada, dice la letra con una crudeza que no vamos a suavizar porque está escrita. El único que vuelve pronto a casa. El único que no quiere. En muchos ambientes, decir que no tiene más precio social que decir que sí. La canción lo cuenta desde dentro, con la vergüenza y el humor de quien ha estado ahí.

Séptima puerta: la calle

Y salimos a la calle. Madrid. De madrugada. Con los ojos rojos.

«Y si me ven otra vez llorando por las calles de Madrid / Que no se preocupen / es que me acabo de hacer una ensalada y he estado cortando cebolla.»

Esta es la excusa que da título a la canción, y es una de las mejores ideas del catálogo. La cebolla. La única cosa del mundo que te hace llorar sin que nadie te pregunte por qué. Si te ven llorando en la calle, di que has cortado cebolla. Aunque sean las cinco de la mañana. Aunque vengas de la sauna. Aunque no hayas hecho una ensalada en tu vida.

Es una excusa absurda, y precisamente por eso funciona. Nadie va a creérsela. Pero tampoco nadie va a preguntar más, porque la excusa es una manera educada de decir «no me preguntes». Es el «estoy bien» de los que no están bien, con verdura. Y tiene la ventaja de que la cebolla no juzga: no te pregunta de dónde vienes, ni con quién, ni cuánto has bebido. Solo pica. Como la vida a esas horas, que tampoco pregunta y pica igual.

La repetición final, «he estado cortando cebolla», dicha tres o cuatro veces, cada vez más insistente, tiene algo de mantra y algo de broma que se gasta. A la cuarta vez, la cebolla ya no es una excusa. Es un grito.

La ciudad como testigo

Un apunte sobre el escenario. La canción podría pasar en cualquier sitio, pero pasa en Madrid. Lo dice dos veces: por las calles de Madrid. Y eso le da otra textura.

Ficha de la canción «Un invitado VIP cortando cebolla» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

La página de Madrid del planeta habla del after de Malasaña a las ocho, del taxi de vuelta a casa con una canción nueva en la cabeza, de la comunidad queer que sostiene la escena. Esta canción es la otra cara de esa postal. El que vuelve del after no siempre lleva una canción en la cabeza. A veces lleva los ojos rojos y una excusa de cebolla. La ciudad es la misma. Lo que cambia es la hora y el estado.

Madrid, en esta letra, no es escenario de fiesta. Es testigo. Ve llorar al narrador y el narrador le pide que no se preocupe. Es una relación curiosa con una ciudad: tratarla como a una madre a la que no quieres preocupar.

La pista 13

«Un invitado VIP cortando cebolla» es la pista 13 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», que se puede recorrer en la página del álbum. El número trece, el de la mala suerte, le va como un guante. Llega después de «Ya no te quiero» y antes de «La vecina cotilla», que es casi una continuación cómica: después de llorar por la calle, la vecina que te ha visto llegar.

En el arco del primer disco, que va del descubrimiento del planeta al primer contacto con su paisaje, esta canción es uno de los recordatorios de por qué hace falta ese planeta. Porque en la Tierra hay saunas con nombre de paraíso que no lo son, licores modernos que te devuelven al infierno y presiones para no ser el único idiota. El planeta es el sitio donde pintar mariposas en invierno no te convierte en idiota.

Lo que hay que saber

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como el proyecto declara abiertamente. En el listado general de la web figura como la pista 255 de 273. Los datos citables están en el centro de prensa.

Se escucha en Spotify, se descarga gratis desde su ficha y tiene videoclip propio.

Última puerta

Las discotecas tienen una puerta más, la última, que es la de salida. La que da a la calle cuando ya han encendido las luces y la música se ha cortado de golpe. Esa puerta no tiene lista ni cordón. Sale todo el mundo por ella, los VIP y los de la cola, los que se lo han pasado bien y los que han llorado en el baño.

Esta canción termina ahí, en esa puerta, con la excusa de la cebolla todavía en la boca. No cuenta qué pasa después. Si el narrador vuelve a casa, si se mete en la cama, si al día siguiente coge el cuaderno y sigue pintando mariposas.

Esta crónica, que no puede inventar lo que la letra no dice, solo puede desear una cosa: que sí. Que coja el cuaderno. Que siga pintando mariposas en invierno aunque le llamen idiota. Que deje la cebolla para las ensaladas.

Y que el cielo, la próxima vez, sea suyo. Sin lista, sin anfitrión y sin cordón rojo. Un cielo de los que no se pierden porque alguien deje de mirarte, porque no dependen de ninguna carpeta ni de ningún dedo.

Preguntas frecuentes

¿Qué significa «invitado VIP en el cielo»?

La letra habla de «cuatro años como invitado Vip en el cielo» antes de una «vuelta a los infiernos». Es la imagen de una etapa buena, probablemente una relación, que se acaba y deja al narrador otra vez en la noche y los excesos.

¿Por qué cortando cebolla?

Es la excusa del final: si le ven llorando por las calles de Madrid, «que no se preocupen, es que me acabo de hacer una ensalada y he estado cortando cebolla».

¿Habla de drogas?

Sí, menciona alcohol y chemsex como parte de la recaída, sin celebrarlos: el narrador dice que lo hace «para haber si por fin me olvido de mi ex» y para no sentirse «el único idiota».

¿En qué disco está?

Es la pista 13 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», el primer álbum de la trilogía GAYFOLK.

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