Planeta Gayfolk

Copla y raíces

Del clavel de Wilde a la plaza con cajón: el color de «Verde»

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Portada de «Verde», canción de Mike Sain't Louis

Londres, febrero de 1892. Se estrena «El abanico de Lady Windermere». Oscar Wilde le pide a un grupo de amigos que vayan al teatro con un clavel verde en la solapa. Un clavel teñido, porque los claveles verdes no existen en la naturaleza. Nadie sabe muy bien qué significa. Esa es la gracia.

Desde entonces, el clavel verde se quedó como un guiño entre entendidos. Una señal para quien supiera leerla. Un color que decía algo sin decirlo.

Ciento y pico años después, en el planeta Gayfolk, hay una rumba que se llama «Verde». Y lo que celebra no es un clavel. Es una planta que crece «En el rincón de mi jardín». Pero el color es el mismo. Y trae la misma mochila: decir algo que no todo el mundo quiere oír, con una sonrisa en la boca.

En el diario ya hay una nota sobre esta canción que va del préstamo de Lorca y de la tradición de llevar lo culto a la verbena. Esta crónica coge el color y lo sigue por donde va: por la solapa de Wilde, por el romance de un poeta asesinado, por una plaza con cajón y por el boletín de multas.

El verso prestado

Hay que empezar por lo obvio, aunque sea rápido. «verde que te quiero verde, marihuana querida.»

La primera mitad es de Federico García Lorca. Abre el «Romance sonámbulo», del «Romancero gitano», publicado en 1928. Un poema misterioso, de una muchacha verde en una baranda, de un hombre herido que sube por los tejados, de una luna gitana. Nadie lo entiende del todo y todo el mundo se lo sabe de memoria.

La segunda mitad es del planeta. «Marihuana querida.» Y la coma entre las dos mitades es el chiste: un verso que lleva casi cien años en los libros de texto, y de repente, sin avisar, una planta que no se puede fumar en la calle.

Lo que hay que notar es que el verso no se estropea. Sigue funcionando. Lorca escribió un verde que no se explica, y la canción le pone nombre propio. Uno puede pensar que eso es reducirlo. O puede pensar que es devolverlo a la calle, que es de donde salen los romances.

Lorca, verde y marica

Hay otra cosa del préstamo que la canción no dice pero que está ahí, debajo, como la raíz de la planta.

Lorca era homosexual. Lo sabían sus amigos más cercanos y lo sabían, y lo usaron, los que lo mataron en agosto de 1936, en un barranco cerca de Granada, al principio de la guerra. Durante décadas su homosexualidad se contó en voz baja o no se contó. Hoy está en todas las biografías. Escribió «Sonetos del amor oscuro», que se publicaron mucho después de su muerte.

Así que cuando una canción del planeta Gayfolk coge su verso más famoso, no coge solo un verso escolar. Coge un verso de un poeta marica al que el país tardó muchos años en dejar ser lo que era. Y lo lleva a una rumba de fiesta, en un disco que se llama «El día de la liberación».

No hace falta subrayarlo. Basta con saberlo. El verde de la canción llega con el clavel de Wilde en una mano y el romance de Lorca en la otra.

El rincón del jardín

Primera imagen de la letra: «En el rincón de mi jardín, florece la alegría».

Fotogramas del videoclip oficial de «Verde», de Mike Sain't Louis

Un rincón. No el centro del jardín, con los rosales y la mesa de hierro. El rincón. El sitio donde se pone lo que no se quiere enseñar a la vecina. Donde está la manguera enrollada, el cubo de las pinzas y la planta que no es precisamente un geranio.

Ese rincón tiene una carga muy concreta en España. El cultivo para consumo propio en un espacio privado vive en una zona gris legal, y lo que se ve desde la calle, desde el balcón de enfrente o desde el patio del vecino puede acabar en sanción. Así que el rincón no es casual. Es el escondite del jardín.

Y en ese escondite «florece la alegría». La palabra es de rumba, de Peret, de canción de fiesta. Pero el sitio es de armario. La alegría en el rincón: es casi la historia entera de la gente LGTBI en una línea de jardinería.

La vemos crecer

Hay un plural escondido en la primera estrofa que cambia la canción: «Entre risas y palmas la vemos crecer».

La vemos. No «la veo». La planta del rincón no es de una persona sola. Es de un grupo. Hay gente alrededor, riéndose, dando palmas, mirando cómo sube el tallo como quien mira crecer a un sobrino. Es una escena de patio de vecinos, o de casa compartida, o de esas familias que uno se busca cuando la de sangre no sirve.

En el ambiente esa familia elegida tiene mucho peso. Los amigos que hacen de hermanos, las amigas que hacen de madres, la casa donde se celebra la Nochebuena de los que no pueden volver a la suya. Y en esa casa, a veces, hay una maceta en el rincón del jardín que todos miran crecer.

La canción no lo explica, pero el plural lo dice. La fiesta es colectiva desde el primer verso. Nadie se fuma una rumba solo.

Invita a volar

El estribillo promete un vuelo: «con un ritmo suave que invita a volar». Y más adelante, en la última estrofa, vuelve la idea: «Al compás de la rumba, mi mente a volar, / con sueños y colores que vienen y van».

Volar es el verbo más viejo del mundo para hablar de colocarse. Está en canciones de los sesenta, en las letras de la Movida y en las conversaciones de instituto. Lo bueno es que en la canción el vuelo es suave. No hay despegue de cohete. Hay un balanceo, un ir y venir de colores, algo muy parecido a quedarse tumbado en el césped mirando las nubes.

Y está atado al compás. La mente vuela «al compás de la rumba», o sea, siguiendo el ritmo de las palmas. Es un vuelo con ancla. No se escapa de la plaza, no se pierde. Sube y baja con la música, como los farolillos de papel de una verbena cuando sopla el aire.

Ese matiz importa. La canción celebra la planta, pero celebra sobre todo el rato compartido. El vuelo no es huir de los demás. Es quedarse con ellos un poco más arriba.

Hierba buena

Hay un juego de palabras en el cuarto verso que se pasa rápido: «la hierba buena que nos enseña a entender».

Hierbabuena, todo junto, es la menta de toda la vida. La del mojito, la del cordero, la del té moruno. Una planta inocente que hay en cualquier maceta de abuela. Hierba buena, separado, es otra cosa. Es «la hierba que es buena», y aquí ya sabemos cuál es.

El verso juega a las dos y no elige. Como cuando un adolescente le dice a su madre que lo que hay en la maceta es hierbabuena, y la madre, que no es tonta, asiente mirando hacia otro lado.

Y luego, «nos enseña a entender». No dice qué. La canción deja el objeto vacío. Entender a los demás, entenderse uno, entender la música, entender por qué hay que reírse. Que cada uno ponga el suyo.

Rumba de plaza

La canción se declara rumba en su propio estribillo: «Rumba y risas bajo el cielo sin fin».

Mike Sain't Louis en un escenario con foco rosa y un planeta con anillos, con el verso «La luna sonríe, cómplice de paz, en una noche donde todo puede pasar.» de «Verde»

La rumba en España tiene una historia larga y muy mezclada. La catalana de Peret y del Gato Pérez en los barrios de Barcelona. La de Las Grecas y Los Chunguitos, más rockera, más de extrarradio, en los setenta. La de Los Chichos con sus historias de cárcel y de calle. La de los Gipsy Kings que se fue a medio mundo con el «Bamboleo». Música de fiesta y de palmas, que casi siempre ha contado cosas que los periódicos no contaban.

Y es una música muy de plaza. La letra lo dice: «La plaza se llena de un perfume especial, / es la señal para empezar a festejar. / Guitarras y cajones, la noche se enciende».

Ese perfume especial es un chiste que cualquiera entiende. Quien haya ido a unas fiestas de pueblo en agosto conoce el olor. Detrás del escenario, junto a los coches, en la esquina de los chavales. La plaza huele a churros, a cerveza derramada y a otra cosa. Y nadie dice nada, porque es fiesta.

Cajón y guitarra

Los instrumentos de la letra son concretos: «Guitarras y cajones».

El cajón llegó al flamenco desde Perú. Lo trajo Paco de Lucía a finales de los setenta, después de pasar por Lima, donde vio a un percusionista tocándolo y se quedó con uno. Desde entonces es tan flamenco como el tablao. Una caja de madera en la que alguien se sienta y golpea con las manos. Barato, transportable, de reunión de amigos.

La guitarra y el cajón son, por tanto, los instrumentos de la fiesta sin escenario. Los de la playa, los de la azotea, los de la plaza a las tantas. No hacen falta altavoces ni enchufes. Basta con que alguien sepa tocar y los demás sepan dar palmas.

Que la canción esté hecha con inteligencia artificial y hable de guitarras y cajones tiene su gracia. La letra imagina la fiesta más artesanal del mundo y la música la construye una máquina. Las dos cosas conviven sin problema en el planeta. Al final, lo que importa es que la gente dé palmas.

En tus brazos voy a bailar

El estribillo es una declaración de amor: «Oh, marihuana, en tus brazos voy a bailar, / con un ritmo suave que invita a volar».

Esto es muy de rumba, y muy de copla. En la tradición española se escriben canciones a cosas que no son personas como si fueran amantes. A la tierra, al vino, a una ciudad. «Sevilla tiene un color especial». «Ay mi Madrid». Hay pasodobles enteros dedicados a un torero que se parecen mucho a cartas de amor.

La letra hace lo mismo con una planta. La trata como pareja de baile. Le habla de tú. Le promete los brazos. Y eso, que puede parecer una broma, tiene la seriedad de todas las canciones de amor exageradas. Si se puede escribir un bolero a una mujer que te ha dejado, se puede escribir una rumba a lo que te ayuda a dormir.

«Con cada soplo nos invitas a reír.» El soplo es el humo. Y el humo, en la canción, se convierte en risa. No hay paranoia ni bajón ni nada de lo que sale en los anuncios de la Dirección General de Tráfico. Es una rumba. Las rumbas no tienen efectos secundarios.

Un poco de gracia y otra de sal

Hay un verso que juega con un refrán sin citarlo: «Un poco de gracia y otra de sal».

Collage con un detalle de la carátula de «Verde» y las carátulas de «Weed, Weed, Weed», «Amigos y weed»

El refrán de origen es «una de cal y otra de arena», lo que se dice de quien hace una cosa buena y otra mala, de quien alterna. La canción lo desmonta y lo vuelve todo bueno. Gracia y sal. Las dos palabras significan lo mismo en Andalucía. Tener gracia es tener sal. Tener salero. Echarle sal a la vida.

Es un verso muy pequeño, de esos que pasan sin que uno se dé cuenta. Pero dice mucho de cómo está hecha la letra: con refranes retorcidos, con expresiones de abuela, con giros de sobremesa. No es poesía de libro. Es habla de patio.

Y viene justo antes del verso más político de la canción.

La hierba legal

«la vida es más bella con la hierba legal.»

Aquí la rumba se pone seria sin dejar de sonreír. En España, el consumo en privado no es delito, pero consumir o llevarla encima en la calle está sancionado con multas por la ley de seguridad ciudadana de 2015, la que mucha gente llama ley mordaza. Hay asociaciones de consumidores, sobre todo en Cataluña y en el País Vasco, que funcionan en un equilibrio legal muy frágil. En otros países, como Uruguay o Canadá, se ha legalizado. El debate está en la calle desde hace décadas.

La canción no entra en el debate. No cita leyes, no da datos, no hace un panfleto. Pone una línea con rima y sigue bailando. Pero la línea está ahí, y su posición en el disco no es inocente. Una canción que pide la hierba legal en un álbum que se llama «El día de la liberación».

Hay quien se escandalizará. La canción cuenta con ello. Para eso es una rumba.

Y hay una coincidencia que merece una línea. Durante mucho tiempo, en España, lo que se perseguía en la calle a la gente LGTBI y lo que se perseguía a los fumetas compartía ley y comisaría. La ley de peligrosidad social de 1970 metía en el mismo saco a homosexuales, a consumidores de drogas, a mendigos y a cualquiera que no encajara. Esa ley se fue desmontando a partir de 1979. Así que pedir la hierba legal en un disco de liberación marica tiene algo de reencuentro entre viejos compañeros de calabozo, que ahora se ven en la plaza con un cajón y sin policía.

La luna cómplice

«La luna sonríe, cómplice de paz, / en una noche donde todo puede pasar.»

La luna de esta canción es pariente directa de la de Lorca. En el «Romancero gitano» la luna es casi un personaje, a veces amenazante, a veces protectora. Aquí sonríe. Es la luna de las verbenas de agosto, la que ve todo desde arriba y no se lo cuenta a nadie.

«Cómplice de paz.» No de crimen, de paz. Es un giro bonito de una expresión hecha: cómplice suele ir con delito. Aquí va con calma. La luna no encubre nada malo: encubre una noche tranquila.

Y luego, «una noche donde todo puede pasar». Que es lo que se dice de las buenas noches. Las que empiezan en una plaza con cajón y acaban en una azotea viendo amanecer.

El verde de mi tierra

Hay un verso casi patriótico en mitad de la rumba: «De todos los colores de mi tierra natal, / el verde es el que me sabe animar».

Ficha de la canción «Verde» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

La tierra natal no se nombra. Puede ser cualquier sitio. España tiene muchos verdes, del norte de lluvia al pino canario, de los olivares de Jaén a la huerta de Murcia. La letra no elige. Solo dice que, de todos los colores de casa, el verde es el que anima.

Y aquí vuelve el doble sentido, claro. El verde es el campo, y es la planta. La canción mezcla el orgullo de la tierra con el orgullo de la hierba, como si fueran lo mismo. Y, en una rumba, lo son.

Hay algo muy de pueblo en ese verso. El que se va a la ciudad y echa de menos el verde. El que vuelve en verano y se tumba en la hierba. El que se fuma algo en el pajar porque en casa de sus padres no puede. Todo eso cabe en «mi tierra natal».

Que siga la fiesta

La canción termina con tres palabras: «Que siga la fiesta».

No hay final redondo. No hay moraleja. No hay vuelta a casa ni resaca. La fiesta sigue. Y el oyente se queda con la sensación de haber estado en una plaza donde no se ha terminado nada.

Ese final abierto es de rumba de verdad. Las rumbas no acaban: se van apagando cuando la gente se cansa de dar palmas. Y cuando la gente vuelve al día siguiente, empiezan otra vez.

En el planeta Gayfolk hay otras canciones de humo y risa que acompañan a esta. «Amigos y weed» pone la planta en una tarde de playa con la familia elegida, y «Weed weed weed» va por el mismo camino con otro ritmo. «Verde» es la más de plaza, la más de pueblo, la más de palmas.

Un disco de liberación

La canción forma parte de «El día de la liberación», la tercera parte de la trilogía GAYFOLK. El cierre del relato. El día en que ya no hay que pedir permiso.

Tiene su videoclip oficial, de casi cuatro minutos, en la página del vídeo. Y, como todo el proyecto, la letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor madrileño, con música y voces hechas con inteligencia artificial. La sala de prensa lo explica con todos los datos, para quien quiera la parte técnica.

Lo que no tiene es culpa. Ni sermón, ni advertencia, ni letra pequeña. La rumba es así.

Para ponerla al caer el sol

Si la vas a escuchar, que sea en una terraza o una azotea. Que sea al caer la tarde, cuando el cielo se pone de ese color raro que no es azul ni naranja. Que haya alguien con guitarra o, al menos, alguien que dé palmas fuera de compás.

Fíjate en el segundo verso. El de Lorca. Y piensa en el poeta, en su luna, en su barranco. Y luego deja que la rumba siga, porque eso es lo que hace la canción con él: no lo entierra otra vez, lo saca a bailar.

La letra completa y los enlaces de escucha están en la ficha del single. Y en Spotify, para la próxima vez que la plaza huela a algo especial.

El clavel

Wilde nunca explicó qué significaba el clavel verde. Le preguntaron y contestó con una de sus frases: que no significaba nada, y que eso era justo lo que nadie se iba a imaginar.

«Verde» tampoco explica nada. Celebra. Pone un verso de Lorca, una planta en el rincón, un cajón peruano, una luna cómplice y una petición política en una sola rumba, y no da más explicaciones.

El verde de Wilde era una señal para iniciados. El de esta canción está a la vista, en el jardín, en la plaza y en el estribillo.

Ya no hace falta teñir el clavel. Basta con regar la maceta y avisar a los amigos.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Verde»?

Es una rumba de celebración dedicada a una planta que crece «En el rincón de mi jardín». El segundo verso dice: «verde que te quiero verde, marihuana querida».

¿De dónde sale «verde que te quiero verde»?

Es el primer verso del «Romance sonámbulo» de Federico García Lorca, incluido en el «Romancero gitano» (1928). La canción lo toma prestado.

¿En qué disco está?

En «El día de la liberación», la tercera parte de la trilogía GAYFOLK.

¿Quién la ha hecho?

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se han hecho con inteligencia artificial.

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