Cultura pop
«Ya No Nos Gusta la Oreja de Van Gogh»: solicitud de baja voluntaria del club de fans
Por Mike Sain't Louis ·

Una carpeta de anillas del instituto, forrada con fotos recortadas de la Super Pop y celo que ya amarillea. Un walkman Aiwa con las pilas sulfatadas en un cajón de casa de tu madre. Una entrada de concierto doblada en cuatro dentro de una cartera que ya no usas. Y, sobre la mesa, un folio en blanco con un encabezamiento escrito a boli: «Solicitud de baja voluntaria del club de fans».
«Ya No Nos Gusta la Oreja de Van Gogh» es ese folio.
Pero, como todos los formularios de baja que se rellenan con el corazón, tiene letra pequeña. Y en la letra pequeña está lo importante: el socio se da de baja del club, pero no de las voces. Se queda con ellas. Devuelve el resto.
Esta crónica lee la canción como lo que parece ser: un trámite administrativo entre un fan de toda la vida y el grupo que le acompañó en la adolescencia. Con sus casillas, sus motivos y su firma.
Datos del solicitante
Todo formulario empieza por los datos personales. El de esta canción los da en la primera línea, sin rodeos: «Yo crecí con Amaia Montero.»
Crecer con alguien es un dato biográfico más fuerte que la fecha de nacimiento. Quiere decir que esa voz estaba en el autobús del colegio, en los cascos durante los exámenes de Selectividad, en el coche de tu padre camino de la playa de Gandía, en la radio de la cocina mientras tu madre freía croquetas. Quiere decir que la oíste antes de saber quién eras y siguió sonando mientras lo averiguabas.
Para muchos chicos gais de cierta generación, las divas del pop eran algo más que música. Eran el sitio donde se guardaba lo que todavía no se podía decir en voz alta. Te desgañitabas en tu cuarto con una canción de amor con pronombres que no eran los tuyos y, por un rato, la canción te dejaba ser quien eras sin que nadie lo notara. El planeta lo sabe porque lleva medio catálogo dedicado a esas mujeres que nos salvaron la adolescencia.
La letra añade un segundo dato del solicitante: también creció, más tarde, con las canciones de Leire Martínez. Dos etapas, dos voces, un mismo socio.
Periodo de permanencia
Los formularios de baja de los gimnasios, las compañías de móvil y los clubes de fans tienen algo en común: te preguntan cuánto tiempo has sido socio. Como si el tiempo diera derecho a algo. Como si después de muchos años te fueran a dar una medalla o, por lo menos, un descuento.
El solicitante de esta canción tiene una permanencia larguísima. Desde que creció con la primera voz hasta que se desgañitó con la segunda. Dos etapas enteras de un grupo, que en tiempo de fan equivalen a media vida. Las cintas grabadas de la radio con el locutor hablando encima del final de la canción. Los CD con la caja rajada. Las listas de Spotify con nombres absurdos como «para llorar en el tren» o «domingos de resaca». Cada formato es una capa geológica de la misma afición.
Y el planeta, que es un poco arqueólogo de sus propias costumbres, sabe que esas capas no se borran al firmar la baja. Siguen ahí, debajo. Basta con escarbar un poco en una noche de karaoke en un bar de la calle Pelayo para que salgan todas a la vez, con el micrófono en la mano y la voz rota a la segunda estrofa.
La baja es del club. La permanencia es para siempre.
Motivo de la baja
El formulario tiene una casilla para el motivo. Casi todo el mundo marca «otros» y deja la línea en blanco. Esta canción la rellena con una frase que es, al mismo tiempo, el título y el motivo: «Pero con el tiempo algo cambió: ya no nos gusta “La Oreja de Van Gogh”.»

Fíjate en el plural. No dice «ya no me gusta». Dice «ya no nos gusta». Como si la baja la firmara una asamblea entera. Como si detrás del solicitante hubiera una cola de gente con su carpeta forrada en la mano esperando a firmar lo mismo.
Es un plural muy de grupo de WhatsApp de amigas. De esas conversaciones en las que una dice algo que todas piensan y las demás contestan con el emoji de las manos aplaudiendo. El letrista se pone a la cabeza de esa cola y habla por todos. Es un gesto con mucho morro, y por eso tiene gracia.
Pero la siguiente línea matiza el motivo, y ese matiz es el corazón de la canción.
Lo que el socio se queda
La letra separa con mucho cuidado lo que se devuelve de lo que no. Lo que no se devuelve son ellas. Lo que se devuelve es lo que el texto llama «el envoltorio domesticado en el que la industria convirtió a una banda que un día fue pura emoción».
El envoltorio. Es una palabra de tienda de regalos, de papel de El Corte Inglés en Navidad con su lazo dorado. Lo que la canción dice es que el regalo sigue siendo bueno y que lo que molesta es el papel. Un papel cada vez más reluciente, más perfecto, más pensado para quedar bien en la foto de Instagram y menos para que te tiemble la mano al abrirlo.
Domesticado es la otra palabra clave. Lo domesticado es lo que antes era salvaje y ahora vive en un piso con calefacción. Un gato que antes cazaba ratones en el patio y ahora duerme en el sofá de Ikea. Puede que esté más gordo y más tranquilo. Pero ya no te pilla por sorpresa.
Ese es el diagnóstico de la canción sobre el pop: que se ha vuelto un gato de sofá.
Casilla de divas
Todo formulario del planeta tiene que tener una casilla para divas, y este también. La letra la rellena sin dudar: «Las dos son divas. Dos voces inmensas que forman parte de la historia del pop español… y también de la mía.»
Ahí está la clave para entender que esto no es una pelea. En el planeta, llamar diva a alguien es el máximo elogio posible. Se le llama diva a Rocío Jurado, a Lola Flores, a La Veneno, a Carmina Barrios cuando aparece en la tele con su moño. Es una categoría que no se regala. Y la canción se la da a las dos.
Los tres puntos suspensivos antes de «y también de la mía» son de los que hacen falta. Son la pausa del que va a decir algo íntimo y respira primero. La historia del pop español, que sale en los documentales de La 2, y la historia de un chico de Madrid, que no sale en ningún documental, puestas en la misma frase. Con el mismo peso.
El planeta se ríe un poco aquí de sí mismo, porque también tiene su propia historia del pop personal y casi toda está grabada en cintas TDK con títulos escritos a mano y faltas de ortografía. Nadie es más ridículo que un fan de los dos mil. Y nadie es más sincero.
Cláusula de premonición
Los formularios de baja no suelen tener cláusulas extrañas. Este sí. La letra incluye una observación que parece una nota a pie de página y acaba siendo lo más comentado: «Lo curioso es que escribí esta canción antes de que se anunciara la vuelta de Amaia al grupo.»

Y después: «Fue casi premonitorio.»
Es la parte de la canción que tiene algo de bruja de feria, de esas que leen el tarot en la Gran Vía con un mantel de terciopelo y una bola de cristal comprada en un todo a cien. El letrista escribe una baja del club de fans y, poco después, el club cambia de presidenta. La realidad decide tomarse la canción como una pregunta y contestar.
La letra lo cuenta con humor y con un poco de asombro, como quien gana una porra de la oficina sin haber visto el partido. Y añade una idea que es muy de este planeta: que el universo GayFolk, de alguna manera, intuía que algo iba a moverse. Que la nostalgia estaba a punto de resucitar.
Resucitar. Es un verbo de Semana Santa en Sevilla, de procesión con saeta en el balcón. Aplicado a un grupo de pop es una exageración deliciosa. Y en este planeta las exageraciones se cuidan como plantas de interior.
El sentimiento contradictorio
La letra pone nombre a lo que le pasa al solicitante con una expresión precisa: un «sentimiento contradictorio». Y dice que quizá era el momento de ponerle letra.
Cualquiera que haya querido mucho a un grupo sabe de qué va esa contradicción. Es la misma que se siente con un ex al que le tuviste cariño. No quieres volver, pero tampoco quieres que nadie hable mal de él delante de ti. Te molesta lo que es ahora, pero defiendes a muerte lo que fue. Le das las gracias por los buenos años y, en la misma frase, le dices que ya no.
Es una contradicción que no se resuelve. Se vive con ella. Y lo que hace la canción es dejarla en el aire, sin elegir bando, que es la única manera honesta de tratarla.
En un catálogo donde los ex salen retratados con nombre y apellidos, con su barrio y sus defectos, sorprende la delicadeza de este texto. El planeta, que suele insultar con mucha creatividad, aquí no insulta a nadie. Solo pide la baja.
No va de odio
El texto que acompaña a la canción tiene una frase en mayúsculas que funciona como el sello del formulario: «“YA NO NOS GUSTA LA OREJA DE VAN GOGH” no va de odio.»
Y luego explica de qué va: de ironía, de amor por la música y de una crítica honesta a cómo el pop perdió su verdad.
La ironía es el idioma oficial de este planeta. Pero hay ironías y ironías. Está la ironía del que se ríe de algo que desprecia, que es una forma de crueldad. Y está la ironía del que se ríe de algo que quiere, que es una forma de cariño. Esta canción es de la segunda familia. Se ríe del grupo como te ríes de tu madre cuando se hace un selfi con el flash puesto: con ganas de abrazarla.
La crítica, en cambio, va en serio. Que el pop perdió su verdad es una frase que se puede discutir en una terraza de Malasaña hasta las tres de la mañana. Hay quien dirá que no, que el pop nunca tuvo verdad y que siempre fue industria. Hay quien dirá que la verdad está ahora en TikTok y no en la radio. Pero la canción no quiere ganar esa discusión. Solo quiere dejar constancia de que el solicitante ya no siente lo mismo.
Brillar no es lo mismo que emocionar
Hay una línea del texto que el planeta pondría en el frontal de cualquier sala de conciertos de la Gran Vía: «que las divas siguen brillando, pero el sistema ya no emociona.»

Brillar y emocionar. Dos verbos que la industria trata como sinónimos y que no lo son. Brillar es lo que hace un vestido de lentejuelas bajo un foco. Emocionar es lo que pasa cuando, en mitad de un concierto, te das cuenta de que llevas un rato llorando sin haberte enterado.
Se puede brillar sin emocionar. Cualquiera que haya visto una gala de fin de año en la tele lo sabe. Mucho foco, mucha purpurina, mucha coreografía perfecta. Y tú en el sofá, con las uvas en un platito, pensando en otra cosa.
La canción separa a las divas del sistema. Ellas siguen brillando, porque son divas y eso no se pierde. Lo que ha dejado de emocionar es la maquinaria que las rodea. Los lanzamientos calculados, las giras con fecha de caducidad, los singles que suenan como si los hubiera escrito un comité.
El planeta tiene su opinión sobre los comités. No es buena.
Devolución del material
Hay clubes que, al darte de baja, te piden que devuelvas el carné. Otros te piden la camiseta, la bufanda o la tarjeta de descuentos. El club de fans de la adolescencia no te pide nada, pero el solicitante de la canción se lo plantea igual. ¿Qué se devuelve cuando te das de baja de algo que ha formado parte de tu vida?
El póster de la puerta del armario, con las chinchetas oxidadas en las esquinas, no se devuelve. Se queda enrollado en lo alto del ropero, al lado de la maleta de las vacaciones. La entrada del concierto doblada en cuatro tampoco. Ni la camiseta de la gira, que ahora sirve de pijama y que tiene un agujero en la axila.
Lo único que se devuelve, según la canción, es el envoltorio. Lo que vino después. Lo que dejó de emocionar. Y eso, curiosamente, es lo único que nunca fue del todo del fan. El envoltorio siempre perteneció a la industria. Las canciones, en cambio, eran tuyas desde el primer día que te las aprendiste de memoria.
Así que el trámite es más sencillo de lo que parece. El socio devuelve lo que nunca fue suyo y se queda con lo que siempre lo fue. Un reparto de bienes justo, de los que no se ven en los divorcios de la tele.
Agradecimientos
Todos los formularios de baja terminan con una frase de cortesía. «Agradecemos el tiempo que ha formado parte de nuestro club». Este formulario le da la vuelta y los agradecimientos los firma el socio: «💿 Amaia, Leire: gracias por las canciones.»
El emoji del disco es lo único que queda del lenguaje de redes sociales. El resto es una frase limpia, de las que se dicen mirando a los ojos. Gracias por las canciones. No por los discos vendidos, ni por las giras, ni por los premios. Por las canciones, que es lo único que de verdad se queda con uno cuando el envoltorio se tira al contenedor azul.
Y justo después, un resumen de dos líneas que podría ir grabado en una placa: «Dos divas eternas. Dos eras distintas.»
Dos eras. Como en la historia del arte, como en la paleontología. Una era Amaia, una era Leire. Cada una con sus canciones, con su público, con sus carpetas forradas. El solicitante perteneció a las dos. Y se da de baja de lo que vino después de ellas, no de ellas.
El pop necesita volver a sentir
El texto cierra con una petición que es casi una receta médica: «el pop necesita volver a sentir.»

Volver a sentir es lo que se le pide a un brazo dormido, a una pierna después de la anestesia, a alguien que sale de una depresión larga. Es un verbo de recuperación. La canción le diagnostica al pop algo parecido a un entumecimiento. No está muerto. Está dormido. Y lo que necesita es que le vuelva la sangre.
El planeta, que hace pop desde fuera de la industria, con su sello propio y sin comités, se siente con derecho a recetar. Y lo hace con su propio tratamiento: canciones que hablan de ex con nombre, de supermercados, de castigos, de cruceros con sardinas en el minibar. Puede que no brillen tanto como una gala de fin de año. Pero intentan emocionar.
El club del planeta
En el catálogo de Mike Sain't Louis hay una especie de club de fans paralelo, dedicado a divas de todo tipo. Está «The Queen of Pop», que ya en el título le pone corona a alguien. Está «I Am Yurena», con nombre de diva en el título. Está «Free Britney», que toma prestado el grito de una de las campañas de fans más famosas del pop. Y está «Camela», homenaje sin ironía al tecno rumba de gasolinera.
«Ya No Nos Gusta la Oreja de Van Gogh» es el socio díscolo de ese club. El único que se da de baja en lugar de apuntarse. Y, a la vez, el que más claramente demuestra el amor del planeta por el pop: solo se pide la baja de algo que te ha importado mucho. Lo que no te importa no se rellena ningún formulario. Simplemente se olvida.
La sensibilidad camp del proyecto tiene página propia en la sección Camp del planeta, donde se explica por qué estas divas y no otras.
Tramitación
La canción forma parte de «El día de la liberación», el tercer disco de la trilogía. Tiene su videoclip oficial, se puede escuchar en Spotify y el texto completo está en la sección de letras. En el diario hay una crónica anterior sobre querer las voces y no el envoltorio, escrita desde otro ángulo.
Un apunte de oficio, como siempre. La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, y la ha escrito sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno. Hay algo de ironía en que una canción que le pide al pop que vuelva a sentir se haya producido con una máquina, y el planeta lo sabe y lo disfruta. La emoción la puso quien escribió la carta. El sobre lo puso la máquina. Los datos oficiales del proyecto están en la sala de prensa.
Firma del solicitante
El formulario está relleno. Datos personales, motivo, agradecimientos. Solo falta la firma.
El solicitante coge el boli Bic, ese que lleva mordisqueado desde Selectividad, y firma. Después mete el folio en un sobre. Y antes de cerrarlo, casi sin pensarlo, saca del cajón el walkman Aiwa, le cambia las pilas, rebobina la cinta con un lápiz y le da al play.
Suena una voz de hace veinte años, con ese siseo de cinta vieja que ningún algoritmo de Spotify ha conseguido imitar. Todavía la reconoce a la primera. Se sabe la letra entera, incluidas las partes que nunca entendió bien y que lleva toda la vida pronunciando mal. Se la sabe igual que se sabía el teléfono fijo de casa de su abuela.
Se queda con eso.
Preguntas frecuentes
¿La canción es un ataque a Amaia Montero o a Leire Martínez?
No. El texto de la canción dice que las dos son divas y les da las gracias por las canciones. Lo que critica es «el envoltorio domesticado» en el que, según la letra, la industria convirtió a la banda.
¿Se escribió después de que se anunciara la vuelta de Amaia?
No. El propio texto cuenta que se escribió antes de que se anunciara la vuelta de Amaia al grupo, y lo describe como «casi premonitorio».
¿En qué disco está?
En «El día de la liberación», el tercer álbum de la trilogía GAYFOLK. La ficha del single lo fecha el 13 de mayo de 2026.
¿Quién la ha escrito?
La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño, escrita sin IA. La música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.