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Humor

La Candelaria, un curandero de Adeje y una maldición gitana: el santoral canario de «Bareback»

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Portada de «Bareback», canción de Mike Sain't Louis

«La Virgen de la Candelaria me protege.»

Hay canciones que se encomiendan a Dios en el estribillo y otras que lo hacen de pasada, en mitad de una burrada, como quien se santigua al pasar por delante de una iglesia sin dejar de hablar por el móvil. «Bareback» es de las segundas. Entre chupitos que no se van a tomar, inventarios dentales y una palabra nueva para las señoras del público, la letra se acuerda de repente de la patrona de Canarias. Y unos versos después, de un curandero de Adeje.

El diario ya contó esta canción como lo que es en la superficie, un despecho de feria contra un ex amigo. Esta crónica se queda con lo que hay debajo: un pequeño santoral de protecciones, ese botiquín de amuletos que cualquiera que haya crecido cerca de una abuela canaria, andaluza o gallega lleva en el bolsillo aunque diga que no cree en nada.

La noche que no empieza

Antes del santoral, la escena. Y la escena es una noche que no termina de arrancar:

«Y todavía no nos hemos emborrachado / Y por las horas ya parece / Que tampoco lo vamos a hacer»

Es un arranque de crónica perfecto, porque describe lo que no pasa. Dos personas, una hora avanzada, ninguna copa. En el catálogo del planeta, donde las noches suelen terminar con jarras de cerveza y chupitos de colores, que no haya borrachera es casi un acontecimiento. Algo raro flota en el ambiente.

Cualquiera que haya salido por Madrid conoce esa sensación. Son las doce y media, estás en un bar de la calle Pelayo con alguien con quien ya no tienes mucho que decirte, el camarero ha preguntado dos veces si queréis algo más y los dos habéis dicho que no. No hay pelea. No hay drama. Hay una especie de cansancio que se nota en la manera de mirar el móvil. Esa es la temperatura de la primera estrofa: no la del portazo, sino la de la noche que se apaga sola, como una vela de cumpleaños que nadie sopla.

Y lo raro se explica enseguida: el narrador no tiene ganas. Ni un chupito voy a dedicarte, para qué. ¿Para llorar por un mequetrefe?

Mequetrefe. Qué palabra tan de abuela, tan de sainete de los Álvarez Quintero, tan de señora en el balcón de una calle de Triana. El planeta tiene un diccionario de insultos que mezcla lo más moderno con lo más rancio, y aquí elige lo rancio. No dice «tóxico», ni «narcisista», ni siquiera «cabrón». Dice mequetrefe. Y con esa palabra ya ha colocado al ex amigo en su sitio: en el rincón de los que no merecen ni el esfuerzo de un insulto moderno.

Inventario sin nombre

Lo que sigue es un inventario de defectos que el diario ya repasó con detalle, así que esta crónica pasa rápido por él. Solo un apunte de método. La letra no dice el nombre del ex amigo. No da apellido, ni barrio, ni oficio. Lo describe por fuera, con una precisión de retrato robot de comisaría: moreno, regordete, con tatuajes y selfies, con muelas por arreglar. Es un personaje de feria, una caricatura de las que te hacen en la playa de Las Canteras por diez euros. Exagerado hasta el ridículo, que es como el planeta exagera a sus villanos.

Y en medio del inventario, una referencia de cine de terror que la casa no podía dejar pasar. La boca del ex se compara con la de Carrie, la de la novela de Stephen King y la película de 1976, la chica del baile de graduación cubierta de sangre de cerdo. El terror como metáfora del desamor es marca registrada del planeta, que tiene canciones con Saw, con la matanza de Texas y con la casa de los mil cadáveres. Aquí el monstruo no es el ex. Es su higiene dental. Así de bajo cae el villano en esta letra.

Señoras y señores: palabra nueva

El estribillo trae el momento más teatral de la canción, y merece su propio apartado porque es pura revista de variedades:

Fotogramas del videoclip oficial de «Bareback», de Mike Sain't Louis

«Atención señoras y señores / Nueva palabra / Madre mía con estos maricones / Cada día tienen nuevas invenciones».

Aquí cambia la voz. Ya no habla el narrador al ex amigo: habla un presentador al público, o una señora mayor que acaba de enterarse de algo en el programa de la tarde. «Madre mía con estos maricones.» Es la voz de la vecina escandalizada, la que en otra canción del catálogo sería «La vecina cotilla». Y el planeta la imita con cariño y con guasa, porque sabe que esa señora existe y que, en el fondo, le encanta enterarse de las invenciones de los maricones.

Lo que sigue es una traducción. El título de la canción es una palabra inglesa del argot gay, y la letra la traduce «en cristiano» para que la entienda todo el mundo, sin eufemismos y con la crudeza de un parte de urgencias. No vamos a repetir aquí la traducción, que está en la letra para quien la quiera. Basta con señalar el gesto: coger una palabra de nicho y explicarla a gritos en mitad de un estribillo de verbena, como quien explica a la abuela lo que es Grindr en la sobremesa de Navidad.

Eso también es camp. La página de camp español de la web lo define como tomar lo demasiado y convertirlo en herramienta. Aquí lo demasiado es una práctica sexual explicada con voz de presentadora de concurso de los ochenta.

Sin prep, para qué

Dentro de esa traducción hay tres palabras que conviene no pasar por alto porque son información, no chiste: «y sin usar prep, para qué».

La letra lo dice con desdén, como parte de la burla al ex amigo y a su manera de vivir. Esta crónica no va a moralizar sobre la vida sexual de nadie, que para eso el planeta tiene canciones enteras dedicadas a no hacerlo. Pero sí va a hacer lo que hace un buen cronista cuando una palabra técnica aparece en mitad de un texto popular: explicarla en una línea. La PrEP es la profilaxis preexposición al VIH, una medicación preventiva que en España se dispensa a través del sistema sanitario público a quien cumple ciertos criterios.

Ya está. Una línea. Quien quiera más, el diario tiene una nota sobre salud sexual sin tabúes y otra sobre VIH, memoria y presente, escritas con calma y sin el látigo de la canción. La letra pone el chiste. La web pone el folleto. Cada cosa en su sitio.

La patrona

Y ahora sí, el santoral. Justo después de la palabra prep, sin transición, la letra se encomienda:

Mike Sain't Louis en un callejón nocturno con espejos de feria y un planeta magenta, con el verso «y aunque esté pesado con la palabra la repito sí Karma Karma Karma» de «Bareback»

«La Virgen de la Candelaria me protege / Pues un curandero de Adeje / Me dijo que cuidado con la doble careta»

La Virgen de la Candelaria es la patrona de Canarias. Su basílica está en el municipio tinerfeño que lleva su nombre, frente al mar, con una fila de estatuas de los antiguos reyes guanches mirando al Atlántico. Para cualquiera que tenga familia en las islas, es la Virgen de las fotos en la mesilla de noche, la de las promesas en agosto, la de las velas encendidas cuando alguien está en el hospital.

Que aparezca aquí tiene una gracia enorme. La letra acaba de traducir a gritos una práctica sexual de riesgo, ha mencionado la prep con desdén, y de repente: tranquilos, que a mí me protege la Virgen. Es el gesto exacto de la abuela que se santigua cuando sale en la tele algo subido de tono. Y es, a la vez, el gesto del marica de pueblo que ha crecido entre procesiones y no ha dejado de llevar la estampita en la cartera aunque se haya ido a vivir a Madrid y se pase los fines de semana en Chueca.

La página de Canarias de la web habla de las islas como una de las coordenadas madre del planeta, un marco emocional y no una postal. Esta línea es la prueba. Nadie mete a la Candelaria en una canción de despecho para hacer turismo. La mete porque está ahí, en la cabeza, como está la canción del verano.

El curandero de Adeje

El segundo santo del santoral no es santo. Es curandero. Y es de Adeje, un municipio del sur de Tenerife que cualquiera asocia con hoteles de pulsera, piscinas con hamacas reservadas a las siete de la mañana y turistas británicos colorados como gambas a la plancha.

Que en ese paisaje de todo incluido aparezca un curandero es una imagen muy del planeta. Lo turístico y lo ancestral en la misma calle. El bar de los ingleses con fútbol en pantalla gigante y, dos portales más allá, el señor que te quita el mal de ojo con un vaso de agua y un plato de aceite.

Y el consejo del curandero no tiene nada de esotérico. Es de una sensatez de abuela: cuidado con la doble careta. Que la vida da muchas vueltas.

Doble careta. En castellano de toda la vida se dice «dos caras», y la letra lo convierte en careta, que es más de carnaval, más de máscara de Santa Cruz en febrero. El curandero no te avisa de un hechizo ni de una envidia. Te avisa de la falsedad. De la gente que te sonríe por delante y te despelleja por detrás. Es el mismo aviso que el planeta repite en canciones sobre narcisistas, solo que aquí viene firmado por un sanador del sur de la isla y no por una psicóloga.

Lo bonito es que la letra no se ríe del curandero. Se ríe de todo lo demás, del ex amigo, de sus muelas, de las señoras escandalizadas. Pero al curandero lo cita con respeto. Le hace caso. Ese pequeño detalle cuenta mucho: el planeta se burla de casi todo, menos de lo que le enseñaron en casa a no burlarse.

Karma, karma, karma

El tercer elemento del santoral es el más repetido del catálogo entero: el karma. Y la letra lo sabe, porque se disculpa antes de decirlo: «y aunque esté pesado con la palabra / la repito sí Karma Karma Karma».

Esta autoconciencia es buenísima. El planeta ha dicho «karma» en tantas canciones que podría tener una sección propia en su web. Hay un single entero llamado así. Y en lugar de buscar un sinónimo, la letra lo repite tres veces y se ríe de su propia insistencia. Ya sé que me pongo pesado. Pues mira: karma, karma, karma.

Es autoparodia de la buena. La que reconoce la manía y la abraza. Como esa amiga que te dice «ya sé que siempre te cuento lo mismo» y te lo vuelve a contar con la misma ilusión.

El diario tiene una entrada sobre karma y justicia emocional que lo trata en serio. Aquí no hace falta. Aquí el karma es un santo más del botiquín, al lado de la Virgen y del curandero.

La maldición gitana

Y el cuarto, el que cierra el santoral: la maldición. «Quédate con estas palabras / como si estuvieras recibiendo / una auténtica / maldición gitana».

Collage con un detalle de la carátula de «Bareback» y las carátulas de «Que Te Mola el Cruising», «Un puñetazo al dia», «Como en la matanza de Texas»

La maldición gitana es una figura del folclore español que el planeta usa más de una vez. Aparece en el imaginario de la copla, en las películas de folclóricas de los cincuenta y los sesenta, en las sobremesas donde alguien recuerda que a su tía le echaron un mal de ojo en una feria. Es una fórmula de fuerza, de las que se dicen con la mano levantada y la voz grave.

En esta letra, la maldición es pura teatralidad. El narrador no tiene poderes. No va a convertir al ex amigo en sapo ni le va a secar los geranios. Lo que hace es pronunciar la frase como si los tuviera. «Que todo llega y se llama karma.» Es el karma vestido de bata de cola. Es el mismo deseo de justicia, pero dicho con el gesto de una Lola Flores en una película en blanco y negro.

Y aquí está, creo, la clave de este santoral. Ninguno de los cuatro elementos funciona en serio. La Virgen protege del riesgo que la letra se burla de correr. El curandero da un consejo que cualquiera sabe. El karma se repite hasta el aburrimiento. La maldición es de teatro. Y sin embargo los cuatro están ahí, uno detrás de otro, porque el narrador los necesita. Porque cuando te ha traicionado un amigo, ningún argumento racional te consuela. Te consuela la estampita.

Chaval, tranquilo, no pasa ná

Entre santo y santo, el estribillo vuelve con una frase de barra de bar que lo desactiva todo: «Chaval, tranquilo, ¡no pasa ná!».

No pasa ná. Con la d comida, a la madrileña, como se dice en la plaza de Tirso de Molina a las dos de la mañana cuando alguien tira una copa. Es la frase que lo relativiza todo. Te puedes encomendar a la Virgen, consultar al curandero, invocar el karma y echar una maldición gitana, y al final de la estrofa, tranquilo, chaval, que no pasa nada.

Ese vaivén entre el drama y el quitarle hierro es el ritmo de toda la canción. Y es el ritmo de cualquier despecho real. Un minuto estás echando maldiciones, al siguiente te ríes, al siguiente te acuerdas de lo que te hizo y vuelves a la maldición. La canción no elige. Lo pone todo, en el orden en que llega a la cabeza.

Ex amigo, con roce bisiesto

Un detalle que no conviene olvidar. La letra lo especifica: «Y te lo digo como ex amigo, ¿vale?». Y unas líneas antes ha soltado la frase que convierte esa etiqueta en un chiste: «Como follábamos una vez al año y solo si era bisiesto».

Una vez al año. Y solo si era bisiesto. Es decir, una vez cada cuatro años, como los Juegos Olímpicos o como las elecciones de un país serio. La exageración es tan grande que da la vuelta y se vuelve tierna: había algo, sí, pero era tan escaso que el narrador ni lo cuenta como relación. Lo cuenta como amistad con un calendario raro. Ex amigo, con roce bisiesto.

Y la conclusión que saca es de una lógica de contable: «Por eso tampoco estoy tan molesto». Si el negocio era tan pequeño, la pérdida también. Es el humor de quien se consuela haciendo cuentas. Lo que no se tuvo no se puede echar de menos. O eso dice la letra, que unas líneas antes se quejaba de haber estado perdiendo su dinero y confiando en un bastardo.

Ahí está la contradicción que hace humana la canción. Dice que no está tan molesto, y ha dedicado una canción entera, con santoral y todo, a explicar lo poco molesto que está.

Perdiendo mi dinero

Esa queja del dinero merece una línea aparte, porque es de las pocas cosas concretas que la letra cuenta del daño. No habla de cuernos ni de mentiras. Habla de dinero y de confianza: «ya que he estado / perdiendo mi dinero y confiando en un bastardo».

Ficha de la canción «Bareback» con su carátula: disco «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», letra y producción de Mike Sain't Louis

El dinero, en el catálogo, aparece mucho. Trajes que se llevan, bañadores de marca que desaparecen, cenas que se pagan y no se devuelven. Es un tema muy poco romántico y muy real. Las rupturas también son facturas. Y la del ex amigo, por lo que se ve, salió cara.

De ahí viene la burla más cruel del inventario, la que dice que no valdría ni para chapero. Es el insulto de quien ha pagado de más: ni cobrando te merecerías lo que te di. El planeta convierte la cuenta pendiente en chiste de barrio, que es la única manera de cobrarla cuando no hay notario.

Un duelo sin protocolo

Y, aun así, la etiqueta que el narrador elige es la de amistad. Eso le da otro peso al santoral. Las rupturas de pareja tienen sus rituales: las canciones tristes, el helado, la amiga que te dice que estás mejor sin él. Las rupturas de amistad no tienen casi nada. Nadie te manda flores cuando pierdes a un amigo. Nadie te pregunta cómo lo llevas. Es un duelo sin protocolo, sin canciones de radio y sin días libres.

Quizá por eso aparecen tantos santos. Cuando no hay ritual, uno se lo inventa con lo que tiene a mano. Una Virgen de las islas, un curandero de la costa, una palabra repetida tres veces, una maldición de película antigua. Con eso se monta un altar improvisado para despedir a alguien que no merecía ni un chupito. Un altar de mesilla de noche, con una vela del chino, una estampita doblada y el móvil boca abajo para no ver si escribe.

El lugar en el disco

«Bareback» es la pista 60 de «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», que se puede recorrer completo en la página del álbum. Está rodeada de canciones que comparten humor negro y sed de revancha: justo antes, «Karma – versión alternativa»; justo después, «No puedo desenchufar este ventilador que está esparciendo mierda». Es el tramo del disco donde el planeta tira de mala leche sin pedir perdón.

La letra es de Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La música y las voces se hacen con herramientas de inteligencia artificial, como el proyecto declara abiertamente. Los datos citables están en el centro de prensa.

Se escucha en Spotify, se descarga gratis desde su ficha y tiene videoclip propio.

Amén

Toda oración termina con un amén, y el santoral de «Bareback» también tiene el suyo, aunque no lo diga con esa palabra. Lo dice así: que todo llega.

Que todo llega es la fe de los que no tienen otra. No es una promesa de la Virgen ni un pronóstico del curandero. Es lo que te dices a ti mismo cuando cierras la puerta del bar sin haberte tomado ni un chupito, sin haber llorado por el mequetrefe, con la estampita en la cartera y la noche todavía por delante.

Todo llega. Y mientras llega, tranquilo, chaval. Enciende la vela, guarda la estampita y vete a dormir sin mirar el móvil. No pasa ná.

Preguntas frecuentes

¿De qué trata «Bareback»?

Es una canción de despecho contra un ex amigo, contada con humor de feria: no merece ni un chupito, se le hace inventario de defectos y se le desea que «todo llega y se llama karma». El título nombra una práctica sexual que la letra traduce para «señoras y señores».

¿Qué pintan la Virgen de la Candelaria y Adeje?

La letra dice «La Virgen de la Candelaria me protege» y cita el consejo de «un curandero de Adeje» sobre la «doble careta». Son referencias canarias: la Candelaria es la patrona de Canarias y Adeje es un municipio del sur de Tenerife.

¿Habla la canción de salud sexual?

De pasada: menciona tener sexo «sin usar prep». El diario de la web tiene notas sobre salud sexual sin tabúes y sobre VIH para quien quiera información.

¿En qué disco está?

En «Descubierto un nuevo planeta llamado Gayfolk», primera parte de la trilogía GAYFOLK, como pista 60 de 90.

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