Planeta Gayfolk

Arte y mirada

Polaroid de espaldas contra la pared verde: «Bob Marley» y el retrato que no enseña la cara

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Portada de «Bob Marley», canción de Mike Sain't Louis

No se le ve la cara.

Esa es la primera decisión de la portada de «Bob Marley», y es la que manda sobre todas las demás. Un chico de espaldas, con rastas y una camiseta clara con ribetes en las mangas, mira una pared. La pared está pintada en dos franjas: crema arriba, verde abajo, y entre las dos, una línea fina de amarillo. Sobre el crema, el título, escrito a mano con rotulador, como una pintada hecha deprisa antes de que llegue el conserje.

Todo ello metido en una polaroid. Amarillenta, con el borde blanco gastado. De esas que aparecen en una caja de zapatos cuando vacías la casa de alguien.

La letra de esta canción todavía no está publicada; en la web pone «próximamente». Aquí no se va a citar ni un verso del tema ni a adivinar lo que cuenta. Mike tampoco lo cuenta en su ficha: dice, literalmente, que lo que narra la canción prefiere que lo descubras al escucharla. Así que esta crónica se queda donde se queda él: delante de la foto, mirando la espalda de un chico que mira una pared.

Es más de lo que parece.

Nombrar sin imitar

Hay una manera fácil de hacer una portada para una canción que se llama «Bob Marley». Coges los colores de la bandera etíope o jamaicana, pones una hoja de marihuana, un gorro de lana tricolor, un león con corona, y ya está. Cualquiera la reconocería desde el otro lado del pasillo de una tienda de discos.

Mike no hace eso. Y lo explica en su texto de presentación con una frase muy clara: la canción lleva el nombre de una leyenda de la música, alguien enorme, y la imagen no intenta imitarle ni retratarle. Solo sugiere.

Las sugerencias están, eso sí, y son finas. Las rastas del chico. La línea amarilla entre el crema y el verde, que junto al tono oscuro del pelo forma, si uno quiere verlo, un eco muy lejano de los colores del reggae. La textura de foto vieja, que remite a otra década. Nada más. No hay ni una sola nota musical dibujada. No hay guitarra. No hay escenario.

En un planeta donde casi todo se exagera, esta portada es un ejercicio de contención. Y esa contención tiene sentido precisamente por el tamaño del nombre que aparece en la pared.

Un nombre del tamaño de un estadio

Robert Nesta Marley nació en 1945 en Nine Mile, un pueblo del interior de Jamaica, y murió en 1981, con treinta y seis años, por un cáncer que empezó en el dedo de un pie. Entre una fecha y otra, con The Wailers primero y luego con su nombre delante, convirtió una música local de Kingston en un idioma que se entendía en todo el planeta. El de verdad, el que tiene océanos.

Quien no conoce «No Woman, No Cry», «One Love» o «Redemption Song» las ha oído igual, en un bar de playa, en una tienda de ropa, en el coche de un primo. «Exodus», el disco de 1977, es de esos álbumes que aparecen en todas las listas de lo mejor del siglo. Su cara está en camisetas, en banderas, en tapices de pisos de estudiantes, en pegatinas de furgonetas. Es uno de los rostros más reproducidos de la historia de la música popular.

Por eso la decisión de no enseñar ninguna cara tiene tanta fuerza. Cuando alguien es tan reconocible, el homenaje más respetuoso puede ser no intentar parecerse. Ponerse de espaldas. Dejar el nombre escrito en la pared y no ocupar su sitio.

Es una forma de decir: esto no es una imitación, es una persona que piensa en otra.

La polaroid

El formato de la imagen dice tanto como lo que sale dentro.

Una polaroid es una foto única. No tiene negativo. Sale de la cámara, se revela en la mano mientras la agitas, aunque eso de agitarla en realidad no sirve para nada y todo el mundo lo sigue haciendo, y ya está: esa es la única copia que habrá nunca. Por eso las polaroids se pierden, se regalan, se pegan en la nevera, se guardan en la cartera. Son fotos íntimas, de andar por casa.

La de esta portada está amarillenta y tiene el borde gastado. Ha pasado tiempo. Ha estado en algún cajón, o en un álbum de esos de hojas adhesivas que al final dejan de pegar. Mike lo dice con una imagen muy precisa: la textura de una foto que parece encontrada en un cajón.

Encontrada. No hecha. Esa palabra cambia la lectura entera. La portada no se presenta como una sesión de fotos para un single, que es lo que es. Se presenta como un recuerdo que alguien ha rescatado. Una foto de un chico que alguna vez estuvo delante de una pared escribiendo el nombre de su ídolo.

¿Quién es ese chico? La imagen no lo dice. Puede ser un fan de los ochenta. Puede ser el propio narrador de la canción. Puede ser cualquiera de los miles de adolescentes que, en algún momento de su vida, se dejaron rastas, escucharon reggae en bucle y escribieron «Bob Marley» en una carpeta del instituto.

Pintada a rotulador

Ahora, la tipografía.

Fotogramas del videoclip oficial de «Bob Marley», de Mike Sain't Louis

El título está escrito como a mano, con trazo de rotulador. Mike lo compara con una pintada hecha deprisa. Es la letra de las paredes de los baños del instituto, de los pupitres, de las mochilas Eastpak de los noventa forradas de nombres de grupos. La letra de cuando uno escribe el nombre de alguien para declararle su amor sin que esa persona se entere nunca.

Escribir el nombre de un músico en una pared es un gesto de fan. Uno de los más antiguos que hay. Antes de que existieran los perfiles, las listas de reproducción y las historias de Instagram, las paredes eran el sitio donde se decía a quién querías. El nombre del grupo, el del futbolista, el del chico de clase con un corazón alrededor.

La portada junta esas dos cosas en una sola imagen: el nombre de un ídolo escrito en la pared y la espalda del que lo ha escrito. Es un retrato del fan, no del ídolo. Y eso, en el planeta, tiene mucho sentido.

El planeta de los fans

Pocas cosas hay tan queer como ser fan.

Los grandes iconos de la cultura gay han sido casi siempre artistas a los que se adoraba desde lejos. Divas de la copla, estrellas del pop, actrices de culto. La relación del público LGTBI con sus ídolos ha tenido siempre algo de devoción religiosa y algo de refugio: si no podías ser tú mismo en el instituto, podías serlo en tu cuarto, con el póster en la pared y el disco puesto.

El catálogo de Mike está lleno de ese fervor. Hay canciones con nombres de ídolos en el título, de Camela a Lola Flores, de Paco León a Ismael Serrano. En «Discutiendo con la IA» aparece Locomía de banda sonora de fondo. En «La despedida», Camela atraviesa media vida del narrador, desde el primer beso hasta el miedo de ir solo a Chueca. El planeta entiende al fan desde dentro.

Lo que es nuevo en «Bob Marley» es la elección del ídolo. No es una diva de la copla ni una estrella del pop marica. Es un músico jamaicano de reggae, heterosexual, padre de muchos hijos, asociado a la espiritualidad rastafari y a la lucha contra la opresión colonial. No es, en principio, un icono gay. Y precisamente por eso la portada se cuida tanto de no apropiárselo. No le pone purpurina. No lo convierte en drag. Le deja su pared.

Crema, amarillo, verde

Merece la pena detenerse en los colores de esa pared, porque no son los del planeta.

El planeta es rosa. Casi todas sus portadas lo son, en alguna de sus mil variantes. La de «Bob Marley» no tiene ni una gota. Crema, amarillo, verde, y el blanco gastado del marco de la polaroid. Colores de pared de casa de pueblo, de colegio público, de ambulatorio de los ochenta. Pintura plástica en dos tonos con una cenefa en medio para separar la parte que se ensucia de la que no.

Mike lo dice así: unos colores que recuerdan a otra época. Esa época puede ser la de Marley, los setenta, o la de la infancia de quien mira. En España, esas paredes de dos colores con línea en medio estaban en todas partes. Pasillos de colegios, cocinas de abuela, escaleras de bloque. Son el decorado de los recuerdos de toda una generación.

Así que la pared de la portada hace un truco precioso. Con los colores, remite a Jamaica sin decirlo. Con la pintura, remite a un pasillo de colegio de Madrid. El chico de las rastas está a medio camino entre Kingston y Villaverde. Como muchos adolescentes que descubrieron a Marley en una cinta grabada por un primo mayor.

Lo que no sabemos y lo que se ve

Hay que ser honestos con el límite de esta crónica.

Collage con un detalle de la carátula de «Bob Marley» y las carátulas de «Feel That High», «Mejor hierba que guerra», «In the Quiet Room»

No sabemos de qué habla la canción. El diario del planeta, en su nota breve sobre el tema, apuntaba que trata del mar que recuerda por nosotros, pero sin letra publicada eso es una pista y no un dato, así que aquí se deja apuntado y nada más. Tampoco sabemos si el nombre del título es un homenaje directo, una metáfora, el apodo de alguien o un estado de ánimo.

Lo que sí sabemos es lo que se ve y lo que está en las fichas públicas:

  • La portada es una polaroid amarillenta de un chico de espaldas con rastas, frente a una pared crema y verde con una línea amarilla.
  • El título está escrito a mano en la pared, como una pintada de rotulador.
  • No se le ve la cara al protagonista.
  • La canción está en el tercer álbum de la trilogía, «El día de la liberación», en la pista 40.
  • Tiene videoclip oficial de 4:50.
  • La letra es de Mike y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con IA.

Y una indicación de escucha que da el propio Mike en su texto: la pondría una tarde tranquila, con la ventana abierta.

Una tarde con la ventana abierta

Esa indicación dice mucho del tono que el planeta le asigna a este tema.

No es una canción para la pista, al menos no en su presentación. No es para el coche a toda velocidad, ni para la previa, ni para el after. Es para una tarde quieta, en casa, con el aire entrando. El tipo de momento en que uno se pone discos viejos y se queda mirando por la ventana.

En el catálogo hay otras canciones con ese estado de ánimo, sobre todo en el tercer álbum. Justo después de «Bob Marley», en la pista 41, viene «In the Quiet Room», con su portada de cubo de cristal en una sala blanca. Justo antes, en la 39, está «Con el taconeo», que es todo lo contrario: tablao, tacón de aguja frambuesa, cortinas de terciopelo. El disco pasa del zapateado a la polaroid y de la polaroid a la habitación silenciosa. Tres maneras de estar en el mundo, una detrás de otra.

En la transmisión de vídeos de la web, el clip de «Bob Marley» aparece también entre esos dos: «In the Quiet Room» antes y «Con el taconeo» después. El orden se invierte, pero la vecindad se mantiene.

La isla de la hierba

Hay que hablar del elefante en la habitación, o más bien de la planta en la maceta.

El nombre de Bob Marley va unido, en el imaginario popular, a la marihuana. Él la defendía como parte de su práctica espiritual rastafari, y su imagen con un porro se ha convertido en uno de los iconos más vendidos de las tiendas de souvenirs de medio mundo. Es imposible decir su nombre sin que alguien, en algún lugar de la sala, piense en eso.

El planeta no es ajeno a esa planta. En el mismo álbum de «Bob Marley» hay varios títulos que la nombran sin rodeos: «Mejor hierba que guerra», «Weed, Weed, Weed», y «Amigos y Weed». Y está «Feel That High», cuya portada sí usa directamente la bandera de Jamaica de fondo, desgastada por el sol, con un chico con camisa de punto calado a rayas verdes, amarillas y rojas.

Lo curioso es que, teniendo todo eso a mano, la portada de «Bob Marley» no lo use. No hay humo, no hay hojas, no hay bandera. La de «Feel That High» se queda con la postal jamaicana y la de «Bob Marley», con la pared del colegio. Es como si el planeta hubiera repartido el imaginario entre dos canciones para que ninguna cargue con todo.

Reggae y planeta: una conversación difícil

Hay otra cosa que conviene decir con cuidado, porque es verdad y porque explica la delicadeza de la portada.

La relación entre la música jamaicana y la comunidad LGTBI no ha sido fácil. En los años noventa y dos mil, una parte del dancehall jamaicano, que es un descendiente del reggae, se hizo tristemente famosa por letras abiertamente homófobas. Hubo campañas internacionales contra esas canciones, conciertos cancelados y un debate largo que todavía no se ha cerrado. Nada de eso tiene que ver con las canciones de Marley, que murió mucho antes, pero sí con la música que salió de la misma isla.

En ese contexto, que un artista abiertamente marica de Madrid ponga el nombre de Bob Marley en un single, dentro de un disco que se llama «El día de la liberación», es un gesto interesante. No es una provocación. No hay un chiste. Hay una foto de respeto: un chico de espaldas mirando el nombre en la pared.

Las canciones de Marley hablaban de liberación, de emancipación, de romper cadenas. Su «Redemption Song» habla de liberarse de la esclavitud mental. Ese vocabulario, el de la liberación, es exactamente el del tercer álbum del planeta. No hace falta forzar la conexión: está en el título del disco. Lo que haga la canción con ella lo sabremos cuando se publique la letra.

Los ídolos de los otros

Hay una cosa bonita que pasa cuando creces queer y te gustan los ídolos de los demás.

Ficha de la canción «Bob Marley» con su carátula: disco «El día de la liberación», letra y producción de Mike Sain't Louis

En el patio del colegio, el chico que escuchaba reggae era, casi siempre, el más tranquilo de la clase. El que no se metía con nadie. El que llevaba una pulsera de hilo y te dejaba en paz. Para un niño con pluma, ese chico era un pequeño país neutral. No te protegía, pero tampoco te atacaba. Y su música, que hablaba de paz, de amor y de levantarse contra los que mandan, sonaba a algo que tú también querías aunque no supieras explicarlo.

Muchos maricas de barrio tienen en su memoria una canción de Marley que no tiene nada que ver con ser marica y que, sin embargo, es suya. La que sonaba en el campamento de verano. La que ponía el monitor con la guitarra. La que se escuchaba en el chiringuito la primera vez que te fuiste de vacaciones sin tus padres. No es un himno gay ni pretende serlo. Es un recuerdo de juventud que se colocó al lado de los demás.

La portada de «Bob Marley» parece hecha para esos recuerdos. El planeta no le roba el ídolo a nadie. Lo comparte. Pone al chico de las rastas de espaldas, como si estuviera en el patio, mirando la pared, y deja que cada uno se acuerde de su propia tarde.

Eso también es una forma de liberación: dejar de pensar que solo tienes derecho a los ídolos que te asignaron. Puedes tener a Rocío Jurado en un cajón y a Bob Marley en otro, y que los dos convivan en la misma caja de zapatos.

Espaldas en el catálogo

La espalda es una postura rara en una portada de single. Casi todas las portadas del mundo enseñan la cara, porque la cara vende, porque el algoritmo la reconoce, porque la gente quiere ver quién está detrás.

En el planeta, Mike aparece casi siempre de frente, mirando a cámara con una ceja levantada, desafiante o divertido. En «Bob Marley», el protagonista se da la vuelta. Es un gesto de retirada. De dejar el foco a otra cosa: a la pared, al nombre, al recuerdo.

Esa espalda conecta con el registro más confesional de Mike, el que aparece en canciones como «La playa del Mal Pas». Allí el narrador mira algo desde lejos y lo dice con frases limpias, sin chistes: «Hoy la miro desde lejos. / Sigue siendo la misma, aunque yo ya no lo sea. / Y eso, quizás, también es amor.» No sabemos si «Bob Marley» va por ese camino, pero la postura de la portada es la misma. Alguien mirando, desde una cierta distancia, algo que fue importante.

La foto que te encuentras

Hay una experiencia que casi todo el mundo ha tenido. Estás buscando otra cosa en un cajón y aparece una foto vieja. Una tuya, de hace veinte años, con un peinado que ya no te pondrías y una camiseta que ya no existe. Te quedas un rato mirándola. Te acuerdas de la música que escuchabas entonces. De la persona que te hizo la foto.

La portada de «Bob Marley» provoca exactamente eso. No es una imagen de presente. Es una imagen de memoria. El chico de las rastas podría ser tú a los dieciséis, o tu hermano mayor, o el chico del que estabas enamorado en el instituto y que solo escuchaba reggae.

Mike cierra su texto con una sugerencia de escucha y nada más. No explica la canción. No te dice qué tienes que sentir. Te deja la polaroid en la mano y la ventana abierta.

Para escucharla

La canción está en Spotify y en su ficha del planeta, con descarga gratuita y directa, sin registro. Como todo el catálogo, tiene letra de Mike escrita sin IA y música y voces creadas con herramientas de inteligencia artificial como Suno, algo que el proyecto explica abiertamente en su sala de prensa.

Un consejo, si sirve: antes de darle al play, busca una foto vieja tuya. Una de esas que tienes en algún sitio y no miras nunca. Ponla al lado. Y escucha la canción como se escucha un disco que te recuerda a alguien.

Si no encuentras ninguna, tampoco pasa nada. Piensa en la pared de tu colegio, en el color exacto del pasillo, en la cenefa que separaba la pintura buena de la que se manchaba. Piensa en el nombre que escribiste a escondidas en algún sitio y que nadie leyó. Esa también es tu polaroid.

No hace falta que te dejes rastas. Con la ventana abierta basta.

Preguntas frecuentes

¿Está publicada la letra de «Bob Marley»?

Todavía no. En gayfolkplanet.com su página de letras dice «próximamente», así que esta crónica no cita versos de la canción: se centra en la portada, el título, el vídeo y el disco.

¿En qué álbum está «Bob Marley»?

En «El día de la liberación», la tercera parte de la trilogía GAYFOLK de Mike Sain't Louis. Es la pista 40 de 99, entre «Con el taconeo» e «In the Quiet Room».

¿Quién escribió la canción?

Mike Sain't Louis, letrista, compositor y productor musical madrileño. La letra es suya y está escrita sin IA; la música y las voces están hechas con herramientas de inteligencia artificial como Suno.

¿Tiene videoclip «Bob Marley»?

Sí, un videoclip oficial de 4:50 que se puede ver en la sección de vídeos de gayfolkplanet.com y en YouTube.

¿Qué otras canciones del planeta miran a Jamaica?

«Feel That High», del mismo álbum, tiene la bandera de Jamaica de fondo en su portada. En el disco también están «Mejor hierba que guerra» y «Weed, Weed, Weed».

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